miércoles, 31 de octubre de 2012

El bosque del viento.

(Feliz Halloween, queridos monstruos y humanos. Me permito salir un poquito de la historia de P para explicaros la razón de porqué a veces sentimos un escalofrío por la espalda sin ningún motivo, porqué nos despertamos en medio de la noche y sentimos que algo o alguien nos está observando y porqué hay sombras que se mueven en los rincones más inciertos de la habitación. Nos remontaremos a una noche como la de hoy, hace muchos siglos en un bosque donde el viento susurra en tu oído y las hojas caídas forman espirales hacia el cielo, un bosque a los pies de un castillo en ruinas, un castillo que aún más atrás en el tiempo fue el orgullo de su región. Pero el dolor del desamor lo destruyó todo, lo quemó todo y convirtió en ruinas la belleza.)

La corte espectral se reúne, como cada treinta y uno de octubre, en el gran salón del castillo de fría piedra, esperando anhelantes la aparición de su reina, muerta tiempo atrás. Aguardan ansiosos a que su bella monarca aparezca con su vestido de seda blanca y su corona de espinas ensangrentada para que les lleve al mundo de los vivos y así poder caminar entre ellos con máscaras que oculten la ausencia de sus almas.
Pero ella no llega y los féretros níveos de ojos vítreos se impacientan. Un murmullo invade la sala, un temor se apodera de ellos. La media noche está cercana y si ella no aparece no podrán viajar entre nuestros mundos.
La reina no llegará a tiempo. Está sumida en su propia pena, cobijada por el frondoso bosque que la vio morir, derramando sus lágrimas bajo la pálida luz de la luna que se cuela entre la hojas de los sauces que, al igual que ella, no saben dejar de llorar. Conoció el amor y después el desamor y su amargo sabor, probó el frío acero para dejar atrás el sufrimiento, pero éste la persiguió tras su muerte. No hay cielo para los que se quitan la vida por voluntad propia y su castigo había sido no olvidar. Y cada año lo mismo, cada año tener que acompañar a sus cadavéricos súbditos al mundo y traerles de vuelta. La fiesta en su honor la espera, las doce campanadas se lo recuerdan, pero ya no se siente una reina, ya no siente nada excepto dolor; aquel ángel maldito tuvo el cortés gesto de arrancarle el corazón, dejando un agujero alimentado por el odio y la tristeza de saberse abandonada. Se encuentra cansada de su vida eterna; sabe que no hay cielo para ella, pero siglos después ha entendido que cualquier infierno será mejor que aquel dolor.
Dejando la corona de espinas a un lado, clama por la aparición del propio diablo para que la lleve con ella. Y ante ella se presenta, escuchando sus ruegos, envuelto en llamas y la arrastra junto a él a las profundidades del Averno.
Su corte, desquiciada, sale en su búsqueda, abriéndose camino por el oscuro bosque, hasta encontrar las espinas ensangrentadas de su soberana. La corona reposa en un lecho de flores marchitas cobijadas por una tétrica mariposa. El desgarrador aullido de desamparo de los muertos se extendió por todos los mundos durante unos segundos.
Desde entonces, cada última noche del mes de octubre, se reúnen en el castillo para esperar a una nueva reina, pero el viento arrastra su presencia hasta los sueños, hasta las sombras, hasta los rincones más incierto de las habitaciones.
Y aún en noches como esta se pueden escuchar los gemidos de dolor de la tenebrosa soberana y el lamento de su corte por verse encerrada en el olvido.