Frente a ella se abría una infinita extensión de árboles perfectamente cuidados, alineados milimétricamente unos con otros. No sabía qué era eso, no sabía lo que crecía frente a ella, pero le parecía lo más bonito que había visto nunca.
-Esto es...
-Un bosque artificial -cortó Adam con cierto enfado-. Personalmente, prefiero la naturaleza cuando no han metido mano las personas.
-¿Pero qué es esto? ¿Qué son? ¿Qué hacen aquí? ¿Puedo tocarlos?
Él asintió y ambos se aproximaron a la primera línea del bosque, donde Sofía estiró los brazos y pegó las palmas de las manos al tronco de uno de los árboles; acarició la corteza como si se tratase de un perro y, sonriente, miró a su acompañante.
-Es rugoso.
-Lo sé. Y respira, como nosotros.
-¿Habla?
-No, por suerte. Tendría unas cuantas cosas de las que quejarse, seguro -se adentró más allá y le hizo un gesto a Sofía para que le siguiera.
Caminaron zigzagueando por las líneas de árboles en diagonal, alejándose cada vez más y más de los muros que custodiaban la ciudad.
-¿Por qué están fuera de los muros?
-Verás... Los árboles proporcionan oxígeno. No te he dejado ningún libro que explique esto y tampoco es mi especialidad, pero intentaré explicártelo: el gobierno seguramente no ha encontrado ninguna sustancia química que pueda sustituir el oxígeno, que es lo que respiramos nosotros, así que se dedicó a plantar árboles para que lo produjesen y así poder continuar con la creación de vida.
Había algunas cosas que a Sofía se le escapaban de aquella explicación, como la relación entre el oxígeno y la manera de crear vida: las personas, hasta donde ella sabía, se gestaban durante diez meses en unas cápsulas que los expulsaban de manera mecánica en el momento de la maduración en otro habitáculo donde se les alimentaba y se implantaba en sus mentes el desarrollo mecánico de acciones básicas y necesarias para su supervivencia. El oxígeno no tenía nada que ver en todo aquello y así se lo expuso a Adam, quien negó con la cabeza sin saber cómo explicar que no era así.
-El oxígeno es lo que hace que funcionen las cápsulas y nosotros. Si no hay oxígeno no respiramos ni crecemos ni nada. Nos morimos. Por eso es necesario. El oxígeno es como el motor de todo lo demás, ni se ve ni se toca ni nada, pero si no está nada funciona.
-Pero si es tan importante, ¿por qué no está mas cerca? ¿Por qué no está dentro de los muros?
Adam echó la vista atrás, pero ya no se veía la ciudad, ni siquiera a través de las copas de los árboles.
-Esos muros en realidad ni siquiera deberían de existir... Y los árboles no están dentro porque seguramente nos desmecanizarían. La gente tendría la necesidad de cuidarlos y eso desarrolla sentimientos, que son cosas de las que el gobierno prefiere que prescindamos por todos los peligros que pueden acarrear. Sentir suele llevar a un descontrol y eso no es algo que interese a nuestro mundo.
Sofía había experimentado ese descontrol en sí misma cuando pensó que que podrían haberle capturado y, pese a haber sido un sentimiento de lo más desagradable, prefería haber experimentado aquello que seguir en el estado de letargo emocional en el que llevaba toda su vida.
-Mira -Adam llamó su atención señalando una corriente de agua que descendía sin control.
-¿Dónde está la fuente?
-No hay fuente. Es un río y los ríos no necesitan de fuentes, son libres... Y mira, aquí deja de ser artificial el bosque.
Al otro lado los árboles crecían sin orden y había más de una especie. Se enredaban entre ellos y algunas otras plantas crecían a sus pies o trepaban por sus troncos. También había rocas en ambas laderas del río y pequeños grupos de colores a los que Adam señaló como flores.
-¿Entiendes el poder que puede ejercer la naturaleza en las personas, Sofía? Creo que llevas tres minutos aguantando la respiración de lo emocionada que estás.
-Pero no entiendo que nos oculten esto. Es maravilloso... ¿Por qué? -se le estaban juntado la tristeza y la rabia y no sabía muy bien cómo gestionar ninguna de las dos. A nivel emocional era como una niña pequeña, a cualquier nivel en realidad: estaba conociendo e intentando comprender el mundo que le habían ocultado toda su vida tras esos muros y su mundo interno, que estaba abriéndose a nuevos horizontes.
-Mira, creo que hay alguien que puede explicártelo todo mejor que yo.
-¿Quién?
-Se llama Pandora. Podemos ir a verla, seguro que está en nuestra guarida ahora mismo. ¿Quieres ir?
-¡Claro que quiero ir!
-¿Sabes qué? Podemos ir corriendo. A mí me encanta correr; se te acelera el corazón y casi te falta la respiración.
Sofía frunció los labios.
-No sé si me va a gustar eso -se llevó la mano al pecho y pensó en cómo se había puesto a latir lo de ahí dentro cuando pensó que iban a detenerla.
-Prueba. Si no te gusta, siempre puedes parar.
Y sin decir nada más, Adam atravesó el río mojándose los pies hasta llegar al otro lado. Sofía le siguió, disfrutando de la temperatura helada del agua; para ella, que nunca había sentido demasiado frío ni demasiado calor, aquello era algo espectacular. Cuando estuvieron en las lindes del bosque, él echó a correr sin avisar y ella, rechazando toda duda, le siguió.
A lo largo del camino se tropezó un par de veces, llenándose la ropa y las manos de tierra, se cortó los brazos y la cara con alguna ramita que sobresalía de los troncos más bajos, el corazón parecía querer salir de su cuerpo y el aire, además de revolver su pelo, empezaba a faltarle. Pese a todo, se sentía absoluta, feliz, sin poder dejar de sonreír.
Vio cómo Adam paraba junto a una estructura de madera en medio de un claro; paró junto a él y ambos esperaron a recuperar el aliento.
-¿No ha estado tan mal, eh?
-Ha sido genial -miró la cabaña- ¿Es aquí?
-Sí -dijo mientras rodeaba el pomo de la puerta.