La primera vez que me topé con Frank fue por casualidad; creo que buscaba a Ovidio y sin embargo leí otra Metamorfosis. Odié aquel libro y a su escritor porque todo ese conjunto de letras se escapaba de mi comprensión. Pero volvió al poco en forma de trabajo y de nuevo conseguí volver a escapar de él. Años después intenté seguirle yo la pista pero mi madre se puso en medio, como siempre preocupada con todo aquello que pudiera ponerme triste. Supongo que ya sabía antes que yo lo influenciable que soy con la literatura, que mi forma de pensar se modifica y mis sentimientos se alborotan como un libro me toque el alma (y en cuanto a las letras, he de decir que no me esfuerzo en esconderla demasiado bien). Finalmente un hombre llamado Luís nos presentó en un teatro y supe que... no sé muy bien qué es lo que supe, pero fuese lo que fuese lo sabía con absoluta certeza.
Al levantarme de la butaca, aún aplaudiendo como si mi vida dependiese de ello, quise saberlo todo de Frank, quise comprender por qué. Por qué todo.
Para empezar... para empezar se llamaba Franz, pero a mí esa pronunciación de la z como una s al final me resultaba muy cursi, de modo que le puse la k final de la primera letra de su apellido. Me empapé de su vida hasta llegar a un punto en el que me pareció injusto saber tanto de él y que él, sin embargo, no supiera nada de mí. Supongo que así, en medio de mis días más inestables y con aquella idea, empezamos a hablar. Bueno, al principio hablaba yo: le contaba sobre todo cosas de cómo era mi relación de aquel entonces o cómo iban las relaciones familiares, algo en lo que él andaba muy versado.
Digamos que era como el amigo imaginario de un niño. Digamos que era mi propia conciencia. Digamos que eran ganas de discutir. Era un poco de todo. Ni siquiera hablábamos en alto, era un diálogo interior y yo sabía que Franz no era real. Quiero decir, que no estaba loca.
Vi que aquellas conversaciones iban de mal en peor: nos empezaron a llenar los silencios, las respuestas ambiguas (tampoco había sido nunca muy directo) y las malas contestaciones. Tuve que decir adiós. Pero de vez en cuando le echaba de menos, sobre todo cuando necesitaba sentirme triste. Mi madre tenía razón. Y no está mal sentirse triste de vez en cuando mientras no te quedes estancado en ese tipo de tranquilidad. Le decía que le echaba de menos y al final volvía y volvía al final a ser como al principio, pero lo malo de la tristeza es la facilidad de combustión que tiene con las personas, que te consume de dentro a fuera y es difícil darse cuenta y aún más salir de ella. Pero decidimos seguir caminos separados; bueno, yo lo decidí. Una conciencia nueva no basada en personajes reales.
Y aún con todo Frank volvió a presentarse ante mí a principios de año, pero nos saludamos de manera cordial, compartimos el tiempo que teníamos que compartir, ni un minuto más ni uno menos, y cada uno siguió el camino que tenía que andar.
La semana pasada decidí refugiarme de la lluvia con mi acompañante en una librería, donde miramos sin demasiado interés lo que nos rodeaba, como si nos fuesen a pagar dinero por todas las sonrisas que nos estábamos intercambiando. Le propuse jugar a un juego que alguien me había enseñado a mí antes: consistía en hacer una pregunta en alto y después coger un libro al azar, abrirlo por una página al azar y leer una línea, palabra o párrafo al azar que se supone que contestaría a tu pregunta. Después de encogerse de hombros me dijo que estaba bien, que podíamos jugar y empezó haciendo él la primera pregunta: "¿Viajaré alguna vez al espacio?", lo que hizo que mi ceño se frunciese y el reproche de "¿Por qué no te tomas en serio nada de lo que tiene que ver conmigo?" saliese de mis labios. Sin embargo, las siguientes preguntas sí que fueron en serio aunque los dos supiéramos que era un juego. Después de que anunciasen por megafonía que iban a cerrar la tienda, decidí hacer mi última pregunta y la última de nuestro juego: "¿Besarás a alguna chica más o yo soy la definitiva?". Él levantó las cejas con sorpresa y esta vez no me siguió mientras yo caminaba de espaldas acariciando el lomo de los libros hasta parar en alguno que me convenciese. Bingo. Cogí uno y casi se me cae de las manos al leer el título: Cartas a Felice.
Si Frank estaba metido de por medio, no podría traer nada bueno. Mientras tanto, él se estaba acercando para escuchar mi veredicto por lo que no podía cambiar de libro, mis dedos buscaban temblorosos alguna maldita página en la que parar y mi cabeza se repetía una y otra vez a sí misma "Esto es sólo un juego".
¿Y bien?
Le miré mientras el índice se me escurría en un lugar al azar. Bajé la mirada y empecé a leer una frase de una de las cartas sin escucharme realmente, sólo pronunciando en alto sin prestarme atención. Cuando acabé y vi frente a mí una sonrisa volví a releer:
"[...]Déjame, mi amor, decirte que te quiero con besos en vez de con palabras[...]"
Creo que Frank y yo nos reconciliamos después de todo y ocurrió que (no era la primera vez) supe que aquel libro tenía que ser mío.
Quinientas cartas para volver a querer a Frank.
Decididamente me gusta como escribes y de lo que escribes.
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