Tenemos
tantos silencios que decirnos y tantas palabras que callar.
Nos
hicieron para amar y por amor sufrir y morir.
Mírame
ahora y que tus ojos me digan lo que tus labios no pronuncian.
Háblame
del tiempo que nunca supimos compartir, del que nos queda por vivir.
Ese
reloj que nos arranca las horas, el que marca descompasado nuestros
latidos,
las
pulsaciones que se empeñan en ir al ritmo de ese metrónomo
desgastado.
Gritémosle
a la vida que no ha podido con nosotros, que nunca nos vencerá,
que
somos inmortales aunque muramos por un beso.
Somos
libres y hoy nos atrevemos a soñar con lo imposible,
lo
que algún día haremos posible, nuestro.
Somos
esos, los locos que aún recuerdan que la belleza está en lo que no
tiene nombre,
en
lo fugaz de cada instante que mereció la pena vivir
y
recordar una y otra vez que ahora es el momento de saltar,
de
perder el rumbo para llegar a ninguna parte.
Ahora
somos nosotros, ahora... ¡Ahora!
Somos
la mirada cómplice y la caricia despistada, la risa que se pierde en
el lamento
y
la pisada que deja huella.
Lo
inconmensurable y lo impronunciable.
Y
si tenemos que pelear contra el viento lo haremos con furia,
somos
pasión y arte.
Somos
el momento, cada segundo de cada minuto.
Y
por vivir luchamos, por vivir con sentimiento, sintiendo la vida.
A
veces desistimos, pero aparece esa mano furtiva,
la
voz que grita:
¡Una vez más!
¡Una vez más!
Porque
nos hicieron sin medida.
Porque
hoy es hoy, lo sabemos y no queremos que nos guarden en el cajón de
los recuerdos,
ese
cajón de madera y clavos, sin antes poder haber dicho:
YO
HE VIVIDO.