martes, 27 de octubre de 2015

Cuando caímos: El camino

Frente a ella se abría una infinita extensión de árboles perfectamente cuidados, alineados milimétricamente unos con otros. No sabía qué era eso, no sabía lo que crecía frente a ella, pero le parecía lo más bonito que había visto nunca. 
-Esto es...
-Un bosque artificial -cortó Adam con cierto enfado-. Personalmente, prefiero la naturaleza cuando no han metido mano las personas.
-¿Pero qué es esto? ¿Qué son? ¿Qué hacen aquí? ¿Puedo tocarlos?
Él asintió y ambos se aproximaron a la primera línea del bosque, donde Sofía estiró los brazos y pegó las palmas de las manos al tronco de uno de los árboles; acarició la corteza como si se tratase de un perro y, sonriente, miró a su acompañante.
-Es rugoso.
-Lo sé. Y respira, como nosotros.
-¿Habla?
-No, por suerte. Tendría unas cuantas cosas de las que quejarse, seguro -se adentró más allá y le hizo un gesto a Sofía para que le siguiera. 
Caminaron zigzagueando por las líneas de árboles en diagonal, alejándose cada vez más y más de los muros que custodiaban la ciudad. 
-¿Por qué están fuera de los muros?
-Verás... Los árboles proporcionan oxígeno. No te he dejado ningún libro que explique esto y tampoco es mi especialidad, pero intentaré explicártelo: el gobierno seguramente no ha encontrado ninguna sustancia química que pueda sustituir el oxígeno, que es lo que respiramos nosotros, así que se dedicó a plantar árboles para que lo produjesen y así poder continuar con la creación de vida.
Había algunas cosas que a Sofía se le escapaban de aquella explicación, como la relación entre el oxígeno y la manera de crear vida: las personas, hasta donde ella sabía, se gestaban durante diez meses en unas cápsulas que los expulsaban de manera mecánica en el momento de la maduración en otro habitáculo donde se les alimentaba y se implantaba en sus mentes el desarrollo mecánico de acciones básicas y necesarias para su supervivencia. El oxígeno no tenía nada que ver en todo aquello y así se lo expuso a Adam, quien negó con la cabeza sin saber cómo explicar que no era así.
-El oxígeno es lo que hace que funcionen las cápsulas y nosotros. Si no hay oxígeno no respiramos ni crecemos ni nada. Nos morimos. Por eso es necesario. El oxígeno es como el motor de todo lo demás, ni se ve ni se toca ni nada, pero si no está nada funciona. 
-Pero si es tan importante, ¿por qué no está mas cerca? ¿Por qué no está dentro de los muros?
Adam echó la vista atrás, pero ya no se veía la ciudad, ni siquiera a través de las copas de los árboles.
-Esos muros en realidad ni siquiera deberían de existir... Y los árboles no están dentro porque seguramente nos desmecanizarían. La gente tendría la necesidad de cuidarlos y eso desarrolla sentimientos, que son cosas de las que el gobierno prefiere que prescindamos por todos los peligros que pueden acarrear. Sentir suele llevar a un descontrol y eso no es algo que interese a nuestro mundo.
Sofía había experimentado ese descontrol en sí misma cuando pensó que que podrían haberle capturado y, pese a haber sido un sentimiento de lo más desagradable, prefería haber experimentado aquello que seguir en el estado de letargo emocional en el que llevaba toda su vida. 
-Mira -Adam llamó su atención señalando una corriente de agua que descendía sin control.
-¿Dónde está la fuente? 
-No hay fuente. Es un río y los ríos no necesitan de fuentes, son libres... Y mira, aquí deja de ser artificial el bosque. 
Al otro lado los árboles crecían sin orden y había más de una especie. Se enredaban entre ellos y algunas otras plantas crecían a sus pies o trepaban por sus troncos. También había rocas en ambas laderas del río y pequeños grupos de colores a los que Adam señaló como flores. 
-¿Entiendes el poder que puede ejercer la naturaleza en las personas, Sofía? Creo que llevas tres minutos aguantando la respiración de lo emocionada que estás. 
-Pero no entiendo que nos oculten esto. Es maravilloso... ¿Por qué? -se le estaban juntado la tristeza y la rabia y no sabía muy bien cómo gestionar ninguna de las dos. A nivel emocional era como una niña pequeña, a cualquier nivel en realidad: estaba conociendo e intentando comprender el mundo que le habían ocultado toda su vida tras esos muros y su mundo interno, que estaba abriéndose a nuevos horizontes. 
-Mira, creo que hay alguien que puede explicártelo todo mejor que yo.
-¿Quién?
-Se llama Pandora. Podemos ir a verla, seguro que está en nuestra guarida ahora mismo. ¿Quieres ir?
-¡Claro que quiero ir!
-¿Sabes qué? Podemos ir corriendo. A mí me encanta correr; se te acelera el corazón y casi te falta la respiración.
Sofía frunció los labios.
-No sé si me va a gustar eso -se llevó la mano al pecho y pensó en cómo se había puesto a latir lo de ahí dentro cuando pensó que iban a detenerla.
-Prueba. Si no te gusta, siempre puedes parar.
Y sin decir nada más, Adam atravesó el río mojándose los pies hasta llegar al otro lado. Sofía le siguió, disfrutando de la temperatura helada del agua; para ella, que nunca había sentido demasiado frío ni demasiado calor, aquello era algo espectacular. Cuando estuvieron en las lindes del bosque, él echó a correr sin avisar y ella, rechazando toda duda, le siguió. 
A lo largo del camino se tropezó un par de veces, llenándose la ropa y las manos de tierra, se cortó los brazos y la cara con alguna ramita que sobresalía de los troncos más bajos, el corazón parecía querer salir de su cuerpo y el aire, además de revolver su pelo, empezaba a faltarle. Pese a todo, se sentía absoluta, feliz, sin poder dejar de sonreír. 
Vio cómo Adam paraba junto a una estructura de madera en medio de un claro; paró junto a él y ambos esperaron a recuperar el aliento.
-¿No ha estado tan mal, eh?
-Ha sido genial -miró la cabaña- ¿Es aquí?
-Sí -dijo mientras rodeaba el pomo de la puerta. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuando caímos: El descubrimiento

Durante las semanas siguientes, Adam había dejado algún ejemplar donde le había dicho a Sofía con un par de días de descanso. Ella, por su parte, había acudido cada día a ver si había algo nuevo bajo el montón de escombros, dejando el tomo ya acabado en el mismo sitio para devolvérselo a su legítimo dueño. No acudía impaciente al lugar tras los andamios únicamente por los libros (que también) sino por la notita que Adam tenía a bien dejarle en la página número trece de cada uno de ellos: a ojos de cualquier persona o guardia que pudiera haber dado con aquellos retazos de folio, no serían más que líneas con anotaciones sin demasiado sentido; sin embargo, Sofía llegó a desvelar, tras la tercera nota, el sentido de aquellos números y aquellas letras al borde de líneas rectas trazadas en diferentes grosores. Era, sin duda, un puzzle. Y no era un puzzle cualquiera: era un mapa.
En alguna ocasión ella había pensado en dejar allí su ejemplar de El Principito para él, pero había sido el primer libro que se había encontrado, era como su seña de identidad secreta respecto al mundo en el que vivía, había sido la manera de abrir los ojos para despertar del sueño inducido. No desconfiaba de que Adam no fuese a devolverlo después de haberlo leído, lo que ella temía era que le descubrieran con él y le arrestasen y no volver a ver a ninguno de los dos nunca más. 
Un día, sin más, dejaron de llegar ejemplares al escondite bajo los escombros y Sofía sintió cómo un escalofrío le recorrió la espalda de punta a punta al pensar que lo peor había pasado por fin. Esperó una semana más por si acaso era una falsa alarma, pero ocho días sin noticias de Adam no podían significar otra cosa: le habían arrestado. Con cada palabra que había ido devorando en aquellas últimas semanas le había empezado a resultar cada vez más complicado sujetar sus sentimientos y controlar su expresión física, por lo que la noticia de la posible fatalidad le provocó un estado de nerviosismo tan intenso que pasó algo totalmente nuevo: rompió a llorar. De nuevo, sabía lo que era aquello por lo que había leído, pero jamás lo había experimentado hasta entonces, o al menos que ella recordase (no tenía muchos recuerdos de antes de sus diez años). Las lágrimas, ese fenómeno maravilloso que estaba rodando con el peso de la gravedad por sus mejillas, frenaban en su boca salando sus labios y confundiendo el miedo y el dolor de la pérdida con la fascinación y la curiosidad del nuevo descubrimiento. Se preguntó cuándo se acababa de llorar, si quizás era algo que duraba mucho tiempo o, por el contrario, se acabaría rápido y, en cualquiera de los dos casos, cómo se podía parar. 
Pero ella sola se respondió a la pregunta al pensar que la única forma de tener la certeza absoluta sobre el arresto de Adam era siguiendo el mapa que le había dado. Ordenó sobre el suelo de su habitáculo todas las notitas que había recibido hasta ese momento hasta formar la imagen final en la que había signos que ella pudo interpretar de manera correcta, como los puntos rojos señalando las cámaras o los asteriscos verdes como puntos ciegos a horas concretas que él había tenido el detalle de anotar. En el borde del mapa, siguiendo el camino de flechas amarillas a través de las calles de la ciudad, había un triángulo negro; Sofía no sabía qué significaba aquel símbolo, pero sí sabía que debía llegar hasta él para averiguar algo. 
A la hora que Adam había marcado al principio del mapa, Sofía emprendió camino. Era muy difícil seguir el ritmo establecido para andar y al mismo tiempo llegar puntual a cada asterisco verde, pero lo más difícil sin duda había sido memorizar el mapa porque no podía llevarlo consigo ya que en caso de que le arrestasen no quería que ningún guardia pudiera descubrir un secreto que ni ella misma sabía. Y casi se topa de frente con una cámara al borde de la meta, no la había recordado en el mapa hasta que la había visto; tampoco recordaba la hora en la que ese ángulo dejaría de ser seguro. Se negaba a haber llegado tan lejos para no conseguir alcanzar el triángulo negro, de modo que se armó de valor y, sin pensarlo una tercera vez, lanzó agua de una fuente cercana a la cámara, cuya luz roja dejó de parpadear en símbolo de una rotura inminente, En seguida corrió, sin pensar en que alguien pudiera estar viéndola, hacia el triángulo negro: se trataba de un agujero en el muro de hormigón que no dudó en traspasar.
Lo que vio al otro lado la dejó sin palabras. Sentía que las gotas de agua saladas volvían a invadir sus ojos, pero esta vez con un sentimiento muy diferente, en esta ocasión había algo dentro que se revolvía y giraba y saltaba y volaba y se estrellaba una y otra vez en cada rincón de su mente. 
-¿Bonito, eh?
Sofía se giró al escuchar la voz y otra vez algo nuevo le ocurrió: los músculos de su cara se tensaron hasta formar una amplia sonrisa. Estaba feliz de verle allí, de descubrir que no le habían arrestado y en un alarde de alegría le devolvió el abrazo que él le había dado unas semanas atrás.
-¿Qué es esto? -le preguntó cuando se separaron.
-Esto es sólo el principio. 

martes, 13 de octubre de 2015

Cuando caímos: El encuentro

Ni demasiado frío ni demasiado calor.
Así era siempre el tiempo.
Así era ella.
No, ella fingía ser así. Fingía ser como los demás. Intentaba encajar. Intentaba ser aquello a lo que llamaban normal. 
¿Por qué tenía que sentir?
Sintió que chocaba contra alguien y de inmediato fijó la vista en el frente. Pronunció una disculpa breve y siguió su camino sin parpadear, deseando que nadie más hubiese reparado en aquel pequeño accidente. Quería mirar si se habían fijado en ella, si había conseguido pasar inadvertida, pero volver la cara supondría delatarse al mostrar un mínimo de curiosidad. 
Siete calles más lejos pudo respirar algo más tranquila. Si se hubiesen dado cuenta ya se habrían hecho con ella. 
Y de pronto un tirón en el brazo le arrastró tras unos andamios. Una mano le tapó la boca, algo que le pareció absurdo ya que el miedo ya lo habían extirpado de todos. Pero ella sí que sentía miedo, ella era capaz de sentir cosas que los demás no podían sentir y, por lo tanto, quiso gritar durante los cinco segundos que tardó en darse cuenta de que, sin duda, era la peor de las opciones. 
La persona que había tirado de su brazo se puso frente a ella con una sonrisa que le resultó de lo más extraña. El chico agarraba un pequeño ejemplar de El Principito mientras su sonrisa no hacía más que crecer. Ella, inconscientemente, llevó su mano al bolsillo de la chaqueta para darse cuenta de que aquel libro era el suyo; la sangre huyó de su cara, de todo su cuerpo, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento. Sólo podía hacer una cosa: negar la evidencia por todos los medios y fingir, de nuevo, impasividad ante los hechos.
-Sientes miedo -dijo entonces él.
Ella se quedó en silencio, como si desconociera de lo que estaba hablando. No quería que la arrestasen, no quería que la llevasen a uno de esos centros a los que llevaban a los que no eran como los demás. 
-Claro que sientes miedo -insistió-, te has quedado pálida y tiemblas.
-Tengo que marcharme -contestó, controlando en la medida de lo posible que su voz no la delatase.
Entonces él agarró de nuevo su brazo para impedírselo.
-Te has chocado conmigo y se te ha caído esto del bolsillo. Deberías tener cuidado con lo que llevas en los bolsillos y, sobre todo, evitar que se te caiga si lo haces. Si llega a ser un guardia te habrías metido en un lío bien gordo. 
Entonces suspiró y tomó aire, nunca le había sentado tan bien respirar como en aquel momento. Cuando tuvo de nuevo el libro lo apretó con tanta fuerza que estaba segura de haber arrugado desde la primera hasta la última página. 
-Tú no eres como los demás... ¿De dónde lo has sacado?
Ella aún no era capaz de hablar. No era capaz ni de pensar con relativa normalidad. 
-¿Cómo te llamas? -insistió, clavando en ella una mirada profunda. 
-92091...
-No -le interrumpió-. Tu nombre. El de verdad. El que has elegido. Seguro que has pensado ya en uno. Fue lo primero que hice cuando cayó por primera vez un libro en mis manos. 
Era cierto, después de haber leído su primer libro, había pensado en cómo le habrían llamado sus padres si los hubiese tenido y si hubiese nacido muchos años antes. 
-Sofía.
Él volvió a sonreír, esta vez con cierta ironía ante la elección.
-Yo me llamo Adam -le tendió la mano.
Ella no supo muy bien cómo reaccionar.
-Venga, seguro que sabes lo que es un apretón de manos -cogió su mano y la estrechó, luego aflojó y besó su dorso-. Supongo que también sabrás que, hace mucho, se saludaba así a las mujeres. 
Sofía apartó la mano y se acarició el sitio que el había besado, sintiendo el tacto extraño pero curiosamente agradable. 
-¿No llevas mucho tiempo leyendo, eh? No importa, yo puedo ayudarte con eso si quieres. Vendré aquí cada semana y te dejaré un libro bajo los escombros. No te preocupes, no te costará mucho encontrarlos.
Ella pensó en que aquella estaba siendo la conversación más larga (y más interesante) de toda su vida. Desde luego había sobrepasado el minuto de rigor establecido en el que se podía intercambiar información con otro ser. 
-Yo no he leído tu libro, pero me encantaría. Si quieres, cuando lo termines, puedes dejármelo tú también bajo los escombros. Y no te asustes, yo también soy diferente, no somos los únicos -miró su reloj-. Tengo que marcharme ahora, pero nos volveremos a ver. 
Adam dio un abrazo a Sofía. Era el primer abrazo que le daban en su vida y sabía lo que era porque se lo había imaginado más o menos así cuando lo había leído; en el libro donde lo había visto decía que la otra persona también "envolvió con sus brazos a..." pero no se sentía capaz de mover, después de aquel torbellino, ni un sólo músculo de su cuerpo. Sin embargo, disfrutó de ese gesto como lo había hecho antes de respirar tan profundo o incluso más. 
-Me alegra que no seas una obsolescente -susurró Adam antes de marcharse y desaparecer tras la estructura de metal.