lunes, 31 de diciembre de 2012

Adiós, Febrero.

Dicen (¿quién lo dice?) que hoy es un perfecto día para repasar el año y marcarte metas, hacer propósitos, para el año que está por llegar.
No voy a proponerme nada para el 2013 ya que de todo lo que me propuse para el 2012 no se ha cumplido nada. Pero no dejaré que pase en balde, no voy a permitir que sea como este tiempo pasado, estos 366 días tan...
No voy a mentir, ha sido, con diferencia, el peor año de mi vida. No me ha hecho falta hacer repaso hoy, cada día me he levantado con mal sabor de boca, pensando a qué tendría que enfrentarme en ese nuevo día; he llegado a pensar que esta vida es el purgatorio de otra vida que ya pasé y en la que debí cometer algún tipo de atrocidad. Hace poco lloré (llevaba demasiado tiempo sin llorar y creo que con toda la noche saldé la deuda que tenía con mis lacrimales), pensando que no podría con otro revés, que no sería capaz de resistir ni un solo golpe más.
Febrero fue un mes especialmente duro y por eso no han pasado los meses para mí, ha sido un febrero especialmente prolongado. Pero "ya está, ya hay paz", porque esta noche termina este mal trago.
Y pensarás que soy una exagerada: ¿Cómo puede quejarse de su vida una chica de veinte años?. Pues puedo. A lo mejor no he tenido que pagar una hipoteca y me ha vencido el plazo o no me he quedado sin trabajo. Pero me han "roto" el corazón repetidas veces, la chica que era mi mejor amiga decidió que no merecía la pena estar a mi lado cuando más la necesité, el que fue mi mejor amigo decidió que merecía más la pena el sexo que la amistad, mi hermano viajó a la tierra de Merkel y me dejó con unos padres que empezaron a estar enfadados por cualquier cosa, estuvieron a punto de echarme de la carrera, he discutido con todo el mundo constantemente, me dijeron que mi perro se está muriendo, se murió la tortuga que hacía las veces de guardiana del baño de mi casa, se murió mi hamster y otra serie de catastróficas desdichas.
(Por favor, aunque estés al borde de una depresión, sigue leyendo, tengo algo más que decir)
Lo cierto es que no sé en qué creo y ya no sabía a quién o a qué rezar para que todo terminase, que se acabase fuese como fuese.
Y entonces, la lacrimógena noche que he mencionado antes, cuando sentí los primeros efectos de una incipiente deshidratación, recordé la frase que una gran persona que estuvo (y a veces está) en mi vida decía cuando el mundo nos vencía: This too shall pass (esto también pasará). Y me dije "¿En serio vas a rendirte? ¿De verdad? ¿Tú?" Y, por suerte, desde ese día hace más o menos un mes no ha habido más tropiezos. Sé que vendrán tiempos difíciles de nuevo, pero creo que la vida me está dando un pequeño respiro.
Y hoy me he puesto a pensar en el año y he vuelto a recordar todos esos deprimentes detalles... Pero me he obligado a mí misma a hacer un esfuerzo, a quedarme con lo bueno por poco que fuese. Es cierto que me han roto el corazón, pero he tenido más de una vez (y mas de diez) la piel de gallina por culpa de sus caricias y he tenido besos bajo la lluvia y unos segundos rozando la más absoluta felicidad entre sus brazos; sí, que mis amigos se marcharon de la peor manera, pero gracias a eso descubrí que a mi lado había gente que merecía la pena de verdad, ese tipo de personas que te alegran un lunes por la mañana con solo decir tu nombre; gracias a que mi hermano se marchó pude conocer Alemania, tener un reencuentro y creo que nos hemos echado tanto de menos que desde que ha vuelto estamos mejor que nunca (he descubierto que es, a parte de mi hermano, un gran amigo). Mis padres no han parado de discutir pero son la prueba viviente de que el amor, cuando es sincero, puede con todo: han sabido solucionar sus problemas y cada día tengo más claro que existen las almas gemelas (si vieseis la complicidad de sus sonrisas cuando se miran me entenderíais). Casi me quedo sin carrera, salir de aquel examen fue uno de los peores momentos en el top ten de mi año... pero aprobé y me demostré a mí misma que no hay nada imposible (si yo he aprobado historia, todo se puede).
Me he quedado afónica en conciertos, he oído "te quiero" de labios que jamás pensé que dirían esas palabras hacia mí, he pasado la nochebuena con una gran parte de mi incontable  familia (cosa que hace un par de años veía imposible), he tenido noches legendarias, borracheras con amigos, viajes a lugares donde habita la magia y recuerdo haber sonreído un día de frío por ver a una niña pequeña abrazar a su madre en el parque.
El caso es que, después de todo esto (quizás me siento optimista por la pequeña buena racha), no tengo fuerzas para rendirme. Y sé que habrá más golpes pero, por suerte para mí, siempre habrá una manera de levantarse y una cicatriz que me recuerde que sobreviví una vez más.
Adiós, Febrero.
Hola, Septiembre.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Gravedad

Hay quienes consideran que todo tiene una explicación, que nada está movido por el azar, que creen en la tercera ley de Newton y se ríen del destino. ¿Adivinas quién es uno de estos cínicos? Sí, Él.
Dicen que cuando un gato negro se cruza en tu camino da mala suerte. Hace un tiempo, cuando Él iba de camino a la universidad, uno de esos supuestos portadores de mala suerte pasó corriendo frente a él y, al mirarle, otro de los estudiantes que montaba en bicicleta le embistió y le provocó un esguince en la caída. Su abuelo, cuando fue a verle al hospital, y después de escuchar su historia, hizo un comentario sobre el tema de la mala suerte. Él pensó que aquello era absurdo, la "mala suerte" había sido sólo un desencadenamiento de factores adversos: Él se había distraído con el gato, que casualmente era de color negro, lo que le había impedido poder ver al chico de la bici para poder esquivarle; la noche anterior había llovido, de modo que el suelo se había mojado y las resbaladizas suelas de sus zapatillas no tenían la suficiente adherencia para soportar el impacto.
Cuando le explicó aquella relación a su romántico y tierno abuelo, él simplemente negó con la cabeza, con una mueca de esas que pone la gente mayor cuando da un caso por perdido. Para evitar una discusión, como las que tenían habitualmente por temas (tan absurdos para Él) como la falta de sensibilidad, la necesidad de un toque más sentimental o la existencia de la inexactitud en las vidas, le pidió que se marchase porque necesitaba descansar. Se sentía mal por haber alcanzado ese estado de Guerra Fría con su abuelo, pero parecía que cualquier excusa era buena para lanzar la artillería. Y todas las discusiones acababan en que el hombre le decía que tenía que dejar a su novia porque, por increíble que pareciese, era más fría e insensible que Él y en la censura que Él le ponía por verse con una chica mucho más joven que él.
Ya se sabe que la pasión y la razón nunca han sido buena pareja de baile y ellos dos son la viva representación de esas ideas tan conflictivas y contrapuestas. A lo mejor, la pasión con un poco de cordura podría no quemarse a sí misma; quizás la razón con un poco de sentimiento se templase... Pero son tercos como mulas, se parecen demasiado en el fondo.
Pero hay un punto, un pequeño y diminuto punto donde todo converge, donde ni siquiera la gravedad tiene poder, el lugar donde todo da igual, donde Él, la novia de Él, P, el abuelo de Él, Artista, Ocaso, yo, él, tú y todo lo que es en algún sentido imposible, se encuentra en un ordenado caos.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Curriculum Vitae.

Cuando te paras a pensar en cómo será esa "media naranja" que tienes perdida por algún rincón del mundo, primero planteas un físico, es algo inevitable: unos ojos de tal color un pelo de tal longitud, una talla de sujetador mayor o menor, una complexión fuerte; luego se cuela en tu mente el espinoso tema de la personalidad: y prefieres alguien fácil de manejar o alguien que te sepa llevar a ti, que hagan reír, que sean serios, que sean alocadas o que más bien no hablen demasiado. Luego pides que el sexo sea increíble, que cada orgasmo sea mejor que el anterior... Incluso, llegas a pensar en personas que se adapten a tus gustos sin querer que sea tu compañero o compañera de camino. Y entonces te tropiezas una y otra vez con besos vacíos, amores duraderos y romances efímeros (son los menos los que aciertan al primer beso), con quien te puede dar más o menos y te hacen saber que no son quien andabas buscando.
Y hay quien ni se plantea ese tipo de cuestiones, como Él. Tiene su pareja estable y ambos son lo que en este momento quieren en su vida. No es la primera y, por supuesto, no será la última.
¿Recordáis que P no podía ser descrita? Él si que podría serlo y tengo el convencimiento de que si me parase a preguntarle, querría ser descrito con la mayor precisión, sin pérdida de detalle; porque Él no comulga con la abstracción ni con el hecho de que la imaginación llene los vacíos que deja la falta de información en el tiempo. Él es metódico, de esos que necesitan ver para creer, tocar para sentir. Aun así escribe poesía, no sabe por qué, pero de vez en cuando lo hace y, con un poco de suerte, acompaña lo que garabatea con unos cuantos acordes de guitarra. Lo de los versos es culpa de su abuelo, quien intentó con todas sus fuerzas hacer de su nieto un romántico; y durante unos años lo consiguió, pero la filosofía y las matemáticas (esas cosas que torturan y matan el alma artística) aparecieron en la vida del chico para llevarle en un tren que iba demasiado rápido a la madurez, sin darle oportunidad a pensar que en algún momento de su vida podría acabar corriendo con un ramo de flores por la calle para gritar a los cuatro vientos su amor por alguien. También toca el piano, cuando está solo, cuando esta triste, cuando no quiere pensar, cuando todo parece no encajar. Y luego cierra con fuerza la tapa, condenando a las teclas a una espera de que ese centímetro que guarda de su abuelo vuelva para poder cantar de nuevo.
No es un tipo extraño, pese a lo que la primera impresión pueda dar (no hay que fiarse de las primeras impresiones, suelen ser de lo menos acertadas)... Bueno, según lo que cada uno considere extraño o normal. Pero Él no sobresale de la media: juega al fútbol con sus amigos los domingos, sale con sus compañeros de universidad, se emborracha de vez en cuando, vive en una familia estructurada y un poco numerosa, le gusta la pizza y tiene una novia aceptable.
Es de esos chicos que pasan inadvertidos, silenciosas presencias que se cruzan cada día por tu camino mientras vas a comprar el pan, ese tipo de miradas perdidas que no terminan de cruzarse contigo, pero que, de pronto, un día sonríen y no sabes como salir de ese torbellino que se ha creado en tu interior.
Esto es sólo una carta de presentación. No penséis que será aburrido; podéis pensar que nuestra chica y Él no tienen nada en común (no diré lo contrario), que no aportará nada a todo esto que llevamos andado desde hace unos meses... Pero en este blogg no se cuela cualquiera y P no habría elegido a alguien que no tuviese un alma elegante y arrebatadora (aunque aun no se conozcan).

miércoles, 31 de octubre de 2012

El bosque del viento.

(Feliz Halloween, queridos monstruos y humanos. Me permito salir un poquito de la historia de P para explicaros la razón de porqué a veces sentimos un escalofrío por la espalda sin ningún motivo, porqué nos despertamos en medio de la noche y sentimos que algo o alguien nos está observando y porqué hay sombras que se mueven en los rincones más inciertos de la habitación. Nos remontaremos a una noche como la de hoy, hace muchos siglos en un bosque donde el viento susurra en tu oído y las hojas caídas forman espirales hacia el cielo, un bosque a los pies de un castillo en ruinas, un castillo que aún más atrás en el tiempo fue el orgullo de su región. Pero el dolor del desamor lo destruyó todo, lo quemó todo y convirtió en ruinas la belleza.)

La corte espectral se reúne, como cada treinta y uno de octubre, en el gran salón del castillo de fría piedra, esperando anhelantes la aparición de su reina, muerta tiempo atrás. Aguardan ansiosos a que su bella monarca aparezca con su vestido de seda blanca y su corona de espinas ensangrentada para que les lleve al mundo de los vivos y así poder caminar entre ellos con máscaras que oculten la ausencia de sus almas.
Pero ella no llega y los féretros níveos de ojos vítreos se impacientan. Un murmullo invade la sala, un temor se apodera de ellos. La media noche está cercana y si ella no aparece no podrán viajar entre nuestros mundos.
La reina no llegará a tiempo. Está sumida en su propia pena, cobijada por el frondoso bosque que la vio morir, derramando sus lágrimas bajo la pálida luz de la luna que se cuela entre la hojas de los sauces que, al igual que ella, no saben dejar de llorar. Conoció el amor y después el desamor y su amargo sabor, probó el frío acero para dejar atrás el sufrimiento, pero éste la persiguió tras su muerte. No hay cielo para los que se quitan la vida por voluntad propia y su castigo había sido no olvidar. Y cada año lo mismo, cada año tener que acompañar a sus cadavéricos súbditos al mundo y traerles de vuelta. La fiesta en su honor la espera, las doce campanadas se lo recuerdan, pero ya no se siente una reina, ya no siente nada excepto dolor; aquel ángel maldito tuvo el cortés gesto de arrancarle el corazón, dejando un agujero alimentado por el odio y la tristeza de saberse abandonada. Se encuentra cansada de su vida eterna; sabe que no hay cielo para ella, pero siglos después ha entendido que cualquier infierno será mejor que aquel dolor.
Dejando la corona de espinas a un lado, clama por la aparición del propio diablo para que la lleve con ella. Y ante ella se presenta, escuchando sus ruegos, envuelto en llamas y la arrastra junto a él a las profundidades del Averno.
Su corte, desquiciada, sale en su búsqueda, abriéndose camino por el oscuro bosque, hasta encontrar las espinas ensangrentadas de su soberana. La corona reposa en un lecho de flores marchitas cobijadas por una tétrica mariposa. El desgarrador aullido de desamparo de los muertos se extendió por todos los mundos durante unos segundos.
Desde entonces, cada última noche del mes de octubre, se reúnen en el castillo para esperar a una nueva reina, pero el viento arrastra su presencia hasta los sueños, hasta las sombras, hasta los rincones más incierto de las habitaciones.
Y aún en noches como esta se pueden escuchar los gemidos de dolor de la tenebrosa soberana y el lamento de su corte por verse encerrada en el olvido.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

En efecto, mariposa.

¿El verano de P? De lo más interesante, pero dejemos de lado las postales o cuántas veces tuvo que hacer o deshacer la maleta; centrémonos en un viaje concreto, en un día concreto, en un café en el centro de una ciudad cuyo nombre no vamos a cambiar, se define ella sola: Florencia. Hay lugares destinados a que te enamores irremediablemente de ellos y esa ciudad era uno de ellos.
Un plan perfecto de huida consiguió liberar a nuestra chica de tener que ir en familia con un milimétrico horario de entrada y salida; las vacaciones están para la aventura, para dejar el reloj en casa, perderse y, con un poco de suerte, encontrarse. No, no se ha encontrado, aún queda mucho para llegar a ese punto (si algún día llega).
Pero pasó algo en Florencia, dos sucesos que marcarán un antes y un después en la vida de P; no es consciente de la relevancia de uno de ellos (¿Cómo puede ser que un pequeñísimo e insignificante detalle tenga el poder de cambiar una vida? Sin que nosotros nos demos cuenta, se cuelan en nuestro tiempo momentos a los que casi no prestamos atención y luego resultan ser una pieza clave de todo el puzzle que vamos construyendo. Alguien bate las alas y se desata un huracán en tu interior. Qué curioso se antoja a veces vivir) y el segundo lo atesorará durante el resto de su vida. 
Después de un agotador día de turismo, tocaba deleitarse con un helado de amarena y sentarse junto al Ponte Vecchio antes de que se pusiese el sol. Y allí estaba, contemplando el agua que corría en silenciosa calma mientras se acababa su helado; luego levantaba la mirada al cielo, cualquiera pensaría que estaba pronunciando sus oraciones, pero en realidad estaba intentando entender el color del cielo florentino, era verde, verde aguamarina un poco jade o... era indescriptible. Pensó, primero, en cambiar alguna pared de su habitación de nuevo o quizás poner el techo de ese color, pero declinó la idea al entender que jamás conseguiría igualarlo, ni siquiera estaba segura de que ese color existiese de verdad: era tan increíble que empezaba a pensar si su imaginación estaba jugando con su percepción.
De pronto sintió algo, como cuando notas que alguien te mira por la espalda, o incluso el roce de algo por el hombro. Se giró con rapidez y, durante un segundo, cruzó la mirada con unos ojos que la dejaron sin aliento, no sabía si reflejaban el cielo o era el propio color del iris. Sea como fuere, tuvo la necesidad de seguir al propietario de esos ojos para poder quedarse horas intentando descubrir el secreto del cielo florentino. Dio el primer paso para correr tras él, pero una mano cogió la suya, llevándola al segundo gran suceso de aquel día.
Quien había impedido su persecución era un hombre maduro de entre sesenta o setenta años; parecía sacado del París de la Revolución Bohemia con aquel pelo azabache salpicado de canas a los lados todo peinado hacia atrás, dos líneas de bigote perfectamente cortadas sobre el labio superior que, junto al inferior, sujetaban un cigarro medio consumido. Vestía con una camisa blanca algo desgastada y un chaleco, unos pantalones finos y unos zapatos de piel. Sobre su antebrazo izquierdo colgaba un paraguas negro y en el chaleco guardaba un reloj de bolsillo.
-Querida -le dijo-, no corras tras él. Una mujer no debe ir tras un hombre, debe ser al revés.
Al principio, P se enfadó; no entendía por qué ese hombre se metía donde no le llamaban. Después vino la sorpresa de que hablase su mismo idioma y, finalmente, entendió que un hombre así sólo podría haber sentenciado un consejo de ese tipo y se relajó. 
-Llevo un rato observándote y me resultas una persona de lo más curiosa. Por favor, deja que te invite a un café.
Por razones que P desconocía, aceptó la proposición. De repente empezó a llover con fuerza, como si el cielo se hubiese enfadado. Parecía que estaban dentro del mar y no olía como en su ciudad, no era tierra mojada, olía al color del cielo, lo sabía de algún modo.
Y aquel hombre, Bohemio (no podría ser de otro modo), la llevó a un coqueto café al estilo de los años treinta y mantuvieron una conversación de lo humano y lo divino. Le explicó dos conceptos que guardaría para su propósito de cambio: inevitabilidad e intervencionismo; ambos estrechamente relacionados. Bohemio le explicó que él empezó a ser más feliz el día que entendió que tenía que dejar de esforzarse en que las cosas pasasen, en que si algo tiene que suceder, sucederá; hay que ayudar un poco a ello, no puedes esperar que el amor de tu vida llame a tu puerta si tú no has salido antes a la calle. Pero hay que dejar que las cosas pasen, no forzarlas, no intervenir y manipular las situaciones para que ocurra todo tal como uno lo desea. "Si planeas cada cosa -dijo- le quitarás toda la sorpresa a la vida; si ese chico y tú estáis destinados a conoceros y no ser simplemente un cruce de miradas, os conoceréis y, con un poco de suerte, tendréis una noche de intenso amor. Lo inevitable es inevitable". 
Bohemio era uno de esos hombres que se esconden en lugares recónditos del mundo, es el tipo de hombre al que se refiere una mujer cuando dice "Ya no quedan hombres como los de antes". Sí, sí que quedan, pero son mayores y no le han enseñado a sus nietos cosas como llevar un reloj de bolsillo en un chaleco con espalda de raso.
Florencia fue la última parada del caluroso verano de P. En el primer mes de otoño volvió a Gris, a esperar que continuase febrero, a llevarlo con nuevos recuerdos.






(Siento haber tardado tanto en publicar. Es difícil hablar de Florencia en tan pocas líneas sin quitarle la magia.)

domingo, 5 de agosto de 2012

Diario de una bicicleta

(Sé que prometí un verano sin P, sin mí; pero sé que ella no me perdonaría pasar el cinco de agosto sin contar su peculiar historia)




Cada persona que pasa por tu vida deja algo, te aporta una experiencia y, aunque a veces parezca poca cosa, incluso al no dejarte nada te legan el saber de que hay gente en la que no merece la pena gastar ni dos milésimas de segundo. Como una muñeca de trapo, así se ve ella: cada parte de su ser es un retazo que le han cosido las experiencias con esas personas, es un conjunto de todo eso que le han dado por el camino. Pero aquel chico del año pasado aportó un gran trozo de lo que se siente actualmente.
Por su vida han pasado varios amores, unos más importantes, otros más insignificantes y otros fugaces. Pero él (Ocaso, así le denominó su mente) había sido un amor de verano: breve pero intenso.¿Y cómo había sido aquella historia? Tan breve que se podría medir entre suspiros, tan intensa que P sabe que le salvó la vida de todas las maneras posibles.
En un viaje a un pequeño pueblo norteño con sus padres el verano pasado, una de las habituales discusiones la hizo aplicar el poco sutil protocolo de huida de coger una bicicleta y pedalear hasta que no le quedase aire en el pulmón. Encontró un camino de tierra junto a la carretera del cual desconocía el final, pero eso daba igual en aquel momento, mientras pudiese huir y esconderse, cualquier rincón era válido. Tiró la bicicleta entre unos matorrales y se acercó al borde del acantilado para gritarle a pleno pulmón al mar; gritaba por la frustración del constante ambiente de tensión, de haber llevado un año vacía, de que sólo la tristeza podía      tener sitio en su interior. Rota, se dejó caer sobre el suelo de piedra y de pronto reparó, por el rabillo del ojo, en su presencia. Cualquier persona la habría mirado como lo que parecía: una loca, o habría salido corriendo o la habría llamado la atención por escandalosa, pero él no. Él se limitó a esbozar una sonrisa y a decirle aquella frase que nunca olvidará: "tranquila, en este acantilado cabemos dos". Una sonrisa y un puñado de palabras habían conseguido mitigar su ira, habían conseguido cortar la tensión, llenar su vacío y disipar la tristeza. Compartieron un par de cigarros mientras veían cómo el sol incendiaba el horizonte; ese atardecer será con el que casi un año después ha decorado su habitación. Ocaso le explicó que ella vivía en ese eterno atardecer, que la vida era algo más que un tiempo que debía pasar sin más, algo tan importante como para no dejarlo vacío y lleno de tristeza a la vez. Después de aquella conversación empezó ese juego, un contrato de miradas que pedía un beso para ambas partes. Y soñar, las noches de verano se hicieron para soñar.
Es curioso como, sin quererlo, alguien se cruza en tu vida y lo pone todo del revés. La manera en la que Ocaso le remendó los descosidos a P y llenó su interior de calidez. Por supuesto, no podría haberle llamado de otra manera, estar a su lado era tan reconfortante como aquel atardecer y sus besos eran como la caricia de un rayo de sol que no quema. 
Y tras una noche juntos cosiéndose a besos, olvidando que la vida seguía más allá de aquel horizonte, con la maltrecha bicicleta de testigo, llegó el amanecer del cinco de agosto. ¿Cómo puede cambiar tanto el cariz de los acontecimientos en tan poco tiempo? Cuando el sol ya había salido, ambos decidieron que era el momento de volver a la realidad. Él tenía que volver a su ciudad y ella a las discusiones familiares. ¿Alguna vez has sentido que la tierra tiembla cuando besas a esa persona? Esta vez la tierra tembló de verdad y el suelo se deshizo bajo sus pies. Ocaso fue rápido y tiró de ella mientras el trozo de acantilado que había bajo sus pies se precipitaba con las rocas del mar. Otra vez la había salvado del abismo. Pero la magia de ese amor estaba en esas horas, alargarlo sería un error y ambos lo sabían; de modo que cada uno tomó su camino. El de él nunca sabrá dónde llevaría, pero el de ella conducía al cambio de una vida, al principio de su nueva historia y a pintar su habitación de atardeces.





viernes, 22 de junio de 2012

En el centro del laberinto


¿Qué es una vida entonces? ¿Nacer, crecer, aprender, estudiar, trabajar y morir? Ya habíamos coincidido en que eso no era deseable para nadie y mucho menos para P. No iba a contar su vida por los años que la había vivido. Su vida son las sensaciones de la experiencia, lo que siente con esos momentos clave que para muchos no dicen nada y para ella lo son todo: caer a cámara lenta, llegar corriendo a la estación de tren para buscarle y confundirte de andén, perder el último vuelo que te puede llevar a tu destino, que se pare tu canción preferida en el momento que más te gusta, la cara de alguien que come una pipa amarga, el pánico cuando descubres que te has dejado las llaves en casa, Campanilla resucitando, cuando todos los pelos de tu cuerpo están de punta a causa de una caricia, el horrible beso que prometía pero..., las agujas de un reloj que se paran, Charlie muriendo ahogado para salvar a Claire, la forma de un globo de agua justo antes de explotar en la cara de alguien, nata saliendo de un bote a presión, la sensación del bichito trepando tu pierna, el sonido de un alfiler contra el suelo, Satine muriendo en los brazos de Christian, la primera calada, volver a leer un viejo diario, despertar con resaca, ver cómo planea un avión de papel después de lanzarlo desde un piso quince, comer la chocolatina más rica del mundo, salir a hurtadillas de una habitación de hotel, las vueltas de una montaña rusa, el vuelo de una mariposa, abrir un regalo bien envuelto, la biografía en papel higiénico de Valerie, recibir una carta inesperada, el caos, terminar un trabajo un minuto antes de la hora de entrega, correr calle abajo con un ramo de margaritas en la mano, montar a caballo sin montura, saltar al mar desde un acantilado, Máximo Décimo Meridio acariciando las espigas, los tres segundos antes de quedarse dormido, una porción de tarta esperándote en la nevera, quedarte sin agua caliente en mitad de una ducha, nacer, el olor de un libro viejo, el sonido de un billete de cincuenta al romperse, estrenar un cuaderno, quedarse afónico en un concierto, sacar el pie del edredón en invierno, un abrazo, estirarse y que cruja hasta el último hueso, quedarte en blanco en medio de un examen, Joel luchando para no olvidar a Clementine, gritar en la cima de una montaña, quedarte horas mirando el movimiento de un pez de colores, sentir que te falta el aire en una ataque de risa, emocionarte con una nueva canción, mandar todo a la mierda, ver amanecer en un parque, tachar nombres de una lista, el silencio absoluto, oler a él,  una rosa azul, encontrar el móvil justo cuando cuelgan, estrenar unas Converse, pillarte un dedo con las anillas del archivador, las mañanas de invierno, terminar un buen libro...
Miedo, amor, tristeza, excitación, paz, pánico, soledad, alegría, desconcierto; momentos que hacen que la vida sea un poco más mágica, un poco menos real, más fantástica.
¿Y la felicidad? ¿La había sentido alguna vez? ¿Quién puede asegurar que haya podido, siquiera, rozarla? Ella, durante segundos y en muchas ocasiones, porque no considera que sea un estado sino un momento fugaz, algo inexplicable que no debería tener ese nombre o esa definición tan cerrada, algo efímero, un recuerdo al que se agarra cuando ronda la infelicidad de los malos tragos y se recuerda que "esto también pasará" y volverá a sentirla.





(Llega el caluroso verano y las despedidas. P y yo nos vamos de vacaciones, que nos las merecemos después de este eterno Febrero. Nos vemos dentro de miles de minutos.)

sábado, 2 de junio de 2012

El olor de los colores

¿Por dónde empezar a cambiar una vida entera?
Echó la vista atrás y empezó a darse cuenta de que, a sus veinte años, tenía que hacer un cambio radical. Algo en su vida se había roto, de eso no cabe la menor duda, de ahí los cambios, de ahí la necesidad de encontrar una constante segura en el mar del desconcierto. P. había llegado a la conclusión de que había vivido sólo la mitad de su vida, la otra mitad se había convertido en poco más que una prueba de supervivencia. Sobrevivir al agotamiento de una familia en continua discordia, al agobio de un examen tras otro que no aportarían nada a su vida (los conocimientos y la inteligencia no se plasman en una prueba de hora y media), a los enfrentamientos con las personas que se han ido cruzando en su vida... al huracán de la adolescencia. Y lo que le quedaba de no-vida: acabar esa carrera, ponerse a trabajar cuando terminase, salir de su rutina alguna vez al año, jubilarse, vivir de una manera mediocre los años de vida que le restasen (que con tanto alquitrán en los pulmones serían más bien pocos) y finalmente acabar en una caja de madera y clavos sin haber aportado nada al mundo.
Siente que le han vendido una mentira. La vida prometía demasiadas cosas como para acabar en ese agujero de infelicidad y sinsabor.
Pero ese camino no iba a continuar. No iba a seguir sobreviviendo al tiempo que le habían dado. En ese arrebato de frustración, de cabreo con su situación, todo tenía que girar, cambiar para bien. Su bien.
Y el comienzo era su habitación. Allí se pasaba gran parte de su tiempo: estudiando, dibujando, haciendo el amor, escuchando música, pensando. Era su templo, su refugio, su verdadero hogar; y de un tiempo a esta parte se sentía inconformista con las paredes que se supone que debían protegerla. Todos los posters de sus quince años de cantantes y películas encontrarían mejor sitio entre raspas de pescado y pieles de plátano que en aquel cubículo. 
¿Pero qué hacer con esas paredes ahora en blanco? Tendrían que decir mucho de ella y no era tan sencilla como un solo color. Su vida últimamente tenía un regusto a gris azulado, sí, la pared donde se apoyaba su cama sería de ese color, el inicio y el final de los días caía siempre entre el mismo edredón que acunaba los sueños del mismo color que su realidad (los sueños deberían ser en blanco y negro, lo había pensado desde siempre). La pared de la puerta sería negra: el negro para P. era perfección, pureza, paz, la paz que sólo podía encontrar en su habitación; con una frase que enmarcaría el punto de inicio del cambio "VIVE COMO SI FUERAS A MORIR MAÑANA". Cada vez que saliera a la vida la enfrentaría con esas palabras como bandera y cada vez que se pusiera a estudiar lo haría sabiendo que quizás aquellos conocimientos serían los últimos que tendría que memorizar, cada canción que inundase su mente podría ser la última y cada orgasmo entre las sábanas podría ser el último. Así cada experiencia la viviría con intensidad para dejar de sobrevivir y empezar a vivir.
La pared de la ventana verde. Aquel color le decía muchas cosas: no le hablaba de esperanza ni de vida. Era un color que olía a ganas, a querer dejar de estar parada, a salir al mundo y gritar "yo estoy aquí y estoy viviendo".
¿Y esa última pared? La única que no tenía muebles o puertas que la tapasen. Esa pared tenía un destino claro. Los atardeceres tenían un efecto contradictorio en P., conseguían hacerla llorar con una facilidad pasmosa sin ningún tipo de razón; todo lo que podía decir de ellos era sobre su perfección y esa gama cromática tan cálida que se difuminaba en el cielo con la muerte del sol. Pero los atardeceres eran un cambio diario, eran el paso de la luz a la oscuridad, a la calma de la penumbra... y ella vivía en un eterno atardecer.
Y así, con la habitación remodelada, todo parecía un poquito mejor, un poquito más fácil. Había conseguido plasmar su alma a base de colores. Los colores a los que olía su ser. Y ahora, tumbada en la cama, no puede evitar preguntarse a qué color olería Él. 

domingo, 13 de mayo de 2012

Sueño de una noche de primavera


Para P. la noche no baila al son de los grados del Señor Brugal. Ya ha tenido la mala experiencia de mezclar medicamentos con alcohol y los recuerdos que conserva de ello son, como poco, una pesadilla. Pero esa noche es especial, no para ella, pero sí para su hermana mayor: se ha casado. Por amor, con amor, pero se ha casado; no se puede añadir nada más si se habla de un matrimonio. ¿Lo mejor? El vestido de su hermana. Si ella llegase a casarse, seguramente llevaría zapatillas debajo de esa tulipa blanca: una preciosa lámpara con zapatillas de cordones chillones. Y esa idea le da vueltas en la cabeza. Las zapatillas que tanto le apetece llevar, en vez de ese aparato de tortura al que llaman tacones.  
Y, tras los pellizcos en las mejillas, cortesía de sus octogenarios familiares, de los bailes ebrios con los conocidos de la pareja y alguna conversación superficial con desconocidos para ella, se marcha a fumar. Podría hacerlo dentro, ha visto hacerlo a los bigotudos señores, Los Puros, como los llama ella; los que se esconden durante la sobremesa en una zona algo apartada y se envuelven en una fuerte nube de humo con ese olor tan peculiar de los Habanos. 
Camino de la salida ha notado algo en la mano, un roce ligeramente húmedo y, al mirarlo, una línea color negro surca el dorso de su mano. Un rotulador permanente. ¿Quién se lleva un permanente a una boda? ¿Quién se dedica a pintar a los invitados de una boda con un permanente? Y tras un segundo para decidir que son preguntas cuya respuesta le es indiferente, sigue camino a su libertad. Pero antes, una parada en el baño.
El camarero ha tenido a bien hacerle un combinado de zumos sin alcohol para que no tenga que pasarse toda la noche a base de refrescos burbujeantes, y tiene la vejiga a punto de explotar.
El baño huele a rotulador, ese olor, tan peculiar como el de los Habanos, pero a su manera de productos químicos. Un olor inconfundible, de esos que es muy fácil evocar. El artista de su mano había pasado por allí no hacía mucho; seguramente se habrían cruzado en la pista de baile durante la huida del pintor clandestino y su propia huida hacia los cigarros.
Y ahí está la obra de arte, en la puerta del primer baño: una enredadera negra que trepa por el lateral de la pintura blanca hasta llegar a un texto, escrito con una caligrafía redondeada.

“Te echo de menos, ¿sabes?
Pero a falta de sexo me queda la literatura
Y no,
no me refiero a hacer el amor.
Tampoco aspiro a la poesía.
Estás demasiado lejos para esas cosas.”

No tenía firma. 
Las palabras estaban ahí. Y el Big Bang estalló en su estómago. Sin lugar a duda, se había enamorado de esas líneas. Enamorarse de la palabra era todo a lo que P. podía aspirar; tampoco buscaba nada más, simplemente que había cosas para las que su código genético no la había preparado.
Salió a los jardines con ese cigarro y, ahora, con ganas de contestar a las dos preguntas que anteriormente le habían inspirado tanta indiferencia, pues quien quiera que fuese el que llevaba rotuladores permanentes a una boda era la misma persona que había conseguido parar su mundo por un instante. ¿Sabía el artista (Artista, no podía ser de otro modo) que ella se dirigiría al baño? ¿O simplemente lo había dejado como firma? ¿Era puro azar que hubiese escogido aquella puerta?
Lo único que tuvo claro al llegar el amanecer era que Artista era el nombre perfecto para el sujeto en cuestión. Que dedicar la noche a su búsqueda había merecido la pena. Que el beso con él, bajo el manzano en flor, había sido el mejor de toda su vida. Que ambos eran seres solitarios que se morían por las sensaciones fuertes. Y que aquella templada noche de primavera se quedaría para siempre entre sus recuerdos más queridos.

jueves, 3 de mayo de 2012

Un paseo para olvidar

Ha dejado su reproductor de música en sesión aleatoria, sin escoger esa lista destinada a los días tristes o aquella otra para salir corriendo; su estado de ánimo es normal y no tiene unos acordes preferidos. Los días últimamente son grises y el cielo llora, pero, por sorprendente que sea, no le está afectando demasiado. Cualquier canción le sirve. Además tiene que limpiar su ordenador; un malvado virus ha jaqueado su sistema y tiene que trasladar cinco años de su vida a un nuevo portátil que, esperemos, le dure más. Para una tarea de aburrido domingo mojado que no tiene ganas de brillar, cualquier voz o instrumento puede dejarse caer.
Y tras una tediosa hora decidiendo los trabajos de colegio y universidad que van a tener el honor de formar parte de su nuevo ordenador, le llega el turno a los archivos de imagen. La música, por supuesto, pasa toda sin filtro. 
Y ahí están, las carpetas milimétricamente ordenadas por fecha, álbumes que llevan tiempo en el olvido, que quizás deberían seguir en ese sitio que a veces es mejor no mirar. Pero el malvado virus ataca y en cualquier momento su diario de vida basado en imágenes y palabras escritas a través del teclado podría apagarse y nunca más volver a la vida. 
Los recuerdos de días pasados se pixelan en su pantalla. Años de besos en los soportales de una ciudad sin nombre (aunque Gris sería perfecto para su ciudad), la mirada de dos adolescentes descubriendo un nuevo camino, unos ojos demasiado enamorados y otros demasiado poco llegando a la fecha que supuso un punto y final en aquella historia; no puede evitar preguntarse en qué momento los romances más apasionados sufren un colapso ¿Quizás el sistema operativo de su ordenador se había desenamorado de su antivirus y por eso algo se había roto? Y fotos de amigos.
P. no puede evitar fumar, más aún con aquella situación de tener que enfrentarse a todo eso de golpe. Sabía que algún día tendría que limpiar el polvo de su vida, pero esperaba tener la oportunidad de hacerlo con calma. Y las gominolas de fresa ácida haciendo contraste con el amargo momento.
Amigos, decíamos. Sí, las amistades que están y las que han pasado. Amistades que se prometían eternidad y habían durado menos de lo que cualquiera hubiese deseado. ¿Y quién tenía la razón? En esas cosas no hay razones, hay matices en las situaciones, pérdidas innecesarias de orgullo y no tan innecesarias. ¿Y si su sistema y el antivirus simplemente eran amigos y habían discutido? ¿Tan fuerte había sido el asunto que ni un profesional había podido arreglarlos? A lo mejor el virus del orgullo era demasiado fuerte.
Pero ahora da igual, P. no practica el arrepentimiento. Tiene el firme convencimiento de que todo lo que sucede, lo hace con un buen motivo, que las cosas no pasan porque sí, y en vez de arrepentirse de lo que pasa aprende y corrige. Ella es así. ¿Podría llamarse, entonces Orgullosa, en vez de P.? No, era más cosas que orgullosa, la búsqueda de un nombre perfecto tendría que seguir en marcha. 
Y era el momento de la decisión, de decidir si los viejos amores, las viejas amistades, las borracheras en noches que invitaban a grandes locuras y los besos ya marchitos deberían formar parte de su nuevo diario virtual. 
Y más nicotina a su organismo. ¿Cual sería el vicio de los softwares? ¿Cookies? Daba igual. A sólo un botón de borrar una vida y empezar de cero o seguir escribiendo nuevos capítulos de la ya vivida lo único que era capaz de hacer era pensar en pésimos chistes informáticos. 
No debía olvidarlo todo, la solución era conservar una foto de cada cosa, su preferida, aquella que hablase más de cada historia. Y de aquel amor guardaría ese beso en París. De aquel otro, el día de San Patricio bebiendo en la taberna irlandesa. De esa amistad que ya no añoraba guardaría el día que se vieron después de un largo verano. De la que aún añoraba dejaría en la carpeta (Días olvidados) esa fiesta en la que se conocieron, donde empezó todo.
Pero la vida sigue. P. lo sabe. Y con ella, la fresa ácida y los cigarros del día a día.

domingo, 29 de abril de 2012

Una canción no tan desesperada.

Ella es P., no necesita un nombre completo y tú no necesitas saber nada más. Ponerle un nombre no es necesario, un nombre no va a decirnos nada de ella, los nombres no definen a las personas, a las personas las definen sus acciones y, por supuesto, un nombre no es una acción. Que se llame de esta o de aquella otra manera no nos va a dar pistas sobre si es una buena persona, si es impulsiva o si, por el contrario, medita cada carta que la vida le pone sobre la mesa. Y da igual si es rubia o pelirroja, o si tiene esas medidas perfectas de 90-60-90, o si sus ojos son de un profundo azul cielo o de un intenso verde oliva; las arrugas que se forman en su cara cuando sonríe nos dirían mucho más de ella que todas esas cosas, o cómo levanta la ceja izquierda cuando no está conforme con alguna situación, hasta la manera de entrelazar y desenlazar los dedos de sus manos cuando tiene que hablar delante de un público demasiado grande.
Es una chica cualquiera. Su concepción de un pijama es una camiseta de tamaño extra grande y unas bragas cualesquiera, dependiendo de la compañía. Por supuesto no puedes llevar el mismo tipo de ropa interior cuando duermes sola o acompañada, pero aún así es una chica cómoda. Siempre tiene un cigarro en la boca, y alguna palabrota también. Bebé café por las mañanas y un vaso de leche caliente por las noches, entre horas algún refresco bajo en calorías y tiene una curiosa adicción a las chucherías de fresa ácida. Ácida, como a veces lo es ella. Pero, ácida o no, es ella misma y su incesante empeño en conocerse, en saber quién es; y da igual si nació una fría noche de enero o una calurosa tarde de julio porque a ella lo de los signos del zodiaco le importa tan poco como quién gana la liga de waterpolo; no quiere dejarse guiar por esos absurdos prejuicios: sería demasiado fácil determinarse por lo que digan un puñado de adjetivos escogidos al azar, pero tiene una crisis de identidad, como toda persona tiene en algún momento de su vida.
P. sabe que es una chica normal y que si algún día llega a hacer algo grande no será porque esté escrito en las estrellas o porque una fuerza superior la empuje a ello. Quiere dejar huella en la historia y sabe que eso no depende nada más que de ella misma, pero antes de empezar su camino tiene que conocerse. Quizás, el día que consiga definirse, podrá ponerle el resto de letras a su nombre o quizás siga opinando que ese nombre seguirá siendo innecesario; si P(...) significara todo lo que ella es, podría dar por terminada toda la historia, pero como no es así, para nosotros seguirá siendo P.