martes, 10 de noviembre de 2015

Cuando caímos: El fin

Aquel nuevo olor a humedad, a viejo, el aire cargado por el efecto del sol en los paneles del tejado y la temperatura cálida de la estancia le resultaron algo fascinante a Sofía; no pudo ver otra cosa que belleza rezumando de la decadencia.
Si cualquier guardia hubiese entrado en aquella cabaña no hubiese visto más que un montón de objetos olvidados que no habían sobrevivido al paso de las décadas resguardados bajo una estructura que de un momento a otro iba a derrumbarse. En definitiva, un lugar del que no debían preocuparse demasiado. Pero así habían sido entrenados: al salir de las cápsulas, un determinado porcentaje de bebés era enviado a una zona concreta dentro de los muros para que la educación de su vida fuese dedicada al entrenamiento como guardias de la ciudad; les enseñaban las estrictas normas que gobernaban el mundo y cómo debía de ser el cumplimiento de las mismas, así como la manera de identificar a los individuos que no las seguían. No eran buenos o malos, eran lo que habían hecho de ellos y ni siquiera ellos sabían, a fin de cuentas, lo que eran. 

Adam condujo a Sofía a través de los muebles viejos hasta una puerta en el otro lado del pequeño salón. Él levantó la puerta, que daba a un elevador; una vez estuvieron los dos dentro, volvió a bajar la puerta y le dio la mano a Sofía como gesto tranquilizador. Ella al principio dejó la mano inerte pero, poco a poco fue respirando hondo y entrelazó sus dedos con los de él. 
El ascensor tardó un rato en llegar al destino: paró frente a una puerta como la que había en el piso superior. Adam soltó la mano de Sofía y sonrió, de nuevo, para intentar hacer que se sintiera más tranquila. Subió la puerta y observó atentamente la expresión de ella: tenía los ojos como platos y sus labios dibujaban entre una sonrisa y una mueca del más absoluto asombro. Él, cuando descubrió aquel paraíso, también había reaccionado así. 
Estaban frente a una cueva artificial cuyas paredes estaban cubiertas de estanterías donde ya casi no cabía ni un libro, en el centro media docena de muebles como los de la cabaña pero conservados en mejor estado donde había unas cuantas personas sentadas. A lo lejos un chico cocinando algo en un hornillo de fuego (algo que Sofía tampoco había visto nunca y que consiguió después captar toda su atención). Todo estaba iluminado por un viejo sistema de electricidad, los cables pasaban por encima de las estanterías hasta llegar a unas bombillas de hilo de cobre que par Sofía eran reliquias de siglos pasados. 
La mujer que estaba sentada de espaldas a ellos en los sofás se puso en pie con cierta dificultad. Su aspecto era igual que el de todos los demás de la ciudad, con la diferencia de que su barriga estaba tremendamente hinchada, algo que a Sofía no se le pasó por alto. 
-Hola, Sofía -ella le estrechó la mano. -Soy Pandora.
La chica no dejaba de mirar la barriga.
-¿Estás enferma?
Pandora se rió ante el comentario. 
-Estoy embarazada. 
-¿Eso es un tipo de enfermedad?
-Puede que para nuestro querido gobierno sí lo sea. Pero no, no es en realidad una enfermedad. De hecho, es todo lo contrario. Esto es la vida -le cogió la mano y la puso sobre su tripa para que la joven pudiese notar la patada que la criatura acababa de dar. Sofía, inmediatamente puso la otra mano y acarició la piel. -Es como debería ser la vida. Así empezaba todo antes, nada de cápsulas ni de expulsiones frías. Nueve meses de gestación y un parto es como tendrían que ser las cosas. Pero ven, siéntate y hablemos.
Las personas que había en los sofás se marcharon después de saludar a los recién llegados y Adam, Pandora y Sofía tomaron asiento. Esta última se pasó las manos por la tripa, esperando sentir algo como lo que había tenido la mujer. 
-No es algo que ocurra de manera espontánea, es cosa de dos, de un hombre y de una mujer. Cada uno pone su parte y entre unas cosas y otras empieza a crecer una persona dentro de ella. Lo cierto es que ni siquiera tendría que pasar porque manipularon nuestros cuerpos para evitar este tipo de incidentes, pero supongo que no se puede luchar eternamente contra el curso natural de las cosas. 
-¿Y cómo se hace? 
Adam se rió por la pregunta de Sofía y porque él había preguntado exactamente lo mismo cuando llevaba pocos días allí y había visto la tripa de Pandora. 
-Creo que Adam puede encargarse de explicártelo luego -le sonrió. -Pero ahora, cuéntame, ¿Dónde encontraste el libro de El Principito
-Cerca de mi habitáculo, en un sitio que todavía está en construcción. Había una parte del suelo mal sujeta y se abrió de par en par. Yo caí y, allí abajo, detrás de una pila de cajas de metal, lo encontré. Al principio no sabía qué era pero me lo llevé y al ver que nadie más tenía uno, llegué a la conclusión de que el Gobierno no estaría de acuerdo en que lo tuviese. Tardé mucho en poder entender lo que decían las palabras... de hecho hay cosas que leo y aún no entiendo.
Pero aquello les pasaba a todos cuando habían empezado. Sus mentes eran capaces de leer las palabras pero, sin una explicación, sus mentes no conseguían asociarlas a un plano más físico. De hecho, incluso para Pandora había conceptos que se le escapaban porque la falta de continuidad de conocimiento había provocado la pérdida de significados (y con ello de realidades) a lo largo de los siglos. 
-¿Por qué no nos dejan leer libros? -preguntó al fin Sofía. 
-Porque nos abren la mente. ¿Crees que eres la misma que antes de encontrar el libro? ¿Ves igual el mundo? No lo creo. Antes no hubieses temido a los guardias y sin embargo cuando Adam te encontró...
-Pero yo no veo lo malo que tiene esto para la gente. 
-Nada -intervino Adam, -no tiene nada malo. Pero sí para el Gobierno porque entonces todo este control tan estudiado que llevan gestionando siglos se iría al traste. Consiguieron crear humanos que no sintiesen y que se dedicasen a tareas concretas durante toda la vida desde su nacimiento hasta su muerte sin plantearse las razones por las que vienen o van. 
-Fue un cálculo casi perfecto. En las primeras décadas del siglo, los gobiernos empezaron a llevar a cabo políticas supuestamente inocentes con el fin de... de llegar poco a poco a donde hemos llegado ahora. Supieron cómo hacerlo, desde pequeños, influyendo en los primeros años de aprendizaje: quitaron asignaturas de los colegios como filosofía y, al ver que conseguían controlar las pocas quejas que se levantaron en su contra, siguieron con los más pequeños suprimiendo todas aquellas asignaturas que no alimentasen única y exclusivamente el cerebro: música, arte... Todas aquellas que llenaban más el alma y cuyo fin último no fuese la adquisición de conocimientos. ¿Sabes? El alma es como una planta: si dejas de regarla, de alimentarla, se muere y sólo te queda una carcasa con un cerebro capaz de hacer acciones absolutamente mecánicas. 
Pandora hizo una pausa en la que intentó recolocarse para estar más cómoda y Adam cogió el relevo de la explicación. 
-Y cuando consiguieron tener una generación entera de adolescentes preuniversitarios sin demasiado desarrollo emocional, decidieron que era el momento de suprimir lo que antiguamente se llamaban "carreras de letras". Empezaron por las más puras: bellas artes, humanidades, filosofía, las filologías... Hubo levantamientos, claro, pero como viene ocurriendo desde siempre, la voz de los ciudadanos no se escuchaba y sólo tuvieron que esperar a que las generaciones que se habían nutrido de todo eso fuesen muriendo por el imperdonable paso del tiempo. Entre tanto, diseñaron la manera de crear humanos como si fuesen máquinas. ¿Sabes que antes la gente cuidaba de animales? Controlaron hasta el nacimiento de las mascotas, así se llamaban, para que la gente no tuviera porque así podían tener gente más fría. Vendieron ideas tontas como que la comida que siempre se había estado comiendo producía enfermedades irreversibles y, a los años, empezaron a sacar alimentos genéricos que contenían todas las cosas que los humanos necesitasen. 
-Inventaron guerras para poder levantar muros  -prosiguió Pandora. -Guerras pactadas para que cada uno de los gobiernos pudiera controlar un grupo de individuos de los que se haría cargo. Además, esto consiguió acabar con muchísima población, ocupar el tiempo de las personas para que no pudieran reproducirse y, además, algo ocurrió que no sabemos muy bien pero las mujeres dejaron de poder quedarse embarazadas. Entonces empezó a morir la raza humana y empezaron a crear individuos como los que hay ahora, como éramos nosotros; metieron en sus cabezas que aquellos que no habían sido creados sino engendrados eran peligrosos, inferiores, una raza a la que había que someter y con la que había que terminar. Ningún ser sobre la Tierra es tan destructivo como lo son los humanos, así que no hizo falta mucho más para llegar a la meta y construir su sociedad perfecta donde el pensamiento emocional o el desarrollo de la mente no tiene lugar. 
Sofía tuvo que ponerse en pie y respirar hondo varias veces para poder procesar toda la información. Seguía habiendo términos que se le escapaban y eso sólo conseguí que fuese más complicada la comprensión de la historia que le acababan de contar. Era algo horrible, podía imaginar gran parte de los sucesos como si los tuviese delante y se le ponían una y otra vez los pelos de punta. 
Entonces se giró hacia ellos dos.
-Pero tendríamos que contarle esto a la gente. Tendríamos que enseñarles lo que me habéis contado... Haced algo para que todo vuelva a ser como antes. Este mundo es horrible.
Adam se puso en pie y le agarró de los hombros.
-Es horrible para ti, para nosotros, porque sabemos que hay algo más. Ellos viven felices porque cumplen con aquello que se les ha encomendado genéticamente desde la cápsula. 
-Pero deberían saber lo que hay. Deberían conocer la verdad y poder elegir el tipo de vida que quieren llevar. 
Pandora negó con la cabeza. 
-La historia nos ha enseñado que los humanos han malogrado cada regalo que se les ha dado desde el inicio de los tiempos. Nosotros nos sentimos afortunados de habernos tropezado con la verdad y vamos a cuidarla, vamos a disfrutarla y vamos a intentar salvar a aquellos que, como nosotros, han tenido esa fortuna. Pero ni en broma vamos a intentar cambiar lo que hay: los hombres se hicieron esto a sí mismos. ¿Y qué pasaría si volviésemos a traer de vuelta el conocimiento? Imagina que lo consiguiéramos... De aquí a un tiempo lo manipularían, como han hecho siempre, usarían esto tan precioso y tan puro para sus beneficios y volverían a acabar con todo. Eso, por supuesto, si lo consiguiéramos porque, Sofía, tienes mucho que aprender si aún piensas que tendrías algo que hacer dentro de los muros de nuestra ciudad. 
-Pero yo creo que todo el mundo debería tener derecho a sentir y a... a poder leer un libro. 
Pandora también se puso en pie, en el otro flanco de Sofía. 
-Tú has tenido esa suerte. Una sola persona no va a poder cambiar este mundo. Ni siquiera nosotros diez juntos conseguiríamos nada. No quiero ser testigo de cómo vuelven a destrozar esto. Quédate con nosotros y disfrútalo, pero no pienses en mejorar un mundo que lleva toda la vida intentando destruirse a sí mismo. 
Entonces, como cuando algo terrible ocurre, sobrevino a toda la cueva un inquietante silencio, como si todos hubiesen decidido quedarse parados a la vez. Se escuchó el ascensor y se miraron unos a otros, contando que allí abajo ya estaban todos cuantos conocían el secreto. Pandora miró con gesto grave a Adam, quien agarró con fuerza la mano de Sofía. Entonces la mujer corrió junto a un hombre que había en las estanterías y que la rodeó con los brazos intentando proteger al bebé.
-Nos han encontrado -dijo ella.
Sofía miró al chico que había a su lado
-¿Son guardias? -susurró
-Sí. Deben de habernos visto entrar. Lo siento mucho, si no te hubiese traído, no te ocurriría nada...
-No te preocupes -le cogió de la otra mano. -Pase lo que pase, prefiero que pase así, sabiendo todo lo que sé ahora, que antes de haberte conocido. 
Los dos se abrazaron con fuerza y con miedo.

Entonces, todas las luces se apagaron y volvió el silencio.

martes, 27 de octubre de 2015

Cuando caímos: El camino

Frente a ella se abría una infinita extensión de árboles perfectamente cuidados, alineados milimétricamente unos con otros. No sabía qué era eso, no sabía lo que crecía frente a ella, pero le parecía lo más bonito que había visto nunca. 
-Esto es...
-Un bosque artificial -cortó Adam con cierto enfado-. Personalmente, prefiero la naturaleza cuando no han metido mano las personas.
-¿Pero qué es esto? ¿Qué son? ¿Qué hacen aquí? ¿Puedo tocarlos?
Él asintió y ambos se aproximaron a la primera línea del bosque, donde Sofía estiró los brazos y pegó las palmas de las manos al tronco de uno de los árboles; acarició la corteza como si se tratase de un perro y, sonriente, miró a su acompañante.
-Es rugoso.
-Lo sé. Y respira, como nosotros.
-¿Habla?
-No, por suerte. Tendría unas cuantas cosas de las que quejarse, seguro -se adentró más allá y le hizo un gesto a Sofía para que le siguiera. 
Caminaron zigzagueando por las líneas de árboles en diagonal, alejándose cada vez más y más de los muros que custodiaban la ciudad. 
-¿Por qué están fuera de los muros?
-Verás... Los árboles proporcionan oxígeno. No te he dejado ningún libro que explique esto y tampoco es mi especialidad, pero intentaré explicártelo: el gobierno seguramente no ha encontrado ninguna sustancia química que pueda sustituir el oxígeno, que es lo que respiramos nosotros, así que se dedicó a plantar árboles para que lo produjesen y así poder continuar con la creación de vida.
Había algunas cosas que a Sofía se le escapaban de aquella explicación, como la relación entre el oxígeno y la manera de crear vida: las personas, hasta donde ella sabía, se gestaban durante diez meses en unas cápsulas que los expulsaban de manera mecánica en el momento de la maduración en otro habitáculo donde se les alimentaba y se implantaba en sus mentes el desarrollo mecánico de acciones básicas y necesarias para su supervivencia. El oxígeno no tenía nada que ver en todo aquello y así se lo expuso a Adam, quien negó con la cabeza sin saber cómo explicar que no era así.
-El oxígeno es lo que hace que funcionen las cápsulas y nosotros. Si no hay oxígeno no respiramos ni crecemos ni nada. Nos morimos. Por eso es necesario. El oxígeno es como el motor de todo lo demás, ni se ve ni se toca ni nada, pero si no está nada funciona. 
-Pero si es tan importante, ¿por qué no está mas cerca? ¿Por qué no está dentro de los muros?
Adam echó la vista atrás, pero ya no se veía la ciudad, ni siquiera a través de las copas de los árboles.
-Esos muros en realidad ni siquiera deberían de existir... Y los árboles no están dentro porque seguramente nos desmecanizarían. La gente tendría la necesidad de cuidarlos y eso desarrolla sentimientos, que son cosas de las que el gobierno prefiere que prescindamos por todos los peligros que pueden acarrear. Sentir suele llevar a un descontrol y eso no es algo que interese a nuestro mundo.
Sofía había experimentado ese descontrol en sí misma cuando pensó que que podrían haberle capturado y, pese a haber sido un sentimiento de lo más desagradable, prefería haber experimentado aquello que seguir en el estado de letargo emocional en el que llevaba toda su vida. 
-Mira -Adam llamó su atención señalando una corriente de agua que descendía sin control.
-¿Dónde está la fuente? 
-No hay fuente. Es un río y los ríos no necesitan de fuentes, son libres... Y mira, aquí deja de ser artificial el bosque. 
Al otro lado los árboles crecían sin orden y había más de una especie. Se enredaban entre ellos y algunas otras plantas crecían a sus pies o trepaban por sus troncos. También había rocas en ambas laderas del río y pequeños grupos de colores a los que Adam señaló como flores. 
-¿Entiendes el poder que puede ejercer la naturaleza en las personas, Sofía? Creo que llevas tres minutos aguantando la respiración de lo emocionada que estás. 
-Pero no entiendo que nos oculten esto. Es maravilloso... ¿Por qué? -se le estaban juntado la tristeza y la rabia y no sabía muy bien cómo gestionar ninguna de las dos. A nivel emocional era como una niña pequeña, a cualquier nivel en realidad: estaba conociendo e intentando comprender el mundo que le habían ocultado toda su vida tras esos muros y su mundo interno, que estaba abriéndose a nuevos horizontes. 
-Mira, creo que hay alguien que puede explicártelo todo mejor que yo.
-¿Quién?
-Se llama Pandora. Podemos ir a verla, seguro que está en nuestra guarida ahora mismo. ¿Quieres ir?
-¡Claro que quiero ir!
-¿Sabes qué? Podemos ir corriendo. A mí me encanta correr; se te acelera el corazón y casi te falta la respiración.
Sofía frunció los labios.
-No sé si me va a gustar eso -se llevó la mano al pecho y pensó en cómo se había puesto a latir lo de ahí dentro cuando pensó que iban a detenerla.
-Prueba. Si no te gusta, siempre puedes parar.
Y sin decir nada más, Adam atravesó el río mojándose los pies hasta llegar al otro lado. Sofía le siguió, disfrutando de la temperatura helada del agua; para ella, que nunca había sentido demasiado frío ni demasiado calor, aquello era algo espectacular. Cuando estuvieron en las lindes del bosque, él echó a correr sin avisar y ella, rechazando toda duda, le siguió. 
A lo largo del camino se tropezó un par de veces, llenándose la ropa y las manos de tierra, se cortó los brazos y la cara con alguna ramita que sobresalía de los troncos más bajos, el corazón parecía querer salir de su cuerpo y el aire, además de revolver su pelo, empezaba a faltarle. Pese a todo, se sentía absoluta, feliz, sin poder dejar de sonreír. 
Vio cómo Adam paraba junto a una estructura de madera en medio de un claro; paró junto a él y ambos esperaron a recuperar el aliento.
-¿No ha estado tan mal, eh?
-Ha sido genial -miró la cabaña- ¿Es aquí?
-Sí -dijo mientras rodeaba el pomo de la puerta. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuando caímos: El descubrimiento

Durante las semanas siguientes, Adam había dejado algún ejemplar donde le había dicho a Sofía con un par de días de descanso. Ella, por su parte, había acudido cada día a ver si había algo nuevo bajo el montón de escombros, dejando el tomo ya acabado en el mismo sitio para devolvérselo a su legítimo dueño. No acudía impaciente al lugar tras los andamios únicamente por los libros (que también) sino por la notita que Adam tenía a bien dejarle en la página número trece de cada uno de ellos: a ojos de cualquier persona o guardia que pudiera haber dado con aquellos retazos de folio, no serían más que líneas con anotaciones sin demasiado sentido; sin embargo, Sofía llegó a desvelar, tras la tercera nota, el sentido de aquellos números y aquellas letras al borde de líneas rectas trazadas en diferentes grosores. Era, sin duda, un puzzle. Y no era un puzzle cualquiera: era un mapa.
En alguna ocasión ella había pensado en dejar allí su ejemplar de El Principito para él, pero había sido el primer libro que se había encontrado, era como su seña de identidad secreta respecto al mundo en el que vivía, había sido la manera de abrir los ojos para despertar del sueño inducido. No desconfiaba de que Adam no fuese a devolverlo después de haberlo leído, lo que ella temía era que le descubrieran con él y le arrestasen y no volver a ver a ninguno de los dos nunca más. 
Un día, sin más, dejaron de llegar ejemplares al escondite bajo los escombros y Sofía sintió cómo un escalofrío le recorrió la espalda de punta a punta al pensar que lo peor había pasado por fin. Esperó una semana más por si acaso era una falsa alarma, pero ocho días sin noticias de Adam no podían significar otra cosa: le habían arrestado. Con cada palabra que había ido devorando en aquellas últimas semanas le había empezado a resultar cada vez más complicado sujetar sus sentimientos y controlar su expresión física, por lo que la noticia de la posible fatalidad le provocó un estado de nerviosismo tan intenso que pasó algo totalmente nuevo: rompió a llorar. De nuevo, sabía lo que era aquello por lo que había leído, pero jamás lo había experimentado hasta entonces, o al menos que ella recordase (no tenía muchos recuerdos de antes de sus diez años). Las lágrimas, ese fenómeno maravilloso que estaba rodando con el peso de la gravedad por sus mejillas, frenaban en su boca salando sus labios y confundiendo el miedo y el dolor de la pérdida con la fascinación y la curiosidad del nuevo descubrimiento. Se preguntó cuándo se acababa de llorar, si quizás era algo que duraba mucho tiempo o, por el contrario, se acabaría rápido y, en cualquiera de los dos casos, cómo se podía parar. 
Pero ella sola se respondió a la pregunta al pensar que la única forma de tener la certeza absoluta sobre el arresto de Adam era siguiendo el mapa que le había dado. Ordenó sobre el suelo de su habitáculo todas las notitas que había recibido hasta ese momento hasta formar la imagen final en la que había signos que ella pudo interpretar de manera correcta, como los puntos rojos señalando las cámaras o los asteriscos verdes como puntos ciegos a horas concretas que él había tenido el detalle de anotar. En el borde del mapa, siguiendo el camino de flechas amarillas a través de las calles de la ciudad, había un triángulo negro; Sofía no sabía qué significaba aquel símbolo, pero sí sabía que debía llegar hasta él para averiguar algo. 
A la hora que Adam había marcado al principio del mapa, Sofía emprendió camino. Era muy difícil seguir el ritmo establecido para andar y al mismo tiempo llegar puntual a cada asterisco verde, pero lo más difícil sin duda había sido memorizar el mapa porque no podía llevarlo consigo ya que en caso de que le arrestasen no quería que ningún guardia pudiera descubrir un secreto que ni ella misma sabía. Y casi se topa de frente con una cámara al borde de la meta, no la había recordado en el mapa hasta que la había visto; tampoco recordaba la hora en la que ese ángulo dejaría de ser seguro. Se negaba a haber llegado tan lejos para no conseguir alcanzar el triángulo negro, de modo que se armó de valor y, sin pensarlo una tercera vez, lanzó agua de una fuente cercana a la cámara, cuya luz roja dejó de parpadear en símbolo de una rotura inminente, En seguida corrió, sin pensar en que alguien pudiera estar viéndola, hacia el triángulo negro: se trataba de un agujero en el muro de hormigón que no dudó en traspasar.
Lo que vio al otro lado la dejó sin palabras. Sentía que las gotas de agua saladas volvían a invadir sus ojos, pero esta vez con un sentimiento muy diferente, en esta ocasión había algo dentro que se revolvía y giraba y saltaba y volaba y se estrellaba una y otra vez en cada rincón de su mente. 
-¿Bonito, eh?
Sofía se giró al escuchar la voz y otra vez algo nuevo le ocurrió: los músculos de su cara se tensaron hasta formar una amplia sonrisa. Estaba feliz de verle allí, de descubrir que no le habían arrestado y en un alarde de alegría le devolvió el abrazo que él le había dado unas semanas atrás.
-¿Qué es esto? -le preguntó cuando se separaron.
-Esto es sólo el principio. 

martes, 13 de octubre de 2015

Cuando caímos: El encuentro

Ni demasiado frío ni demasiado calor.
Así era siempre el tiempo.
Así era ella.
No, ella fingía ser así. Fingía ser como los demás. Intentaba encajar. Intentaba ser aquello a lo que llamaban normal. 
¿Por qué tenía que sentir?
Sintió que chocaba contra alguien y de inmediato fijó la vista en el frente. Pronunció una disculpa breve y siguió su camino sin parpadear, deseando que nadie más hubiese reparado en aquel pequeño accidente. Quería mirar si se habían fijado en ella, si había conseguido pasar inadvertida, pero volver la cara supondría delatarse al mostrar un mínimo de curiosidad. 
Siete calles más lejos pudo respirar algo más tranquila. Si se hubiesen dado cuenta ya se habrían hecho con ella. 
Y de pronto un tirón en el brazo le arrastró tras unos andamios. Una mano le tapó la boca, algo que le pareció absurdo ya que el miedo ya lo habían extirpado de todos. Pero ella sí que sentía miedo, ella era capaz de sentir cosas que los demás no podían sentir y, por lo tanto, quiso gritar durante los cinco segundos que tardó en darse cuenta de que, sin duda, era la peor de las opciones. 
La persona que había tirado de su brazo se puso frente a ella con una sonrisa que le resultó de lo más extraña. El chico agarraba un pequeño ejemplar de El Principito mientras su sonrisa no hacía más que crecer. Ella, inconscientemente, llevó su mano al bolsillo de la chaqueta para darse cuenta de que aquel libro era el suyo; la sangre huyó de su cara, de todo su cuerpo, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento. Sólo podía hacer una cosa: negar la evidencia por todos los medios y fingir, de nuevo, impasividad ante los hechos.
-Sientes miedo -dijo entonces él.
Ella se quedó en silencio, como si desconociera de lo que estaba hablando. No quería que la arrestasen, no quería que la llevasen a uno de esos centros a los que llevaban a los que no eran como los demás. 
-Claro que sientes miedo -insistió-, te has quedado pálida y tiemblas.
-Tengo que marcharme -contestó, controlando en la medida de lo posible que su voz no la delatase.
Entonces él agarró de nuevo su brazo para impedírselo.
-Te has chocado conmigo y se te ha caído esto del bolsillo. Deberías tener cuidado con lo que llevas en los bolsillos y, sobre todo, evitar que se te caiga si lo haces. Si llega a ser un guardia te habrías metido en un lío bien gordo. 
Entonces suspiró y tomó aire, nunca le había sentado tan bien respirar como en aquel momento. Cuando tuvo de nuevo el libro lo apretó con tanta fuerza que estaba segura de haber arrugado desde la primera hasta la última página. 
-Tú no eres como los demás... ¿De dónde lo has sacado?
Ella aún no era capaz de hablar. No era capaz ni de pensar con relativa normalidad. 
-¿Cómo te llamas? -insistió, clavando en ella una mirada profunda. 
-92091...
-No -le interrumpió-. Tu nombre. El de verdad. El que has elegido. Seguro que has pensado ya en uno. Fue lo primero que hice cuando cayó por primera vez un libro en mis manos. 
Era cierto, después de haber leído su primer libro, había pensado en cómo le habrían llamado sus padres si los hubiese tenido y si hubiese nacido muchos años antes. 
-Sofía.
Él volvió a sonreír, esta vez con cierta ironía ante la elección.
-Yo me llamo Adam -le tendió la mano.
Ella no supo muy bien cómo reaccionar.
-Venga, seguro que sabes lo que es un apretón de manos -cogió su mano y la estrechó, luego aflojó y besó su dorso-. Supongo que también sabrás que, hace mucho, se saludaba así a las mujeres. 
Sofía apartó la mano y se acarició el sitio que el había besado, sintiendo el tacto extraño pero curiosamente agradable. 
-¿No llevas mucho tiempo leyendo, eh? No importa, yo puedo ayudarte con eso si quieres. Vendré aquí cada semana y te dejaré un libro bajo los escombros. No te preocupes, no te costará mucho encontrarlos.
Ella pensó en que aquella estaba siendo la conversación más larga (y más interesante) de toda su vida. Desde luego había sobrepasado el minuto de rigor establecido en el que se podía intercambiar información con otro ser. 
-Yo no he leído tu libro, pero me encantaría. Si quieres, cuando lo termines, puedes dejármelo tú también bajo los escombros. Y no te asustes, yo también soy diferente, no somos los únicos -miró su reloj-. Tengo que marcharme ahora, pero nos volveremos a ver. 
Adam dio un abrazo a Sofía. Era el primer abrazo que le daban en su vida y sabía lo que era porque se lo había imaginado más o menos así cuando lo había leído; en el libro donde lo había visto decía que la otra persona también "envolvió con sus brazos a..." pero no se sentía capaz de mover, después de aquel torbellino, ni un sólo músculo de su cuerpo. Sin embargo, disfrutó de ese gesto como lo había hecho antes de respirar tan profundo o incluso más. 
-Me alegra que no seas una obsolescente -susurró Adam antes de marcharse y desaparecer tras la estructura de metal. 

jueves, 24 de septiembre de 2015

memotivismo

Dónde estaba, cómo se llamaba, qué había pasado, quién era. Su nombre. Sí, recordaba su nombre, al menos era algo. Pero lo demás... todo lo demás estaba en blanco. No, no todo. Recordaba una mirada, una canción, una persona que no reconocía en una cama de sábanas blancas y una carrera. Los ojos le miraban fijamente entre una cortina de densas pestañas, después caían los párpados y de nuevo en blanco. I could hear your vodka kisses shouting fight! fight! fight! fight! en bucle, una y otra vez hasta que consiguió centrar sus pensamientos en el siguiente recuerdo. En silencio alguien se movía junto a él en una cama grande bajo un edredón, podía recordar el tacto de la tela si cerraba los ojos, como si estuviera en aquel lugar y unos mechones de pelo asomaban y serpenteaban por la almohada. Corría rápido calle arriba sin saber dónde se dirigía, pero en su reloj las agujas marcaban las ocho y cuarto. 
Esos pocos recuerdos se repetían sucesivamente en su cabeza, provocándole una gran ansiedad. Durante al menos una semana no había nada más en su vida. Sus padres eran dos personas totalmente desconocidas para él, hasta donde él podía saber aquellos eran sus padres porque decían que lo eran, pero si cualquier otra pareja con rasgos similares a lo suyos hubiese aparecido y hubiese dicho que ellos eran sus progenitores les habría tenido que creer también. Algunos datos saltaban a veces sin avisar en su cabeza, emergiendo de algún rincón de su mente que había decidido volver a dar la cara.
La Segunda Guerra mundial había sido entre 1939 y 1945. Los sábados había que ir a desayunar a casa de la abuela aunque fuese después de salir de fiesta o directamente desde la fiesta. A su hermano mayor no le gustaban los guisantes. Tenía que llegar antes de las nueve para [...]
Había personas que llegaban a su casa a visitarle y le explicaban quienes eran y qué relación tenían con él. Al igual que con lo de sus padres, sabía que cualquiera podía llegar y contarle una historia inventada que tendría que creer dando por sentado que nadie tendría la intención de engañarle. Incluso una chica que decía ser amiga suya le llevó un libro y le contó que ellos ya habían tenido antes una conversación de lo que pasaría si alguno de los dos sufriese alguna vez amnesia y la promesa del otro de hacer que volviese a leer aquel libro, el favorito de ambos, porque contaría con la suerte de poder hacer aquello por primera vez una segunda vez. Pero, pese a todo, era como si estuviera viviendo un sueño, una vida que no era la suya aunque le dijesen que así era; todo era real y a la vez, para él, nada lo era. 
En su cabeza rondaba la idea de que para encontrarse tenía que perderse. Seguro que lo había leído en algún sitio, pero no lo recordaba y parecía algo bastante lógico. Se apuntó en el brazo la dirección de su casa y salió fuera, dejando que su instinto le guiase a través de las calles para llegar a [...].
Entonces sus pies se quedaron quietos en lo alto de un desnivel. Había más gente caminando cerca, había gente parada mirando el atardecer. Gente. Gente que, por suerte, aparentemente no le conocía. Sentía que algo dentro quería salir fuera. Un recuerdo. Pero nada. Esperó un tiempo hasta que las farolas se encendieron y todos empezaron a marcharse para seguir su ejemplo. 
Empezaba a asimilar que no volvería a recuperar la memoria, al menos nada importante, cuando se cruzó con ella. Entonces la imagen de los ojos de su mente encajó con la realidad, por fin encontraba algo del mundo exterior que coincidía con su mundo. De nuevo las pupilas fijas en él y todo empezó a revolverse en su interior hasta casi dejarle sin respiración. Empezó a recordarlo todo mientras infinitas imágenes pasaban por su cabeza a gran velocidad, como si estuviese rebobinando la película de su vida, pero con saltos estratégicos: ella no estaba por ningún lado. ¿Cómo podía ser que no la recordase? Estaba claro que los ojos de su primer recuerdo eran suyos y, seguramente, los mechones de pelo que asomaban en la cama de su memoria también le pertenecieran. Y, aunque no la recordaba, sentía una tristeza familiar, ira, conmoción, pena y, sobre todo, dolor, tanto dolor que sólo quería ponerse a llorar.
Antes de poder preguntarle nada, ella ya había salido corriendo y estaba lejos como para poder alcanzarla. Y quizás era lo mejor. De entre todos los recuerdos había emergido el de su enfermedad de estar siempre sumergiéndose en la neblina de los sueños de los recuerdos pasados, pero ahora no sentía eso, era como si todo se hubiese ordenado, como si ese memotivismo (que es el resurgimiento de recuerdos en la memoria a través de emociones de alta intensidad aunque los médicos decentes y la mayoría de la gente no lo supiera) hubiese curado todo. 
Supo que ella había sido el problema, la razón de la carrera de las ocho y quince que le había hecho llegar a un lugar en obras que había provocado el golpe en la cabeza causa de la amnesia. También la solución para recordarse a sí mismo quién era en el mundo. Pero entendió que si su mente había sido selectiva a la hora de filtrar los recuerdos, aquellos ojos no eran un lugar al que poder volver.
¿No?

martes, 22 de septiembre de 2015

melancolepsia

Nunca había sido una persona hipocondríaca; sin embargo, de un tiempo a esta parte, había asumido que algo le pasaba en la cabeza. Bueno, realmente pensaba que le pasaba en el corazón, pero al fin y al cabo, para él la conexión entre ambas partes no distaba tanto como solía decir la gente, para él era fácil pensar con el corazón y sentir con el cerebro. Algo, en definitiva, ocurría en su interior, algo que había supuesto los festines de techo en las larguísimas noches en vela, las lágrimas furtivas en situaciones insospechadas y los suspiros a deshora: toda esa tristeza que circulaba por sus venas y que no encontraba la manera de escapar tenía que venir de algún sitio. 
Aquella película, Midnight in Paris, le puso sobre la pista: pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, y no sólo eso sino el hecho de querer vivir en otro tiempo. A diferencia del protagonista de la película, él no quería vivir en un tiempo anterior a su nacimiento, él quería volver tan sólo unos años atrás en el tiempo para poder hacer las cosas de manera diferente porque se había nutrido de una madurez necesaria para tomar 'la otra decisión' en momentos clave. 
Entonces una tarde empezó a fijarse en su madre: ambos estaban con la televisión encendida y realmente ninguno le estaba prestando atención porque mientras él contemplaba a la mujer que le había traído al mundo, ella miraba a la nada; ya había percibido esto en más ocasiones, las ausencias de su madre a ese mundo interno que todos tenemos y al que nadie consigue llegar nunca, ese espacio donde se quedan los mejores y más silenciosos secretos. Se preguntó si estaría recordando también algún amor de su pasado o quizás su niñez. Sabía que su madre no era feliz, en realidad tenía el firme convencimiento de que ningún adulto, a partir de cierta edad (a la que él empezaba a acercarse peligrosamente), podía decir que era realmente feliz; algunos conseguían acoplarse a un plan fallido del futuro que habían soñado y que no se había cumplido y otros, como él y como su madre, conseguían escapar durante unos segundos a algún recuerdo cuidadosamente guardado. 
En realidad esa palabra no aparecería en ningún tratado médico, seguramente un médico decente ni siquiera diría que es una enfermedad, pero qué saben los médicos decentes de la complicada relación corazón-cerebro. De hecho, ni siquiera aparece en el gran buscador de la red y, seguramente, nadie le creería si explicaba que el motivo de su tristeza crónica se debía a aquella extraña y peculiar enfermedad que, hasta donde sabía, sólo afectaba a algunos miembros de su familia; seguramente le dirían que sentía melancolía. Pero no era, ni de lejos la melancolía de un recuerdo puntual recordado en un momento puntual, era un estado constante de miedo por el resurgimiento de algún recuerdo que, pese a haber sido feliz durante su desarrollo, resultaba casi insoportablemente doloroso ya que no se podía repetir y, seguramente, la persona involucrada en el recuerdo ni siquiera continuara en su vida. Entonces la enfermedad llegaba a su punto álgido: al igual que aquel que sufre narcolepsia, se sumía en (una especie de) sueño del que no era consciente y del que no podía controlar el despertar de manera voluntaria. No cerraba los ojos, al menos no siempre, pero sí que dejaba de ser consciente de todo aquello que le rodeaba, dejaba atrás el mundo de los médicos decentes.
Entonces, con una de esas sonrisas mezcla de la resignación y la ironía en la que no se enseñan los dientes, se levantó del sofá, besó a su madre en la frente para traerla de vuelta y asumió que aquella afección, seguramente degenerativa, no podría jamás contar con un tratamiento para curarse, ni siquiera con uno que aliviase ligeramente el dolor. 
Sabiendo que lo peor no era querer volver a un lugar o a un momento, que la putada más grande era querer volver a una persona. 

lunes, 6 de julio de 2015

NUEVA YORK

M: Quiero volver a verte. Vivir el momento. Aún no me he ido y si estoy aquí, ¿Por qué no volver a verte si es lo que quiero? Mientras podamos, claro... tu tiempo y el mío. 


H: Eres tú el que tiene que organizar un viaje. Es más tu tiempo que el mío. Tú eliges cuándo nos vemos.

M: Yo elijo tus besos. Y tus 3,7 segundos.


H: Todo tuyo. Ambas cosas. 
M: Y tu manera de soñar. Me ha inspirado mucho. Me has inspirado mucho.


H: ¡Eso es mucho! Pero tu manera de mirar, de ver el mundo. 

M: Te la cedo.


H: Me la quedo. He aprendido mucho de ti en estas dos semanas... Has llegado y mis pilares filosóficos se han puesto a temblar.

M: Ya encontrarás tu filosofía de vida, hasta entonces sigue soñando e imaginando porque con la imaginación lo haces todo, sea lo que sea y mientras imagines estaré allí.


H: Lo tengo bastante presente. No puedo prometer que mi imaginación no te lleve conmigo alguna vez de viaje.

M: Sería un reencuentro de ensueño. Cuenta conmigo para soñarte, Alicia.

H: Me apunto tu frase.

M: Espero ser un personaje potencial de tus historias.

H: Ya eres un personaje en progreso. Creo que la única manera de ser realmente inmortal es que alguien escriba sobre ti... Supongo que tú lo serás en algún momento.

M: ¿Nos vemos entonces el domingo? Siento que nos roban el tiempo para acariciarnos.

H: Nos vemos el domingo. 


(48 horas después)

Estaban en el piso de Martín. Él le había ido a buscar a la boca de metro y le había conducido hasta allí. Quiero enseñarte uno de mis lugares preferidos de esta ciudad -le había dicho. Y ella había confiado (otra vez) a ciegas en la posible aventura y le había seguido hasta donde él vivía. Vio la habitación en la que él dibujaba, con una de las paredes llena de dibujos: le pareció estar perdida en otro universo y pensó que menos mal no haber cogido un mapa. 
-¿Sabes? Hay algo de mí que no te he contado, pero no puedes reírte -comentó Helena mientras observaba un folio en el que había una chica y un chico besándose en el interior de una fresa -. Un sueño que tengo es ser pirata. Por eso de no tener límites ni normas, estar siempre viajando y viviendo aventuras.
Martín no se rió. 
-Bueno, yo por mi trabajo (y por placer) he viajado bastante y la imaginación te hace estar por encima de cosas como límites y normas... Podría decirse que yo soy un pirata. 
Ella se rió con su comentario.
-Bueno, podría decirse que tú ya eres un capitán. 
-Capitán Martín.
-Suena bien.
-Suena muy bien, grumetilla. Algún día viajarás mucho. Bueno, algún día cumplirás tus sueños si te esfuerzas y pones empeño, para alguien como tú, que sueña tan alto, será fácil. 
Helena no pudo replicar nada a aquello, sólo deseó en silencio que se hiciesen reales sus palabras. 
Finalmente le llevó al salón: frente al sofá grande había una estantería que ocupaba toda la pared llena de discos, películas, alguna figurita y muchos cubos de rubik resueltos.
-Jamás he conseguido resolver uno -comentó Helena.
Martín cogió uno de los cubos.
-Pues va siendo hora. Vamos, te voy a enseñar.
Se sentaron en el sofá muy juntos y él le fue enseñando los pasos a seguir, sonriendo cada vez que miraba la cara de concentración que ella ponía sin desviar la vista de sus manos.
-Me imagino que esa es la cara que pones en clase cuando te están explicando algo.
Helena salió de su estado de concentración y le miró un momento, luego volvió a prestar atención. Así permanecieron un rato largo: él explicando y ella aprendiendo y probando. Cuando lo acabaron Helena no podía dejar de sonreír, en realidad era una tontería lo que había hecho pero no sonreía por eso sino por la situación en general que se había desarrollado desde que había decidido cruzar la puerta de ese piso o a lo mejor la del 3R unas semanas atrás. 
-Cuando vuelvas sabré resolverlo sola y te lo enseñaré.
Martín dejó el juego sobre la mesa y se apoyó en el respaldo del sofá.
-Bueno, en siete meses pueden pasar muchas cosas.
-Tampoco es tanto tiempo.
-Sí que lo es. Tenemos que seguir nuestras vidas, ya sabes.
Eso sí que empezaba a parecerse a una despedida muy amarga. Era, seguramente, la última vez que le veía y no quería que fuese así, no quería hablar de eso y no quería sentirse triste. Al menos no tan pronto.
-¿Nos escribiremos?
-¡Claro! -como si él también se hubiese dado cuenta del tinte que estaba empezando a tomar el momento, se inclinó hacia delante y se acercó a ella. 
-Leí hace tiempo en un libro que escribir es besar pero sin labios, es besar con la mente.
-Entonces te besaré con bastante frecuencia. 
Se acercó más a ella y la besó de una manera que distaba bastante de la ternura del primer beso de la primera cita. Era un beso más caluroso, tanto que le borró de la cabeza esa idea tonta que había tenido sobre que a lo mejor no se sabían besar. Sabían y lo hacían muy bien. 
Le sobraba todo, especialmente la ropa que les estaba separando, así que deslizó las manos por su espalda hasta quitarle la camiseta. Como suele pasar, esos momentos no quedan tan bien ni son tan fáciles como en las películas, así que él tuvo que ayudarla. Cuando dejó la camiseta en el suelo se fijó en las cortinas y se puso en pie casi de un salto.
-Vamos, Alicia -le cogió la mano -, esto era lo que quería enseñarte. 
Abrió las cortinas y salieron a la terraza. Era un séptimo piso con vistas a toda la ciudad y a las montañas que se elevaban tras ésta. Helena pensó que ni el mejor cielo de Nueva York tendría esas vistas siendo el triple de alto. Estaba atardeciendo y el cielo parecía que fuese a empezar a arder de un momento a otro. 
-Quería que vieses el atardecer desde aquí, desde uno de mis rincones preferidos -susurró él. 
Y se abrazaron en silencio, encajando perfectamente en el otro. Helena apoyó la cabeza contra él, recogiendo cada sensación que flotaba en el ambiente, desde el desacompasado ritmo de sus latidos hasta el olor de él. Olía a cilantro; nunca había olido el cilantro (ni lo haría jamás), pero era la palabra que le venía a la mente cuando le llegaba una brisa con su olor. La mitad de su mente estaba pidiendo que cerrase los ojos para poder desaparecer y dejar ese momento en un eterno, la otra mitad le decía que no parpadease, que se iba a perder una milésima de segundo de todo aquello. Y suspiró sintiéndose, en ese segundo, la persona más feliz y afortunada del mundo por poder estar viviendo eso.
Cuando el sol se escondió, volvieron dentro sembrando todo el suelo de ropa. Helena dejó su diadema sobre la mesa (nunca más la volvería a ver) y le siguió de nuevo a ciegas hasta su habitación. Entendió en el rato que estuvo allí que, aunque se habían quitado la ropa, llevaba bastante tiempo desnuda ante él, porque no se había dejado nada, no había escondido nada y había encontrado a alguien con quien se sentía cómoda siendo ella misma sin retoques. 
Pero como ocurre con las mejores historias, tenía un final muy cercano. Cuando ya había caído la noche sobre la ciudad, él la acompañó a la parada del autobús.
-No olvides que puedes abrir el regalo cuando ya estés en el aeropuerto -le abrazó un segundo.
-¿Nos tomaremos un café a mi vuelta?
-Espero que más de uno.
El autobús llegó a la parada.
Se besaron por última vez. Y aquel beso sabía a todo: a las dos semanas, a café, a cerveza, a sol, a su ciudad, al cubo de rubik, a los paseos, a la copa del 3R, a los mensajes, a despedida. 
-Buen viaje, Capitán.
Y subió al autobús sin volver la vista atrás, sabiendo que algún día tendría que hacerle inmortal.