Un domingo cualquiera despertó al atardecer en su rincón preferido de la ciudad, en un barrio del centro, sobre un viejo cojín roído y de tela desgastada. Podría dormir en cualquier otro lugar, bajo un techo, pero aquel sitio sin contaminación lumínica era la mejor opción para su última noche. Ya es conocido el romance de la luna y los mininos.
Dio un par de vueltas sobre el trozo de tela relleno, estirando una pata tras otra, y después se acicaló con calma: detrás de las orejas, el morro, las patas. Afiló las uñas contra la fachada de uno de los edificios del callejón y, por último, se atusó los bigotes con determinación. Era todo un príncipe gato.
Mientras la luz se despedía de las aceras, al igual que las personas, hizo las visitas de rigor. La primera parada, para llenar el estómago, en casa de una anciana que cada día le dejaba un cuenco de agua y otro de restos de carne junto al quicio de la puerta. Después de comer, entró en el salón de la casa, se acurrucó en el regazo de la mujer y dejó que le acariciase durante un largo rato. Casi se estaba quedando dormido cuando recordó de pronto que no podía pasar allí la noche; de modo que saltó al suelo y, mirando con pena a la señora, volvió a las calles.
De camino a la siguiente cena pasó por el patio trasero de la casa de una niña extraña que le había salvado a su llegada a la ciudad. La pequeña se sentaba por las tardes en el columpio de su jardín y se miraban un rato en silencio hasta que ella hacía algún comentario, desmontaba, le acariciaba el lomo hasta el final de la cola y entraba de nuevo en casa. Aquella chica le gustaba, era como él: solitaria, independiente y silenciosa.
Al llegar a la puerta trasera del restaurante, tuvo que maullar un par de veces para que el dueño del restaurante reparase en su presencia. Para darle las buenas noches, el príncipe gato tuvo a bien pasearse entre sus piernas y agachar ligeramente las orejas. El hombre, un personaje pequeño y de barba poblada le puso un plato de sushi, le rascó entre las orejas y volvió a su negocio. Degustó cada pequeño bocadito y, una vez hubo acabado, se relamió los bigotes y caminó hasta su última visita.
Aquel, sin duda, era su persona preferida de todas cuantas había conocido en aquel lugar: un hombre flaco que, al igual que él, estaba de paso por la vida; que tocaba la guitarra y salía cada noche al balcón a buscar inspiración en la luna. Ese hombre no le daba de comer pero le daba música e historias, un rincón agradable en un mundo a veces demasiado ruidoso.
Hola, Aramis -dijo el hombre.
Aramis, pequeño, bonito, Faraón, Pepo, gatito, Lucero... Le habían llamado de tantas formas en tantos lugares que hacía tiempo que había olvidado su verdadero nombre. Pero Aramis era su nombre preferido. El hombre flaco le había contado hacía muchas noches la historia de ese mosquetero, le había hablado de su caballerosidad y su elegancia, de sus romances secretos, de su ingenio. Y el príncipe gato sabía que él era así, como el hombre de la historia.
Pasó horas con él, escuchando su música desde un rincón del sofá, atento a sus historias, a las que inventaba y a las que sacaba de alguno de los libros que poblaban la mayoría del suelo.
Un reloj sonó desde algún lugar de la habitación dando las cuatro.
Era hora de marcharse.
Sin despedirse, no quería interrumpir al hombre flaco en su momento de creatividad, salió por el balcón y saltó a la ventana de al lado y así sucesivamente hasta llegar a un muro cercano. Su silueta se recortaba en el cielo nocturno y los ratones, muertos de miedo, corrían a esconderse lo más lejos de aquella sombra amenazadora. No tenían que temer, no era noche de caza para el príncipe.
Exhibiendo sus artes de funambulista,meneando su serpenteante rabo, caminó con elegancia por el muro y trepó casi sin esfuerzo por una tubería hasta llegar a su último destino: una azotea al borde de un desnivel en el terreno. Podía ver todo, toda la ciudad se arrodillaba ante él. Porque las ciudades son de los gatos. A veces. Mientras ellos quieran. Pero ya llevaba demasiado tiempo ahí, el suficiente como para acomodarse y encariñarse y no podía ser así.
Ya no puedo cuidar tu corazón -le maulló a su ciudad.
Y sin más se marchó de aquellas calles, como por casualidad, al igual que había llegado a ellas.