jueves, 3 de julio de 2014

AHORA O NUNCA

Había escogido aquel rincón apartado del parque, evitando miradas indiscretas y ruidos molestos que pudiesen hacer de lo que iba a pasar algo todavía más complicado. Llegaba diez minutos antes de la hora a la que habían quedado, necesitaba familiarizarse con el entorno, pese a haber estado allí sentado un millón de veces en ocasiones de lo más variadas, necesitaba saber que aquel sitio no le iba a fallar. Podría explicar con detalle el sonido que hacía al correr el río cercano o describir los movimientos de las hojas cuando las mecía el viento, hablaría de los colores que había ido tomando la hierba a lo largo de aquel año extraño. Sin embargo, estaba lo suficientemente aturdido como para poder afirmar que se había sentado antes en aquellas piedras. 
Respiró hondo y cerró los ojos, tocaba la piedra, algo lo suficientemente sólido como para poder sentirse medianamente a gusto. Y ella apareció a lo lejos con aquel vestido azul que tan bien le sentaba y el pelo revuelto. No entendía cómo podía pensar ella que siendo ella misma, sin más arreglos que su maravillosa manera de existir en el mundo, podía estar fea. 
Estaba seria. Tan seria como están las personas que acuden a una "citación" sin más explicación que una frase en el móvil diciendo "Quedamos en aquel lugar a las siete. Necesito hacer algo importante". Tan seria como estaría alguien que no ha querido volver a verte y sin embargo, más por los resquicios de lo que pasó que por la curiosidad en sí, acude a la llamada.
Y a él le parecía increíble que hubiese entendido "aquel lugar" a la perfección y sintió un pequeño soplo de esperanza. 
Se dieron dos besos. Cómo podía sentir cada roce de mejilla como un puñetazo. Claro, si por ella hubiese sido, aquellas cortesías hubiesen sido innecesarias. Se cruzó de brazos.
-¿Qué ocurre?  -preguntó sin demasiado interés, como si pensase que aquello era otra estúpida llamada de atención. 
-¿Puedes sentarte, por favor? 
Y sin esperar una contestación, tomó asiento en un lado de la roca y abrió la mochila. Ella también se sentó.
Él sacó de la mochila una caja blanca de proporciones no mucho más grandes que las que guardaría unos zapatos y una bolsa de papel también blanca que pudiese contener cosas de más o menos el mismo tamaño. Había tenido especial cuidado de que no fuesen de ningún color en especial para que lo que guardaban no quedase descubierto o menospreciado por el simple color externo.
Ella miraba con gesto de extrañeza cada movimiento, pero prestó especial atención cuando el chico que se sentaba frente a ella comenzó la explicación.
-Verás, esto es un juego. Ahora o nunca, lo he llamado. Porque ahora estoy más enamorado de lo que nunca he estado de ti y seguramente más de lo que nunca podré estarlo. Consiste en lo siguiente: tienes que escoger entre una de las dos cosas sin saber lo que hay dentro. Te pregunto si quieres empezar todo de cero, olvidar todo y hacerlo bien desde ahora. Si eliges la caja lo dejo todo: el rencor, el dolor, dejo mi relación con ella, lo que dice mi madre, mis amigos e incluso dejo de respirar si me lo pides y eso supone poder empezar a vivir mi vida contigo. Si escoges la bolsa me marcho, pero esta vez es para siempre; dejo aquí contigo todo lo malo, pero también lo bueno y empiezo un programa de borrado de memoria histórica. Si eliges esta opción te pido que nunca jamás vuelvas a intentar hablar conmigo, si nos cruzamos por la calle no me hables, como si te cruzases con un absoluto desconocido con el que lo único que tienes en común es que camináis por la misma acera. También te pido que no mires lo que hay dentro hasta que me haya marchado y aunque te conmueva lo que puedas encontrar, no me busques. Ahora bien, tú mueves ficha.



"Aunque este sea el último dolor que ella me causa 
y estos sean los últimos versos que yo le escribo"

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