He llegado por fin a mi casa y me he metido corriendo en la cama, como si bajo este edredón fuese a conseguir escapar de todos mis problemas. Aunque a veces tengo esa sensación: cuando este colchón y yo jugamos a ser amigos y conseguimos darle una patada al insomnio, es el mejor lugar del mundo. El cansancio se apodera de mi de manera gradual pero no puedo dormir, no me quito de la cabeza... nada, en realidad todo da vueltas en mi cabeza, mezclándose y regalándome un incómodo dolor.
Cojo el móvil para escribirle un mensaje a Flo para decirle que me he marchado, aunque creo (y espero) que a estas alturas se haya dado cuenta de mi ausencia. De todos modos se lo mando por marcharme sin avisar.
Consigo dormir un par de horas a trozos, despertándome con cambios de temperatura que me hacen sudar y tiritar, hasta que a las siete ya estoy hastiada de la cama y el calor me agobia. Necesito salir de aquí, necesito aire, necesito frío.
Me pongo ropa más cómoda y me abrigo para salir a la calle. Cuando ya estoy abajo pienso que me gustaría tener un perro para poder sacarlo, para tener una compañía mas interesante que la de muchas personas que conozco... Pero me tengo que conformar con la compañía de mi iPod y su música, que me pondrá triste otra vez y empezaré a pensar que soy imbécil por haber salido a la calle a congelarme a estos cinco grados bajo cero. Es peligroso poner la música en sesión aleatoria, es casi como cargar un revólver con tres balas de seis, hacer girar el tambor, apuntarte a la cabeza entre ceja y ceja y dejar a la suerte decidir si será un respiro más o un tiro mortal.
Primera canción: Respiro. Y suspiro por mi parte.
Camino hasta un parque cercano y miro a los locos que corren por aquí a las siete y media, cuando casi ni es de día, en pantalón corto. Saco la nariz de la bufanda para ver si soy yo la loca que va demasiado abrigada. No, definitivamente no, tengo la cabeza sobre los hombros y vuelvo a ocultarla entre el gorro y la bufanda de lana.
Empieza la siguiente pista y suena la estúpida canción que me hizo romper a llorar hace unas horas en el concierto. Saco corriendo la mano del bolsillo para buscar el cacharrito infernal y cambiar la dichosa canción justo cuando levanto la vista y veo pasar corriendo a Ace, quien va tan concentrado en su carrera que no repara en mí.
Me giro para ver cómo se pierde a lo lejos y se me escapa una sonrisa: no está loco, él va con pantalón largo y forro polar. Pero pronto borro la sonrisa: me cae mal por saber que me han roto el corazón, por saber que estoy mal, sin conocerme de nada. Vuelvo a reparar en la canción que suena en mis oídos y, sin más dilación, la paso y pongo una pieza de jazz.
Y llegan las ocho de la mañana mientras yo espero mi media docena de churros para poder volver a casa con un buen recuerdo de esta noche y comérmelo junto a un cacao humeante.
Me gusta cómo es mi ciudad a estas horas: silenciosa, en penumbra, algo triste y más bien somnolienta. El cielo tiene ese azul grisáceo de los amaneceres de invierno, pocos coches, poca gente. Supongo que en realidad harán ruido y olerá mal, pero mi bufanda impide el paso a cualquier tipo de olor y mis cascos me protegen de las cacofonías.
Cuando llego, mi madre me espera con cara de preocupación junto a la entrada. Tiene los brazos en jarra y ese labio fruncido que he tenido a bien heredar cuando me enfado; pero le enseño los churros y sonrío.
-¿Llegas ahora?
¿Cómo que si llego ahora? ¿Qué clase de loca se cree que soy?
-No. He vuelto a las cuatro y como no podía dormir, he ido a buscar churros.
Niega con la cabeza y se acerca a mí, deja los churros en la mesa de las llaves y me abraza. En serio, hay pocas cosas mejor que el abrazo de una madre cuando tienes frío (y no me refiero sólo al frío que las bajas temperaturas causan).
-Estás muy rara últimamente. El cambio de pelo, los pendientes, el insomnio... ¿Pasa algo?
Si, mira mamá, tengo unos cuernos que me hacen pasar de lado por el quicio de cada puerta y no tengo amigos, no paro de llorar por cualquier estupidez, se acercan los exámenes a medida que mi motivación se aleja...
Pero no, no puedo decir eso, no a mi madre, se preocuparía demasiado.
-Estoy bien, será una mala racha -me separo de ella. -Venga, vamos a desayunar.
Y allí, en la cocina de mi casa, empiezo el día con mi madre, con unos churros y el buen sabor de boca que todo eso deja.
Sigue romántico.
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