Pero no llamó para confirmar la cita. Es domingo y ni siquiera ha enviado un mensaje con explicaciones. Ha vuelto a jugar conmigo. Ha vuelto a crearme ilusiones para nada. Se ha reído de mí.
Se acabó.
Esta vez, Ace ha muerto para mí. Desde ahora sólo será un recuerdo que prefiero no recordar. Por desgracia, no existe ninguna manera de extirparse la memoria de manera selectiva.
Me he vuelto a caer, pero de esta me levanto más fuerte que nunca.
Es junio, las dos de la tarde y he tenido mi último examen de selectividad. He tenido mi última experiencia como escolar y no puedo estar más feliz. Obviamente me importa el resultado, quiero tener suficiente media para poder estudiar lo que pensaba, pero es que ya puedo decir que se acabó este curso por fin.
Como soy previsora y sabría que no tendría con quién celebrar esto, me apunté a un voluntariado para niños internos del hospital. A ver si así empiezo a convencer al equilibrio cósmico de que me tiene que mimar un poquito más.
Vamos en un autobús hasta el hospital. Este hospital ya lo he vivido. Bloquear recuerdo. Bloquear recuerdo.
Recuerdo bloqueado.
A otro chico y a mí nos asignan seis habitaciones de niños con cáncer porque, por lo visto, tenemos más madurez mental que el resto de nuestros compañeros.
El chaval tiene mi edad y ese mismo cartel en la frente que tengo yo de Asociación de Marginados Sociales Sin Fronteras. Si todos los que estamos aquí nos hubiésemos conocido antes... No estaríamos aquí, eso seguro.
Vamos juntos hacia una sala que nos han ofrecido para dejar nuestras cosas y cambiarnos cuando un chico sale de una de las habitaciones y me choco con él. Me agarra de la mano para que no me caiga y, antes de mirarle, ya sé quién es.
Pero no es él. En serio, ha adelgazado como diez kilos, está pálido y unas ojeras moradas remarcan su mirada. Se le marcan los pómulos y la curva de la mandíbula de manera exagerada. Se ha rapado el pelo, ahora es casi una sombra sobre su cabeza. Parece un hijo de la muerte y, joder, aún así me sigue pareciendo único.
¡Cállate!
-Ace...
-Alejandra, ¿Qué estás haciendo aquí? -está irritado. Su voz es poco más que un susurro y parece que se esfuerza por hablar alto.
-Soy del programa de animación para...
Lo entiendo antes de terminar la frase. Sé por qué está aquí.
-No...
-Es Nacho. Tiene leucemia.
¡No!
Se me llenan los ojos de lágrimas. Es... es imp... es tan pequeño. No puede ser posible. No puedo hablar, me falta el aire. No quiero llorar delante de él. ¡¿Qué más da?! No se trata de él o de mí, se trata del abrazo más bonito que me han dado jamás. De un niño. No entiendo cómo pueden pasar estas cosas.
-Le dolía la cabeza con asiduidad, se mareaba... Pensábamos que sería anemia o jaquecas.
-Pero... ¿Se recuperará?
-Seguimos esperando un donante. Nos hemos hecho todos las pruebas, pero ninguno somos compatibles.
-¿Desde cuándo está aquí?
-¿Recuerdas aquel sábado que íbamos a quedar?
Como para no recordarlo...
-Sí.
-Esa mañana tuvo un desmayo, se dio en la cabeza y no recuperaba el conocimiento. Le traje a urgencias y empezaron a hacerle pruebas cuando comenté que tenía esos síntomas. Desde entonces le dejaron interno.
Miro por la puerta entreabierta y le veo tumbado en la cama con los ojos cerrados.
-¿Está dormido?
-No, está descansando.
Miro a Ace fijamente y me marcho corriendo sin decir nada. Entro en la sala y mi compañero del voluntariado me dice que esa habitación es suya. Le explico la situación y, tras mucho insistir (menudo idiota, ya sé qué hace aquí) me la cede.
Vuelvo a la habitación disfrazada de payaso: una falda rosa de tutú, medias de diferente color, una peluca pelirroja afro y unas zapatillas varios números más grandes que el mío. La cara pintada, pero bonita, no como esos payasos psicodélicos que parece que te van a matar. Me pongo la nariz roja y entro.
Nacho se gira para mirarme
-¡Hola!
Tengo ganas de llorar. Le han debido dar algún tratamiento agresivo porque no tiene pelo. Sus enormes ojos están apagados y tiene la cara demasiado delgada.
Es tan pequeño. Nadie debería pasar por esto, pero mucho menos un niño.
No me ha reconocido y no habla. Recuerdo que Ace me dijo lo antisocial que era, lo desconfiado que se ponía con los desconocidos.
-¿Cuántos años tienes, pequeño?
Nada.
Hincho un globo con helio y lo ato a los pies de su cama.
Ace entra en la habitación y Nacho le mira como diciendo "por favor, saca a esta loca de aquí". Ace me mira y sigue mi juego.
-Vaya, Nacho, ¿Quién te ha venido a ver?
Nacho me mira de reojo y frunce los labios.
-Venga, no seas maleducado y di algo -se pone a su lado.
-Hola. Me llamo Nacho.
-Yo soy Pumpum.
Se ríe. Es el mejor regalo que podía tener hoy: su risa.
-¿Te ríes de mi nombre?
-Sí -dice sonriente.
-Pues me enfado y no respiro -hincho los mofletes y pongo cara de enfado.
Nacho vuelve a reirse y yo no puedo evitar que se me contagie.
Pero pronto se borra la sonrisa de su cara y suspira. Coge a Ace de la mano y ambos se miran.
-¿Qué pasa, pequeño, estás triste?
Asiente.
-¿Por qué?
Hace un gesto para que me acerque y no tardo ni medio segundo en estar a su lado. Pone la mano para que no nos escuche Ace y susurra en mi oído.
-Mi hermano está triste porque ya no ve a su princesa y si él está triste pues yo estoy triste. Yo también quiero verla.
¿Le habrá dicho Ace todas esas cosas?
Me alejo un poco.
-Pues eso tiene fácil solución -saco un tarro con purpurina del bolso y cojo un pellizco. -Esto son polvos mágicos de hadas.
-Las hadas no existen.
-¡Menuda tontería es esa! ¡Claro que existen! Ya verás... -le pongo el pellizco en la mano, -Tienes que pedir el deseo con muchas ganas y luego soplar con mucha fuerza hacia la ventana.
-No puede ser...
-No pierdes nada por intentarlo.
Se encoge de hombros, susurra algo sobre mí y sopla.
-Cuanta más fuerza tenga el deseo, antes se cumplirá.
Paso un rato más con ellos, le cuento alguna historia fantástica para que no diga tonterías sobre que las hadas no existen, le hincho unos pocos globos más y me marcho.
Voy corriendo a la sala y me quito el disfraz, me desmaquillo y me pongo mi ropa normal. Voy a una tienda cercana para comprar unas chocolatinas y vuelvo a la habitación, esta vez de mí misma.
Toco la puerta.
-¿Se puede?
Nacho me ve. Primero no sabe si creer lo que ve, pero cuando entiende que es real se le ilumina la cara.
-¡Alejandra!
-¿Qué haces tú aquí?
-Estoy durmiendo aquí.
-Yo iba por la calle y de pronto me cayó algo brillante sobre los hombros y... y pensé que tenía algo que hacer aquí.
-¡Era polvo de hada!
-¡¿Polvo de hada?! ¿Pero existen las hadas?
-¡Claro que existen! ¡Pumpum me dio el polvo! -se queda pensativo un momento y mira a Ace. -¿Tú crees que si pido con fuerza ponerme bueno se cumplirá?
Los dos nos rompemos de golpe. Los dos conocemos la verdad sobre las hadas. Y ojalá todo fuese tan fácil como pedir deseos y que se cumpliesen.
-Claro que sí -contesto yo. Me siento a su lado y le abrazo con fuerza. -Pero no hace falta que se lo pidas a la hadas. Lo que tienes que hacer es ser fuerte y valiente, así cuando vuelvas a dormir en casa podrás venir a salvarme.
Se me escapa una lágrima, son cosas que ni los héroes podrían controlar, y Nacho me ve.
-Alejandra, tú no estés triste. Ya estás con Ace y conmigo, ahora podemos sonreír los tres.
-No lloro. Se me ha metido polvo mágico de hada en el ojo.
He conseguido engañarle, pero no a Ace, a Ace no se le escapa una en lo que respecta a mi humor.
Paso el resto de la tarde con los dos y cuando me marcho, prometo volver pronto para verle.
Ace me acompaña hasta la salida del hospital.
-Alejandra.
-Dime.
-Gracias por venir a ver a Nacho.
-No ha sido aposta, ha sido...
...cosa del destino. No lo digo, pero no es la primera vez que siento esto cuando se trata de Ace.
-¿Volverás?
-Sí, para verle.
Eso ha sido un tiro a la cabeza. Se esperaba otra contestación. Pero no te la mereces, Ace.
-Nos vemos.
Cojo el metro para volver a casa y rompo a llorar. Se lanzan al vacío todas las lágrimas que dentro han tenido la cortesía de no molestar. No puedo quitarme la imagen del pequeño en ese estado.
La organizadora estaba confundida, no soy fuerte para esto.