He decidido, después de dos semanas de reflexión, ayuno relativamente involuntario e insomnio, que algo malo he tenido que hacer y que tengo que cambiar radicalmente de forma de ser para que mi situación cambie.
Lo primero es apuntar más consejo en mi libro de autoayuda, empezando por NO CONFÍES EN NADIE.
Lo segundo ha sido llamar a Alberto para hablar. Quiero que me explique lo que me tenga que explicar y voy a perdonarle, quiero perdonarle, creo que es algo necesario: perdonar y ser perdonado.
Hemos quedado en la puerta de su casa, a las ocho de la tarde de un primaveral catorce de Marzo. Creo que es un buen día para empezar a hacer bien las cosas.
Me escribe y dice que suba.
En la entrada han repuesto el jarrón que rompí en mi huida por un florero.
Vamos hasta el salón y me ofrece algo para beber o comer, pero no tengo sed ni hambre. Al menos no de alimentos. Él coge una lata de refresco de limón y se sienta a mi derecha. Tarda un poco en empezar, pero por fin, da un último trago, deja la lata, se acomoda con el tobillo izquierdo bajo el muslo derecho y empieza.
-Verás... El día de tu cumpleaños no me dejaste explicarme. Yo estaba en una fiesta y Camila se me lanzó al cuello -Camila, si es que ya por el nombre no podía traer nada bueno. -Perdí las gafas al principio de la noche y tú ya sabes que no veo nada. Si a eso le sumas que a las cinco de la mañana estaba como las grecas. No sé, os parecéis un montón, Alex. Cuando me di cuenta de que no era posible de que fueses tú, porque tú no estabas en aquella fiesta, me separé corriendo, pero el error ya estaba cometido.
Punto uno: No me llames Alex, que eso sólo podías llamármelo cuando éramos novios. Punto dos: todos nos hemos emborrachado y todos sabemos dónde están nuestros límites. Punto tres: soy bastante más guapa que esa niña.
Y ahora, lo de siempre, que en mi cabeza suena todo muy bien y no sé cómo decirlo. Y creo que puedo perdonarle si me creo todo eso que me ha contado. Pero hay algo que aún no entiendo.
-Pero tú me dejaste.
-No, yo te dije que entendería que lo dejáramos. Y yo, al ver que te marchabas y no me dirigías la palabra, di por hecho que habíamos cortado.
-¿Y el día que os vi juntos? Porque tus argumentos se tambalearían un poco si me dices que os habéis vuelto a ver después de esa noche.
-Le estaba aclarando que no quería nada con ella y le pedí que dejase de acosarme con mensajes a todas partes.
Vale. Puedo perdonarle. Alejandra, puedes perdonarle. Ha sido todo un malentendido, una serie de catastróficas desdichas. Puedes hacerlo.
-Te perdono. Ha sido un malentendido, no pasa nada.
-La verdad es que yo me he estado muriendo de celos este tiempo. Ya sabes, por el chico ese.
Cuando hace mención a Ace, me quedo catatónica y la imagen de él metido en el coche mientras yo me marchaba, me golpea la cabeza una y otra vez. Y su mirada de indiferencia. ¿Me miraba a mí? Y esa frase ¿Por qué hablas como si fuésemos algo más que conocidos?
-¿Quién es?
-Nadie importante.
¿Le estoy convenciendo a él o a mí misma?
Alberto coge mi mano.
-Alex, me gustaría volver a intentarlo.
No digas Alex con esa ternura, que me deshago.
-Tengo que pensarlo.
Bien, Alejandra, bien. Me abrazaría a mí misma por esta fuerza de voluntad.
La verdad es que no quiero ninguna relación ahora, pero tengo que buscar la manera más sutil de decírselo.
-Lo entiendo -aprieta mi mano y la suelta.
Solucionar mis problemas con Alberto: visto.
Lo siguiente que voy a hacer es deshacerme de mi look. La raís me ha crecido lo suficiente como para no tener que rapármelo.
Mi peluquera, que es una artista, me ha dejado un adorable corte a lo garçon con mi color castaño natural. Y me ha dicho que cuando empiece a crecer un poco más, volverán los rizos.
Cambio de look: visto.
Y por fin ha llegado la semana santa y yo estoy en el coche de camino a la playa con Nico y Flo. Hemos alquilado un apartamento para una semana de relax. La idea era irnos las dos solas, pero la madre de Flo insistió en que Nico nos acompañase. Ningún problema: ha puesto el coche, dinero y es un chico genial. Cambian el disco porque el que sonaba ya se había acabado. Primera pista: bien. Segunda pista: bien. Tercera pista: Ace.
Y no lo soporto, no lo aguanto más y empiezo a llorar. Llevo un mes sin hablar del tema con nadie, evitando todo lo que me recuerde a él, intentando borrar el puto día que me acompañó a por la caja y todos los días anteriores. Porque, como fogonazos, me vienen a la memoria momentos con él, especialmente el del coche. Flo tiene un radar para mis lágrimas y, en cuanto se me ocurre coger aire, se gira de golpe.
-¡Alejandra! ¡¿Qué te pasa?!
Nico me mira por el retrovisor.
-Yo... -no puedo callarlo más, no puedo no decirlo -no soy capaz de olvidar a Ace. Sigo enamorada de él... y se empeña en seguir en mi cabeza.
Se produce un incómodo silencio en el que intercambian miradas y gestos.
Flo vuelve a mirarme.
-Tenemos que contarte algo.
Me seco las lágrimas. A lo mejor por fin me cuentan por qué se comportó así conmigo, después de todo Nico es su mejor amigo.
-La tarde que estuvimos en el bar después de ir a casa de Ace... -sí, EL DÍA DE LA CAJA para los amigos -Hablamos con él en la barra. Le dijimos que estabas mal por lo de Alberto, que habías decidido estar sin chicos. Sabíamos cómo es él con las chicas, que no quiere nada más allá de un rollo de una noche y quisimos evitar que te hiciese daño.
-Le pedimos que te dejase en paz, que parase de tontear contigo, que finalizase el juego que os traíais. Pero lo hicimos pensando en tu bien -me dice Nico.
-No sabíamos que estarías tan mal, que estabas enamorada de él. Obviamente te gustaba, tú a él también, pero tú sientes más las cosas, te implicas más y lo último que queríamos era verte sufrir.
Necesito aire. Me estoy ahogando.
-Para el coche -no me hacen caso. Flo me mira como si hubiese perdido la cabeza. -¡Para el coche, Nico! ¡Necesito salir de aquí!
Se echa a un lado y frena. Me bajo tan rápido como puedo y me alejo corriendo hacia la playa.
-¡Alejandra! -grita Flo.
-¡Necesito estar sola! -le contesto.
Oigo arrancar el motor, casi silenciado por el sonido del mar. Y yo me quedo en la playa. Sola.
Está atardeciendo y no hay mucha gente: algún grupo de amigos, algunas parejas paseando... Es el atardecer más bonito del mundo y las lágrimas no me dejan verlo.
Ace nunca dejó claro qué intenciones tenía conmigo, pero está claro que intentó besarme... y que es un cerdo con las chicas. ¿Quiso hacerme daño?
Creo que, por una vez, me voy a dar un homenaje: voy a no pensar, a darle un respiro a mi cabeza.
Me descalzo y me acerco a la orilla del mar para pasear un poco. Me encanta el balanceo de las olas, la manera de romperse contra mi piel, de intentar arrastrarme, de llevarme con ellas. A lo mejor no sería tan mala opción dejarme llevar. Alguna gaviota sobrevolando mi cabeza, la brisa revolviendo mi pelo sin piedad.
Esto es lo que necesitaba.
Alguien me coge de la mano. Es una mano pequeña... de un niño pequeño que es todo ojos y mofletes.
-Nacho.
-¡Nacho! -gritan a lo lejos.
No puede ser. No me lo puedo creer.
-Alejandra... -me hace un gesto para que le coja.
-Disculpa, es que ha salido corriendo y...
No me ha reconocido de espaldas y no sabe que soy yo hasta que me giro un poco y me ve bien. Tengo el pelo corto y peso como siete kilos menos desde la última vez que me vio.
-Hola, Ace.
-Alejandra... -no da crédito a lo que ve.
Nacho tira de bajo de mi vestido y le cojo en brazos. Él no tiene la culpa de que su hermano y yo ya no seamos nada, si es que en algún momento lo fuimos.
-¿Cómo te va todo? -me pregunta.
Tengo lágrimas en lo ojos que el pequeño se encarga de hacer desaparecer. Creo que eso ha contestado a su pregunta.
-¿Qué haces aquí?
-Intentar disfrutar de mis merecidísimas vacaciones con Flo y Nico.
-¿Están también aquí?
-Sí, se han quedado en el apartamento.
-¿Cuánto lleváis aquí?
-Veinticinco minutos... Ahora mismo.
Nacho me abraza y me dice algo al oído.
-No estés triste.
Apoya la cabeza en mi clavícula y cierra los ojos.
-Algún día podríamos ir a tomar algo.
-Sí... algún día.
Nos quedamos callados. ¡Qué situación más incómoda!
Sopla una fortuita corriente que hace tiritar al pequeño.
-Será mejor que le lleve a casa, va a constiparse.
-Sí.
-¿Vas hacia allá? -señala mi dirección.
-Sí.
-Nosotros también.
-Bien, pues...
¡No! Yo salgo corriendo mientras tú cuentas hasta diez y me das tiempo a poder escapar de ti.
-Dame a Nacho, si quieres.
-No te preocupes.
Ahora mismo es justo este abrazo lo que necesito: algo tierno, inocente y sincero. Nacho es el chico ideal, en el mejor sentido de la expresión. Ojalá todas las relaciones fuesen así, como este abrazo, sin complicaciones.
Lo que me sorprende es cómo me ha podido reconocer él y no Ace. No creo que tenga que ver con la inteligencia, este niño es especial de verdad.
-¿Cómo te va el curso?
-Como siempre, normal.
Y no hablamos más el resto del camino, que parece hacerse eterno. Quiero preguntarle muchas cosas, quiero que sea él quien aclare mis ideas y ponga en orden mis sentimientos... O no.
-¿Te apetecería que quedásemos un día de estos para tomar algo tú y yo? Tengo algunas cosas que decirte.
¿Y si es otro juego?
-No creo estar preparada para quedar a solas contigo.
-Sólo quiero hablar.
Le dejo a Nacho en sus brazos.
-Precisamente por eso.
Me alejo de él, como la última vez; pero en esta ocasión no espero que venga, ni tengo esperanzas en nada que tenga que tenga que ver con él. Ya he aprendido la lección.
Enhorabuena, te hemos concedido el premio “Very Inspiring Blogger”, lo malo es que como soy un niño tienes que jugar al escondite conmigo, aquí te dejo el enlace para que comencemos a jugar, besitos babosos.
ResponderEliminarhttp://anticrisis2013.blogspot.com.es/2013/06/jugamos-al-escondite-otra-vez.html
Estoy super intrigada, necesito saber qué pasa. ¿Ves como si comento? Sigue así, en serio.
ResponderEliminarUn beso :D @mimiparamore
Pero bueno no seas tonta, no te das cuenta que si que le importas??????
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