miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ya no tengo quince años

Me preguntaba hoy la chica de la sonrisa distraída que hasta cuándo dura la adolescencia.
Enseguida he pensado en esa filosofía que tiene mi hermano mayor de que la edad es sólo actitud. Estamos hablando de una persona de casi treinta años que vive como una de casi veinticinco. No lo digo como algo malo. Soy su fan número uno y adoro la manera que tiene de existir en el mundo en general y en mi vida en particular.
Pero supongo que con mis veintitantos ya no tendría que sentirme perdida dieciocho de las veinticuatro horas del día trescientos cincuenta y nueve días de los trescientos sesenta y cinco que tiene el año. Y ya ni hablemos de los bisiestos.
Tendría que haber aprendido a olvidar con más facilidad y no echar de menos a personas que en realidad no merecían ni la última copa de las cinco de la mañana. Supongo que tendría que saber ya en quién confiar, con quién quedar los sábados y con quién llorar los martes. Y hablando de llorar, tendría que dejar de hacerlo cuando tengo hambre o sueño. Y supongo que se me tendría que haber curado ya esta dislexia emocional de llorar cuando estoy enfadada y enfadarme cuando lo que quiero en realidad es que me den un abrazo. Lo suyo sería pedirlo y punto. No tendría que ser tan complicada. Tendría que dejar de lado la autodestrucción cuando entro en crisis y respirar diez o cien veces, como me dice mi madre. 
Tendría que haber aprendido, después de tantas discusiones, a no gritarme con mi madre y a dialogar como personas adultas que somos, aunque casi siempre actuamos como niñas de tres y cinco años si se nos junta el mal humor. Que mi padre siempre ha sido muy adulto y si quiere ser a veces como un niño está en su pleno derecho y yo no me tengo que comportar como si fuese su madre, ¡Soy su hija y me tendría que reír con él!. Pero supongo que no he "salido" tan mal después de todo, aunque siempre me quedará ese sentimiento de que para ellos fui más rebelde de lo que debería y para mí no me rebelé tanto como hubiese querido. 
Supongo que tendría que haber asumido hace tiempo que no siempre tengo la razón, a veces sólo la tengo a medias. Tendría que saber cómo no destrozar mis medias en la primera puesta. Tendría que haber encontrado hace tiempo mi punto medio y quedarme en él. 
Digo yo que ya tendría que haber aprendido la lección; en realidad, un montón de lecciones. Que tendría que saber ya cómo enfrentarme a la muerte en vez de quedarme quieta y pidiendo a gritos que no te vayas, por favor, que te quedes un rato más conmigo. Supongo que hay cosas que nunca se aprenden. Que no siempre se acierta pensando mal de todo el mundo, hay pocas personas excepcionales que, por raro que parezca, hacen las cosas a derechas. Tendría que juntarme más con personas que aplaudan mis logros, perdonen mis meteduras de pata, compartan mis sueños y, sobre todo, que me ayuden a levantarme cuando me caiga (que suele ser con más frecuencia de la que reconozco). 
Supongo que ya tengo una edad para ir tarareando lo que suene en los cascos la bajada que va de la boca de metro a mi casa mientras evito pisar las juntas de las baldosas sin importarme el tráfico de gente. Eso sí que lo he aprendido bien: la diferencia entre persona y gente. Que ya no tendría que distraerme tanto cuando la situación requiere concentración, que ya tengo una edad para tener cierto control sobre mi mente. Tendría que dejar de decorar mi agenda para poner las cosas de verdad importantes y dejar de dibujar en los márgenes de mis apuntes de manera distraída para que las notas aclaratorias ocupasen el lugar que tienen destinadas. 
Ya tendría que saber cual es mi música y no acumular miles de canciones que me recuerden a esto o a lo otro: no quiero recordar nada, sólo quiero sentir. 
Supongo que ya debería saber si estoy enamorada o sólo es amor de verdad sin edulcorantes, pero qué mayor me sentiría si fuese lo segundo y no lo primero, ¿no?

Pero supongo que todo esto es mucho suponer. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Nos perdono, Frank

La primera vez que me topé con Frank fue por casualidad; creo que buscaba a Ovidio y sin embargo leí otra Metamorfosis. Odié aquel libro y a su escritor porque todo ese conjunto de letras se escapaba de mi comprensión. Pero volvió al poco en forma de trabajo y de nuevo conseguí volver a escapar de él. Años después intenté seguirle yo la pista pero mi madre se puso en medio, como siempre preocupada con todo aquello que pudiera ponerme triste. Supongo que ya sabía antes que yo lo influenciable que soy con la literatura, que mi forma de pensar se modifica y mis sentimientos se alborotan como un libro me toque el alma (y en cuanto a las letras, he de decir que no me esfuerzo en esconderla demasiado bien). Finalmente un hombre llamado Luís nos presentó en un teatro y supe que... no sé muy bien qué es lo que supe, pero fuese lo que fuese lo sabía con absoluta certeza.
Al levantarme de la butaca, aún aplaudiendo como si mi vida dependiese de ello, quise saberlo todo de Frank, quise comprender por qué. Por qué todo. 
Para empezar... para empezar se llamaba Franz, pero a mí esa pronunciación de la z como una s al final me resultaba muy cursi, de modo que le puse la k final de la primera letra de su apellido. Me empapé de su vida hasta llegar a un punto en el que me pareció injusto saber tanto de él y que él, sin embargo, no supiera nada de mí. Supongo que así, en medio de mis días más inestables y con aquella idea, empezamos a hablar. Bueno, al principio hablaba yo: le contaba sobre todo cosas de cómo era mi relación de aquel entonces o cómo iban las relaciones familiares, algo en lo que él andaba muy versado. 
Digamos que era como el amigo imaginario de un niño. Digamos que era mi propia conciencia. Digamos que eran ganas de discutir. Era un poco de todo. Ni siquiera hablábamos en alto, era un diálogo interior y yo sabía que Franz no era real. Quiero decir, que no estaba loca.
Vi que aquellas conversaciones iban de mal en peor: nos empezaron a llenar los silencios, las respuestas ambiguas (tampoco había sido nunca muy directo) y las malas contestaciones. Tuve que decir adiós. Pero de vez en cuando le echaba de menos, sobre todo cuando necesitaba sentirme triste. Mi madre tenía razón. Y no está mal sentirse triste de vez en cuando mientras no te quedes estancado en ese tipo de tranquilidad. Le decía que le echaba de menos y al final volvía y volvía al final a ser como al principio, pero lo malo de la tristeza es la facilidad de combustión que tiene con las personas, que te consume de dentro a fuera y es difícil darse cuenta y aún más salir de ella. Pero decidimos seguir caminos separados; bueno, yo lo decidí. Una conciencia nueva no basada en personajes reales.
Y aún con todo Frank volvió a presentarse ante mí a principios de año, pero nos saludamos de manera cordial, compartimos el tiempo que teníamos que compartir, ni un minuto más ni uno menos, y cada uno siguió el camino que tenía que andar.
La semana pasada decidí refugiarme de la lluvia con mi acompañante en una librería, donde miramos sin demasiado interés lo que nos rodeaba, como si nos fuesen a pagar dinero por todas las sonrisas que nos estábamos intercambiando. Le propuse jugar a un juego que alguien me había enseñado a mí antes: consistía en hacer una pregunta en alto y después coger un libro al azar, abrirlo por una página al azar y leer una línea, palabra o párrafo al azar que se supone que contestaría a tu pregunta. Después de encogerse de hombros me dijo que estaba bien, que podíamos jugar y empezó haciendo él la primera pregunta: "¿Viajaré alguna vez al espacio?", lo que hizo que mi ceño se frunciese y el reproche de "¿Por qué no te tomas en serio nada de lo que tiene que ver conmigo?" saliese de mis labios. Sin embargo, las siguientes preguntas sí que fueron en serio aunque los dos supiéramos que era un juego. Después de que anunciasen por megafonía que iban a cerrar la tienda, decidí hacer mi última pregunta y la última de nuestro juego: "¿Besarás a alguna chica más o yo soy la definitiva?". Él levantó las cejas con sorpresa y esta vez no me siguió mientras yo caminaba de espaldas acariciando el lomo de los libros hasta parar en alguno que me convenciese. Bingo. Cogí uno y casi se me cae de las manos al leer el título: Cartas a Felice
Si Frank estaba metido de por medio, no podría traer nada bueno. Mientras tanto, él se estaba acercando para escuchar mi veredicto por lo que no podía cambiar de libro, mis dedos buscaban temblorosos alguna maldita página en la que parar y mi cabeza se repetía una y otra vez a sí misma "Esto es sólo un juego". 
¿Y bien? 
Le miré mientras el índice se me escurría en un lugar al azar. Bajé la mirada y empecé a leer una frase de una de las cartas sin escucharme realmente, sólo pronunciando en alto sin prestarme atención. Cuando acabé y vi frente a mí una sonrisa volví a releer:
"[...]Déjame, mi amor, decirte que te quiero con besos en vez de con palabras[...]"
Creo que Frank y yo nos reconciliamos después de todo y ocurrió que (no era la primera vez) supe que aquel libro tenía que ser mío.
Quinientas cartas para volver a querer a Frank. 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Días de cielo azul.

Me gustan mucho los días de cielo azul. ¿Es que hay otro tipo de cielos? Sí. Hay días en los que está gris, a veces tan negro, atardeceres naranjas, reflejos verdes... Pero cuando está azul, totalmente azul, es cuando de verdad es mi cielo. Y sin embargo yo le dije que era mi nube; miré esos ojos marrones brillantes y eso dije "Tú eres mi nube". Y los dos supimos que nunca más podría decirle algo tan hermoso como aquello, que podría escribirle cientos de poemas, dedicarle millones de canciones, pero nunca nada como eso. Y yo no entendía muy bien por qué lo dije. Ella sí que lo entendió. Ella me entendía incluso cuando yo no podía. Me entendía. Me amaba. Me hacía ser yo mismo. Ella lo era todo. Ella está muerta. 
No es un drama. Lo fue en su momento, lo tengo que reconocer. Pero la mañana en que por fin lo superé entendí dos cosas de manera simultánea: que 'nunca más' es mucho tiempo para no volver a ver a alguien y que todo el tiempo que duró nuestra relación me había preparado para poder vivir sin ella. No literalmente. Pero me enseñó a ser fuerte cuando estuvimos juntos, me enseñó a poder con todo, a aceptar el hundimiento para poder emerger después, a asumir el fracaso aceptando que "el fracaso sólo es una manera de no hacer las cosas" -decía. No decía muchas cosas más, nosotros éramos más de actuar. Sabíamos solucionar los problemas y discutíamos como cualquier pareja y eso nos hizo más fuertes porque sabíamos discutir. Creo que la gente hoy en día ya no sabe hacer eso, la gente se grita, se echa toda la mierda encima y las parejas lo solucionan con un revolcón. Nosotros no. Y quien nos conocía no entendía que tuviésemos esa facilidad para existir en la misma vida; sin demasiados intereses en común, sin demasiadas palabras. Digamos que nos iban más los gestos y los detalles. Ella tan de letras y yo tan de ciencias, que diría mi sobrina. Y así era. Y así ordenamos el caos, supongo. 
Sí, ella era una artista. No digo pintora aunque era su fuerte, digo artista porque todo lo que hacía o tocaba se convertía en arte, desde su manera de hacerme el amor hasta dar de comer a los peces. Tocaba la guitarra en su banqueta del  estudio junto a la ventana cuando estaba triste, pero también lo hacía cuando estaba alegre (que era casi siempre). Cantaba cuando quitaba el polvo de sus libros y bailaba mientras cocinaba; antes de comer siempre colocaba la comida de manera que pareciese una escultura efímera, decía que no entendía a la gente que predicaba aquello de "no se juega con la comida" porque a todo hay que darle el mayor número de funciones para que nunca sea aburrida la rutina. 
Murió en un accidente de tren. Muy irónico. Yo trabajo en el servicio ferroviario. Siempre me han gustado los trenes desde que tengo uso de memoria y puedo hacer desde un diseño hasta reparar una locomotora pasando por la conducción. Al principio me culpé minuto tras minuto de su muerte: ella estaba en aquella estación por mi culpa, porque yo le pedí que fuera a entregar los planos en los que estábamos trabajando. Luego entendí que si hubiese ido yo, ella habría estado en mi situación y, sinceramente, a veces no sé si es mejor perder o estar perdido. 
Una noche hablábamos de mi trabajo, de su trabajo y entrelazamos nuestros mundos, como solía pasarnos cuando nos sentábamos en el suelo de la cocina con una botella de vino. Hay mucha gente queriendo cambiar su vida y nosotros les daríamos la oportunidad. Esa misma madrugada empezamos a diseñar una estación de trenes especial. La idea era un intercambiador de cinco vías convergentes en una misma plataforma giratoria, la gente que quiere cambiar su vida compra un billete sin saber el destino y nosotros le destinábamos a otro lugar. Sólo podrían traer una maleta pequeña con algo de ropa y algo de dinero para empezar. Cinco vías, diez posibles destinos y un único billete de ida. No sé cómo (bueno, sí, sí que lo sé) pero nuestro proyecto salió adelante (y si fue así es porque ella estaba en el plan) y desde que salió el primer tren no ha habido ni una sola reclamación. Las personas sólo necesitan una oportunidad para empezar de nuevo. También lo decía ella.
Y ahora es mi turno. Mi turno de volver a empezar. Pero yo voy sin maleta, todo lo que ella me dio ya lo llevo siempre en mi equipaje interior, ya forma parte de mí. Ella ya soy yo. 

sábado, 19 de julio de 2014

No te olvides de cazar libélulas

¿Sabes de lo que te hablo si te digo que hay personas excepcionales en el mundo? Espero que sí o que algún día lo sepas. A lo largo de tu vida conoces una, quizás dos y si eres un gran afortunado tres... hay quien nunca conoce a nadie excepcional.
Sé que no soy muy mayor, pero no tengo la esperanza de conocer a nadie más que a ella. Sé que me queda una larga vida por delante, pero nunca jamás volveré a tener una persona preferida como lo ha sido ella desde que tengo uso de razón y hasta el día de hoy.
He intentado muchas veces llegar más atrás, pero me quedo en los cinco años cuando estábamos escalando los montes de la Luna. Sé que no me creerás, pero hicimos aquello; escalamos los montes de la Luna y muchas cosas más. He viajado por todo el mundo hacia los lugares más insólitos. He viajado por mundos que no son el tuyo. Ella me enseñó a hacerlo, me contó el secreto.
La primera vez que fui a tomar vino de miel a su casa me confesó que yo también era su persona preferida en el mundo desde que era pequeño. Me contó que cuando era un bebé de no más de dos o tres años tuvo que cuidar de mí una tarde; al parecer yo lo rompía todo por jugar o por torpeza, pero al fin y al cabo destrozaba absolutamente todo lo que caía en mis manos. Me dijo que empecé a llorar desconsoladamente y que, sin saber muy bien qué hacer para calmarme, empezó a leerme la novela que llevaba en el bolso con la esperanza de que me hubiese quedado dormido a media tarde. No tardé más de dos líneas en quedarme mudo y nunca sabremos si la trama había captado mi atención o fue su voz lo que me consiguió tranquilizar; sea como sea, estiré mis pequeños brazos para coger el libro y ella, sin darle importancia a mi afán destructor, lo puso abierto sobre mi regazo, lo único que me dijo fue "Los libros son vida al fin y al cabo. Eran árboles y ahora son sus recuerdos tatuados. ¿Puedes imaginar lo doloroso que sería que te quitasen la piel para tatuarla? Seguro que no te gustaría que otra persona rompiese una parte de ti que tanto te ha dolido quitarte. Mímalo." Me regaló ese libro, el único libro que jamás terminó de leer porque, como decía, ese final estaba destinado a ser mío y no suyo. Como si se tratase de un peluche, he dormido toda mi niñez abrazado a esas páginas y durante mi adolescencia ha sido un secreto guardado celosamente bajo mi almohada. Cuando me contó aquella historia le pregunté cómo se mimaba un libro y ella, por supuesto, tenía la respuesta: "Leyendo, claro. Saboreando todo lo que tiene que ofrecerte, todas sus palabras, poniendo atención a las frases y recordando las letras."
Me encantaban aquellas tardes de vino dulce. Me encantaban nuestros viajes. Ojalá todo el mundo tuviese a alguien como ella para sentirse tan feliz como me sentía yo cuando estábamos juntos. Ojalá nadie la tuviese porque no me sentiría tan especial por tener a alguien así en mi vida. Me encantaba que apoyase su mejilla contra la mía y me susurrase el nuevo destino o me dijese algo como "Hoy necesitaremos bufandas, en el Polo Norte hay cincuenta grados bajo cero" y al final consiguiese que la nieve de la vida más real se derritiera. 
¿Cómo no preferir su compañía antes que la de cualquiera? Hacía granos de arena de mis mundos y me convirtió en valiente, curó todos mis miedos. Cada vez que nos despedíamos me cogía la cara entre las manos, pegaba su nariz a la mía y susurraba mirándome a los ojos "No te olvides de cazar libélulas". Porque yo antes tenía fobia a las libélulas y, como toda fobia, no tiene ninguna explicación real o medianamente buena. Me dijo que lo que había que hacer en la vida era convertir los miedos en nuestra fuerza; y una tarde me llevó a un estudio de tatuajes y nos tatuamos una libélula chiquitita, después llegamos con un par de redes a unas charcas donde había cientos y cientos de libélulas de todos los tamaños y colores. Recuerdo las náuseas y cómo el corazón se me partió en dos para ponerse en ambas sienes y dejarme sin respiración. Pero ella cogió mi mano y me llevó al centro de una de las charcas para sentarnos; me hizo cerrar los ojos, prometiéndome que ella estaría ahí, cuidando de mí, cogiendo mi mano. Cerré los ojos, nunca he confiado más en alguien, y al abrirlos estaba lleno de aquellos bichos por todo el cuerpo: se habían posado en mis pantalones, mi pelo, mis brazos... yo sólo quería morirme en aquel mismo instante. Pero ella cazó una de las más grandes en su red, "Perdona que te haya usado de cebo, pero ellas te querían a ti. Ahora tenemos a su reina, así que saben de lo que somos capaces y no volverán a molestarte más".
Podría decir que ahora, siendo mayor, sé que aquello era una manera de hacerme perder el miedo, que las libélulas jamás tuvieron nada en mi contra y que cazar libélulas era sólo una manera de decir que hay que ser valiente. Pero sé que ella nunca me mentiría y que realmente tuvimos a la reina. Aunque he de reconocer que mirar el tatuaje de mis costillas me hace sentir fuerte.
El caso es que ella ahora no está. Mis padres dicen que al final tenía que pasar, que se había vuelto loca y no sabía diferenciar entre lo que era real y lo que no. Ellos no la entendían. Yo sabía que se iba, que estar entre personas que no podían ver las mismas cosas que ella conseguía ponerla muy triste, a mí a veces también me pasa. La última tarde que quedamos me dio un sobre con los sitios a los que ella ya no podía ir y que tendría que ir a conquistar yo solo: como el final de aquel libro, es algo destinado a ser mío y no suyo. Mi tía es la reina de otro mundo y estaba perdida en este, sólo necesitaba dar un salto para llegar y cuando supo que yo no me enfadaría por fin pudo marcharse. 

jueves, 3 de julio de 2014

AHORA O NUNCA

Había escogido aquel rincón apartado del parque, evitando miradas indiscretas y ruidos molestos que pudiesen hacer de lo que iba a pasar algo todavía más complicado. Llegaba diez minutos antes de la hora a la que habían quedado, necesitaba familiarizarse con el entorno, pese a haber estado allí sentado un millón de veces en ocasiones de lo más variadas, necesitaba saber que aquel sitio no le iba a fallar. Podría explicar con detalle el sonido que hacía al correr el río cercano o describir los movimientos de las hojas cuando las mecía el viento, hablaría de los colores que había ido tomando la hierba a lo largo de aquel año extraño. Sin embargo, estaba lo suficientemente aturdido como para poder afirmar que se había sentado antes en aquellas piedras. 
Respiró hondo y cerró los ojos, tocaba la piedra, algo lo suficientemente sólido como para poder sentirse medianamente a gusto. Y ella apareció a lo lejos con aquel vestido azul que tan bien le sentaba y el pelo revuelto. No entendía cómo podía pensar ella que siendo ella misma, sin más arreglos que su maravillosa manera de existir en el mundo, podía estar fea. 
Estaba seria. Tan seria como están las personas que acuden a una "citación" sin más explicación que una frase en el móvil diciendo "Quedamos en aquel lugar a las siete. Necesito hacer algo importante". Tan seria como estaría alguien que no ha querido volver a verte y sin embargo, más por los resquicios de lo que pasó que por la curiosidad en sí, acude a la llamada.
Y a él le parecía increíble que hubiese entendido "aquel lugar" a la perfección y sintió un pequeño soplo de esperanza. 
Se dieron dos besos. Cómo podía sentir cada roce de mejilla como un puñetazo. Claro, si por ella hubiese sido, aquellas cortesías hubiesen sido innecesarias. Se cruzó de brazos.
-¿Qué ocurre?  -preguntó sin demasiado interés, como si pensase que aquello era otra estúpida llamada de atención. 
-¿Puedes sentarte, por favor? 
Y sin esperar una contestación, tomó asiento en un lado de la roca y abrió la mochila. Ella también se sentó.
Él sacó de la mochila una caja blanca de proporciones no mucho más grandes que las que guardaría unos zapatos y una bolsa de papel también blanca que pudiese contener cosas de más o menos el mismo tamaño. Había tenido especial cuidado de que no fuesen de ningún color en especial para que lo que guardaban no quedase descubierto o menospreciado por el simple color externo.
Ella miraba con gesto de extrañeza cada movimiento, pero prestó especial atención cuando el chico que se sentaba frente a ella comenzó la explicación.
-Verás, esto es un juego. Ahora o nunca, lo he llamado. Porque ahora estoy más enamorado de lo que nunca he estado de ti y seguramente más de lo que nunca podré estarlo. Consiste en lo siguiente: tienes que escoger entre una de las dos cosas sin saber lo que hay dentro. Te pregunto si quieres empezar todo de cero, olvidar todo y hacerlo bien desde ahora. Si eliges la caja lo dejo todo: el rencor, el dolor, dejo mi relación con ella, lo que dice mi madre, mis amigos e incluso dejo de respirar si me lo pides y eso supone poder empezar a vivir mi vida contigo. Si escoges la bolsa me marcho, pero esta vez es para siempre; dejo aquí contigo todo lo malo, pero también lo bueno y empiezo un programa de borrado de memoria histórica. Si eliges esta opción te pido que nunca jamás vuelvas a intentar hablar conmigo, si nos cruzamos por la calle no me hables, como si te cruzases con un absoluto desconocido con el que lo único que tienes en común es que camináis por la misma acera. También te pido que no mires lo que hay dentro hasta que me haya marchado y aunque te conmueva lo que puedas encontrar, no me busques. Ahora bien, tú mueves ficha.



"Aunque este sea el último dolor que ella me causa 
y estos sean los últimos versos que yo le escribo"