viernes, 31 de mayo de 2013

A 300 PULSACIONES, SIGA TODO RECTO

Lunes por la mañana, demasiado por la mañana, cuando el cielo aún está sacudiéndose los últimos tintes de la noche. ¿Y quién está en mi esquina? El chorraboba, con su café de cadena de cafeterías que hace cafés que saben a todo menos a café, sus pitillo verdes y sus gafas de pasta, apoyado contra la fachada de mi edificio. Le miro un instante con cara de estar oliendo una basura y sigo mi camino sin prestarle atención. 
Me agarra del brazo antes de que siga caminando.
-¡Eh! -le grito y me zafo.
-Te he estado llamando todo el fin de semana.
-Ya lo sé.
-Tengo que decirte lo que siento.
Me río de él.
-No gracias, no fumo.
-¿Qué?
Nunca ha entendido mi humor.
-Que no me interesa lo que tengas que decirme.
-Nunca dejas que nadie se explique. Te crees en posesión de la verdad absoluta y no es así, Alejandra. Cometes errores, te equivocas, eres...
-Shhh -le corto.
-Vale, cuando te apetezca saber lo que pasó en realidad me llamas y si me apetece te lo digo.
Se marcha airado, derramando un poco de café, en dirección al colegio.
La semana ha empezado bien... No quiero imaginar cómo será el resto.
Y, como prometía, una semana tediosa con comentarios despectivos de mis compañeras y las zancadillas emocionales que ya he tenido alguna vez. Y lo que ronda mi cabeza es la universidad. La universidad como vía de escape. ¿Pero qué voy a estudiar? No sé ni qué voy a hacer con mi vida este verano, imagínate si me pongo a planteármela a larguísimo plazo.
No me imagino dando clases, por ejemplo, ni con un maletín en un bufete de abogados, nada relacionado con la justicia o la política (me aburren demasiado esos temas), periodismo... quizás. Publicidad... no, definitivamente no. ¿Psicóloga? Es lo que yo necesito, no creo que pueda serlo. 
Educación especial. Eso me gusta. Se me dan bien los niños y hay más de uno que necesita una ayuda que yo podría darle. Los niños son lo que me gusta. Sí, tener alguna responsabilidad de ese tipo me gustaría.
Los cinco días lectivos pasan lento, pero por fin pasan. Lo malo de esta semana, o quizás lo bueno, ha sido Ace, o quizás no-Ace. Ni una sola llamada, ni un solo mensaje, ni una señal de humo, ni piedras contra mi ventana. Es bueno porque he decidido que no me guste más de lo que ya me ha llegado a gustar, pero malo porque tengo cierta ansiedad por verle, por sus bromas de mal gusto, sus ironías... Pero entiendo que después del espectáculo del sábado no quiera saber nada más de mí.
Y, como si mis pensamientos se hubiesen materializado, ahí aparece, en la puerta de mi colegio con su coche negro. Hago como que no le he visto (¿Qué me pasa?) y sigo camino hacia mi casa.
Me agarra de los hombros.
-¿Se te ha pasado ya la resaca?
¡¿Pero cómo puede seguir con eso?!
-Hasta ahora, el dolor de cabeza había desaparecido.
-Ya me imagino, ya -se gira y abre la puerta del coche. -Vamos.
-Tengo cosas que hacer hoy.
-Venga, entra en el coche y no te hagas la dura.
-En serio, Ace, tengo que hacer una cosa.
-Tardarás menos en cruzar toda la ciudad con coche.
Enarco una ceja y me cruzo de brazos. ¿Me espía? 
-Venga, entra y te cuento.
Me trago mi orgullo, mis ganas de olvidarle y mis nervios y subo al coche como la niña que hace casó a su madre después de una discusión. Mientras arranca, dejo la mochila entre mis pies y me pongo el cinturón.
-No te creas que te espío. En domingo, cuando estábamos ensayando en casa de Nico, subí a su habitación a por unas partituras y te escuché hablando con Flo: tenía puesto el manos libres.
No le llames cotilla. Muérdete la lengua, Alejandra. Lo escuchó sin querer.
-Escuché cómo Flo te daba calabazas y yo tampoco tenía ningún plan para esta tarde, así que me pasé por aquí para hacerte compañía.
-Adorable.
-Si lo prefieres, te dejo en el bus.
-No, no. Hombre, ya que te has tomado la molestia...
Y menos mal que me ha traído en coche. La caja pesa una tonelada y media; a saber qué habrá pedido esta mujer desde Japón que pesa tantísimo. Cuando dejo el paquete en el maletero me doy cuenta de que Ace está mirado muy serio mi cuaderno de dibujo.
-¡Eh! -le llamo la atención y le quito el cuaderno de las manos.
-Son buenos. Dibujas bien.
-¡No me lo creo! ¡Existe algo que haga bien!
-Hay más cosas que haces bien, Alejandra -dice con tono muy serio.
-¿Como qué?
Se queda en silencio, mirándome sin pestañear, hasta que consigue aburrirme y pongo la música. Pero no me dura mucho. Le llaman al móvil y para en un área de descanso cercano para cogerlo. Sin decirme nada sale del coche y devuelve la llamada; aunque no puedo escuchar el contenido de la conversación, se ve por sus gestos que es una discusión. Y no para de mirar hacia mí. Cuelga, respira hondo y vuelve al coche. Se sube en silencio sin mirarme, se pone el cinturón y agarra con fuerza el volante. Por fin gira la cabeza hacia mi asiento.
-¿Estás bien? -le pregunto.
Creo que ha perdido los nervios, es la primera vez que le veo así.
-¿Tienes algo que hacer?
Quedar con todos mis novios, con todos mis amigos, preparar la fiesta que voy a dar esta noche en mi casa... No, no es el momento para un comentario sarcástico.
-No, estoy libre.
-¿Te importa acompañarme a casa de mis padres? Es que la niñera ha tenido un problema familiar y alguien tiene que cuidar de mis hermanos. Sé que cuidar niños no es el mejor plan de un viernes, pero me viene mejor seguir esta carretera que volver, dejarte y luego ir. 
-No hay ningún problema, Ace. 
-En serio...
-Vamos -le sonrío.
-Gracias.
Si sabe esa palabra... Y lo bonita que suena en su boca.
Va lo más rápido que le permiten las normas de señalización. Creo que estaría bien tener ese tipo de señales en el alma, algo así como "PROHIBIDO EL PASO AL AMOR", "120 PULSACIONES POR SEGUNDO COMO MÁXIMO PARA ESTA PERSONA", "PELIGRO DE DERRUMBE EMOCIONAL" o "ZONA DE DESCANSO PARA CORAZONES ROTOS".

domingo, 26 de mayo de 2013

MAMÁ ES BRUJA

En casa está mi madre, sentada en una de las sillas de la cocina, bebiendo un té caliente y leyendo una revista. Está vigilando un guiso que provoca un rugido en mi estómago. Mi padre se ha ido con su hermano de "fin de semana de chicos". Hombres...
-Hola, mamá.
-Menos mal que me mandaste ese mensaje anoche, estaba asustada.
Ella se fía de mi, pero de vez en cuando se despierta con neuras raras sobre secuestros, venta de órganos, trata de blancas y otra interminable lista de barbaridades en las que me podría ver implicada.
En mi interior no puedo parar de darle las gracias a Ace. Creo que sólo él es capaz de ver esos detalles.
-¿Te lo pasaste bien?
-No del todo mal -sonrío.
-Por cierto, Alberto vino a casa a buscarte, le dije que te habías marchado con un amigo a ver una exposición de arte y se puso muy celoso. Me preguntaba por su nombre y si le conocía. ¿Ha pasado algo?
-Ya no estamos juntos.
-¿Estás bien?
Mejor de lo que cabría esperar, eso seguro. Todas las rupturas son dolorosas, pero entre Ace y Flo no lo llevo tan mal como creía que iba a llevarlo.
Ace. La imagen de su sonrisa pícara me hace que nada sea tan doloroso pero en cuanto se esfuma vuelve el bajón.
Mamá, no me entiendo a mí misma.
-Sí, estoy bien. Tranquila.
Si las madres supiesen el esfuerzo constante que hacemos para que no se preocupen tantísimo por nosotros... Y, sin embrago, lo hacen.
Antes de que me pille la mentira de esta noche con preguntas indiscretas, me voy a mi cuarto a hacer algo, lo que sea. He terminado exámenes y no tengo nada que hacer, así que saco mi cuaderno de dibujo y me pongo a trazar líneas con el carboncillo. Ni siquiera sé que estoy haciendo, estoy embelesada por la música y mi mano está en modo automático; mi mirada sigue los trazos pero ni quiera controla por dónde va.
Tras una hora dibujando, vuelvo a la realidad para darme cuenta de que es un retrato de Ace lo que estaba haciendo. Un retrato con su sonrisa inusual... y se parece a él. Quiero decir, que no me ha salido tan mal para el tiempo que llevo sin dibujar.
No puedo dejar de mirarlo, no puedo parar de imaginarle, no consigo sacarle de mi cabeza. ¡Mierda!
Sería una agridulce ironía que fuese precisamente él quien se encargase de desenamorarme de sí mismo. ¿En qué momento se me ocurrió inventar ese estúpido contrato?
¡Basta! ¡Se acabó Ace!
-¡Alejandra!
¿Y ahora qué querrá mi madre?
Vuelvo hasta la cocina con el ceño fruncido. Tenía ese tono cándido que ponen las madres cuando te van a mandar hacer algo. Tendría que haberme hecho la dormida.
-Necesito que vayas a recogerme un paquete a este sitio después de clase -me da un papel con la dirección. ¡Está en la otra punta de la ciudad!
-¿Estás loca?
-Venga, que a mí no me da tiempo.
-Mamá, es porque no te apetece ir, reconócelo.
-No, cariño. Es que este viernes me tengo que quedar hasta más tarde en el trabajo.
-¡¿El viernes?!
-Te lo estoy pidiendo un domingo, Alejandra. No te ha dado tiempo a hacer planes.
¡Será bruja! Sabe que no tengo amigos y se aprovecha de la situación ¡Mi propia madre lucrándose de mi soledad!
Estrujando el papel vuelvo a la habitación para llamar a Flo; quizás ella me acompañe. Cuando lo coje le cuento lo que me ha encasquetado la bruja.
-Por favor, ven conmigo. Acompáñame por nuestra amistad.
-No puedo, de verdad. Tengo una boda dentro de poco y voy a ir con mi madre a buscar el vestido y sus zapatos y...
-No hace falta que me pongas excusas. Con que me digas que no te apetece nada me vale.
-Sabes que no es eso. Si quieres quedamos más tarde, cuando acabemos nuestras cosas, y nos tomamos algo con los del grupo.
-No. Paso del plan.
-¿Cómo te fue con Ace? ¿Te dejó pronto en casa?
-No me apetece contártelo.
-¡Ay, Alejandra, que imbécil te pones a veces!
-Y tú eres una egoísta.
-Venga, vete a pagar tu mal humor con otra.
La cuelgo, aunque creo que ella a mí también.
No puedo estar más enfadada. Necesito gritos, necesito sacar la artillería musical pesada, necesito a Jared a todo volumen en los altavoces.

martes, 21 de mayo de 2013

TRATO HECHO

¡Menudo dolor de cabeza! Me palpitan las sienes y me arde la garganta, si es que sigo teniendo garganta. No sin esfuerzo, consigo abrir los ojos y, para mi sorpresa, no estoy en mi habitación. No sé dónde estoy y el pánico empieza a apoderarse de mi cuerpo. No recuerdo qué pasó anoche después del bar ni cómo he llegado hasta aquí. Lo último que recuerdo es el olor de Ace y su... su cuerpo.
¡Mierda! No llevo mi ropa. No llevo pantalones, lo único que me cubre es una camisa varias tallas más grande que la mía.
¡No! ¡No!
Me levanto de la cama con cuidado para no caerme del mareo que tengo. Necesito ir al baño con urgencia. Intento averiguar algo de mi paradero, pero la puerta del baño es la contigua a la de la habitación en la que me encontraba y las fotos que hay en la pared no me dan más información de la que ya tenía.
Escucho algo y giro la cabeza: Ace está en el sofá, envuelto en un par de mantas, dormido profundamente y estirado cual largo es que, por cierto, es mucho.
Estoy a salvo... Creo.
Entro en el baño. Todo en orden, todo limpio. Una toalla negra detrás de la puerta, tres cepillos de dientes, una cuchilla de afeitar, enseres de higiene de marcas caras, un cesto de mimbre donde intuyo que irá la ropa sucia y el mobiliario de un baño normal y corriente. Parece que vive solo.
El reloj de la radio que hay sobre el aparador marca las ocho de la mañana.
¿A qué hora volvimos? Estoy agotada, como si hubiese corrido una maratón, así que vuelvo a la cama. Me da pena dejar en el sofá a Ace, pero tampoco me parece de recibo decirle que me acompañe a la cama.
Me refugio en el edredón nórdico; qué gusto de calor. Y todo huele a él.
Cuando me vuelvo a despertar son las doce del medio día y, aunque el mareo se me ha pasado, la cabeza me sigue doliendo una barbaridad. Al sacar la nariz de mi escondite, un olor a café recién hecho hace que casi salte de la cama y voy a la cocina mientras intento no arrastrar demasiado esta cara de vergüenza, con que me llegue a las rodillas me conformo.
-Buenos días.
-¡Ah!
Menudo susto me ha dado, no le he visto venir por detrás. Va sin camiseta, sólo con los pantalones del pijama dejados de cualquier manera sobre sus caderas. Me fijo en lo marcados que tiene los músculos de la espalda, la verdad es que parecía más flaco que esto, pero lo que me llama más la atención es el tatuaje que la invade por completo: empieza en la última vértebra de la espalda, un mástil de guitarra que trepa por su columna y hacia la mitad, las cuerdas se separan y crean formas serpenteantes salpicadas por notas musicales para volver a unirse en la primera vértebra, coronada por una clave de sol.
-Sí, he dormido muy bien, gracias por preguntar -me dice en tono sarcástico.
-No hables tan alto, por favor.
Es como si berrease en mi oreja.
-¿Sueles tener estos despertares tan malos o es cosa de la resaca?
Ignoro su pregunta por completo.
-El tatuaje de la espalda...
-Me lo hice con dieciséis años.
-¿Te dejaron tus padres?
Llevo ya un par de años queriendo hacerme uno, pero en mi casa hay un pequeño conflicto con la tinta bajo la piel.
-Diría que ninguno lo sabe.
Saca una aspirina de un botecito y un tomate de la nevera.
-Tómate esto.
-Será broma.
No quiero desayunar un tomate.
-No. El tomate va a hacer que te desaparezca esa resaca. Luego te daré un café.
Suspiro y cojo las dos cosas con resignación.
-¿Tienes un cuchillo?
-¿Para qué?
-Para clavártelo en el corazón... ¿A ti qué te parece? Para partir el tomate.
Saca un cuchillo afilado de uno de los cajones y lo deja junto a una tabla de madera. Parto la fruta en dos, y la devoro, como si llevase semanas sin comer. Después me trago la aspirina y él me tiende una humeante taza de café. Me la bebo sin pensar, quemándome un poco la lengua.
-¿Tienes un cepillo de dientes de sobra? Alguno de esos que se lleva la gente de los hoteles, ya sabes.
Sale de la cocina sin decir nada y vuelve con uno dentro de un plastiquito blanco.
-La pasta de dientes está...
-La he visto. He ido esta mañana al baño.
Cuando termino de cepillarme los dientes, lavarme la cara y recogerme el pelo de leona, vuelvo a la habitación para vestirme, pero no hay nada, ni mi ropa ni mi bolso, ni mi móvil. Salgo fuera y Ace está, ya con una camiseta de manga larga blanca, sentado en el sofá.
-¿Sabes dónde están mis cosas?
-Tu ropa en la secadora. -Saca mi bolso de debajo de una pila de cojines que hay en el suelo -Apagué tu móvil porque no paraba de llamarte un tal "Chorraboba".
-¡¿Has estado fisgoneando en mi bolso?! ¡Cotilla!
-Tranquila. La próxima vez no le mando un mensaje a tu madre diciendo que estás bien.
-Tú...
Vale, no ha hecho nada. Me siento a su lado, con un cojín entre las piernas para que no se me vea la ropa interior
-Gracias.
-No hay de qué.
-¿Por qué está mi ropa en la secadora?
-Porque la eché a lavar.
-Sí, lavar la ropa suele llevar a ese tipo de acciones peligrosas. Ponerla a secar después, quiero decir.
-Te tiraron una copa encima.
No lo recuerdo.
¡Espera!
-Oye... ¿Pasó algo ayer entre... bueno... pasó algo entre nosotros?
-¿No lo recuerdas, Alejandra? Nos acostamos.
-¡¿Qué?!
No, no puede ser. No voy a saber nunca cómo fue mi primera vez... Y ha tenido que ser con él. A ver, no me parece ninguna mala opción pero es algo que debería haber elegido yo y no... ¡No! 
-La verdad es que no hicimos nada.
-¡No me des esos sustos!
-Pero deberías andarte con ojo. En el estado en el que ibas, cualquiera podría hacerte cualquier cosa.
Qué razón tiene. Nunca bebo demasiado y nunca me había puesto así, y para una vez que pasa, tiene que estar él delante para poder restregármelo el resto de mi vida. ¿Y Flo, por qué no me ayudó?
-Tu ropa estará seca en una media hora.
Se recuesta sobre el otro lado del sofá. Me siento fatal por haberle llamado cotilla, la verdad; el chico ha cuidado de mí, me ha cedido su cama y me ha dado de comer tomate para que se me pase la resaca. No creo que todos los chicos den de comer tomate a las chicas que meten en su casa y menos sin acostarse con ellas. Quizás... quizás le guste.
-Me contó Flo que tú no sales con chicas.
Una demostración de sutileza digna de libro la mía, ¿Pero cómo se sacan sino estos temas?
-¿Estás insinuando que soy homosexual?
-La verdad es que no daría un duro por ello, pero quién sabe.
-Salgo con chicas, Alejandra. Lo que no hago es meterme en relaciones serias.
-¿Por qué?
Venga, sígueme el juego y no dejes respuestas a medias.
-La primera chica con la que salí me engañó con mi mejor amigo.
-¡¿Nico?!
No me puedo creer ese comportamiento del hermano de Flo, no conozco mejor persona que él.
-Así es. Pero nadie sabía que ella y yo estábamos juntos, ni siquiera él; así que no le culpo. Decidí no volver a caer en las redes de una relación estable: durante un par de años fui de chica en chica, noche sí y noche también, pero me di cuenta de lo vacío que me sentía, así que dejé de darme cabezazos contra la pared del rencor y pasé del tema. Ella no se merecía que me importase tanto. Así que ahora si surge lo cojo, pero tener a alguien encadenado no es algo imprescindible en mi vida.
Bofetada de sinceridad. Paliza, mejor dicho. ¿Es tan sincero por las mañanas? Tendríamos que dejar de quedar para tomar copas y empezar a desayunar juntos.
-Menuda mierda esto del amor. Mi primer novio me puso los cuernos y el chico que estaba llamando al móvil también.
Creo que ha quedado bastante claro que no quiere nada conmigo.
-Es difícil encontrar a alguien con quien compartir una camisa de fuerza.
¿Y por qué me molesta tanto? Habíamos dicho que nada de enamorarse de este personaje de ciencia ficción.
-Te propongo un pacto.
-Sorpréndeme.
-Creo que ninguno de los dos quiere estar con nadie, al menos no de manera seria. Y para estar de manera seria hay que empezar por enamorarse. Así que la cuestión es que ninguno se enamore, el pacto es ayudar al otro, evitar que esa enfermedad le pase.
Se ríe y niega con la cabeza.
-Estás fatal.
-No, es una genialidad. Contamos con el apoyo del otro.
-Pero no eliges de quién te enamoras.
¿Me lo dices o me lo cuentas?
-Exacto. Por eso, si llegásemos a cometer ese error, el otro tiene que esforzarse en desencantar, encontrarle defectos al tercero en discordia.
Después de pensarlo mucho y entre risas, estrecha mi mano para sellar el pacto. Ace, nuestra relación es definitivamente imposible. Y no sé por qué de pronto me da este bajón. Él y yo ni somos novios, ni pareja, casi ni sé si somos amigos ¿Qué me pasa? Soy idiota, acabo de firmar un pacto de no enamoramiento con el chico del que estoy potencialmente enamorada. Creo que azotarme la espalda con un madero lleno de clavos sería más elegante.
Cuando mi ropa ya está seca, me cambio y me lleva a casa en el coche. Creo que después de esto se merece saber mi dirección.
Así que ya estamos en la puerta.
-Ya puedes volver a tu nido, pollito borracho.
Ja.
-Qué gracioso. -Abro la puerta al salir y le miro. -Gracias por todo.
Sonríe durante un segundo y arranca el motor mientras yo cierro. Nos despedimos una última vez con la mano antes de desaparecer por mi portal.

jueves, 16 de mayo de 2013

FINALES IN-FELICES

Flo me ve entrar con Ace, primero su gesto es casi indescriptible, de absoluta sorpresa, y luego se lanza a saludarme. No entiende qué hacemos juntos.
-Luego te lo cuento -le digo al oído mientras la abrazo.
Nico se acerca a nosotros con la misma cara de sorpresa que su hermana y nos saluda. Luego me acerco a saludar a todos los del grupo mientras mi acompañante y el hermano de Flo se van fuer a hablar.
Mi amiga me da una copa y empieza el interrogatorio.
-¿Cómo os habéis encontrado?
-Veníamos juntos. Hemos ido a ver una exposición de arte de un amigo suyo, ha llamado tu hermano al salir y aquí estamos.
Le cuento cómo ha ido la tarde con él hasta ahora y arruga la nariz, como si le desagradase el asunto.
-¿Qué te pasa? -le digo al terminar de hablar. Me pone muy nerviosa que no me interrumpa con efusividad como hace siempre.
-Nada. No me pasa nada.
Sí que pasa algo, pero no me lo va a decir.
Todos están muy raros, aunque empiezo a pensar que soy yo la que anda del revés. Me da igual, quiero divertirme y pasarlo bien esta noche aunque creo que mi estómago vacío no va a soportar mucho alcohol.
Lo dicho: llevo tres copas y me encuentro fatal, estoy mareada y sólo quiero sentarme.
Ace no aparta su mirada de mí. No sé si estoy sufriendo alucinaciones, si el alcohol me está afectando demasiado o si realmente es cierto, pero me mira serio. Me mira a mí. Y de lo único de lo que estoy segura es de que quiero que me saque de aquí ya y me bese. Le odio por ser tan cínico y tan borde, pero es justo ese aspecto el que dispara mis pulsaciones.
Empiezo a ver borroso, a no poder enfocar los objetos al terminar la cuarta copa. La música está demasiado alta. Mi cabeza va a estallar.
Me ahogo. Me falta el aire. Necesito salir de aquí.
Mis piernas tiemblan como gelatina y siento que me voy a caer de un momento a otro. Todo se apaga y siento cómo unos brazos me cogen y ya no siento el suelo bajo mis pies.
El suelo.
Alguien me está llevando en brazos a través del local y puedo ver cómo todos me miran y se ríen de mí. Estoy sintiéndome totalmente ridícula y cierro los ojos de nuevo, no quiero ver esto. Quiero ver quién me lleva en brazos, aunque me lo puedo imaginar por sus hombros, a los que me intento aferrar, y su colonia, que se cuela en mi cerebro y lo taladra. No sé si sentirme contenta o morirme de una ver de vergüenza.
Algo frío me golpea el pecho y empiezo a tiritar.
Ace está corriendo conmigo en brazos a través de la calle. Sólo noto sus brazos sobre mi cuerpo, sus hombros bajo mis brazos, su respiración agitada y mi respiración entrecortada. De pronto, algo mullido bajo mi espalda. El asiento trasero del coche de Ace.
El motor ruge y, abrazada por el calor de la calefacción, me quedo dormida poco a poco.

miércoles, 15 de mayo de 2013

(HEL)ARTE

Tras pasarme las horas restantes desde que dejé de meditar hasta ahora mismo decidiendo qué ponerme, por fin he terminado. Llamé a Flo, quien me podría ayudar con darle dos detalles: se sabe mi armario de memoria y sabe cómo estar en cada ocasión; una vez me habló de los centímetros de las faldas sobre las rodillas en ciertos eventos. Pero ha decidido apagar el móvil o meterlo en un agujero negro para que no tenga cobertura. Y he tenido que decidir yo y soy un desastre en esto. Así que decidí meterme en la mente de un chico. Cuando quedas con un chico debes pensar como un chico... O no.
Me planto en la puerta de mi colegio con una camisa blanca a la que he decidido no abrocharle el botón del escote para compensar la corbata mal abrochada de mi cuello, pitillos negros y tacones rojos. Lo mío es arriesgar.
Ace llega a la hora justa, ni un minuto más, ni un minuto menos.
Voy hasta su coche, me quito el abrigo, lo dejo en el asiento de atrás y me pongo de copiloto.
-Vaya. -dice al ver mi modelito.
-Vamos a un sitio de arte alternativo, ¿No? Pues voy alternativa.
-No sabías qué ponerte -sonríe. -Me gusta.
Arranca el coche y la música se pone automáticamente. No pienso soportar más canciones de amor y desamor mientras él esté presente... Así que miro en la guantera, bajo su atenta y silenciosa mirada, para ver si tiene un jack.
¡Bingo!
Saco mi reproductor y lo enchufo para que suene la carpeta de ópera. Sí, tengo una carpeta de música clásica.
-¿Música alternativa?
-Música que no me hace llorar.
Escucha en silencio un rato y luego me mira.
-¿No sabes alemán, verdad?
-¿Tú sí?
-El aria es una bonita declaración de amor en una situación imposible. Muy Romeo y Julieta.
¡Maldito sea! 
Paso la pista y pongo la siguiente.
-¡No me digas de qué trata! Me gusta escucharla sin entender absolutamente nada.
-El italiano es bastante fácil, en realidad.
¡Pero será asqueroso! Tiene toda la razón en lo que ha dicho; aunque no entienda todo, sí algunos trozos , los suficientes como para que cambie. 
Pero se va a enterar.
-¿Qué es este ruido? -arruga el entrecejo y me me fijo en su nariz recta y puntiaguda.
-Tecno asiático. Ni siquiera tú puedes descifrar esto.
-Por suerte para mí.
Apaga la música y desconecta el jack.
-¡Eh!
-Dejemos que el silencio nos embargue, ¿eh?
Recojo mi música y vuelvo a meterla en mi bolso con enfado. Me cruzo de brazos y miro hacia la ventanilla .
En un semáforo se para a mi lado un coche con una niña pequeña en el asiento de atrás. Ella me mira, me saca la lengua y sonríe. Yo hago lo mismo y no me doy cuenta hasta demasiado tarde de que me estoy riendo como una boba. Su coche arranca y nos despedimos con la mano.
Miro a Ace, que tiene una sonrisita dibujada.
-¿Qué?
-Nada, nada -me mira y luego vuelve a poner los ojos en la carretera. -No me diste esa impresión la primera vez que te vi.
-¿Una chica simpática, encantadora y con una personalidad arrolladora?
-Más bien pensé que eras una inmadura y una ñoña.
-Las portadas de los libros no suelen ser de fiar.
-Desde luego.
-¿Y qué impresión tienes ahora de mí?
-Eres tonta y cantas mal.
-Gracias. No pienso volver a preguntarte nada nunca jamás.
-Eso es mucho tiempo.
-En lo que queda de día por lo menos.
Ya llegamos. Es un ático a las afueras de la ciudad y me siento realmente mal porque veo entrar a algunas chicas demasiado arregladas para la ocasión: minivestidos, tacones de aguja, faldas de raso...
Siento como se me pone roja la nariz, como cuando algo me da mucha vergüenza.
Ace se da cuenta y, para variar, sonrisas misteriosas sin comentarios.
Cogemos el ascensor con dos chicas que miran a Ace como si fuese un manjar y a mí con cara de pena, me compadecen; aunque se asustan al ver mi mueca de asco. Tampoco voy a reprocharle nada a dos modelos de metro ochenta, esqueléticas y guapas. Suspiro y me resigno con mi altura media y mis medidas imperfectas.
Cuchichean algo y se relamen mirándole a él. Están estudiando la relación que guardamos: no hablamos, no nos miramos, no estamos ni siquiera rozándonos. Es todo suyo.
Cuando llegamos al piso, él me coge de la mano, me besa en la mejilla y tira de mí suavemente hacia fuera con un "Vamos, cariño".
Las dos se quedan de piedra y no consiguen hacer nada ante el inminente cierre de las puertas en su cara.
Cuando ya no nos ven, me aprieta la mano y luego la suelta sin comentarios.
Entramos en el ático y me quedo asombrada. El tema es sobre el cuerpo humano: literalmente ha pintado sobre el cuerpo de hombres y mujeres. La música que suena la tengo yo en mi reproductor, de lo que nos damos cuenta a la vez Ace y yo e intercambiamos una mirada significativa. 
Se acerca a nosotros un chico que debe tener la edad de mi acompañante. Va vestido con una mezcla de extraños colores y estampados que no llego a saber si me termina de gustar. Abraza a Ace, quien me lo presenta.
-Alejandra, él es Dámaso, el creador de la obra.
Él sonríe y me besa el dorso de la mano. Qué elegante. Luego me mira de arriba a abajo.
-Me gusta tu estilo.
No sé si tomármelo como un halago o como una encarecida recomendación de quemar el conjunto en cuanto llegue a casa.
-Gracias.
-Déjame que te enseñe esto, por favor.
-No te molestes, tendrás que atender al resto de tus invitados.
-No seas tonta. Es lo mínimo que puedo hacer por mi contacto con los modelos y su acompañante.
Seguimos al artista por la sala. Los hombres y las mujeres que posan están totalmente desnudos, pintados de los pies a la cabeza. Con cada cambio de canción adoptan una nueva postura, posturas bellas y artísticas.
La excursión termina en el centro de la sala, donde hay una chica y un chico sobre una tarima: él está pintado de color blanco y ella de color negro, ambos en constante movimiento, en giros tan lentos que casi cuesta darse cuenta de que no están quietos.
-Es genial, Dámaso. Te felicito.
-Muchas gracias. Me alegra que te guste.
Vuelve a besar mi mano, se despide de Ace y se marcha.
-¿Te apetece tomar algo?
-¿Tú vas a tomar algo?
-Agua. Te recuerdo que soy tu chófer.
-Yo quiero algo fresquito y sin alcohol, por favor. Y no me vas a dejar...
-No -me corta, -no lo vas a pagar tú.
Se marcha a la barra y yo, mientras, me quedo mirando la obra central. Me recuerdan a las alas de una mariposa o a cómo juegan dos gotas de agua que se precipitan por un cristal y luchan para salvarse juntas.
Ace vuelve con su vaso y un zumo de piña y papaya.
-¿No es precioso? Es como si estuviesen en su mundo, pero a la vez necesitan del mundo del otro para tener equilibrio.
-Vaya... Qué profundo. ¿Lo llevas pensando desde que he ido a por las bebidas?
Me molesta muchísimo ese comentario.
-Eres idiota.
-Reconoce que ha sido una cursilada.
-Era lo que pensaba.
-Pero una cursilada.
Después de que pasen unas bandejas con canapés de lo más fino, nos vamos del piso. Al despedirnos, Dámaso promete quedar con Ace un día para hablar más tranquilamente. Creo que a mi acompañante no le ha hecho gracia que me lleve bien con su amigo, lo que hace que me despida con un abrazo para sacarle de quicio.
Al entrar en el coche estamos muy callados.
-¿Quieres ir a cenar?
-No tengo hambre.
Le suena el móvil y tiene una conversación muy corta basada en monosílabos.
-Era Nico. Están todos en el bar del otro día. Está Flo.
-¿Vas a ir?
-Si te apetece, podemos pasar a tomar algo.
Sí que me apetece, tengo que contarle a Flo lo de la ¿cita?.
-Vale, vayamos.
Así que ya estamos de camino al sitio donde le conocí. Tengo que terminar esta relación tan rara ya. Hay que cortar el problema de raíz.

martes, 7 de mayo de 2013

PRINCIPIOS INCUMPLIDOS Y PROMESAS BÁSICAS

-¿Tienes algo que hacer?
Me pregunta una vez ya estamos dentro del coche, mientras arranca el motor. Claro que tengo cosas que hacer: tengo que acabar bachillerato, estudiar una carrera, tener un perro, viajar mucho, escribir mi libro de autoayuda para chicas con problemas como los míos... Y muy poco tiempo.
-Estudiar.
Tampoco iba a darlo todo en la primera cita, ¿No? 
-Entonces te llevo a casa.
-Déjame en la puerta de mi colegio, por favor.
Me mira sin comprender.
-Ya me parece suficiente que sepas dónde estudio. Necesitarás muchas hamburguesas como esa pra saber dónde vivo.
Me explico. A lo mejor sólo es un tipo arrebatadoramente besable, pero a lo mejor es un asesino en serie y no lo saben ni sus mejores amigos.
-¿Quién te ha dicho que quiera saber dónde vives?
Voy a replicar, pero entonces veo... ¡Una sonrisa burlona! ¡Está dibujando una especie de sonrisa con los labios! ¡No es impasible! Por esta vez será mejor que me calle. 
De camino, decido saber un poco más de él para estar en igualdad de condiciones; él sabe dónde estudio, me parece lo justo.
-¿Cuántos años tienes?
-Veintidós.
Hago la cuenta de la vieja.
-¿No eres un poco mayor para andar con alguien de mi edad?
-El amor no tiene edad -se está riendo otra vez de mí, en mis narices. -Quizás la pregunta más correcta es qué haces tú subida en el coche de un chico de mi edad o qué hacías en una sala de conciertos donde sólo se le está permitida la entrada a los mayores de edad.
El que no era tecnicista...
-¿Qué estás estudiando?
-Administración y dirección de empresas.
-¿De verdad?
-No. Soy un futuro publicista
-No te pega venderle tu alma al diablo.
Sonríe ¡Otra vez! Y tiene una sonrisa muy bonita.
-¿Qué crees que estudio?
-No sé... Te pega ser abogado. De esos que trabajan para gente importante.
No contesta y me mira de reojo sin borrar la sonrisa. Por favor, que vuelva a su pose cínica, misteriosa y seria.
-¿Qué? ¿Me lo vas a decir?
-Algún día.
Parece que está abierto al juego del interrogatorio, voy a seguir.
-¿Tienes hermanos?
-Una hermana y un hermano. Él es adoptado.
-¿De dónde es?
-Era mi primo.
GAME OVER.
Este es uno de esos momentos que pueden ser muy incómodos, en los que empiezas a caminar sobre arenas movedizas y lo mejor es quedarse quieto y en silencio. Me doy cuenta de que ya estamos en la puerta de mi colegio justo cuando para el coche. Preparo mi reproductor de música antes de salir y me desabrocho el cinturón.
-Bueno, Alejandra... Ha sido interesante
-Gracias por todo, Ace.
Salgo del coche y me giro, me agacho un poco con una sonrisa de oreja a oreja mientras el baja la ventanilla.
-Disculpas aceptadas.
Antes de escuchar sus réplicas me pongo los cascos para ignorarle y salgo corriendo en dirección a mi casa.
Cuando llego, enciendo el móvil y me llega un mensaje de llamadas perdidas de Flo. Quince desde ayer por la tarde hasta hoy por la mañana.
Tras largas deliberaciones, decido contestar a su búsqueda y llamarla a casa.
-¿Sí?
-Te voy a torturar y a matar lentamente para que sufras.
-Ay... Me llamó ayer y me dijo que quería volver a verte. Entiéndeme, como buena amiga tuve que decírselo para acelerar tu proceso de mejora en la ruptura. Un clavo saca otro clavo.
-¡No quiero más clavos!
-¿Tan mal ha ido?
Le cuento todo con minucioso detalle. Ella me escucha y luego se queja porque no me ha besado
-¡Claro que no! He decidido no volver a enamorarme.
-Seguro. Dale una semana y estarás rogando que te pida salir. Aunque... ahora que lo pienso, nunca ha tenido una novia seria desde que le conozco.
-A lo mejor es homosexual.
No, estoy segura de que no.
-No. Me refiero a una relación duradera.
El resto de la conversación versa sobre tonterías de chicas y sobre Pedro.
Cuando termino de hablar con ella, me pongo a estudiar los dos exámenes que tengo para mañana. Menos mal que he sido aplicada y lo he ido cogiendo casi todo al día.

Durante el resto de la semana, al salir de clase, espero como una tonta a que venga  buscarme otra vez pero, por lo visto, no le debí caer demasiado bien porque ese bólido negro no aparca en la puerta ni por casualidad.
Así que mis adorables compañeros han empezado a realizar sus conjeturas y teorías: que si sólo fue una tarde de pasión, que si pagué a un actor para intentar quedar bien, que si me pagó él a mí por ciertos servicios... El caso es que soy una fresca lo mires por donde lo mires. Qué pena que me de tan igual.
¡Maldito Ace! Ya podría dignarse a aparecer.
Pienso demasiado en él y eso no me gusta nada de nada. He terminado los exámenes, no tengo expectativas para el fin de semana y no pienso ocupar mi tiempo libre con ese músico misterioso rondándome la cabeza.
Cuando me quedo sola en mi habitación, cojo el cuaderno de dibujo y me pongo a acuarelar un paisaje, siempre me han gustado los bosques en otoño. Se me ocurre la genial idea de ir mañana a un museo justo cuando empieza a sonar mi móvil. 
Contesto y al otro lado suena esa voz tan perfecta.
-Nunca le he pedido el número de teléfono a una chica.
-Y yo que me alegro.
La verdad es que mi estómago ha pegado un bote al escuchar su voz.
-Han cancelado el ensayo de mañana, ¿Tenías planes?
Sí, no pensar en ti.
-Tenía pensado ir a un museo.
-Un amigo mío ha montado una exposición de arte alternativo bastante interesante. Si te apetece... No tiene desperdicio.
-Bueno, está bien.
¡¿Esto sí es una cita?!
-Te paso a buscar a las ocho.
-En la puerta de mi colegio.
-Allí nos vemos.
-Hasta mañana.
Según cuelgo, pongo un CD de meditación para concentrarme al máximo. Hay que hacer bien las cosas: me visto con una toga al estilo budista y me cruzo de piernas en la cama. Mientras se consume una barrita de incienso con olor a lavanda me mentalizo, repitiéndome una y otra vez: NO PUEDES VOLVER A ENAMORARTE. Por muy bien que cante, por muy guapo que sea, por mucha sonrisa bonita que tenga, por muy sexy y misterioso que sea... No puede hacerse contigo.
¡¿Pero me estoy oyendo?!
No tendría que haberle dicho que sí, estoy al borde de un ataque de pánico. Me voy a quedar calva desde ahora hasta mañana, parezco un pollito estresado.

domingo, 5 de mayo de 2013

DELICIOSAS PERFECCIONES

Arranca el motor y emprendemos viaje. Puedo ver por el espejo retrovisor la cara de todas ellas con la boca abierta, sus expresiones de odio y el verde color que les tiñe la piel por la envidia. Sí, tontas, todas querríais estar aquí y soy yo la ¿afortunada?
-¿Has comido? -me pregunta, sacándome de mis delirios de grandeza.
-No, iba a ello cuando has irrumpido en mi rutina.
-Te invito a comer.
Ha sido un error subirme a este coche.
-¿Qué pretendes? ¿Vas a matarme y a traficar con mis órganos o algo así? -sí, este tipo de comentarios totalmente fuera de lugar sólo se me ocurren a mí.
-¿Eres siempre tan simpática con todo el mundo?
-Sí.
Suspira y, tras unos segundos, estira el brazo hacia mis piernas.
No, no va a traficar con mis órganos, ¡Me va a violar! Tenso tanto las piernas que creo que en cualquier momento se partirá alguno de mis músculos, aprieto tanto un muslo contra el otro que me da miedo que se solapen.
Soy una malpensada; ha abierto la guantera y saca un CD para ponerlo.
-En realidad quería disculparme por haber sido tan brusco la otra noche. No debí haberte hablado así.
-No pasa nada.
Empieza a sonar música en su maravilloso equipo perfectamente instalado. 
Genial, una de las canciones que me he prohibido escuchar hasta dentro de cincuenta años por lo menos. Broken, de Seether y Amy Lee. ¿Por qué? Por el chorraboba, por supuesto. Y para colmo él empieza a cantarla con su perfecta voz.
-¿Te la sabes?
-Demasiado bien.
-Pues canta las partes de Amy.
¿Amy? ¿Sois colegas o qué?
-No canto con gente delante, guardo mis arpegios para la ducha de mi baño.
-Eso quiere decir que cantas a escondidas.
-No quería decir eso.
¿Por qué es así conmigo? Podría, simplemente, dejarme en paz. Podría haberse disculpado con un mail... ¿Un mail? ¿Tenemos cincuenta años o qué? Un sms. Sí, un sms habría ahorrado quince minutos de incomodidad... Ni siquiera se lo tenía en cuenta, no le conozco lo suficiente como para juzgarle por cómo actúa (aunque sea algo que he hecho desde que supe de su existencia).
-De todos modos, yo ya te he escuchado cantar.
-¿Me espías en la ducha o qué?
Me mira un segudundo con una ceja arqueada. No, no le ha hecho ninguna gracia.
-Flo puso sin querer un vídeo de ti en una función del colegio de hace un par de años, cuando llevabas aparato y tenías la cara como una paella.
¡No! ¡No! ¡No puede ser! Flo juró quemar ese vídeo.
-¿Siempre eres tan simpático con todo el mundo?
Ese vídeo es el último testigo de los peores años de mi vida. Por eso Ace sabe que mi color natural es el castaño.
Definitivamente, Flo no va a ver un nuevo amanecer.
-Cantas bastante mal.
-No recuerdo haber pedido tu opinión en ningún momento.
-Tienes un humor un poco volátil.
Otra vez lanzando juicios.
-Y tú no tienes pelos en la lengua.
Aparca en un hueco que encuentra y me manda salir. No recuerdo haber aceptado su proposición de comer juntos en ningún momento. En mi vida he estado en este barrio y mira que llevo viviendo toda la vida en la misma ciudad, ni siquiera me suena de oídas, aunque parece del casco antiguo.
-Deja la mochila en el maletero, tenemos que andar un poco.
Me guardo un par de billetes y el móvil en los bolsillos de la sudadera, por si acaso, antes de dejar la mochila. Sería de esperar en un chico de su edad un maletero lleno de botellas de alcohol o cervezas o bolsas vacías de comida, quizás una pelota de fútbol, arena, suciedad. Impoluto, perfecto, podría comer sobre este sitio. Sólo tiene una mochila y una caja, además del triángulo y el chaleco de rigor.
Vamos andando por callejuelas que, definitivamente, pertenecen a la parte vieja de la ciudad. En silencio yo pienso en la obsesión por la perfección de mi acompañante, no le saco ningún defecto más allá del propio perfeccionismo.
A medida que caminamos aumenta mi curiosidad por saber dónde me va a llevar y empiezo a descartar los sitios de comida rápida: hay cientos en la ciudad y no tendría sentido ninguno ir a uno escondidísimo. Tampoco nada elegante porque NO es una cita y ninguno vamos vestidos como para lugares de cinco tenedores. ¿No es una cita, no?
Se para frente a una puerta: CAFETERÍA-BAR-RESTAURANTE EL GORDITO. Hay dibujado al lado del cartel un tipo bajito y rechoncho sosteniendo una bandeja. Me hace mucha gracia la cara que tiene y no puedo evitar una sonrisa.
-La ortodoncia hizo un buen trabajo.
Miro a Ace con cara de malas pulgas y entramos dentro. Saluda al camarero y éste nos da una mesa al fondo. En seguida vienen a tomarnos nota y él se toma la libertad de pedir dos hamburguesas de la casa.
¡A lo mejor soy vegetariana!
-Son las mejores hamburguesas de todo el mundo.
-Eso ya lo decidiré yo.
Ante mi respuesta cortante, permanece callado un buen rato.
-La verdad es que no creo que cantes mal. Tienes una voz bonita, lo que pasa es que te cuesta llegar a notas bajas.
-¿Sigues con eso?
-Es que soy muy sincero y creo que mi comentario de antes te ha molestado un poco.
Qué listo eres, Einstein, te mereces el próximo premio Nobel.
-No te creas. Tampoco voy a dedicarme a la música, así que cantar bien o mal no es algo que me importe demasiado.
-Lástima. Necesito una voz femenina en mi grupo.
Me ha dado un vuelco el corazón. Pero ha dicho que no sé cantar bien y quizás se esté intentando burlar de mí.
-¿Por qué no la chica del pelo morado?
-¿Clara? Tiene la peor voz que he oído en mi vida. Toca la batería como un coronel, pero esa voz podría romper cristales.
-Eres un poco cruel.
-Soy sincero, ya te lo he dicho. ¿A ti no te interesa la oferta?
-No.
-Si cambias de parecer, dímelo.
Nos traen las hamburguesas. Son casi tan grandes como mi cabeza y de seis dedos de grosor. Guarnición de patatas y una jarra de agua.
-Espero que tengas apetito.
Los nervios me han dejado el estómago como un agujero negro, podría comerme diez como estas.
Coge el cuchillo y el tenedor y empieza a comerla. Lo siento, esta hamburguesa se merece mis manos; lo haré tan elegante como pueda, pero no voy a gastar esas finuras.
¡Mierda! Tiene razón, es la mejor hamburguesa que he comido (y comeré) en mi vida. Realmente es increíble su sabor y el contraste con el queso y la salsa... Increíble.
-Reconócelo, es la mejor.
-No está mal.
No quiero darle la razón, no me da la gana.
Termino antes que él, lo que no apoya mucho mi aparente indiferencia. Tengo hasta ganas de lamer el plato. Siento que el estómago me va a explotar de un momento a otro, no recordaba haberme llenado tanto nunca.
Cuando me mira, tengo que reconocerlo un poquito.
-Vale, estaba buenísima.
¡Cambia el gesto! ¡Satisfacción! ¡Será capullo!
-¿Quieres postre?
-No, gracias, estoy llenísima.
Pide la cuenta y ve que meto la mano en el bolsillo de la sudadera.
-¿Qué haces?
-No dejo que me inviten, lo siento.
-Pero he dicho que te invitaba yo a comer.
-Ni siquiera he aceptado esa proposición.
-Estás aquí sentada.
-Ya... Pero, por favor, nunca he dejado a nadie que me invite a nada.
Llama al camarero de nuevo y le da la cuenta con una tarjeta de crédito.
-¡No!
Intento impedirlo.
-Seré el primero que te haya invitado.
Resignada, le doy las gracias. No veo la manera de decirle que no a este chico.
Un consejo para mi futuro libro: "Si eres de esas a las que le gusta que le paguen todo, ponte pesada con pagar a medias y el ego masculino hará el resto".
Vamos otra vez al coche, ahora por lo menos creo que ha pasado lo peor. Puedo estar tranquila.