miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuando caímos: El descubrimiento

Durante las semanas siguientes, Adam había dejado algún ejemplar donde le había dicho a Sofía con un par de días de descanso. Ella, por su parte, había acudido cada día a ver si había algo nuevo bajo el montón de escombros, dejando el tomo ya acabado en el mismo sitio para devolvérselo a su legítimo dueño. No acudía impaciente al lugar tras los andamios únicamente por los libros (que también) sino por la notita que Adam tenía a bien dejarle en la página número trece de cada uno de ellos: a ojos de cualquier persona o guardia que pudiera haber dado con aquellos retazos de folio, no serían más que líneas con anotaciones sin demasiado sentido; sin embargo, Sofía llegó a desvelar, tras la tercera nota, el sentido de aquellos números y aquellas letras al borde de líneas rectas trazadas en diferentes grosores. Era, sin duda, un puzzle. Y no era un puzzle cualquiera: era un mapa.
En alguna ocasión ella había pensado en dejar allí su ejemplar de El Principito para él, pero había sido el primer libro que se había encontrado, era como su seña de identidad secreta respecto al mundo en el que vivía, había sido la manera de abrir los ojos para despertar del sueño inducido. No desconfiaba de que Adam no fuese a devolverlo después de haberlo leído, lo que ella temía era que le descubrieran con él y le arrestasen y no volver a ver a ninguno de los dos nunca más. 
Un día, sin más, dejaron de llegar ejemplares al escondite bajo los escombros y Sofía sintió cómo un escalofrío le recorrió la espalda de punta a punta al pensar que lo peor había pasado por fin. Esperó una semana más por si acaso era una falsa alarma, pero ocho días sin noticias de Adam no podían significar otra cosa: le habían arrestado. Con cada palabra que había ido devorando en aquellas últimas semanas le había empezado a resultar cada vez más complicado sujetar sus sentimientos y controlar su expresión física, por lo que la noticia de la posible fatalidad le provocó un estado de nerviosismo tan intenso que pasó algo totalmente nuevo: rompió a llorar. De nuevo, sabía lo que era aquello por lo que había leído, pero jamás lo había experimentado hasta entonces, o al menos que ella recordase (no tenía muchos recuerdos de antes de sus diez años). Las lágrimas, ese fenómeno maravilloso que estaba rodando con el peso de la gravedad por sus mejillas, frenaban en su boca salando sus labios y confundiendo el miedo y el dolor de la pérdida con la fascinación y la curiosidad del nuevo descubrimiento. Se preguntó cuándo se acababa de llorar, si quizás era algo que duraba mucho tiempo o, por el contrario, se acabaría rápido y, en cualquiera de los dos casos, cómo se podía parar. 
Pero ella sola se respondió a la pregunta al pensar que la única forma de tener la certeza absoluta sobre el arresto de Adam era siguiendo el mapa que le había dado. Ordenó sobre el suelo de su habitáculo todas las notitas que había recibido hasta ese momento hasta formar la imagen final en la que había signos que ella pudo interpretar de manera correcta, como los puntos rojos señalando las cámaras o los asteriscos verdes como puntos ciegos a horas concretas que él había tenido el detalle de anotar. En el borde del mapa, siguiendo el camino de flechas amarillas a través de las calles de la ciudad, había un triángulo negro; Sofía no sabía qué significaba aquel símbolo, pero sí sabía que debía llegar hasta él para averiguar algo. 
A la hora que Adam había marcado al principio del mapa, Sofía emprendió camino. Era muy difícil seguir el ritmo establecido para andar y al mismo tiempo llegar puntual a cada asterisco verde, pero lo más difícil sin duda había sido memorizar el mapa porque no podía llevarlo consigo ya que en caso de que le arrestasen no quería que ningún guardia pudiera descubrir un secreto que ni ella misma sabía. Y casi se topa de frente con una cámara al borde de la meta, no la había recordado en el mapa hasta que la había visto; tampoco recordaba la hora en la que ese ángulo dejaría de ser seguro. Se negaba a haber llegado tan lejos para no conseguir alcanzar el triángulo negro, de modo que se armó de valor y, sin pensarlo una tercera vez, lanzó agua de una fuente cercana a la cámara, cuya luz roja dejó de parpadear en símbolo de una rotura inminente, En seguida corrió, sin pensar en que alguien pudiera estar viéndola, hacia el triángulo negro: se trataba de un agujero en el muro de hormigón que no dudó en traspasar.
Lo que vio al otro lado la dejó sin palabras. Sentía que las gotas de agua saladas volvían a invadir sus ojos, pero esta vez con un sentimiento muy diferente, en esta ocasión había algo dentro que se revolvía y giraba y saltaba y volaba y se estrellaba una y otra vez en cada rincón de su mente. 
-¿Bonito, eh?
Sofía se giró al escuchar la voz y otra vez algo nuevo le ocurrió: los músculos de su cara se tensaron hasta formar una amplia sonrisa. Estaba feliz de verle allí, de descubrir que no le habían arrestado y en un alarde de alegría le devolvió el abrazo que él le había dado unas semanas atrás.
-¿Qué es esto? -le preguntó cuando se separaron.
-Esto es sólo el principio. 

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