¿Sabes de lo que te hablo si te digo que hay personas excepcionales en el mundo? Espero que sí o que algún día lo sepas. A lo largo de tu vida conoces una, quizás dos y si eres un gran afortunado tres... hay quien nunca conoce a nadie excepcional.
Sé que no soy muy mayor, pero no tengo la esperanza de conocer a nadie más que a ella. Sé que me queda una larga vida por delante, pero nunca jamás volveré a tener una persona preferida como lo ha sido ella desde que tengo uso de razón y hasta el día de hoy.
He intentado muchas veces llegar más atrás, pero me quedo en los cinco años cuando estábamos escalando los montes de la Luna. Sé que no me creerás, pero hicimos aquello; escalamos los montes de la Luna y muchas cosas más. He viajado por todo el mundo hacia los lugares más insólitos. He viajado por mundos que no son el tuyo. Ella me enseñó a hacerlo, me contó el secreto.
La primera vez que fui a tomar vino de miel a su casa me confesó que yo también era su persona preferida en el mundo desde que era pequeño. Me contó que cuando era un bebé de no más de dos o tres años tuvo que cuidar de mí una tarde; al parecer yo lo rompía todo por jugar o por torpeza, pero al fin y al cabo destrozaba absolutamente todo lo que caía en mis manos. Me dijo que empecé a llorar desconsoladamente y que, sin saber muy bien qué hacer para calmarme, empezó a leerme la novela que llevaba en el bolso con la esperanza de que me hubiese quedado dormido a media tarde. No tardé más de dos líneas en quedarme mudo y nunca sabremos si la trama había captado mi atención o fue su voz lo que me consiguió tranquilizar; sea como sea, estiré mis pequeños brazos para coger el libro y ella, sin darle importancia a mi afán destructor, lo puso abierto sobre mi regazo, lo único que me dijo fue "Los libros son vida al fin y al cabo. Eran árboles y ahora son sus recuerdos tatuados. ¿Puedes imaginar lo doloroso que sería que te quitasen la piel para tatuarla? Seguro que no te gustaría que otra persona rompiese una parte de ti que tanto te ha dolido quitarte. Mímalo." Me regaló ese libro, el único libro que jamás terminó de leer porque, como decía, ese final estaba destinado a ser mío y no suyo. Como si se tratase de un peluche, he dormido toda mi niñez abrazado a esas páginas y durante mi adolescencia ha sido un secreto guardado celosamente bajo mi almohada. Cuando me contó aquella historia le pregunté cómo se mimaba un libro y ella, por supuesto, tenía la respuesta: "Leyendo, claro. Saboreando todo lo que tiene que ofrecerte, todas sus palabras, poniendo atención a las frases y recordando las letras."
Me encantaban aquellas tardes de vino dulce. Me encantaban nuestros viajes. Ojalá todo el mundo tuviese a alguien como ella para sentirse tan feliz como me sentía yo cuando estábamos juntos. Ojalá nadie la tuviese porque no me sentiría tan especial por tener a alguien así en mi vida. Me encantaba que apoyase su mejilla contra la mía y me susurrase el nuevo destino o me dijese algo como "Hoy necesitaremos bufandas, en el Polo Norte hay cincuenta grados bajo cero" y al final consiguiese que la nieve de la vida más real se derritiera.
¿Cómo no preferir su compañía antes que la de cualquiera? Hacía granos de arena de mis mundos y me convirtió en valiente, curó todos mis miedos. Cada vez que nos despedíamos me cogía la cara entre las manos, pegaba su nariz a la mía y susurraba mirándome a los ojos "No te olvides de cazar libélulas". Porque yo antes tenía fobia a las libélulas y, como toda fobia, no tiene ninguna explicación real o medianamente buena. Me dijo que lo que había que hacer en la vida era convertir los miedos en nuestra fuerza; y una tarde me llevó a un estudio de tatuajes y nos tatuamos una libélula chiquitita, después llegamos con un par de redes a unas charcas donde había cientos y cientos de libélulas de todos los tamaños y colores. Recuerdo las náuseas y cómo el corazón se me partió en dos para ponerse en ambas sienes y dejarme sin respiración. Pero ella cogió mi mano y me llevó al centro de una de las charcas para sentarnos; me hizo cerrar los ojos, prometiéndome que ella estaría ahí, cuidando de mí, cogiendo mi mano. Cerré los ojos, nunca he confiado más en alguien, y al abrirlos estaba lleno de aquellos bichos por todo el cuerpo: se habían posado en mis pantalones, mi pelo, mis brazos... yo sólo quería morirme en aquel mismo instante. Pero ella cazó una de las más grandes en su red, "Perdona que te haya usado de cebo, pero ellas te querían a ti. Ahora tenemos a su reina, así que saben de lo que somos capaces y no volverán a molestarte más".
Podría decir que ahora, siendo mayor, sé que aquello era una manera de hacerme perder el miedo, que las libélulas jamás tuvieron nada en mi contra y que cazar libélulas era sólo una manera de decir que hay que ser valiente. Pero sé que ella nunca me mentiría y que realmente tuvimos a la reina. Aunque he de reconocer que mirar el tatuaje de mis costillas me hace sentir fuerte.
El caso es que ella ahora no está. Mis padres dicen que al final tenía que pasar, que se había vuelto loca y no sabía diferenciar entre lo que era real y lo que no. Ellos no la entendían. Yo sabía que se iba, que estar entre personas que no podían ver las mismas cosas que ella conseguía ponerla muy triste, a mí a veces también me pasa. La última tarde que quedamos me dio un sobre con los sitios a los que ella ya no podía ir y que tendría que ir a conquistar yo solo: como el final de aquel libro, es algo destinado a ser mío y no suyo. Mi tía es la reina de otro mundo y estaba perdida en este, sólo necesitaba dar un salto para llegar y cuando supo que yo no me enfadaría por fin pudo marcharse.