martes, 25 de junio de 2013

MUNDOS ALTERNATIVOS

Mis vacaciones están tocando a su fin. Ha sido un mes increíble, justo lo que necesitaba: alejarme de todo, de todos. Y aún así lo primero que haré al aterrizar será llamar a Ace. Sí, sigo con Ace en la cabeza, aunque esta vez es por otro tema. Me dejé el móvil en casa y no he podido recibir o realizar llamadas, incluyendo saber qué ha pasado con Nacho. Es lo único que me ha perturbado mi paz en este norteño viaje... Que algo haya salido mal. 
La semana pasada tuve un mal presentimiento y justo empezó a diluviar. Sí, no tiene mucho sentido que busque una relación a una corazonada y que diluvie en este país; pero no había llovido desde que llegamos y fue algo repentino. No sabría explicarlo.
No he querido saber nada de allí, ni en qué carrera me han cogido ni la nota de mi selectividad, ni la universidad a la que voy a ir, ni nada de Flo ni de mis padres, ni de nadie. 
De verdad creo que este tipo de vacaciones debería estar pagada por psiquiatras. Curan la cabeza y emborrachan un poco el corazón.
¿Y al volver? ¿Qué? ¿Llamar a Ace? ¿Enfrentarme a que quiera que nos veamos? ¿Enfrentarme a que quiera que no nos veamos nunca más? ¿Y si Nacho está bien? Tendré que verle, se lo prometí. ¿Y si Nacho no está bien? ¿Y si no está? ¿Me llamó Ace?
Dejo el té sobre la mesita del salón y le digo a mi tía que salgo. Cojo una bici que hay apoyada en el cobertizo y empiezo a pedalear sin dirección. 
Lo cierto es que la zona de aquí la tengo bastante controlada, no es la primera excursión que hago. Pero hasta ahora no me había agobiado lo suficiente como para llegar tan lejos. No me había agobiado, eso es todo. 
Cruzo unos árboles y dejo la bici apoyada contra el tronco de uno de ellos. 
Respira, Alejandra, respira hondo. 
Ha sido empezar a pensar en todo lo que me espera más allá de este paraíso y descontrolarme. Quizás debería hablar con mis padres para que me manden a estudiar fuera. Olvidar todo. Olvidar a todos.
Siempre estoy huyendo y nunca se a dónde. Nunca sé lo que me espera al final de la carrera. A veces ni siquiera sé de que huyo en realidad.
Estoy agotada. Estoy más que agotada.
Me siento sobre una roca, mirando hacia el mar.
¿Dónde estoy?
Y no hablo de posición geográfica. Hablo de mi vida. Estoy perdida. Camino sola la mayoría del tiempo y cuando alguien me acompaña sólo me tropiezo.
Otro atardecer especial. Otro atardecer en soledad.
¿Así va a ser siempre mi vida? ¿Atardeceres en soledad?
Algo coge mi mano. Otra mano. La misma sensación que ya he sentido antes, hace tiempo quiero decir. Una manita pequeña de tacto suave y cálido.
-Princesa...
¡No puede ser!
Me vuelvo para mirar a ese pequeño que casi tiene sus mofletes reconstruidos, que tiene de nuevo brillo en los ojos.
No sé si me he vuelto loca del todo, seguramente si porque no creo que esté realmente aquí. Pero da igual. Me arrodillo y le abrazo con fuerza. Y me echo a llorar de felicidad; quizás sean lágrimas de locura (no sé si existen), pero no las puedo parar.
-¡Nacho! -Ace aparece entre los árboles y se queda tan en shock como yo.
No es una locura. Están aquí.
Me pongo de pie con Nacho en brazos, no puedo dejar de abrazarle, y me da exactamente igual que me vean llorar. No voy a fingir más.
-¿Qué hacéis vosotros aquí?
-Yo también me alegro de verte, Alejandra.
-Ace me ha traído aquí para celebrar que estoy bueno.
No... Era imposible que supiese que estaba en Escocia; me marché sin avisar, le pedí expresamente a mi madre que no se lo dijese a Flo, es imposible que lo supiese.
Nacho se baja de mis brazos y se acerca a una zona de flores.
Ace coge mi mano. Creo que es la primera vez que tiene un contacto así de directo conmigo. Me mira fijamente.
-Siento no haberme bajado del coche, no haberte impedido subir a ese taxi. Creo que es la mayor estupidez que he cometido en mucho tiempo -y lo suelta así, como si nada. -Nico y Flo me despistaron con lo que querías... Pero yo sí sabía que te quería a ti y tu humor raro y tu enfado casi constante. Tenía miedo, creo... ¡Joder, claro que tenía miedo! Confío muy poco en las personas y me asusta querer empezar algo con alguien, por eso no veo a las chicas más de una vez. Pero tú no eres una de esas chicas, a ti quería verte, quería estar contigo y cantar para que llorases y cabrearte porque me hacía sentir que te importaba, aunque fuese para mal. Quería que sintieses algo que no fuese tristeza.
Bueno, no sé qué decir a esto.
-¿Crees en el destino, Alejandra?
-¡¿Qué?!
-¿No te das cuenta? En la playa, en el hospital, aquí... ¡Aquí! ¡En otro país, casi es otro mundo! ¡¿No crees que esto quiere decir algo?!
Ahora recuerdo la conversación que tuve con él en el coche, la noche del día que terminamos todo: "Lo estaba pensando y si... nuestros caminos se separasen, el destino volvería a reunirnos en algún momento... si es como debe ser."
-Tú misma lo dijiste, Alejandra.
Ya está. Ha roto mis esquemas. No, no los ha roto; ha llegado con un martillo hidráulico y los ha destrozado, los ha reducido a cenizas. 
Tira de mí y...
¡Me está besando!
Esto que siento, que no puedo nominar, es lo que debe sentirse cuando te besan los labios correctos. Todo ha desaparecido menos esta sensación, menos este tacto. Y me moriría por este momento.
Siento que se va a separar y me agarro a sus hombros, como un niño que se agarra con fuerza a las sábanas diciendo "cinco minutitos más".
Tresmil pulsaciones más. Por favor. Serán sólo dos segundos.
Y no volveré a ver sola ni un solo atardecer.


¡He aprobado selectividad con notaza! Admitida en Educación Especial en la universidad que quería.
Mi novio (Sí, sí, mi novio) me espera en el aparcamiento del campus, donde voy a aparcar mi nueva moto de segunda mano (no había dinero para más) porque... ¡También soy conductora!
Mi vida POR FIN ha dado ese giro que tanto necesitaba. Parece ser que el equilibrio cósmico decidió meterme en su lista de niños buenos.
¿Sinceramente? No podría escribir mi salva-culos aunque lo intentase durante años. La vida es impredecible, y la mayoría del tiempo una mierda. Pero merece la pena vivirla sólo por los grandes (aunque fugaces) momentos que te sorprenden de vez en cuando. Pero si tuviese que dar un consejo a una chica que se queda en tirantes en la calle mientras nieva, que se pone a llorar delante de desconocidos, que se enamora de la persona menos indicada o que se topa con cajas de cierto tonelaje, le diría: Hazlo lo mejor que puedas.


Fin.







(Espero que hayas disfrutado con esta historia. Una nueva nos espera a la vuelta del verano: Septiembre es tiempo de retomar; Julio y Agosto se hicieron para jugar a las cartas, hacer el amor, salir a pasear y comer helado. 
Y, como siempre, gracias por estar al otro lado de mi locura.)




domingo, 23 de junio de 2013

SEGUNDOS RAYOS DE SOL

He dejado el voluntariado. No puedo ver a Nacho en esas condiciones y ser un payaso; me rompe demasiado esa cara.
Me llama Ace al móvil y lo cojo sin pensarlo un segundo. Me pide que me quede con el pequeño un par de horas porque él tiene que ir a cuidar de Marina. Me dice que puede quedarse solo, pero que le da reparo.
Me doy una ducha rápida y salgo corriendo hacia el hospital. Cuando llego, Ace ya no está, Nacho me dice que se acaba de ir.
Le leo un cuento corto y en seguida se queda dormido. Me apoyo en el borde de la cama y me quedo mirándole, acariciándole el brazo, como si así fuese a conseguir que se recuperase. En realidad, creo que 
todos pensamos que cuanto más tiempo pasamos con un enfermo, antes se recuperará.
Entra una enfermera mirando unos papeles y me mira.
-¿Es usted familiar del niño?
-Soy una amiga de la familia, ¿Ocurre algo?
Por favor, por favor, por favor que no me den una mala noticia.
-Hemos encontrado un posible donante. Pasado mañana le haremos la transfusión.
-¿Va a recuperarse?
-Es complicado, pero es posible.
Cuando la enfermera sale del cuarto, aprieto fuerte la mano de Nacho y cierro los ojos con fuerza. No sé ni lo que hago; intento transmitirle mis fuerzas o algo.
-Tú puedes, tienes que salir de ésta. Tienes que luchar para conseguirlo. Te prometo que iré a verte todos los días, a leerte cuentos, a jugar, a dormirte... Pero, por favor, recupérate.
Apoyo la frente contra su mano, sin poder parar de llorar. Y sigo suplicando.
Abro los ojos, me he debido de quedar dormida, además un buen rato porque Ace ya está en la habitación. Tengo los ojos enrojecidos, puedo notarlo porque me escuecen, A veces pienso que soy alérgica a mis propias lágrimas.
Ace me mira con respeto y, no sé por qué, pero me molesta.
-Siento haberme dormido -comento.
-No importa, Nacho aún no se ha despertado.
Me levanto y cojo mis cosas. Me duele mucho la espalda por la postura encorvada.
-Ha venido una enfermera...
-Sí, ya me lo han dicho.
-Bien. Yo tengo que irme.
Se pone de pie.
-Puedes quedarte más tiempo si...
-No -le corto. -Prefiero marcharme ya.
Ace, eres un capítulo de mi vida que ya he cerrado. Tengo debilidad por este niño y por eso no me importa verte, pero nada de esto es por ti, absolutamente nada.
-Te llamaré para ver cómo ha ido la operación.
-Sí.
-Hasta pronto.
Y me marcho. Sé que estoy haciendo bien, que quedarme ahí habría sido un error. Pero algo, dentro, muy dentro de mi ser me pide que me de la vuelta y me siente con los dos. Quizás  una parte de mi corazón pide a gritos que alguien luche por mí, que corra a buscarme, que salga del coche y me impida coger un taxi, que vuelvan a venir a buscarme. 
Una musiquita interrumpe mis pensamientos. Suena mi móvil y, cuando por fin lo encuentro dentro del dichoso bolso, lo cojo sin mirar.
-¡Alex! -es mi tía, la hermana pequeña de mi padre.
-Hola, Tía. 
-Me ha dicho tu padre que no vas a hacer nada en todo el verano.
-Sí, te ha informado bien -intento no estar seca ni apagada, pero sé que lo estoy haciendo fatal.
-Pues yo me voy mañana por la noche a Escocia y te llamo para invitarte.
Mi tía se casó con un hombre que estaba forrado de dinero y con el divorcio está todo el día pagándose caprichos. 
-En realidad, no te queda otra, ya he reservado tu billete de avión así que ponte a hacer ahora mismo la maleta. Nos vamos un mes, así que prepárate bien.
Pienso en Nacho, en que estaré demasiado lejos para lo que pueda pasar. Pero no puedo decir que no a mi tía si ya ha sacado mi billete.
-Está bien. Muchas gracias por la invitación.
-No me las des. Lo bien que nos lo vamos a pasar las dos juntas.
-Sí -es joven, me saca unos doce años y tiene más marcha que yo.
Todo el mundo tiene más marcha que yo, en realidad.
-Pues te paso a buscar con el coche a las siete. Estate preparada.
-Gracias de nuevo.
Y cuelga.
Me quedo mirando el móvil, como si ahí fuese a encontrar respuestas a preguntas que ni siquiera sé formular.
Ace, te voy a echar de menos. Llevo mucho tiempo echándote de menos y ni quiera te he tenido. Pero supongo que es como cuando un autor mata a un personaje al que has cogido cariño. Es lo que hay y lo único que te queda es acostumbrarte.

martes, 18 de junio de 2013

CUENTA ATRÁS

Pero no llamó para confirmar la cita. Es domingo y ni siquiera ha enviado un mensaje con explicaciones. Ha vuelto a jugar conmigo. Ha vuelto a crearme ilusiones para nada. Se ha reído de mí.
Se acabó.
Esta vez, Ace ha muerto para mí. Desde ahora sólo será un recuerdo que prefiero no recordar. Por desgracia, no existe ninguna manera de extirparse la memoria de manera selectiva. 
Me he vuelto a caer, pero de esta me levanto más fuerte que nunca.



Es junio, las dos de la tarde y he tenido mi último examen de selectividad. He tenido mi última experiencia como escolar y no puedo estar más feliz. Obviamente me importa el resultado, quiero tener suficiente media para poder estudiar lo que pensaba, pero es que ya puedo decir que se acabó este curso por fin.
Como soy previsora y sabría que no tendría con quién celebrar esto, me apunté a un voluntariado para niños internos del hospital. A ver si así empiezo a convencer al equilibrio cósmico de que me tiene que mimar un poquito más.
Vamos en un autobús hasta el hospital. Este hospital ya lo he vivido. Bloquear recuerdo. Bloquear recuerdo.
Recuerdo bloqueado.
A otro chico y a mí nos asignan seis habitaciones de niños con cáncer porque, por lo visto, tenemos más madurez mental que el resto de nuestros compañeros.
El chaval tiene mi edad y ese mismo cartel en la frente que tengo yo de Asociación de Marginados Sociales Sin Fronteras. Si todos los que estamos aquí nos hubiésemos conocido antes... No estaríamos aquí, eso seguro.
Vamos juntos hacia una sala que nos han ofrecido para dejar nuestras cosas y cambiarnos cuando un chico sale de una de las habitaciones y me choco con él. Me agarra de la mano para que no me caiga y, antes de mirarle, ya sé quién es.
Pero no es él. En serio, ha adelgazado como diez kilos, está pálido y unas ojeras moradas remarcan su mirada. Se le marcan los pómulos y la curva de la mandíbula de manera exagerada. Se ha rapado el pelo, ahora es casi una sombra sobre su cabeza. Parece un hijo de la muerte y, joder, aún así me sigue pareciendo único.
¡Cállate!
-Ace...
-Alejandra, ¿Qué estás haciendo aquí? -está irritado. Su voz es poco más que un susurro y parece que se esfuerza por hablar alto.
-Soy del programa de animación para...
Lo entiendo antes de terminar la frase. Sé por qué está aquí.
-No...
-Es Nacho. Tiene leucemia.
¡No! 
Se me llenan los ojos de lágrimas. Es... es imp... es tan pequeño. No puede ser posible. No puedo hablar, me falta el aire. No quiero llorar delante de él. ¡¿Qué más da?! No se trata de él o de mí, se trata del abrazo más bonito que me han dado jamás. De un niño. No entiendo cómo pueden pasar estas cosas.
-Le dolía la cabeza con asiduidad, se mareaba... Pensábamos que sería anemia o jaquecas.
-Pero... ¿Se recuperará?
-Seguimos esperando un donante. Nos hemos hecho todos las pruebas, pero ninguno somos compatibles.
-¿Desde cuándo está aquí?
-¿Recuerdas aquel sábado que íbamos a quedar?
Como para no recordarlo...
-Sí.
-Esa mañana tuvo un desmayo, se dio en la cabeza y no recuperaba el conocimiento. Le traje a urgencias y empezaron a hacerle pruebas cuando comenté que tenía esos síntomas. Desde entonces le dejaron interno.
Miro por la puerta entreabierta y le veo tumbado en la cama con los ojos cerrados.
-¿Está dormido?
-No, está descansando.
Miro a Ace fijamente y me marcho corriendo sin decir nada. Entro en la sala y mi compañero del voluntariado me dice que esa habitación es suya. Le explico la situación y, tras mucho insistir (menudo idiota, ya sé qué hace aquí) me la cede.
Vuelvo a la habitación disfrazada de payaso: una falda rosa de tutú, medias de diferente color, una peluca pelirroja afro y unas zapatillas varios números más grandes que el mío. La cara pintada, pero bonita, no como esos payasos psicodélicos que parece que te van a matar. Me pongo la nariz roja y entro.
Nacho se gira para mirarme
-¡Hola!
Tengo ganas de llorar. Le han debido dar algún tratamiento agresivo porque no tiene pelo. Sus enormes ojos están apagados y tiene la cara demasiado delgada.
Es tan pequeño. Nadie debería pasar por esto, pero mucho menos un niño.
No me ha reconocido y no habla. Recuerdo que Ace me dijo lo antisocial que era, lo desconfiado que se ponía con los desconocidos.
-¿Cuántos años tienes, pequeño?
Nada.
Hincho un globo con helio y lo ato a los pies de su cama.
Ace entra en la habitación y Nacho le mira como diciendo "por favor, saca a esta loca de aquí". Ace me mira y sigue mi juego.
-Vaya, Nacho, ¿Quién te ha venido a ver?
Nacho me mira de reojo y frunce los labios.
-Venga, no seas maleducado y di algo -se pone a su lado.
-Hola. Me llamo Nacho.
-Yo soy Pumpum.
Se ríe. Es el mejor regalo que podía tener hoy: su risa.
-¿Te ríes de mi nombre?
-Sí -dice sonriente.
-Pues me enfado y no respiro -hincho los mofletes y pongo cara de enfado.
Nacho vuelve a reirse y yo no puedo evitar que se me contagie.
Pero pronto se borra la sonrisa de su cara y suspira. Coge a Ace de la mano y ambos se miran.
-¿Qué pasa, pequeño, estás triste?
Asiente.
-¿Por qué?
Hace un gesto para que me acerque y no tardo ni medio segundo en estar a su lado. Pone la mano para que no nos escuche Ace y susurra en mi oído.
-Mi hermano está triste porque ya no ve a su princesa y si él está triste pues yo estoy triste. Yo también quiero verla. 
¿Le habrá dicho Ace todas esas cosas?
Me alejo un poco.
-Pues eso tiene fácil solución -saco un tarro con purpurina del bolso y cojo un pellizco. -Esto son polvos mágicos de hadas.
-Las hadas no existen.
-¡Menuda tontería es esa! ¡Claro que existen! Ya verás... -le pongo el pellizco en la mano, -Tienes que pedir el deseo con muchas ganas y luego soplar con mucha fuerza hacia la ventana.
-No puede ser...
-No pierdes nada por intentarlo.
Se encoge de hombros, susurra algo sobre mí y sopla.
-Cuanta más fuerza tenga el deseo, antes se cumplirá.
Paso un rato más con ellos, le cuento alguna historia fantástica para que no diga tonterías sobre que las hadas no existen, le hincho unos pocos globos más y me marcho.
Voy corriendo a la sala y me quito el disfraz, me desmaquillo y me pongo mi ropa normal. Voy a una tienda cercana para comprar unas chocolatinas y vuelvo a la habitación, esta vez de mí misma.
Toco la puerta.
-¿Se puede?
Nacho me ve. Primero no sabe si creer lo que ve, pero cuando entiende que es real se le ilumina la cara.
-¡Alejandra!
-¿Qué haces tú aquí?
-Estoy durmiendo aquí.
-Yo iba por la calle y de pronto me cayó algo brillante sobre los hombros y... y pensé que tenía algo que hacer aquí.
-¡Era polvo de hada!
-¡¿Polvo de hada?! ¿Pero existen las hadas?
-¡Claro que existen! ¡Pumpum me dio el polvo! -se queda pensativo un momento y mira a Ace. -¿Tú crees que si pido con fuerza ponerme bueno se cumplirá?
Los dos nos rompemos de golpe. Los dos conocemos la verdad sobre las hadas. Y ojalá todo fuese tan fácil como pedir deseos y que se cumpliesen.
-Claro que sí -contesto yo. Me siento a su lado y le abrazo con fuerza. -Pero no hace falta que se lo pidas a la hadas. Lo que tienes que hacer es ser fuerte y valiente, así cuando vuelvas a dormir en casa podrás venir a salvarme.
Se me escapa una lágrima, son cosas que ni los héroes podrían controlar, y Nacho me ve.
-Alejandra, tú no estés triste. Ya estás con Ace y conmigo, ahora podemos sonreír los tres.
-No lloro. Se me ha metido polvo mágico de hada en el ojo.
He conseguido engañarle, pero no a Ace, a Ace no se le escapa una en lo que respecta a mi humor.
Paso el resto de la tarde con los dos y cuando me marcho, prometo volver pronto para verle.
Ace me acompaña hasta la salida del hospital.
-Alejandra.
-Dime.
-Gracias por venir a ver a Nacho.
-No ha sido aposta, ha sido...
...cosa del destino. No lo digo, pero no es la primera vez que siento esto cuando se trata de Ace.
-¿Volverás?
-Sí, para verle.
Eso ha sido un tiro a la cabeza. Se esperaba otra contestación. Pero no te la mereces, Ace.
-Nos vemos.
Cojo el metro para volver a casa y rompo a llorar. Se lanzan al vacío todas las lágrimas que dentro han tenido la cortesía de no molestar. No puedo quitarme la imagen del pequeño en ese estado. 
La organizadora estaba confundida, no soy fuerte para esto.

viernes, 14 de junio de 2013

FORMATO RUPTURA

Bajo al parque a dar un paseo. El atardecer no es tan bonito como el de la playa, pero tiene algo especial. O yo quiero creer que tiene algo especial. Los atardeceres tienen la fea costumbre de entristecerme y soy tan masoca que me sigue encantando contemplar la muerte del sol. Quiero tener a alguien con quien compartir este ocaso... quiero tenerle a él.
¿Qué siento por él? ¿Amor? ¿Odio? ¿Qué es el amor? ¿Qué es el odio? 
No creo que una persona tenga el espacio suficiente en el cuerpo como para poder sentir ambas cosas a la vez. Aunque, con lo rarita que me estoy volviendo, puedo ponerlo en duda. 
En la playa tenía ganas de coger un bate de baseball y jugar a la piñata con su cabeza por querer hablar.
En la habitación de Alberto apareció la imagen de su maldita cara en mi cabeza y una parte de mí deseaba que esa boca fuese otra.
Me lo he pasado muy bien con él. Con sus excentricidades, sus comentarios de mal gusto, su manía de intentar incordiarme...
Sé que hay mil cosas mucho más importantes que Ace, que hay vida después de él... Pero es que todo me da tan igual.
¿Por qué intentó besarme? ¿Por qué no salió del coche a buscarme o me impidió salir? ¿Por qué él? ¡¿Por qué?!


Cuando termina la Semana Santa voy a ver a Flo a su casa. Me abre Nico la puerta y me da un abrazo de esos que te alegran un poco la vida. Ha conseguido calmar un poco a su hermana y me ha allanado bastante el camino para poder volver a estar bien.
Al principio, de camino al restaurante donde vamos a ir a cenar, casi ni me habla. Ella es así: se hace un poco de rogar y luego como si no hubiese pasado nada. Podría ponerme digna, podría decirle que en parte es culpa suya que yo me marchase por haber metido su nariz donde no tenía que meterla. Pero en toda relación, una de las partes tiene que perder el orgullo, tiene que callarse, y en esta me ha tocado a mí.
Pero cuando nos sentamos se le va el enfado de golpe y me empieza a contar que no ha tenido unas malas vacaciones pese a todo; ha conocido a un chico que vive cerca de mi antiguo colegio y han quedado en verse más veces. Me cuenta que han echado a Clara del grupo, pero sin más detalles. 
Después de cenar nos dirigimos a un bar del centro para tomar un mojito.
Pasamos frente a la puerta de un Pub justo cuando un puertas está sacando a un chico agarrado por el cuello de la camisa y otro gorila detrás empujando a otros dos.
Son el bajista, Nico y... Ace.
¡¿Pero por qué?! ¡Hay cinco bares por calle en esta zona y justo tenían que estar por el que pasamos!
Flo corre junto a su hermano y, cuando me acerco, me piden que me quede con Ace mientras intentan calmar al otro chico. Miro a mi acompañante, que tiene el labio hinchado y un hilo de sangre le baja por la comisura. Me mira sin saber qué decir o qué hacer. 
¿El imperturbable Ace sin saber qué hacer?
Decido no sacar mi peor cara y ayudarle, ¿Por qué? Porque soy imbécil. 
Le apoyo contra un coche.
-Quédate aquí un minuto.
Entro en el pub y pido unos hielos y un trapo, pero sólo me dan lo primero. Las servilletas de papel no me sirven... ¡La madre que le parió!
Salgo y me quito la camiseta, quedándome en tirantes. Envuelvo los hielos con mi ropa y lo pongo sobre su maltrecho labio con todo el cuidado que puedo, pero emite un quejido ahogado.
-Lo siento.
Le doy la camiseta para que se encargue él. Mira la sangre y se disculpa.
-No te preocupes, sólo es ropa.
Aunque sea primavera, estoy muerta de frío. Ya estaba destemplada al salir del restaurante porque no había cogido nada de abrigo y ahora en tirantes tirito y mi piel se eriza.
Pone los hielos en mi mano, se quita la chaqueta y la pone sobre mis hombros sin darme tiempo a retroceder.
Vuelve a coger los hielos y los aprieta contra su labio.
Yo sigo helada y me duele la piel. Creo que tengo fiebre.
-Si quieres, podemos ir al coche para que no tengas frío.
-No.
Antes tengo que aclararme. No me veo capaz de estar con él a solas en un espacio cerrado tan reducido y controlar mi desequilibrio emocional.
La herida no para de sangrar, creo que también tiene la lengua herida.
-Deberíamos ir a urgencias, no tiene buena pinta.
-¿Tú crees? -se toca el corte con el índice y se le llena la mano de sangre.
Esperaba una contestación sarcástica o el típico comentario machito de "estoy bien", seguido de devolverme la camiseta. Pero no.
-Sí.
-Pues vamos.
No tendría que haber utilizado el plural para regalarle mi consejo. Al final voy a tener que enfrentarme al coche.
-Espera que voy a decirle a Flo que venga y...
-No. Se han llevado a José lejos.
Saca las llaves. No me había fijado que el coche en el que estamos es el suyo.
Me monto de copiloto y sujeto los hielos cerca de su boca mientras él conduce.
-¿Qué tal tus hermanos?
Pregunto por romper este silencio incómodo, en realidad. Aunque creo que no le vendría mal guardar silencio por la situación de su boca.
-Bien, Nacho quiere verte.
A diferencia de ti. 
-Yo a él también. ¿Y qué tal el grupo?
-Roto. Hemos echado a Clara.
-¿Por qué?
Aquí vienen mis detalles.
-Le ha puesto los cuernos a José.
Así que el bajista se llama José.
Arqueo una ceja y retiro la camiseta de su boca.
-Pues menuda razón más estúpida.
-Para nosotros no lo es. Pero si lo sumas a que casi siempre se saltaba los ensayos y que se ha metido en la cama con los otros tres integrantes...
Vale, quizás sí son suficientes razones.
Vuelvo a colocarle los hielos, vuelvo a estar en silencio.
-Entiendo que lo pases tan mal por el chorraboba. Cuando ella me engañó tenía ganas de morirme, como si la culpa fuese mía. Decidí perdonarla y aún así no quiso volver conmigo. Entró en el grupo por Nico y al poco empezó a salir con José... hasta que se la ha pegado con otro tío de la carrera.
-Pero sigo sin saber por qué te han partido la boca.
-Porque le advertí sobre ella y la verdad siempre duele. Este labio roto es la exteriorización de su dolor, así de destrozado está él por dentro. Clara es una chica que sabe latín: sabe por dónde tiene que llevarte, lo que decirte, lo que hacer, cómo actuar para que te creas único y especial.
-Qué envidia.
-¿Envidia? Es asqueroso.
-Sabe vuestro idioma.
-Ese idioma es universal. De cabrones universales. Da igual quién lo utilice, es despreciable.
Pues yo la envidio. Ojalá supiese qué decir en cada momento para conseguir al chico que tengo al lado.
Definitivamente, no puedo odiarle, no es un sentimiento que me salga sin más.
En el hospital le dicen que, efectivamente, le han partido el labio y que si quiere denunciar al agresor. Qué emocionante, parece un capítulo de una serie de jóvenes problemáticos. Obviamente dice que ha sido un golpe. También tiene un pequeño corte en la punta de la lengua, que es el lugar de donde salía toda la sangre, lo que hacía la escena más escandalosa. 
Le hacen las curas pertinentes y nos vamos.
En el coche estamos callados, sin música. Y no estoy incómoda, no ahora. Aunque tenga mil preguntas que hacerle, aunque quiera gritarle, me da igual. Me basta con que esté aquí.
Llegamos a la puerta de mi casa.
-Gracias por acompañarme al hospital.
-No hay de qué -me quito el cinturón de seguridad.
Abro la puerta y pone su mano sobre la mía. Le miro fijamente.
-¿Te apetece salir el sábado que viene a tomar algo por ahí?
-De acuerdo.
Vamos a intentar retar a la vida, a su predisposición al caos de los puntos suspensivos.





(@justacartoon en twitter, para leer más locuras y desequilibrios.
Gracias por estar al otro lado)

lunes, 10 de junio de 2013

FUGAS TRANSITORIAS

No voy a enfadarme con Flo y Nico, ellos actuaban pensando en mi bien; quizás no deberían de haberse metido pero lo hecho, hecho está y no había maldad en su intención de alejarme de Ace.
Llego, llamo a la puerta y me abre mi amiga. Me sorprende haber encontrado el apartamento yo sola. No es que sea tonta, no, es que sólo vi la dirección cuando lo reservamos por internet y no es mi ciudad, es la primera vez que me muevo por esta zona de la costa.
Flo me da un abrazo a modo de disculpa y yo se lo devuelvo. 
Nico está en la ducha. Cómo le gusta el agua a este chico.
El apartamento no es muy grande, pero es bonito y está en primera línea de playa. Tiene un baño, cocina, sala de estar y dos habitaciones. Perfecto para tres personas que necesitan huir. Flo lo ha dejado con su novio. Nico ha roto con el grupo. Yo escapo de todo, corro pero sin saber a dónde y empiezo a estar agotada.
Después de deshacer la maleta bajo la atenta mirada de Flo, bajamos a la compra los tres.
En el supermercado veo a Marina con un hombre y una mujer que no llegan a los cincuenta, supongo que serán los padres de Ace. Es un supermercado veinticuatro horas, se nos ha hecho tarde para más; lo cierto es que me choca bastante encontrarles aquí, no relaciono a los propietarios de la mansión en la que estuve con esa pareja sonriente y con este lugar. Tenía encasillada a ese tipo de gente (sí, gente pudiente) con destinos exóticos como islas paradisíacas y deportes comunes en lugares lejanos.
Antes de que Marina me vea y tener que enfrentarme a cualquier situación incómoda, me cuelo en uno de los pasillos paralelos. 
Cuando acabamos de pagar, nos cargamos con las bolsas, que pesan... una tonelada. ¡Mierda! Todo me recuerda a él. De verdad, Alejandra, hay vida más allá de Ace, ¿O es que no recuerdas qué hacías hace unos meses? Sí, tener una vida monótona y pasar los días sin pena ni gloria.
Nico nos espera en el coche y volvemos al apartamento. Colocamos todo en su sitio. Es curioso lo fácil que resulta a veces imitar un hogar, la sensación de estar en un sitio conocido, con sólo llenar algunos rincones con cosas propias. Pero no cenamos en casa, vamos a un mejicano del centro del pueblo.
Mientras miro mi taco de carne y Flo habla de su futuro como periodista de investigación, pienso en que quería venir aquí para desintoxicarme de él. No puedo tener peor suerte. Es como si alguien que estuviese a dieta se quedase encerrado en una pastelería y tuviese que aguantar la tentación de no comer teniendo los dulces más ricos con sólo estirar los dedos.
¡Ace, no hay casi playas en este país! Kilómetros y kilómetros de playa y tiene que venir a parar aquí... como si fuese cosa del dest...
¡Tengo que salir de aquí!
-Mañana voy a comprarme un billete de bus para volver a casa -digo como si tal cosa, interrumpiendo el monólogo de Flo.
-¡¿Qué?! -gritan los dos a la vez.
-¿Por qué? -me dice mi amiga.
-Porque está aquí Ace, he estado con él en la playa.
-Alejandra, no tienes por qué encontrarte con él. Este pueblo no es tan pequeño. Podemos ir con el coche a alguna cala cercana...
-No. Encontrárnoslo es cuestión de tiempo. De verdad, necesito irme.
Pese a que Flo se pasa toda la noche intentando hacerme cambiar de parecer, sus argumentos y súplicas caen en saco roto. No hay nada que pueda hacer ella que me retenga aquí. A no ser que eche a Ace, coa que veo de lo más improbable.
Por la mañana voy a por mi billete antes de que ellos se levanten y puedan impedírmelo. Flo se pasa todo el día de morros, casi ni me habla, se queda mirando cómo rehago mi maleta, sosteniendo mi pase de vuelta con cara de odio. Al final se marcha del apartamento sin decirme nada y no vuelve a aparecer. Nico me acompaña a la estación de autobuses. 
-Siento todo lo que ha pasado.
-Yo siento haberos fastidiado las vacaciones y la amistad. Y todo. Lo siento todo.
De corazón. ¿Sabes esa sensación de no estar haciendo nada bien? Pues esta es peor.
Nico me abraza y deja que me marche. Me dice que se despedirá de Flo por mí y que intentará hablar con ella para que se le pase el enfado.
Me gustan mucho los viajes largos en soledad. Me da tiempo a pensar, a reflexionar. Quizás pensar ahora es lo que peor me venga, pero es necesario. Tengo que dejar de huir de mis problemas y empezar a plantarles cara. 
Viajar es como vivir una pequeña vida. Puedes conocer gente, puedes simplemente observar a la gente, emocionarte o dejar pasar todo. Una vida en unas horas.
Tengo que tomar una decisión antes de llegar a mi casa. Antes del último destino tengo que sentir que algo va a cambiar. Y voy a ser egoísta, voy a pensar en mí. Voy a volver a intentarlo con Alberto para ver si consigo olvidarme de Ace. Lo siento por mi ex, pero si esto sale bien no tiene por qué enterarse nunca de que le voy a manipular. ¿Qué terrible suena con estas palabras, no? Digamos que va a servirme de tirita. Él no tiene por qué sufrir.
Cuando llego a casa, todos están despiertos, casi ni ha empezado a amanecer. Le dejo una notita en la cafetera a mi familia "Sé que no tenía que ocupar la habitación hasta dentro de unos días, pero por vicisitudes del destino me he visto obligada a viajar de urgencia. Por favor, no me despertéis, todo está bien. A." 
Cuántas mentiras en tan poco espacio.
Cuando me despierto casi al medio día, tengo la contestación de mi madre en la mesilla de mi cuarto "Hemos tenido que irnos con unos amigos, volveremos después de cenar. Cariño, a veces al destino hay que decirle BASTA y poder decidir por ti misma. Claro que todo no está bien, pero ya nos sentaremos a hablarlo delante de un helado, como a ti te gusta tratar los asuntos de Estado Mayor. Te quiero. Mamá."
Guardo la nota en mi caja de recuerdos (¿Quién no tiene un hueco para no olvidar sus heridas?) y llamo a Alberto. 
Y aquí estoy, en la habitación de mi ex, preparada para cualquier eventualidad tanto si es buena como mala. Está sentado en la silla del escritorio con sus gafas de pasta medio caídas y un vaquero pirata, el pelo revuelto y la mirada seria.
-¿Has pensado ya lo que te dije?
Tengo que ser directa. Si le digo que sí, vamos a estar hablando de esto y de aquello, planeando cosas, poniendo parches y yo necesito extirpar de mi cabeza (o corazón) a Ace.
Me acerco a él y le beso sin previo aviso.
¡¿Qué pasa?! ¡No siento nada! 
No, no puedo, no me sale. Esta relación es absurda.
Cuando siento que pasa el brazo por mi cadera me separo de golpe y le miro asustada. A lo que sigue un ataque de risa que no puedo controlar; de verdad que lo intento, pero no hay manera de frenar este sonido estridente.
Me mira atónito. Normal.
-No puedo -consigo decir.
Y antes de hacerle y hacerme sentir peor, salgo corriendo de su casa y de su vida. La gente me mira al pasar igual que la última vez que abandoné ese mismo edificio con esas mismas prisas: como si tuviesen que ingresarme en un psiquiátrico.
Pero nunca me había reído así. Y lo mejor es que, desde hace mucho tiempo, todo me da igual. Hasta que me entran ganas de llorar.
Estoy loca. Sí, creo que estoy a un grito histérico de que me mediquen.
Pero, reconozcámoslo, cuando la mente y el corazón deciden compartir la locura, cuando no puedes más, este tipo de reacciones es casi normal.

viernes, 7 de junio de 2013

TIEMPO MUERTO

He decidido, después de dos semanas de reflexión, ayuno relativamente involuntario e insomnio, que algo malo he tenido que hacer y que tengo que cambiar radicalmente de forma de ser para que mi situación cambie.
Lo primero es apuntar más consejo en mi libro de autoayuda, empezando por NO CONFÍES EN NADIE.
Lo segundo ha sido llamar a Alberto para hablar. Quiero que me explique lo que me tenga que explicar y voy a perdonarle, quiero perdonarle, creo que es algo necesario: perdonar y ser perdonado.
Hemos quedado en la puerta de su casa, a las ocho de la tarde de un primaveral catorce de Marzo. Creo que es un buen día para empezar a hacer bien las cosas.
Me escribe y dice que suba.
En la entrada han repuesto el jarrón que rompí en mi huida por un florero. 
Vamos hasta el salón y me ofrece algo para beber o comer, pero no tengo sed ni hambre. Al menos no de alimentos. Él coge una lata de refresco de limón y se sienta a mi derecha. Tarda un poco en empezar, pero por fin, da un último trago, deja la lata, se acomoda con el tobillo izquierdo bajo el muslo derecho y empieza.
-Verás... El día de tu cumpleaños no me dejaste explicarme. Yo estaba en una fiesta y Camila se me lanzó al cuello -Camila, si es que ya por el nombre no podía traer nada bueno. -Perdí las gafas al principio de la noche y tú ya sabes que no veo nada. Si a eso le sumas que a las cinco de la mañana estaba como las grecas. No sé, os parecéis un montón, Alex. Cuando me di cuenta de que no era posible de que fueses tú, porque tú no estabas en aquella fiesta, me separé corriendo, pero el error ya estaba cometido.
Punto uno: No me llames Alex, que eso sólo podías llamármelo cuando éramos novios. Punto dos: todos nos hemos emborrachado y todos sabemos dónde están nuestros límites. Punto tres: soy bastante más guapa que esa niña.
Y ahora, lo de siempre, que en mi cabeza suena todo muy bien y no sé cómo decirlo. Y creo que puedo perdonarle si me creo todo eso que me ha contado. Pero hay algo que aún no entiendo.
-Pero tú me dejaste.
-No, yo te dije que entendería que lo dejáramos. Y yo, al ver que te marchabas y no me dirigías la palabra, di por hecho que habíamos cortado.
-¿Y el día que os vi juntos? Porque tus argumentos se tambalearían un poco si me dices que os habéis vuelto a ver después de esa noche. 
-Le estaba aclarando que no quería nada con ella y le pedí que dejase de acosarme con mensajes a todas partes.
Vale. Puedo perdonarle. Alejandra, puedes perdonarle. Ha sido todo un malentendido, una serie de catastróficas desdichas. Puedes hacerlo.
-Te perdono. Ha sido un malentendido, no pasa nada.
-La verdad es que yo me he estado muriendo de celos este tiempo. Ya sabes, por el chico ese.
Cuando hace mención a Ace, me quedo catatónica y la imagen de él metido en el coche mientras yo me marchaba, me golpea la cabeza una y otra vez. Y su mirada de indiferencia. ¿Me miraba a mí? Y esa frase ¿Por qué hablas como si fuésemos algo más que conocidos?
-¿Quién es?
-Nadie importante.
¿Le estoy convenciendo a él o a mí misma?
Alberto coge mi mano. 
-Alex, me gustaría volver a intentarlo.
No digas Alex con esa ternura, que me deshago.
-Tengo que pensarlo.
Bien, Alejandra, bien. Me abrazaría a mí misma por esta fuerza de voluntad.
La verdad es que no quiero ninguna relación ahora, pero tengo que buscar la manera más sutil de decírselo.
-Lo entiendo -aprieta mi mano y la suelta.
Solucionar mis problemas con Alberto: visto.
Lo siguiente que voy a hacer es deshacerme de mi look. La raís me ha crecido lo suficiente como para no tener que rapármelo.
Mi peluquera, que es una artista, me ha dejado un adorable corte a lo garçon con mi color castaño natural. Y me ha dicho que cuando empiece a crecer un poco más, volverán los rizos.
Cambio de look: visto.





Y por fin ha llegado la semana santa y yo estoy en el coche de camino a la playa con Nico y Flo. Hemos alquilado un apartamento para una semana de relax. La idea era irnos las dos solas, pero la madre de Flo insistió en que Nico nos acompañase. Ningún problema: ha puesto el coche, dinero y es un chico genial. Cambian el disco porque el que sonaba ya se había acabado. Primera pista: bien. Segunda pista: bien. Tercera pista: Ace. 
Y no lo soporto, no lo aguanto más y empiezo a llorar. Llevo un mes sin hablar del tema con nadie, evitando todo lo que me recuerde a él, intentando borrar el puto día que me acompañó a por la caja y todos los días anteriores. Porque, como fogonazos, me vienen a la memoria momentos con él, especialmente el del coche. Flo tiene un radar para mis lágrimas y, en cuanto se me ocurre coger aire, se gira de golpe.
-¡Alejandra! ¡¿Qué te pasa?!
Nico me mira por el retrovisor.
-Yo... -no puedo callarlo más, no puedo no decirlo -no soy capaz de olvidar a Ace. Sigo enamorada de él... y se empeña en seguir en mi cabeza.
Se produce un incómodo silencio en el que intercambian miradas y gestos.
Flo vuelve a mirarme.
-Tenemos que contarte algo.
Me seco las lágrimas. A lo mejor por fin me cuentan por qué se comportó así conmigo, después de todo Nico es su mejor amigo.
-La tarde que estuvimos en el bar después de ir a casa de Ace... -sí, EL DÍA DE LA CAJA para los amigos -Hablamos con él en la barra. Le dijimos que estabas mal por lo de Alberto, que habías decidido estar sin chicos. Sabíamos cómo es él con las chicas, que no quiere nada más allá de un rollo de una noche y quisimos evitar que te hiciese daño. 
-Le pedimos que te dejase en paz, que parase de tontear contigo, que finalizase el juego que os traíais. Pero lo hicimos pensando en tu bien -me dice Nico.
-No sabíamos que estarías tan mal, que estabas enamorada de él. Obviamente te gustaba, tú a él también, pero tú sientes más las cosas, te implicas más y lo último que queríamos era verte sufrir.
Necesito aire. Me estoy ahogando.
-Para el coche -no me hacen caso. Flo me mira como si hubiese perdido la cabeza. -¡Para el coche, Nico! ¡Necesito salir de aquí!
Se echa a un lado y frena. Me bajo tan rápido como puedo y me alejo corriendo hacia la playa.
-¡Alejandra! -grita Flo.
-¡Necesito estar sola! -le contesto.
Oigo arrancar el motor, casi silenciado por el sonido del mar. Y yo me quedo en la playa. Sola. 
Está atardeciendo y no hay mucha gente: algún grupo de amigos, algunas parejas paseando... Es el atardecer más bonito del mundo y las lágrimas no me dejan verlo.
Ace nunca dejó claro qué intenciones tenía conmigo, pero está claro que intentó besarme... y que es un cerdo con las chicas. ¿Quiso hacerme daño?
Creo que, por una vez, me voy a dar un homenaje: voy a no pensar, a darle un respiro a mi cabeza.
Me descalzo y me acerco a la orilla del mar para pasear un poco. Me encanta el balanceo de las olas, la manera de romperse contra mi piel, de intentar arrastrarme, de llevarme con ellas. A lo mejor no sería tan mala opción dejarme llevar. Alguna gaviota sobrevolando mi cabeza, la brisa revolviendo mi pelo sin piedad. 
Esto es lo que necesitaba.
Alguien me coge de la mano. Es una mano pequeña... de un niño pequeño que es todo ojos y mofletes.
-Nacho.
-¡Nacho! -gritan a lo lejos.
No puede ser. No me lo puedo creer.
-Alejandra... -me hace un gesto para que le coja.
-Disculpa, es que ha salido corriendo y...
No me ha reconocido de espaldas y no sabe que soy yo hasta que me giro un poco y me ve bien. Tengo el pelo corto y peso como siete kilos menos desde la última vez que me vio.
-Hola, Ace.
-Alejandra... -no da crédito a lo que ve.
Nacho tira de bajo de mi vestido y le cojo en brazos. Él no tiene la culpa de que su hermano y yo ya no seamos nada, si es que en algún momento lo fuimos.
-¿Cómo te va todo? -me pregunta.
Tengo lágrimas en lo ojos que el pequeño se encarga de hacer desaparecer. Creo que eso ha contestado a su pregunta.
-¿Qué haces aquí?
-Intentar disfrutar de mis merecidísimas vacaciones con Flo y Nico.
-¿Están también aquí?
-Sí, se han quedado en el apartamento.
-¿Cuánto lleváis aquí?
-Veinticinco minutos... Ahora mismo.
Nacho me abraza y me dice algo al oído.
-No estés triste.
Apoya la cabeza en mi clavícula y cierra los ojos.
-Algún día podríamos ir a tomar algo.
-Sí... algún día.
Nos quedamos callados. ¡Qué situación más incómoda!
Sopla una fortuita corriente que hace tiritar al pequeño.
-Será mejor que le lleve a casa, va a constiparse.
-Sí.
-¿Vas hacia allá? -señala mi dirección.
-Sí.
-Nosotros también.
-Bien, pues... 
¡No! Yo salgo corriendo mientras tú cuentas hasta diez y me das tiempo a poder escapar de ti.
-Dame a Nacho, si quieres.
-No te preocupes.
Ahora mismo es justo este abrazo lo que necesito: algo tierno, inocente y sincero. Nacho es el chico ideal, en el mejor sentido de la expresión. Ojalá todas las relaciones fuesen así, como este abrazo, sin complicaciones.
Lo que me sorprende es cómo me ha podido reconocer él y no Ace. No creo que tenga que ver con la inteligencia, este niño es especial de verdad.
-¿Cómo te va el curso?
-Como siempre, normal.
Y no hablamos más el resto del camino, que parece hacerse eterno. Quiero preguntarle muchas cosas, quiero que sea él quien aclare mis ideas y ponga en orden mis sentimientos... O no.
-¿Te apetecería que quedásemos un día de estos para tomar algo tú y yo? Tengo algunas cosas que decirte.
¿Y si es otro juego?
-No creo estar preparada para quedar a solas contigo.
-Sólo quiero hablar.
Le dejo a Nacho en sus brazos.
-Precisamente por eso.
Me alejo de él, como la última vez; pero en esta ocasión no espero que venga, ni tengo esperanzas en nada que tenga que tenga que ver con él. Ya he aprendido la lección.

lunes, 3 de junio de 2013

EN RUINAS

¡Riiiiin!
¡No! ¡No! ¡Nononononono!
Han llamado a la maldita puerta.
Ace suspira y se levanta del sofá con rapidez. Cuando vuelve, lo hace con tres pizzas, platos y un par de refrescos.
Terminamos de comer casi a las cinco y media de la tarde. Es una apreciación totalmente subjetiva, pero como que la pizza me ha sabido mejor que nunca y pienso que tiene que ver con que la estamos compartiendo.
Espera, espera... Recapitulemos. ¡Me iba a besar! Y yo me iba a dejar...
Claro, el tío malote y borde que quita el hipo con su inusual sonrisa, que no quiere relaciones te pone ojitos y te anulas, Alejandra. Pues no. no va a ser así.
-Va a venir el grupo a las seis y media o así para ensayar un par de canciones nuevas, ¿Te quieres quedar?
-¿Vendrá Flo?
-Seguramente.
-No me hablo con ella.
-Pues así empiezas.
Nos recostamos en el sofá y él me recoge las piernas sobre su regazo y me mira desde arriba.
-¿Quién es el chorraboba?
Creo que no soy la única en esta habitación a la que le fallan las formas. De todos modos....
-Sé que te puso los cuernos, lo mencionaste la noche de la borrachera infernal. Quiero decir...
-¿Si sigo con él? No, definitivamente no.
-¿Vais al mismo colegio?
-A la misma clase.
-Qué cómodo tiene que ser para ambos -comenta con tono sarcástico.
Estás hecho un lince, Ace. ¿Habrás hablado con Flo y tendrás tú ahora la ventaja?
-Si yo fuese él, se me caería la cara de vergüenza -digo casi como si fuese un pensamiento en voz alta.
Él asiente.
Después de charlar un rato más, salimos al jardín trasero: un porche con piscina, que ahora está cubierta, barra de bar y una mesa de hierro forjado. Aún hay nieve amontonándose en algunos rincones. Me acerco al extremo opuesto de la piscina, donde hay un buen montón, y hago una bola. Cuando Ace está de espaldas se la lanzo.
¡Pleno!
-Pero serás...
Él también tenía una preparada entre las manos y me la lanza, pero consigo esquivarla con tanta torpeza que casi me caigo sobre la lona que cubre la piscina. No puedo evitar el ataque de risa que me invade.
Me agacho para hacer otra bola, pero corre hacia mí y me agarra de la cintura.
-¡No! -intento soltarme, pero me tiene bien cogida -¡Me haces cosquillas! ¡Ace!
Me vuelve a dejar en el suelo tras un rato y los dos cogemos aire entre risa y risa. Otra vez, estamos frente a frente, demasiado cerca. Y veo que pone su mano en mi mandíbula ¡Para intentar besarme otra vez!
Tengo que ser fuerte y apartarme de este chico tan...
Puedo notar sus labios, tan flojito como se siente el aleteo de una mariposa. ¿Esa sensación de estar en el momento adecuado y en el lugar adecuado?
Un carraspeo nos interrumpe.
¡Pues yo estaba empezando a saber qué era eso!
-Hola, Clara -Ace se separa de mí por segunda vez en menos de dos horas.
¡Maldita sea!
La chica del pelo morado se ha quedado muda. Detrás llegan Nico, el bajista y Flo, quien pone los ojos como platos.
Todos nos miran con sorpresa, pero Nico está asesinando a Ace con la mirada.
Flo se acerca a mí.
-Te he estado llamando al móvil toda la tarde.
-No lo llevo encima.
No podemos ser más orgullosas. Es como un pulso por ver quién levanta más alto la barbilla en su indignación.
-¿Qué querías?
-Que te vinieras.
Pero una siempre cede.
No hay que ser un genio para darse cuenta de que a ninguno le hace demasiada ilusión que yo esté ahí. No he hecho nada malo, pero este tipo de cosas se notan, y en esta ocasión la sensación es tan fuerte que creo que en cualquier momento me va a dar las buenas tardes.
-Ya estoy aquí.
-Ya lo veo.
Todos entramos en la casa. Y yo sólo busco un segundo para preguntarle a Ace por el autobús más cercano y poder salir corriendo de aquí, pero ellos se meten en una habitación y nosotras vamos al cuarto de juegos a encargarnos de vigilar a los niños.
Cuando por fin estamos solas, empieza el turno de los disparos:
-¿Tú no tenías que estar con tu madre?
-Terminamos antes de lo previsto. Por eso te había llamado. ¿Tú que haces aquí?
Le cuento que la escuchó, que me ha venido a buscar para llevarme a por el encargo y lo de la urgencia con la niñera.
Y, como siempre, lo terminamos arreglando poco a poco, en nuestra línea.
La niñera vuelve, los del grupo salen del ensayo y vamos todos a tomar unas cervezas cerca del pub donde siempre van. Es bastante más tranquilo, con menos gente y música más relajada.
Ace se levanta de la mesa al rato de empezar con su jarra para pedir algo de picar. Flo y Nico se levantan y van tras él a la barra, dejándome con el bajista (de cuyo nombre no me acuerdo) y Clara.
Él se levanta para ir a saludar a unos amigos que acaban de entrar y Clara se acerca a mí, me ha recordado a una serpiente ese movimiento.
-Así que nuestro Ace se ha encaprichado ahora contigo.
-¿Qué?
¿Y a esta qué más le da mi vida?
-Sí. Te hace pasar veladas encantadoras, tardes divertidas, se porta bien contigo, te lleva a la cama y luego te tira. ¿Ya te ha llevado a su picadero?
¿Cómo? ¿Será cierto? ¿Voy a ser sólo un polvo?
-Veo por esa carita de susto que sí lo ha hecho. ¿Y no se ha deshecho ya de ti?
-Es que no hicimos...
¡¿Pero qué narices tengo que explicarle yo a esta?! ¿Qué pretende?
Se ríe y me recuerda a una hiena.
-Pues ándate con cuidado -bebe un trago de su cerveza. -¿No te ha contado tu amiguita que sólo utiliza a las chicas para el sexo?
-Algo me dijo.
Pero para esta conversación. La mitad de mi cerebro quiere saber cosas de Ace, por muy crueles que sean; la otra mitad me está rogando que me ponga a correr lo más lejos posible.
Va a decir algo, pero se calla al ver venir a todos.
La tensión se puede cortar con cuchillo y tenedor. Ace no me mira ni una sola vez, Flo y Nico intercambian miradas significativas, el bajista y Claudia están fríos el uno con el otro... ¿Qué está pasando? Es como si todos tuviésemos un secreto, como si quisieran decir algo pero por razones de peso se queda dentro. Esto es realmente incómodo. Estoy a punto de hacer la jugarreta de la llamada para salir de ahí, cuando Nico se levanta.
-Creo que será mejor que nos marchemos ya.
Gracias.
Y, como si hubiese sido una orden, todos se levantan y salimos fuera.
Todos se van en el coche del bajista, menos yo que me voy con Ace. Tiene mi caja y una explicación guardadas en el maletero del coche.
Nico le lanza una mirada de advertencia a Ace. 
¡¿Qué está pasando?!
Hasta llegar al coche no decimos absolutamente nada y durante el trayecto casi ni cruzamos palabras.
Le voy a perder, siento que algo se ha roto entre nosotros. Ahora entiendo eso de tener a alguien al lado y a mil kilómetros a la vez.
Tengo que hacer algo.
-¿Crees en el destino? -digo sin más.
-¿Eh?
-¿Tú crees que existe el destino?
-Depende.
Suficiente. Al menos no ha dicho que no.
-Lo estaba pensando antes y... si nuestros caminos se separasen, el destino volvería a reunirnos en algún momento... Si es como debe ser.
-Puede ser. ¿Por qué hablas como si fuésemos algo más que conocidos?
¡Auch! Eso ha dolido. Sé que no somos una pareja, pero desde luego, con esas palabras ha tirado al traste cualquier tipo de relación que pudiésemos tener.
Voy a vomitar palabras, no lo puedo soportar.
-¡¿Por qué intentaste besarme antes?!
-Fue un error, no tenía las ideas claras.
-Pues casi lo cometes dos veces. ¡¿Me habrías utilizado y me habrías tirado después?
-¡¿Qué?! -da un volantazo.
Aparca en segunda fila.
-Sí -le acuso, -sé cómo tratas a las chicas.
Cállate, Alejandra, pedazo de idiota, vas a estropearlo todo.
-¿Te ha comido Clara la cabeza?
-¿Qué más da quién me haya dicho nada? ¿Es verdad o no?
-No utilizo a las chicas. Si veo que hay una oportunidad la cojo, pero siempre dejo claro que ni llegaré con flores y correré calle abajo gritando mi amor. Siempre dejo claro que será un lío de una noche.
Ahí quería llegar, amigo.
-¿Y por qué a mí no me lo dijiste?
No contesta.
Iba a utilizarme y le da vergüenza reconocerlo. Ahora todo encaja. Él sabía que yo estaba mal por haber roto con mi novio e iba a aprovechar mi debilidad para consolarme y luego dejarme tirada.
¿Cómo no he podido verlo hasta ahora?
Me quito el cinturón (Ace, no dejes que me marche, por favor), cojo mi cartera (aún estamos a tiempo), y salgo del coche (ciérrame el seguro y dime que no quieres que me vaya) y saco la caja del maletero (por favor, sal del coche, dime que estoy equivocada, que soy diferente). Y no dice nada. No hace nada.
Cojo un taxi que pasa justo en ese momento. Hago un grandísimo esfuerzo para no mirar atrás, aunque por dentro esté rogando que salga de ese maldito coche de una vez. Quiero que me bese, que me explique lo que pasa.
Y no pasa nada.
Este taxi no solo me lleva a mí, sino todo lo que podríamos haber sido, todo lo que siento por él y todas mis esperanzas... Y una caja de mil toneladas.
Decidí que no iba a volver a enamorarme, dije que nadie mas entraría en mi vida para destruirla desde dentro. He roto mi promesa y pagaré por ello. 
Pero nunca más.