martes, 16 de abril de 2013

ENTRE-SEMANA.

Después de desayunar con mi madre y dormir unas cuantas horas más me marcho a la biblioteca para estudiar los exámenes finales. Me aterran, lo reconozco; me aterra la idea de tener que repetir este curso o tener que estar todo el verano estudiando lo mismo. A las dos entro en un bar cercano y me compro un delicioso bocata de estos pijos que llevan lechugas raras y salsas de nombres impronunciables, un refresco alto en cafeína y una manzana. Qué orgullosa estoy de mí y de mis buenos hábitos... y de lo bien que me sé mentir.
Cuando estoy a punto de entrar de nuevo, suena la insulsa melodía de mi móvil. Nota mental: poner alguna canción como tono que me guste lo suficiente como para coger el teléfono con ganas y no demasiado como para correr el riesgo de acabar odiándola.
-¿Sí? -contesto.
Mi querida amiga Flo.
-¡Alejandra! Siento no haberte llamado antes, es que ayer ya era tarde y hoy he dormido como un bebé. Pablo me dejó tardísimo en casa y... -se calla de pronto. -¿Cómo te encuentras?
-¿Qué?
-Me dijo Ace que te marchaste porque te encontrabas mal, que te había sentado mal el alcohol.
-Ah, si.
Me entran ganas de decirle que me fui por culpa de ese idiota, pero no tengo ganas de contarle toda la historia ni entrar en los detalles de la conversación.
-¿Te apetece dar una vuelta esta tarde?
-No puedo -y es cierto-, Estoy en la biblioteca dándolo todo. Los finales están a la vuelta de la esquina.
-¿Y si salimos esta noche?
¿Y que acabe llamando a Pablo? No, gracias, ser la tercera en discordia no entra en mis planes de hoy.
-Me encuentro mal para salir.
Lo único que podré agradecerle en la vida a Ace: la excusa perfecta para evitar a Fo y su desenfreno nocturno.
-Pues nada -contesta seca-, ya nos veremos.
-Te llamaré.
-Vale.
Se ha molestado, pero ya se le pasará.
El resto de la tarde no puedo concentrarme, no puedo dejar de mirar a los universitarios que me rodean y pensar que quiero llegar ahí, que quiero cargar con manuales enormes, salir los jueves, trasnochar estudiando a base de café y bebidas energéticas y, sobre todo, llegar a un lugar donde nadie me conozca y poder crear una versión extrovertida y más alegre de mí misma. Aunque lo primero es decidir lo que quiero estudiar; en poco tiempo tendré que escoger una carrera y no sé ni por dónde empezar a mirar. De pequeña quería ser veterinaria, todos los niños quieren ser veterinarios, a todos los niños les gustan los animales y la idea de tener una clínica y cuidar perritos, pajaritos y gatitos suena a paraíso. Lo que no te cuentan es que a lo mejor tienes que sacrificar a un perro, esa es la parte más oscura y por la que decidí rechazar la idea.
Vuelvo a casa y me meto en la cama muy pronto, para devolverle al sueño las horas que le robé ayer y tener mi último descanso antes de la recta final.
Flo me llama, después de una semana, para desearme suerte en mis exámenes. Y no sé si habrá sido el aliento de su llamada o mi esfuerzo (seguramente lo segundo) pero he bordado los exámenes de hoy. Ahora toca volver a casa y... ¡¿Qué?! ¡¿Qué hace él aquí?!
Ace está en la puerta de mi colegio, apoyado sobre un Ford Fiesta negro, con un aire de indiferencia absoluta ante las indiscretas miradas de mis compañeras. Desde luego llama la atención por sí solo.
Me saluda con la mano y hace un gesto para que me acerque a él. Podría ponerme borde y enseñarle el precioso anillo de mi dedo corazón, podría ignorarle e irme a casa, podría volver a entrar, podría salir corriendo. Pero estoy cansada para ser borde, para correr y estoy cansada para él, así que me acerco para quitármelo rápido de encima, quizás ha venido a ver a otra persona que casualmente viva cerca de aquí.
-Hola.
-¿Te montas?
¿Sin un café ni nada? 
-Me han enseñado que no debo subirme en el coche de un desconocido.
¿Cómo sabe a qué colegio voy? ¿Cómo sabe a qué hora salgo? Seguro que esto ha sido cosa de Flo. La voy a matar cuando la vea.
-Técnicamente no somos desconocidos.
-No te pega nada ser un tecnicista.
-No lo soy, en realidad.
Este chico es impasible. ¿No tiene más de una expresión en la cara?
-Venga, Alejandra, sólo será una vuelta.
Este tipo no es mi persona preferida en el mundo. Todavía no sé por qué no he salido corriendo ni sé por qué me estoy subiendo en su coche. Si, estoy en su coche. Menudo día he escogido para ponerme falda; claro, sale un rayito de sol y se derrite la nieve y me vuelvo loca. Va a ser un trayecto de lo más incómodo, lo sé.

martes, 9 de abril de 2013

PSICO-RESACA

He llegado por fin a mi casa y me he metido corriendo en la cama, como si bajo este edredón fuese a conseguir escapar de todos mis problemas. Aunque a veces tengo esa sensación: cuando este colchón y yo jugamos a ser amigos y conseguimos darle una patada al insomnio, es el mejor lugar del mundo. El cansancio se apodera de mi de manera gradual pero no puedo dormir, no me quito de la cabeza... nada, en realidad todo da vueltas en mi cabeza, mezclándose y regalándome un incómodo dolor.
Cojo el móvil para escribirle un mensaje a Flo para decirle que me he marchado, aunque creo (y espero) que a estas alturas se haya dado cuenta de mi ausencia. De todos modos se lo mando por marcharme sin avisar.
Consigo dormir un par de horas a trozos, despertándome con cambios de temperatura que me hacen sudar y tiritar, hasta que a las siete ya estoy hastiada de la cama y el calor me agobia. Necesito salir de aquí, necesito aire, necesito frío.
Me pongo ropa más cómoda y me abrigo para salir a la calle. Cuando ya estoy abajo pienso que me gustaría tener un perro para poder sacarlo, para tener una compañía mas interesante que la de muchas personas que conozco... Pero me tengo que conformar con la compañía de mi iPod y su música, que me pondrá triste otra vez y empezaré a pensar que soy imbécil por haber salido a la calle a congelarme a estos cinco grados bajo cero. Es peligroso poner la música en sesión aleatoria, es casi como cargar un revólver con tres balas de seis, hacer girar el tambor, apuntarte a la cabeza entre ceja y ceja y dejar a la suerte decidir si será un respiro más o un tiro mortal.
Primera canción: Respiro. Y suspiro por mi parte.
Camino hasta un parque cercano y miro a los locos que corren por aquí a las siete y media, cuando casi ni es de día, en pantalón corto. Saco la nariz de la bufanda para ver si soy yo la loca que va demasiado abrigada. No, definitivamente no, tengo la cabeza sobre los hombros y vuelvo a ocultarla entre el gorro y la bufanda de lana.
Empieza la siguiente pista y suena la estúpida canción que me hizo romper a llorar hace unas horas en el concierto. Saco corriendo la mano del bolsillo para buscar el cacharrito infernal y cambiar la dichosa canción  justo cuando levanto la vista y veo pasar corriendo a Ace, quien va tan concentrado en su carrera que no repara en mí.
Me giro para ver cómo se pierde a lo lejos y se me escapa una sonrisa: no está loco, él va con pantalón largo y forro polar. Pero pronto borro la sonrisa: me cae mal por saber que me han roto el corazón, por saber que estoy mal, sin conocerme de nada. Vuelvo a reparar en la canción que suena en mis oídos y, sin más dilación, la paso y pongo una pieza de jazz.
Y llegan las ocho de la mañana mientras yo espero mi media docena de churros para poder volver a casa con un buen recuerdo de esta noche y comérmelo junto a un cacao humeante.
Me gusta cómo es mi ciudad a estas horas: silenciosa, en penumbra, algo triste y más bien somnolienta. El cielo tiene ese azul grisáceo de los amaneceres de invierno, pocos coches, poca gente. Supongo que en realidad harán ruido y olerá mal, pero mi bufanda impide el paso a cualquier tipo de olor y mis cascos me protegen de las cacofonías.
Cuando llego, mi madre me espera con cara de preocupación junto a la entrada. Tiene los brazos en jarra y ese labio fruncido que he tenido a bien heredar cuando me enfado; pero le enseño los churros y sonrío.
-¿Llegas ahora?
¿Cómo que si llego ahora? ¿Qué clase de loca se cree que soy?
-No. He vuelto a las cuatro y como no podía dormir, he ido a buscar churros.
Niega con la cabeza y se acerca a mí, deja los churros en la mesa de las llaves y me abraza. En serio, hay pocas cosas mejor que el abrazo de una madre cuando tienes frío (y no me refiero sólo al frío que las bajas temperaturas causan).
-Estás muy rara últimamente. El cambio de pelo, los pendientes, el insomnio... ¿Pasa algo?
Si, mira mamá, tengo unos cuernos que me hacen pasar de lado por el quicio de cada puerta y no tengo amigos, no paro de llorar por cualquier estupidez, se acercan los exámenes a medida que mi motivación se aleja...
Pero no, no puedo decir eso, no a mi madre, se preocuparía demasiado.
-Estoy bien, será una mala racha -me separo de ella. -Venga, vamos a desayunar.
Y allí, en la cocina de mi casa, empiezo el día con mi madre, con unos churros y el buen sabor de boca que todo eso deja.

martes, 2 de abril de 2013

(DES)CONCIERTO

Se apaga la luz de manera gradual para crear un ambiente más íntimo, no es una sala muy grande así que casi parece que estuviésemos en el salón de una casa grande. Cuando los focos iluminan el escenario, aparecen cuatro personas ya colocadas en sus puestos, totalmente tranquilos y con los ojos cerrados: el chico que nos ha ido a buscar a la puerta en el centro frente al micrófono, otro chico de constitución atlética sostiene el bajo, una chica con el pelo morado corto que parece un dibujo manga sostiene las baquetas cruzadas tras la batería y el hermano de Flo acaricia el mástil de su guitarra eléctrica negra y azul.
El novio de Flo hace una presentación del grupo y empiezan a tocar. Pablo se baja del escenario y se acerca a nosotras; a Flo le da un rápido beso en los labios y a mi me abraza.
-¡Cuánto tiempo! -apunta.
-Ya lo sé.
-¡Y qué cambio! Estás muy guapa.
-Muchas gracias.
Él es la persona más sincera que conozco y seguramente piense que estoy guapa, pero ya se sabe que la belleza está en los ojos del que mira.
El grupo empieza a versionar una canción que solía escuchar con Alberto y nos recuerdo tumbados en la cama de su habitación, con las manos entrelazadas en silencio, con los ojos cerrados, por lo menos él cerraba los ojos y yo pensaba... y pienso ahora si de verdad estaba tan enganchada a él con tan poco tiempo. Pero los ojos se me llenan de lágrimas que sé que no voy a poder contener.
-Voy al baño -le digo a Flo sin mirarla-, ahora vengo.
Ella no se ha fijado, pero parece que mi malestar no ha pasa desapercibido para el vocalista porque cuando miro hacia el escenario, él me sigue con sus ojos. Quizás sólo sean las luces o el mareo de la situación, pero juraría que es así. Y en cuanto me encuentro dentro la seguridad que ofrecen los baños en los sitios públicos me pongo a llorar sin remedio: la herida aún está muy reciente. Tras unos minutos de desahogo pienso que es absurdo haber venido para estar así, para amargarle la noche a Flo y a Pablo, así que me seco las lágrimas y me arreglo el poco maquillaje que llevaba y se ha desparramado por mis pómulos dejando chorretones negros y salgo fuera, de nuevo al dolor que sólo la música puede causar y de nuevo bajo la mirada de ese chico arrebatador. Como cuando hay un perro suelto por la calle e instintivamente buscas a su dueño, yo busco a su posible novia: seguro que es una del grupo de guapísimas chicas de la primera fila.
Soy una ilusa al pensar que podría engañar a mi mejor amiga: en cuanto me ve se da cuenta de lo que ha pasado, le dice algo a Pablo al oído y él se va y, en cuanto llego, me abraza con fuerza. Definitivamente no debería haber venido, les he fastidiado la noche y me he metido en un sitio donde cantan canciones que me taladran el alma un poco. Tierra, trágame.
-Me voy a casa, Flo.
-¿Y qué vas a hacer? ¿Meterte en la cama a llorar?
No puedo contestar a eso.
-No te vas a ir. Te vas a tomar otra copa conmigo y nos lo pasaremos bien. Además, Ace no te quita ojo.
-¿Quién?
-Ace, el cantante.
Por lo menos no estoy loca, no eran imaginaciones mías. Pero si su mirada es algo más que curiosidad, voy a tener que defraudarle, ahora no estoy para chicos. Y no se si es la música o el alcohol que he tomado, pero al acabar el concierto me siento de lo más extraña. Pablo nos viene a buscar y nos lleva al reservado, a la derecha del escenario, donde los componentes del grupo y algún extraño más (cosa que me alivia bastante) están brindando con cava.
El hermano de Flo, Nico, viene corriendo hacia mí cuando me ve y me levanta del suelo con el abrazo que me da. Siempre nos hemos tenido mucho cariño, desde que somos pequeños. Le felicito por el concierto.
-Lo habéis hecho genial, me ha gustado mucho.
Ace se acerca por mi espalda.
-Yo juraría que no te ha entusiasmado.
-Me ha gustado -me defiendo-; alguna canción está en mi lista negra, pero sonáis muy bien.
Y es cierto, la voz de Ace es una maravilla: suave, grave y envolvente. Y los otros tocan muy bien, se nota que ensayan mucho.
Qué imponente es.
Nos sentamos en los sofás, yo estoy entre él y Flo y siento que los ojos del imponente y arrebatados vocalista se clavan en mí y me hace sentir bastante incómoda.
Nico pide al camarero una ronda de chupitos de tequila, los traen servidos con rodajas de limón dentro de los vasitos y el salero se pasa de unos a otros.
-¡Por el grupo! -vitorea Pablo.
Todos levantamos nuestro vasito para brindar, chupamos la sal, el tequila de un trago y mordisco al limón. Suelto aire, está tan fuerte y yo tan poco acostumbrada... Dejo el cristal en la mesa y mordisqueo el limón antes de dejar la cáscara.
-¿Te gusta el sabor? -me dice Ace.
-Al parecer sí -sonrío-. Me lo he tomado, ¿no?
-¿No te quema la garganta?
-Creía que te referías al limón.
-No. Hablaba del tequila.
-Pues es un sabor fuerte... pero me gusta ¿A ti?
Niega con la cabeza y da un trago al cava.
-¿Y por qué lo bebes si no te gusta?
Parece que no esperaba esa pregunta, así que le digo que no tiene por qué contestar. A veces hago preguntas absurdas y ese chico es más raro que un perro verde.
Flo y Pablo se marchan al rato a dar una vuelta para saludar a los de la clase. Me invitan a ir con ellos pero, ya se sabe, tres son multitud. Sin hablar del mareo que me ha dejado el tequila.
Ace me mira con extrañeza, seguramente por no haberme ido con mis dos amigos, por los que estoy aquí. Me siento ridícula. Me estoy levantando para marcharme cuando él me coge del brazo y tira hacia abajo.
-Nadie está pendiente, no te preocupes.
Miro a los otros y tiene razón: la chica del pelo morado está ocupada con el bajista, Nico entretiene a todos con su última anécdota y nadie se ha fijado en que estoy sola excepto Ace.
Le da un trago a la copa que le trae el camarero y me mira para decirme algo.
-¿Fue muy dolorosa la ruptura?
-¿Qué?
-¿Llevabas mucho tiempo con él?
No me lo puedo creer.
-Sí. Te has ido a llorar al baño con una balada de amor, no te he visto sonreír desde que nos han presentado y la descripción que tenía de ti no tiene nada que ver con -enrosca un mechón de mi pelo en su dedo índice- esto, ¿No eras castaña?
Le agarro la muñeca y le aparto la mano de mi pelo. Cojo mis cosas y salgo de ahí corriendo antes de ponerme a llorar otra vez. 
¿De dónde ha salido ese chico?