martes, 10 de noviembre de 2015

Cuando caímos: El fin

Aquel nuevo olor a humedad, a viejo, el aire cargado por el efecto del sol en los paneles del tejado y la temperatura cálida de la estancia le resultaron algo fascinante a Sofía; no pudo ver otra cosa que belleza rezumando de la decadencia.
Si cualquier guardia hubiese entrado en aquella cabaña no hubiese visto más que un montón de objetos olvidados que no habían sobrevivido al paso de las décadas resguardados bajo una estructura que de un momento a otro iba a derrumbarse. En definitiva, un lugar del que no debían preocuparse demasiado. Pero así habían sido entrenados: al salir de las cápsulas, un determinado porcentaje de bebés era enviado a una zona concreta dentro de los muros para que la educación de su vida fuese dedicada al entrenamiento como guardias de la ciudad; les enseñaban las estrictas normas que gobernaban el mundo y cómo debía de ser el cumplimiento de las mismas, así como la manera de identificar a los individuos que no las seguían. No eran buenos o malos, eran lo que habían hecho de ellos y ni siquiera ellos sabían, a fin de cuentas, lo que eran. 

Adam condujo a Sofía a través de los muebles viejos hasta una puerta en el otro lado del pequeño salón. Él levantó la puerta, que daba a un elevador; una vez estuvieron los dos dentro, volvió a bajar la puerta y le dio la mano a Sofía como gesto tranquilizador. Ella al principio dejó la mano inerte pero, poco a poco fue respirando hondo y entrelazó sus dedos con los de él. 
El ascensor tardó un rato en llegar al destino: paró frente a una puerta como la que había en el piso superior. Adam soltó la mano de Sofía y sonrió, de nuevo, para intentar hacer que se sintiera más tranquila. Subió la puerta y observó atentamente la expresión de ella: tenía los ojos como platos y sus labios dibujaban entre una sonrisa y una mueca del más absoluto asombro. Él, cuando descubrió aquel paraíso, también había reaccionado así. 
Estaban frente a una cueva artificial cuyas paredes estaban cubiertas de estanterías donde ya casi no cabía ni un libro, en el centro media docena de muebles como los de la cabaña pero conservados en mejor estado donde había unas cuantas personas sentadas. A lo lejos un chico cocinando algo en un hornillo de fuego (algo que Sofía tampoco había visto nunca y que consiguió después captar toda su atención). Todo estaba iluminado por un viejo sistema de electricidad, los cables pasaban por encima de las estanterías hasta llegar a unas bombillas de hilo de cobre que par Sofía eran reliquias de siglos pasados. 
La mujer que estaba sentada de espaldas a ellos en los sofás se puso en pie con cierta dificultad. Su aspecto era igual que el de todos los demás de la ciudad, con la diferencia de que su barriga estaba tremendamente hinchada, algo que a Sofía no se le pasó por alto. 
-Hola, Sofía -ella le estrechó la mano. -Soy Pandora.
La chica no dejaba de mirar la barriga.
-¿Estás enferma?
Pandora se rió ante el comentario. 
-Estoy embarazada. 
-¿Eso es un tipo de enfermedad?
-Puede que para nuestro querido gobierno sí lo sea. Pero no, no es en realidad una enfermedad. De hecho, es todo lo contrario. Esto es la vida -le cogió la mano y la puso sobre su tripa para que la joven pudiese notar la patada que la criatura acababa de dar. Sofía, inmediatamente puso la otra mano y acarició la piel. -Es como debería ser la vida. Así empezaba todo antes, nada de cápsulas ni de expulsiones frías. Nueve meses de gestación y un parto es como tendrían que ser las cosas. Pero ven, siéntate y hablemos.
Las personas que había en los sofás se marcharon después de saludar a los recién llegados y Adam, Pandora y Sofía tomaron asiento. Esta última se pasó las manos por la tripa, esperando sentir algo como lo que había tenido la mujer. 
-No es algo que ocurra de manera espontánea, es cosa de dos, de un hombre y de una mujer. Cada uno pone su parte y entre unas cosas y otras empieza a crecer una persona dentro de ella. Lo cierto es que ni siquiera tendría que pasar porque manipularon nuestros cuerpos para evitar este tipo de incidentes, pero supongo que no se puede luchar eternamente contra el curso natural de las cosas. 
-¿Y cómo se hace? 
Adam se rió por la pregunta de Sofía y porque él había preguntado exactamente lo mismo cuando llevaba pocos días allí y había visto la tripa de Pandora. 
-Creo que Adam puede encargarse de explicártelo luego -le sonrió. -Pero ahora, cuéntame, ¿Dónde encontraste el libro de El Principito
-Cerca de mi habitáculo, en un sitio que todavía está en construcción. Había una parte del suelo mal sujeta y se abrió de par en par. Yo caí y, allí abajo, detrás de una pila de cajas de metal, lo encontré. Al principio no sabía qué era pero me lo llevé y al ver que nadie más tenía uno, llegué a la conclusión de que el Gobierno no estaría de acuerdo en que lo tuviese. Tardé mucho en poder entender lo que decían las palabras... de hecho hay cosas que leo y aún no entiendo.
Pero aquello les pasaba a todos cuando habían empezado. Sus mentes eran capaces de leer las palabras pero, sin una explicación, sus mentes no conseguían asociarlas a un plano más físico. De hecho, incluso para Pandora había conceptos que se le escapaban porque la falta de continuidad de conocimiento había provocado la pérdida de significados (y con ello de realidades) a lo largo de los siglos. 
-¿Por qué no nos dejan leer libros? -preguntó al fin Sofía. 
-Porque nos abren la mente. ¿Crees que eres la misma que antes de encontrar el libro? ¿Ves igual el mundo? No lo creo. Antes no hubieses temido a los guardias y sin embargo cuando Adam te encontró...
-Pero yo no veo lo malo que tiene esto para la gente. 
-Nada -intervino Adam, -no tiene nada malo. Pero sí para el Gobierno porque entonces todo este control tan estudiado que llevan gestionando siglos se iría al traste. Consiguieron crear humanos que no sintiesen y que se dedicasen a tareas concretas durante toda la vida desde su nacimiento hasta su muerte sin plantearse las razones por las que vienen o van. 
-Fue un cálculo casi perfecto. En las primeras décadas del siglo, los gobiernos empezaron a llevar a cabo políticas supuestamente inocentes con el fin de... de llegar poco a poco a donde hemos llegado ahora. Supieron cómo hacerlo, desde pequeños, influyendo en los primeros años de aprendizaje: quitaron asignaturas de los colegios como filosofía y, al ver que conseguían controlar las pocas quejas que se levantaron en su contra, siguieron con los más pequeños suprimiendo todas aquellas asignaturas que no alimentasen única y exclusivamente el cerebro: música, arte... Todas aquellas que llenaban más el alma y cuyo fin último no fuese la adquisición de conocimientos. ¿Sabes? El alma es como una planta: si dejas de regarla, de alimentarla, se muere y sólo te queda una carcasa con un cerebro capaz de hacer acciones absolutamente mecánicas. 
Pandora hizo una pausa en la que intentó recolocarse para estar más cómoda y Adam cogió el relevo de la explicación. 
-Y cuando consiguieron tener una generación entera de adolescentes preuniversitarios sin demasiado desarrollo emocional, decidieron que era el momento de suprimir lo que antiguamente se llamaban "carreras de letras". Empezaron por las más puras: bellas artes, humanidades, filosofía, las filologías... Hubo levantamientos, claro, pero como viene ocurriendo desde siempre, la voz de los ciudadanos no se escuchaba y sólo tuvieron que esperar a que las generaciones que se habían nutrido de todo eso fuesen muriendo por el imperdonable paso del tiempo. Entre tanto, diseñaron la manera de crear humanos como si fuesen máquinas. ¿Sabes que antes la gente cuidaba de animales? Controlaron hasta el nacimiento de las mascotas, así se llamaban, para que la gente no tuviera porque así podían tener gente más fría. Vendieron ideas tontas como que la comida que siempre se había estado comiendo producía enfermedades irreversibles y, a los años, empezaron a sacar alimentos genéricos que contenían todas las cosas que los humanos necesitasen. 
-Inventaron guerras para poder levantar muros  -prosiguió Pandora. -Guerras pactadas para que cada uno de los gobiernos pudiera controlar un grupo de individuos de los que se haría cargo. Además, esto consiguió acabar con muchísima población, ocupar el tiempo de las personas para que no pudieran reproducirse y, además, algo ocurrió que no sabemos muy bien pero las mujeres dejaron de poder quedarse embarazadas. Entonces empezó a morir la raza humana y empezaron a crear individuos como los que hay ahora, como éramos nosotros; metieron en sus cabezas que aquellos que no habían sido creados sino engendrados eran peligrosos, inferiores, una raza a la que había que someter y con la que había que terminar. Ningún ser sobre la Tierra es tan destructivo como lo son los humanos, así que no hizo falta mucho más para llegar a la meta y construir su sociedad perfecta donde el pensamiento emocional o el desarrollo de la mente no tiene lugar. 
Sofía tuvo que ponerse en pie y respirar hondo varias veces para poder procesar toda la información. Seguía habiendo términos que se le escapaban y eso sólo conseguí que fuese más complicada la comprensión de la historia que le acababan de contar. Era algo horrible, podía imaginar gran parte de los sucesos como si los tuviese delante y se le ponían una y otra vez los pelos de punta. 
Entonces se giró hacia ellos dos.
-Pero tendríamos que contarle esto a la gente. Tendríamos que enseñarles lo que me habéis contado... Haced algo para que todo vuelva a ser como antes. Este mundo es horrible.
Adam se puso en pie y le agarró de los hombros.
-Es horrible para ti, para nosotros, porque sabemos que hay algo más. Ellos viven felices porque cumplen con aquello que se les ha encomendado genéticamente desde la cápsula. 
-Pero deberían saber lo que hay. Deberían conocer la verdad y poder elegir el tipo de vida que quieren llevar. 
Pandora negó con la cabeza. 
-La historia nos ha enseñado que los humanos han malogrado cada regalo que se les ha dado desde el inicio de los tiempos. Nosotros nos sentimos afortunados de habernos tropezado con la verdad y vamos a cuidarla, vamos a disfrutarla y vamos a intentar salvar a aquellos que, como nosotros, han tenido esa fortuna. Pero ni en broma vamos a intentar cambiar lo que hay: los hombres se hicieron esto a sí mismos. ¿Y qué pasaría si volviésemos a traer de vuelta el conocimiento? Imagina que lo consiguiéramos... De aquí a un tiempo lo manipularían, como han hecho siempre, usarían esto tan precioso y tan puro para sus beneficios y volverían a acabar con todo. Eso, por supuesto, si lo consiguiéramos porque, Sofía, tienes mucho que aprender si aún piensas que tendrías algo que hacer dentro de los muros de nuestra ciudad. 
-Pero yo creo que todo el mundo debería tener derecho a sentir y a... a poder leer un libro. 
Pandora también se puso en pie, en el otro flanco de Sofía. 
-Tú has tenido esa suerte. Una sola persona no va a poder cambiar este mundo. Ni siquiera nosotros diez juntos conseguiríamos nada. No quiero ser testigo de cómo vuelven a destrozar esto. Quédate con nosotros y disfrútalo, pero no pienses en mejorar un mundo que lleva toda la vida intentando destruirse a sí mismo. 
Entonces, como cuando algo terrible ocurre, sobrevino a toda la cueva un inquietante silencio, como si todos hubiesen decidido quedarse parados a la vez. Se escuchó el ascensor y se miraron unos a otros, contando que allí abajo ya estaban todos cuantos conocían el secreto. Pandora miró con gesto grave a Adam, quien agarró con fuerza la mano de Sofía. Entonces la mujer corrió junto a un hombre que había en las estanterías y que la rodeó con los brazos intentando proteger al bebé.
-Nos han encontrado -dijo ella.
Sofía miró al chico que había a su lado
-¿Son guardias? -susurró
-Sí. Deben de habernos visto entrar. Lo siento mucho, si no te hubiese traído, no te ocurriría nada...
-No te preocupes -le cogió de la otra mano. -Pase lo que pase, prefiero que pase así, sabiendo todo lo que sé ahora, que antes de haberte conocido. 
Los dos se abrazaron con fuerza y con miedo.

Entonces, todas las luces se apagaron y volvió el silencio.