lunes, 10 de junio de 2013

FUGAS TRANSITORIAS

No voy a enfadarme con Flo y Nico, ellos actuaban pensando en mi bien; quizás no deberían de haberse metido pero lo hecho, hecho está y no había maldad en su intención de alejarme de Ace.
Llego, llamo a la puerta y me abre mi amiga. Me sorprende haber encontrado el apartamento yo sola. No es que sea tonta, no, es que sólo vi la dirección cuando lo reservamos por internet y no es mi ciudad, es la primera vez que me muevo por esta zona de la costa.
Flo me da un abrazo a modo de disculpa y yo se lo devuelvo. 
Nico está en la ducha. Cómo le gusta el agua a este chico.
El apartamento no es muy grande, pero es bonito y está en primera línea de playa. Tiene un baño, cocina, sala de estar y dos habitaciones. Perfecto para tres personas que necesitan huir. Flo lo ha dejado con su novio. Nico ha roto con el grupo. Yo escapo de todo, corro pero sin saber a dónde y empiezo a estar agotada.
Después de deshacer la maleta bajo la atenta mirada de Flo, bajamos a la compra los tres.
En el supermercado veo a Marina con un hombre y una mujer que no llegan a los cincuenta, supongo que serán los padres de Ace. Es un supermercado veinticuatro horas, se nos ha hecho tarde para más; lo cierto es que me choca bastante encontrarles aquí, no relaciono a los propietarios de la mansión en la que estuve con esa pareja sonriente y con este lugar. Tenía encasillada a ese tipo de gente (sí, gente pudiente) con destinos exóticos como islas paradisíacas y deportes comunes en lugares lejanos.
Antes de que Marina me vea y tener que enfrentarme a cualquier situación incómoda, me cuelo en uno de los pasillos paralelos. 
Cuando acabamos de pagar, nos cargamos con las bolsas, que pesan... una tonelada. ¡Mierda! Todo me recuerda a él. De verdad, Alejandra, hay vida más allá de Ace, ¿O es que no recuerdas qué hacías hace unos meses? Sí, tener una vida monótona y pasar los días sin pena ni gloria.
Nico nos espera en el coche y volvemos al apartamento. Colocamos todo en su sitio. Es curioso lo fácil que resulta a veces imitar un hogar, la sensación de estar en un sitio conocido, con sólo llenar algunos rincones con cosas propias. Pero no cenamos en casa, vamos a un mejicano del centro del pueblo.
Mientras miro mi taco de carne y Flo habla de su futuro como periodista de investigación, pienso en que quería venir aquí para desintoxicarme de él. No puedo tener peor suerte. Es como si alguien que estuviese a dieta se quedase encerrado en una pastelería y tuviese que aguantar la tentación de no comer teniendo los dulces más ricos con sólo estirar los dedos.
¡Ace, no hay casi playas en este país! Kilómetros y kilómetros de playa y tiene que venir a parar aquí... como si fuese cosa del dest...
¡Tengo que salir de aquí!
-Mañana voy a comprarme un billete de bus para volver a casa -digo como si tal cosa, interrumpiendo el monólogo de Flo.
-¡¿Qué?! -gritan los dos a la vez.
-¿Por qué? -me dice mi amiga.
-Porque está aquí Ace, he estado con él en la playa.
-Alejandra, no tienes por qué encontrarte con él. Este pueblo no es tan pequeño. Podemos ir con el coche a alguna cala cercana...
-No. Encontrárnoslo es cuestión de tiempo. De verdad, necesito irme.
Pese a que Flo se pasa toda la noche intentando hacerme cambiar de parecer, sus argumentos y súplicas caen en saco roto. No hay nada que pueda hacer ella que me retenga aquí. A no ser que eche a Ace, coa que veo de lo más improbable.
Por la mañana voy a por mi billete antes de que ellos se levanten y puedan impedírmelo. Flo se pasa todo el día de morros, casi ni me habla, se queda mirando cómo rehago mi maleta, sosteniendo mi pase de vuelta con cara de odio. Al final se marcha del apartamento sin decirme nada y no vuelve a aparecer. Nico me acompaña a la estación de autobuses. 
-Siento todo lo que ha pasado.
-Yo siento haberos fastidiado las vacaciones y la amistad. Y todo. Lo siento todo.
De corazón. ¿Sabes esa sensación de no estar haciendo nada bien? Pues esta es peor.
Nico me abraza y deja que me marche. Me dice que se despedirá de Flo por mí y que intentará hablar con ella para que se le pase el enfado.
Me gustan mucho los viajes largos en soledad. Me da tiempo a pensar, a reflexionar. Quizás pensar ahora es lo que peor me venga, pero es necesario. Tengo que dejar de huir de mis problemas y empezar a plantarles cara. 
Viajar es como vivir una pequeña vida. Puedes conocer gente, puedes simplemente observar a la gente, emocionarte o dejar pasar todo. Una vida en unas horas.
Tengo que tomar una decisión antes de llegar a mi casa. Antes del último destino tengo que sentir que algo va a cambiar. Y voy a ser egoísta, voy a pensar en mí. Voy a volver a intentarlo con Alberto para ver si consigo olvidarme de Ace. Lo siento por mi ex, pero si esto sale bien no tiene por qué enterarse nunca de que le voy a manipular. ¿Qué terrible suena con estas palabras, no? Digamos que va a servirme de tirita. Él no tiene por qué sufrir.
Cuando llego a casa, todos están despiertos, casi ni ha empezado a amanecer. Le dejo una notita en la cafetera a mi familia "Sé que no tenía que ocupar la habitación hasta dentro de unos días, pero por vicisitudes del destino me he visto obligada a viajar de urgencia. Por favor, no me despertéis, todo está bien. A." 
Cuántas mentiras en tan poco espacio.
Cuando me despierto casi al medio día, tengo la contestación de mi madre en la mesilla de mi cuarto "Hemos tenido que irnos con unos amigos, volveremos después de cenar. Cariño, a veces al destino hay que decirle BASTA y poder decidir por ti misma. Claro que todo no está bien, pero ya nos sentaremos a hablarlo delante de un helado, como a ti te gusta tratar los asuntos de Estado Mayor. Te quiero. Mamá."
Guardo la nota en mi caja de recuerdos (¿Quién no tiene un hueco para no olvidar sus heridas?) y llamo a Alberto. 
Y aquí estoy, en la habitación de mi ex, preparada para cualquier eventualidad tanto si es buena como mala. Está sentado en la silla del escritorio con sus gafas de pasta medio caídas y un vaquero pirata, el pelo revuelto y la mirada seria.
-¿Has pensado ya lo que te dije?
Tengo que ser directa. Si le digo que sí, vamos a estar hablando de esto y de aquello, planeando cosas, poniendo parches y yo necesito extirpar de mi cabeza (o corazón) a Ace.
Me acerco a él y le beso sin previo aviso.
¡¿Qué pasa?! ¡No siento nada! 
No, no puedo, no me sale. Esta relación es absurda.
Cuando siento que pasa el brazo por mi cadera me separo de golpe y le miro asustada. A lo que sigue un ataque de risa que no puedo controlar; de verdad que lo intento, pero no hay manera de frenar este sonido estridente.
Me mira atónito. Normal.
-No puedo -consigo decir.
Y antes de hacerle y hacerme sentir peor, salgo corriendo de su casa y de su vida. La gente me mira al pasar igual que la última vez que abandoné ese mismo edificio con esas mismas prisas: como si tuviesen que ingresarme en un psiquiátrico.
Pero nunca me había reído así. Y lo mejor es que, desde hace mucho tiempo, todo me da igual. Hasta que me entran ganas de llorar.
Estoy loca. Sí, creo que estoy a un grito histérico de que me mediquen.
Pero, reconozcámoslo, cuando la mente y el corazón deciden compartir la locura, cuando no puedes más, este tipo de reacciones es casi normal.

2 comentarios:

  1. Menos mal que has reaccionado a tiempo, engañarte a ti misma no sirve de nada solo hacerte daño y por supuesto hacerlo. que va a pasar????

    ResponderEliminar
  2. Dios santo Alejandra!!!! Vuelve a la playa y tírate al cuello de Ace!!!!!! Anda que.... Que romántica soy ahora que lo pienso!!!! Es que la intriga me puede soy una impaciente

    ResponderEliminar