viernes, 22 de junio de 2012

En el centro del laberinto


¿Qué es una vida entonces? ¿Nacer, crecer, aprender, estudiar, trabajar y morir? Ya habíamos coincidido en que eso no era deseable para nadie y mucho menos para P. No iba a contar su vida por los años que la había vivido. Su vida son las sensaciones de la experiencia, lo que siente con esos momentos clave que para muchos no dicen nada y para ella lo son todo: caer a cámara lenta, llegar corriendo a la estación de tren para buscarle y confundirte de andén, perder el último vuelo que te puede llevar a tu destino, que se pare tu canción preferida en el momento que más te gusta, la cara de alguien que come una pipa amarga, el pánico cuando descubres que te has dejado las llaves en casa, Campanilla resucitando, cuando todos los pelos de tu cuerpo están de punta a causa de una caricia, el horrible beso que prometía pero..., las agujas de un reloj que se paran, Charlie muriendo ahogado para salvar a Claire, la forma de un globo de agua justo antes de explotar en la cara de alguien, nata saliendo de un bote a presión, la sensación del bichito trepando tu pierna, el sonido de un alfiler contra el suelo, Satine muriendo en los brazos de Christian, la primera calada, volver a leer un viejo diario, despertar con resaca, ver cómo planea un avión de papel después de lanzarlo desde un piso quince, comer la chocolatina más rica del mundo, salir a hurtadillas de una habitación de hotel, las vueltas de una montaña rusa, el vuelo de una mariposa, abrir un regalo bien envuelto, la biografía en papel higiénico de Valerie, recibir una carta inesperada, el caos, terminar un trabajo un minuto antes de la hora de entrega, correr calle abajo con un ramo de margaritas en la mano, montar a caballo sin montura, saltar al mar desde un acantilado, Máximo Décimo Meridio acariciando las espigas, los tres segundos antes de quedarse dormido, una porción de tarta esperándote en la nevera, quedarte sin agua caliente en mitad de una ducha, nacer, el olor de un libro viejo, el sonido de un billete de cincuenta al romperse, estrenar un cuaderno, quedarse afónico en un concierto, sacar el pie del edredón en invierno, un abrazo, estirarse y que cruja hasta el último hueso, quedarte en blanco en medio de un examen, Joel luchando para no olvidar a Clementine, gritar en la cima de una montaña, quedarte horas mirando el movimiento de un pez de colores, sentir que te falta el aire en una ataque de risa, emocionarte con una nueva canción, mandar todo a la mierda, ver amanecer en un parque, tachar nombres de una lista, el silencio absoluto, oler a él,  una rosa azul, encontrar el móvil justo cuando cuelgan, estrenar unas Converse, pillarte un dedo con las anillas del archivador, las mañanas de invierno, terminar un buen libro...
Miedo, amor, tristeza, excitación, paz, pánico, soledad, alegría, desconcierto; momentos que hacen que la vida sea un poco más mágica, un poco menos real, más fantástica.
¿Y la felicidad? ¿La había sentido alguna vez? ¿Quién puede asegurar que haya podido, siquiera, rozarla? Ella, durante segundos y en muchas ocasiones, porque no considera que sea un estado sino un momento fugaz, algo inexplicable que no debería tener ese nombre o esa definición tan cerrada, algo efímero, un recuerdo al que se agarra cuando ronda la infelicidad de los malos tragos y se recuerda que "esto también pasará" y volverá a sentirla.





(Llega el caluroso verano y las despedidas. P y yo nos vamos de vacaciones, que nos las merecemos después de este eterno Febrero. Nos vemos dentro de miles de minutos.)

sábado, 2 de junio de 2012

El olor de los colores

¿Por dónde empezar a cambiar una vida entera?
Echó la vista atrás y empezó a darse cuenta de que, a sus veinte años, tenía que hacer un cambio radical. Algo en su vida se había roto, de eso no cabe la menor duda, de ahí los cambios, de ahí la necesidad de encontrar una constante segura en el mar del desconcierto. P. había llegado a la conclusión de que había vivido sólo la mitad de su vida, la otra mitad se había convertido en poco más que una prueba de supervivencia. Sobrevivir al agotamiento de una familia en continua discordia, al agobio de un examen tras otro que no aportarían nada a su vida (los conocimientos y la inteligencia no se plasman en una prueba de hora y media), a los enfrentamientos con las personas que se han ido cruzando en su vida... al huracán de la adolescencia. Y lo que le quedaba de no-vida: acabar esa carrera, ponerse a trabajar cuando terminase, salir de su rutina alguna vez al año, jubilarse, vivir de una manera mediocre los años de vida que le restasen (que con tanto alquitrán en los pulmones serían más bien pocos) y finalmente acabar en una caja de madera y clavos sin haber aportado nada al mundo.
Siente que le han vendido una mentira. La vida prometía demasiadas cosas como para acabar en ese agujero de infelicidad y sinsabor.
Pero ese camino no iba a continuar. No iba a seguir sobreviviendo al tiempo que le habían dado. En ese arrebato de frustración, de cabreo con su situación, todo tenía que girar, cambiar para bien. Su bien.
Y el comienzo era su habitación. Allí se pasaba gran parte de su tiempo: estudiando, dibujando, haciendo el amor, escuchando música, pensando. Era su templo, su refugio, su verdadero hogar; y de un tiempo a esta parte se sentía inconformista con las paredes que se supone que debían protegerla. Todos los posters de sus quince años de cantantes y películas encontrarían mejor sitio entre raspas de pescado y pieles de plátano que en aquel cubículo. 
¿Pero qué hacer con esas paredes ahora en blanco? Tendrían que decir mucho de ella y no era tan sencilla como un solo color. Su vida últimamente tenía un regusto a gris azulado, sí, la pared donde se apoyaba su cama sería de ese color, el inicio y el final de los días caía siempre entre el mismo edredón que acunaba los sueños del mismo color que su realidad (los sueños deberían ser en blanco y negro, lo había pensado desde siempre). La pared de la puerta sería negra: el negro para P. era perfección, pureza, paz, la paz que sólo podía encontrar en su habitación; con una frase que enmarcaría el punto de inicio del cambio "VIVE COMO SI FUERAS A MORIR MAÑANA". Cada vez que saliera a la vida la enfrentaría con esas palabras como bandera y cada vez que se pusiera a estudiar lo haría sabiendo que quizás aquellos conocimientos serían los últimos que tendría que memorizar, cada canción que inundase su mente podría ser la última y cada orgasmo entre las sábanas podría ser el último. Así cada experiencia la viviría con intensidad para dejar de sobrevivir y empezar a vivir.
La pared de la ventana verde. Aquel color le decía muchas cosas: no le hablaba de esperanza ni de vida. Era un color que olía a ganas, a querer dejar de estar parada, a salir al mundo y gritar "yo estoy aquí y estoy viviendo".
¿Y esa última pared? La única que no tenía muebles o puertas que la tapasen. Esa pared tenía un destino claro. Los atardeceres tenían un efecto contradictorio en P., conseguían hacerla llorar con una facilidad pasmosa sin ningún tipo de razón; todo lo que podía decir de ellos era sobre su perfección y esa gama cromática tan cálida que se difuminaba en el cielo con la muerte del sol. Pero los atardeceres eran un cambio diario, eran el paso de la luz a la oscuridad, a la calma de la penumbra... y ella vivía en un eterno atardecer.
Y así, con la habitación remodelada, todo parecía un poquito mejor, un poquito más fácil. Había conseguido plasmar su alma a base de colores. Los colores a los que olía su ser. Y ahora, tumbada en la cama, no puede evitar preguntarse a qué color olería Él.