jueves, 25 de junio de 2015

SIDNEY

M: Ha sido una tarde inolvidable, Alicia. 


(4 horas y 30 minutos antes)

Estaba apoyada contra la fachada del edificio donde habían quedado. De nuevo, como en su cita anterior, tenía los cascos puestos pero sin prestar atención a lo que sonaba. Miró el reloj. Cinco minutos tarde. Ella era muy puntual, asquerosamente puntual. Diez minutos tarde. Peligrosamente cerca de los quince minutos de cortesía. ¿Y si no aparecía? ¿Y si, después de todo, era un capullo más? La otra tarde había sido genial. Los mensajes de la semana habían sido divertidos y agradables, habían hablado hasta altas horas de la madrugada perdiendo la noción del tiempo y se sentía extrañamente cómoda con su existencia, algo bastante inusual en ella. Miró una última vez el reloj con la mirada del que asume una derrota con la mayor dignidad. Dispuesta a marcharse, le vio atravesar el cruce hacia ella. 
Si hay algo aún más incómodo que la manera de saludarse en una primera cita es la de la segunda, más aún si lo último que había pasado físicamente entre ellos había sido un beso que no había convencido a las partes. A lo mejor no sabían besarse bien, hay personas que no saben besar a unos pero sí a otros. 
-He calculado mal el tiempo y no estaba muy seguro de que ésta fuera la calle, perdona -le dio un beso en la mejilla.
-No te preocupes.
Días atrás le había hablado del lugar al que le iba a llevar; en realidad le había contado poco al respecto, sólo que era un lugar con encanto. Sin embargo, después de pedir un par de cafés y tomar asiento en lugar estratégicamente seleccionado por ella, le contó la verdad.
-Solía venir bastante aquí antes. Me sentaba en la mesa que hay junto al ventanal a ver pasar a la gente... Eso que hacen ahora los modernos que van de intelectuales de irse solos a un café con encanto, pedirse un cappuccino y leer un libro o cualquier otra cosa que te haga parecer interesante ya lo hacía yo con quince años y sin intención de llamar la atención a gritos. Me ponía a retocar mis fotos, leía, estudiaba y cosas así. 
-¿Venías aquí siempre?
-Siempre no, pero es mi cafetería preferida de la ciudad. No sé, los cuadros colgados de la pared, las luces que brillan por su ausencia, las estanterías con libros para que los coja quien quiera, la música jazz... Supongo que es un nido de inspiración. Y el ventanal, que me deja asomarme a la vida de la gente que desconozco durante el tiempo que tardan en cruzar el cristal.
-La verdad es que es un sitio genial. Lo había visto alguna vez de pasada, pero tampoco se me había ocurrido entrar nunca. Me gusta que me descubras sitios nuevos, Alicia, tendré que devolverte esto. 
Ella sonrió cuando vio que la llamaba así.
-Me gusta la historia que cuentas en tu página con las fotos. ¿Tiene un final feliz? Aún no he terminado de verlas.
-No voy a hacerte un spoiler, pero te diré que me van más los finales tristes. A lo mejor es que me he acostumbrado demasiado a decirle adiós a todo el mundo y las despedidas son algo triste. Me consuelo pensando que todos tenemos un número determinado de despedidas en nuestra vida y que cuando sea mayor no tendré que decirle adiós a mucha gente.
-Eso es muy bonito. 
-Y espero que cierto. 
-Yo creo que todo cambia, que está en continuo movimiento. Tú. Yo. Las personas. La naturaleza. El universo. Todo es cambio. No hay que decir adiós, no me gusta esa palabra. Nos aferramos a pensar que algo dura para siempre y yo quiero creer que es así, pero no es algo que esté fuera, lo que es eterno está en nuestro interior. El amor, el misterio... pueden durar para siempre pero desde dentro; nunca se agota. ¿Tú crees que se agota el amor?
-Yo creo que sí -no sabía hasta qué punto estaba bien tener aquella visión tan cínica y, sobre todo, mostrarla, en una segunda cita -. Todo tiene una fecha de caducidad, aunque sea la propia muerte la que ponga el punto y final. 
-Yo lo veo de otro modo: hoy bien y mañana ya se verá, hacerlo de otra manera sería quitarle gran parte del encanto a lo que te ofrece conocer personas nuevas. 
-Yo, en cambio, pienso en cuándo se marcharán. 
Habían llegado a un punto muerto, pero sin saberlo estaban almacenando cada una de las palabras del otro y adulterando sus creencias más esenciales. Él pensaba que lo más difícil de conocer a una persona no era el hecho en sí de conocerla sino que tuviera la capacidad de transmitir sensaciones y Helena, al parecer, lo estaba consiguiendo con o sin su cinismo. 
-¿Por qué Alicia? -preguntó él- Tu nombre real suena bastante bien.
-Es una tontería. Me gusta firmar con pseudónimo, es como ser y no ser yo a la vez... Y Alicia por la de Carroll, perdida en el país de las maravillas y esas cosas. 
-¿Estás perdida?
-Estuve perdida. 
Era tan fácil estar cerca de él, que casi le daba miedo. Se fijaba, mientras él hablaba, en la expresión de niño que tenía pese a la edad, como si las pequeñas arrugas que marcaban su sonrisa en toda la cara no fuesen sino eso, arrugas de expresión y no una huella de los años. 
Pese a todo, no quería hablar de eso, no quería entrar en lo peor de sí misma aunque ya hubiera pasado. Miró hacia otro lado después de darle un trago al café con algo de nerviosismo, intentando controlar el temblor de sus manos.
-Eres guapa.
Otra vez se lo decía, otra vez hacía que tuviera que desviar la mirada, otra vez se ponía como un tomate.
-Por favor, no digas eso que me pongo roja.
-Me gusta decir lo que pienso. Y me gusta cuando te pones roja, cuando haces ese gesto como...
Esperó a que terminara la frase, pero no parecía que fuese a ocurrir.
-¿Un gesto?
-Es difícil de describir, como que intentas evitar que se note tu expresión. Va como encadenado, es un proceso: primero sonríes, te sonrojas, el calor sube a tus mejillas y luego llega ese momento. Es un instante, pero me gusta mucho. 
Aquella descripción consiguió dejarla realmente impresionada.
-Vaya... qué detalle para describir algo que ocurre en diez segundos.
-Son menos de diez segundos. No sé cuánto, tendré que calcularlo. 
Después de terminar los cafés a través de un torrente de palabras que nunca se agotaban, decidieron salir a la calle, a sentarse en los bancos de un mirador cercano. Él se sentó mirando hacia ella.
-Tengo que contarte algo. 
Helena giró la cabeza con una ceja enarcada. Se mordió sin querer el labio, esperando alguna noticia terrible.
-Me escribieron hace un par de días y... bueno, me han dado el visado para irme a Australia -tenía una gran sonrisa en la cara, rebosaba de ilusión-.
-Enhorabuena -le abrazó.
Se sentía tan extraña. Martín era un absoluto desconocido en realidad, pero sentía que le conocía más que a muchas de las personas con las que llevaba años conviviendo, a lo mejor porque de verdad siempre estaba diciendo lo que pensaba y no se guardase nada. Lo que ocultaba esa felicitación era una niña con una rabieta gritando que no era justo, que no podía ser que su camino hubiese puesto a una persona tan maravillosa delante para quitársela en un suspiro de tiempo. 
Australia era su fecha de caducidad -no pudo evitar pensarlo. 
-De verdad que ya no tenía ningún tipo de esperanzas en que me lo concediesen.
Ella intentó dibujar su sonrisa más sincera, aunque en realidad el regusto era de lo más amargo. 
-Tenías que conocerme -lo dijo para que sonase como una broma, aunque ella lo sentía tal cual-, por lo de que estoy acostumbrada a las despedidas y eso.
Él rió la supuesta broma. 
-De todos modos, me marcho sólo siete meses.
Quiso decirle que en un minuto podía cambiar el mundo, pero sonaba ya demasiado trágico en su cabeza como para emitir ese pensamiento en alto. 
-Me voy el miércoles que viene. Ha sido muy repentino, la verdad.
Martín le estuvo hablando de los planes que ya tenía montados por si se iba, de todo lo que tendría que terminar de hacer en tan poco tiempo, de las despedidas con sus amigos... Y ella sólo quería escuchar en algún momento que era un tipo de broma. ¿Estaba permitido pedirle a un desconocido que se quedase? No, definitivamente no, ella no era de las que hacía ese tipo de peticiones, para ella la libertad era algo tan necesario como el aire. 
-Tres coma siete segundos.
Se había dado cuenta de que llevaba un par de minutos sin prestarle atención: estaba demasiado concentrada en gestionar ese torrente de sentimientos tan raros que habían decidido corretear con libertad por sus adentros. Ni siquiera había sido consciente de que había empezado a llover.
-¿Cómo? -no sabía de lo que hablaba y una gota le cayó justo en la punta de la nariz.
-Es lo que dura ese momento del que te hablaba en el café, cuando te sonrojas e intentas disimularlo.
Después de eso, no pudieron evitar el beso que les atrajo mutuamente hacia el otro. Buscaron un sitio donde refugiarse de la lluvia, pero a ella le gustaban los paseos en esos días y le arrastró un poco hacia su locura.
-La lluvia se hizo para que la gente se besara bajo ella -sentenció Helena.
A lo que Marín sólo pudo responder con más besos. Besos flojitos, casi tiernos. 
Y siguieron paseando sin que las gotas dejaran de chocarse contra el suelo, besándose sin importar el tráfico. Así de cerca daba igual todo, incluso Australia. 

miércoles, 17 de junio de 2015

BERLÍN

M: ¡Hola!
H: ¡Hola!
M: ¿Qué tal?
H: Terminando de curar la resaca. ¿Tú qué tal?
M: En iguales condiciones. ¿Te apetece quedar?
H: ¡Claro! ¿Un café cura-resacas?
M: Ok. ¿A las 6:00? ¿Te parece buena hora? ¿O antes?
H: Perfecta. ¿Dónde?
M: Me dejas a mí proponerte... En el Metro del Ramal. 
H: Allí nos vemos.
M: ¡Hasta dentro de un rato!



(3 horas después)

Estaba frente a una de las dos bocas de metro esperando con los cascos puestos sin prestar mucha atención a lo que sonaba. Estaba más pendiente del hilo atropellado de sus pensamientos y de controlar cualquier signo físico del nerviosismo que le estaba invadiendo. Llegaba justo a la hora. En la plaza varios grupos de niños jugaban, unos cuantos jóvenes montaban en long board, los habituales ancianos paseando o sentados en los bancos contemplando, como ella, al resto de la gente, aunque ella buscaba a una persona en concreto. ¿Y si no le recordaba bien por el alcohol? Había dos salidas del metro, tendría que haber concretado más sobre el punto en el que quedar. Entonces, tras pasar un grupo de chicas, le vio justo en el extremo opuesto de la plaza mirando hacia ella: llevaba una camiseta de rayas azules, unos vaqueros y unas zapatillas también azules. Sonrió al pensar que ese par también lo tenía ella en su armario. Se saludaron con la mano y se acercaron el uno al otro hasta encontrarse en el centro. Se saludaron como se saludan los desconocidos, sin haber desaparecido el nerviosismo, con un beso en cada mejilla. 
-Vaya, sí que eres guapa -aquel comentario consiguió, como había ocurrido unas noches atrás, poner un color rojo en las mejillas de ella y dejarla sin palabras. No estaba nada acostumbrada a que hicieran comentarios de ese tipo hacia su persona -. Pensé que como iba borracho la otra noche me habrías parecido guapa y a lo mejor no lo eras, pero me alegra ver que me equivocaba. 
No consiguió decirle nada, ni siquiera que no hiciera esos comentarios porque no se hacía con ellos, simplemente intentó no parecer estúpida al sonreír. 
A ella él le parecía muy guapo, no de esos guapos artificiosos que salen en las revistas, de esos guapos que se sientan enfrente en el vagón de metro y te pasas el trayecto pensando en lo que será de sus vidas, deseando que no se den cuenta de que les estás mirando y que se fijen en ti a partes iguales.
-¿Vamos?
-Sí.
Emprendieron camino hacia una de las calles que subían. Si le preguntasen a ella después sobre cómo llegar al lugar al que fueron no sería capaz de nada más que señalar una dirección aproximada, todo su cerebro estaba ocupado en que sus palabras no se atropellasen, en que sus pies no se pusieran mutuamente la zancadilla y otra serie de acciones que le ocurrían recurrentemente cuando estaba nerviosa.
-¿Qué tal lo pasaste ayer? Espero que tu resaca no venga desde el viernes.
-No, no. Pero la noche se me complicó. Después del recital de poesía me fui con mi amiga a una casa ocupa a beber algo. Hablé con el chico que conocía que presentaba el libro y algunos de los otros que presentaban también estaban y... bueno, soy fácil de liar según para qué cosas y acabé llegando a mi casa a las ocho de la mañana. Había dormido sólo una hora desde el viernes por la mañana, así que mi madre me ha preguntado que si tomo drogas cuando me he levantado porque dice que no es normal que duerma tan poco y no esté agotada; no tomo drogas, bueno, no más que el alcohol o el tabaco, pero es que cuando duermo tan poco durante varios días entro en una especie de ciclo de excitación que me impide estar quieta o quedarme dormida. Cuando duermo después de eso ni siquiera lo hago durante mucho tiempo... no soy demasiado dormilona, no duermo bien. 
Él estaba sonriendo otra vez casi con una expresión de burla como la otra noche, pero algo que le sorprendió a ella era que parecía prestar atención de verdad a lo que decía.
-¿Tú saliste?
-Me tomé unas cervezas por la tarde, pero me quedé en casa por la noche.
Llegaron frente a una puerta cerrada.
-No pasa nada. Este sitio está genial, pero ya volveremos. Conozco otro por aquí cerca que también está muy bien. 
Desandaron un poco el camino andado y entraron por una calle estrecha mientras se intercambiaban preguntas, las preguntas poco personales que se le hacen a alguien a quien no conoces. Hasta que llegaron al destino: era un café que casi parecía pretender pasar desapercibido con una de esas puertas de madera desgastada, que en aquel momento permanecía abierta; el interior era un lugar sombrío con la barra a la derecha, tras la que les dedicaron una mirada seria un hombre y una mujer que hablaban entre ellos. Martín continuó hacia delante tras saludar a los camareros hacia otra sala trasera. La estancia tenía una decoración bastante pintoresca: el papel de motivos geométricos desgastado por los años cubriendo las paredes, embellecedores de madera un poco astillada se elevaba medio metro del suelo, trepando por los muros, intentando llegar al techo. Las lámparas de bohemia ancladas a los salientes de la entrada iluminaban brevemente la zona central. La imaginación de Helena voló hacia Alemania en los años cuarenta, se imaginó a un grupo de intelectuales proscritos escondiéndose en algún viejo salón como aquel para poder hablar de literatura; a algunas mujeres besando a sus amantes en los rincones más oscuros y un camarero anciano vigilando para apagar las luces en los momentos adecuados. 
Ellos se sentaron en un conjunto de sillas y mesa de madera viejos, en el punto medio entre la intimidad de la oscuridad y la calidez de la luz. La chica que estaba en la barra les preguntó lo que querían en seguida. Ella pidió un café con leche fría y él una caña. 
-¿Y cómo es que estabas aquella noche en el 3R? -preguntó él.
Helena le explicó toda la historia hasta cómo llegaron al punto de tocar una guitarra imaginaria.
-¿Sueles utilizar mucho el truco del café? -no era una pregunta molesta, todo lo contrario, era una pregunta divertida.
-Si te digo la verdad no sé ni cómo fui capaz de hacerlo, Verás, mientras todas mis amigas aprendían a ligar en su adolescencia, yo tenía novio y me perdí las lecciones del apareamiento. No soy una chica que llame demasiado la atención en ese aspecto y nunca se me había ocurrido dar a mí el primer paso con un chico, pero no sé si fue el alcohol o que... no sé, pero me salió del alma.
-Pues, en ese caso, brindemos por el alcohol -levantó la copa.
El cristal y la cerámica chocaron y los dos dieron un trago a sus respectivas bebidas.
Continuaron ahondando un poco más en sus vidas, yendo un poco más allá de los formalismos de las primeras citas. Justo en el momento en el que desapareció la peor parte del nerviosismo sintió una extraña comodidad, como si no tuviese que esconder nada delante de aquel chico. Hablaron de estudios, de trabajo, de algunas pocas manías confesables, de algunos planes de futuro y los viajes.
-La verdad es que he viajado bastante, no tengo miedo a los cambios: todo lo contrario, los cambios son necesarios -dijo él-, nosotros somos un constante cambio. De hecho llevo un año intentando que me den el visado para irme a Sidney un año.
-¿A trabajar?
-Esa es la intención. Aquí no encuentro nada de mi campo así que voy a probar en nuevos destinos... De todos modos, las relaciones políticas con Australia son bastante malas al parecer, así que no creo que me lo den después de un año.
Sin saber muy bien por qué, aquellas palabras sonaron como música en sus oídos, pero desvaneció rápidamente la idea.
-¿A qué más lugares has ido? -preguntó mientras miraba con atención cómo bebía la cerveza. 
-Estuve el año pasado con un amigo en Tailandia. Mira... -sacó el móvil y le enseñó unas cuantas fotos de rincones maravillosos en los que había estado mientras le contaba algunas cosas que había hecho allí o anécdotas que le había ocurrido. 
-Me encantaría poder ir a esos lugares y fotografiarlos.
-¿Te gusta la fotografía? -guardó el móvil en el bolsillo derecho.
-Mucho. Tengo una página con las fotos que yo hago...
-¡Qué bueno! Tienes que darme la dirección. ¿Qué tipo de fotografía es?
Ella arrugó un poco la punta de la nariz, sin saber muy bien qué decir. Le resultaba extraño explicar aquello, pero la verdad es que se sentía tan cómoda que después de unas cuantas palabras casi no le costaba abrirse.
-Verás... Es mi manera de ver el mundo. Cuento historias a través de las imágenes, la luz, los colores, la escena, todo eso es un poco mi manera de expresar lo que siento. 
Martín apuntó la dirección de la página en el teléfono.
-Me encantará verlo. No sé mucho de fotografía, la verdad, pero ya te contaré qué me parece. 
Después de otro café (estaba demasiado cansada para una sola dosis de cafeína) y otra cerveza decidieron salir a dar un paseo por unos jardines cercanos y tras un rato caminando se sentaron en un banco cualquiera a continuar con la conversación. 
-¿Y además de hacer fotos, qué otras aficiones tienes?
-Pues me gusta cocinar a veces, leo bastante, dibujo... -le hubiese encantado poder decir cosas más interesantes como que patinaba, tocaba el teclado o que hacía piragüismo los sábados, pero su vida no era tan intrépida. 
-Yo también dibujo. Vivo sólo en una casa con varias habitaciones y una de ellas la tengo para eso exclusivamente. Tengo colgados en la pared muchos de los dibujos que hago.
-Me encantaría ver tus dibujos -y lo decía de verdad -. ¿Qué mas aficiones tienes tú?
-Me gusta mucho bailar. Free style. Cuando estoy en casa solo pongo la música y dejo que fluya. Siento la música y bailo. 
Después de aquellas dos confesiones de la tarde (y alguna otra más), vino el silencio. Ella miró su boca un segundo. Él la suya también.
-¿Vamos a besarnos? -preguntó Martín.
-Puede ser.
Sin más, se acercaron y juntaron despacio los labios en un beso... flojito. Ella no esperaba un arrebato de pasión, pero no aquello tan... flojito. 
Cuando se separaron, ella desvió un poco la mirada con timidez. Hacía mucho que no besaba a nadie y además no dejaba de ser un primer beso, que siempre tiene una carga taquicárdica extra. 
Al poco rato se pusieron en pie para marcharse: llegaron juntos hasta un cruce de calles y se quedaron frente a frente en la esquina. Volvieron a besarse, flojito otra vez. 
-Me lo he pasado muy bien -comentó ella.
-Yo también -Helena cruzó los dedos para que a esa frase le siguiera un "¿quedamos mañana?" o cualquier otro conjunto de sonidos similar que supusiera volver a verle -. Ya nos veremos.
La frase TOCADO Y HUNDIDO se iluminó en su mente con neones. Sonrió, derrotada, y se dio la vuelta para marcharse a casa dando un paseo que consiguiera quitarle una idea de la cabeza: "Creo que no le ha gustado cómo beso". 

martes, 9 de junio de 2015

MADRID

[Amor de verano: relación breve que se da entre dos personas en un periodo corto de tiempo y que la intensidad de la misma viene determinada por la fugacidad del periodo en el que se desarrolla. (P.D: no tiene por qué darse necesariamente en los meses que comprenden el verano).]


Un cumpleaños, un lugar tan bueno como cualquier otro para empezar una historia. 
-No podéis pretender que después de todo lo que he bebido me vaya a casa.
El resto de los invitados la miraban con una mezcla de lástima y culpabilidad.
-¿Y qué quieres que hagamos? -dijo la cumpleañera- Ya son las tres y los dos garitos a los que hemos intentado entrar están hasta arriba, para cuando consigamos entrar ya es de día.
-Pues vayamos a otro sitio, no sé, intentémoslo por la zona del centro -no tenía ninguna intención de meterse en la cama sin haber bailado antes un poco. 
Todos se miraban entre sí, como buscando de manera conjunta la manera de emitir la negativa sin provocar un enfado. Los invitados que no tenían confianza se despidieron con la mano y entraron juntos en el coche, consiguiendo así escurrir el bulto y no comprometerse con nadie. En realidad no le debían nada a ninguno de los presentes. 
-Estamos cansados, llevamos dos horas intentando entrar a una discoteca y esto es imposible. Nos vamos a casa -sentenció el novio de la chica del cumpleaños.
-Vale, como siempre -sacó el móvil del bolso-. Al menos esperad un momento a ver si consigo otro plan. 
Se alejó del grupo y marcó el número de teléfono de un amigo suyo. Primer toque. Segundo toque. Tercer toque. Sin esperanzas, se alejó el auricular de la oreja para colgar y justo escuchó la voz al otro lado.
-¡¿Qué pasa?! -su amigo iba, si cabe, más ebrio que ella.
-¿Dónde estás? -cruzó los dedos para que no estuviese lejos.
-¡Estamos haciendo cola en el 3R para entrar!
Demasiado lejos como para llegar a tiempo sin tener que esperar otra cola eterna.
-¡Vente! -le gritó su amigo- ¡Nos quedan como quince minutos para entrar!
Sin contestar, colgó el teléfono y se acercó a sus amigos para decirles que se marchaba. Una de las chicas le dijo que se animaba a ir con ella y ambas bajaron calle abajo para llegar a la principal y poder coger un taxi. No pasaba ninguno, no había ningún coche a lo lejos. Intercambiaban miradas desesperadas: aunque su amiga parecía tener mayor facilidad para adaptarse a las derrotas, tenía también ganas de echarle un poco de pimienta a aquella noche.
Un claxon sonó a sus espaldas: era el novio de la cumpleañera. Ella sacó medio cuerpo por la ventana y les hizo señales para que se acercasen.
-Nosotros vamos a ir a casa, pero os acercamos al sitio. 
Las dos subieron al coche dando las gracias por el favor. 
La relatividad del tiempo hace despliegue de fuerzas en momentos críticos, se alía con Murphy y sólo los más virtuosos consiguen pasar por el trago con dignidad. Sólo los más afortunados consiguen alzarse con la victoria de los momentos más difíciles en las ciudades más caóticas.
Finalmente llegaron a la esquina de la cola, llena de gente. Ella miró a ver si estaba su amigo, pero ni rastro. Seguramente hubiese entrado ya con el resto y esperar a que toda esa gente pasara era esperar demasiado tiempo. 
-¡Eh! ¡Eh! ¡Corre, ven! -su amigo le gritaba desde el principio de la cola agitando los brazos y a la vez instando al puerta para que esperase un segundo. 
El gorila de dos metros que guardaba la puerta al principio puso mala cara y les frenó el paso, pero entre los tres consiguieron convencerle de que hiciera la vista gorda y les dejara saltarse la fila explicándole la noche tan complicada que habían tenido. El hombre, cansado de escuchar el vertiginoso cotorreo de las jovencitas, les dijo que podían entrar si dejaban de darle dolor de cabeza. 
Dentro sonaba a lo que ellas llamaban "música buena", es decir, nada que pudiera ser carnaza de radio, nada de música fórmula. A lo mejor era un antro cutre (no lo sabrán, nunca volvieron), pero el alcohol, la espera, la música y las ganas, habían hecho de aquel sitio el mejor lugar de toda la ciudad. Antes de ir a la barra a pedir una copa, ahogaron las ganas que tenían de bailar y de cantar a pleno pulmón las canciones que sonaban como si estuvieran en un concierto. El resto de la gente daba igual, las risas de los amigos de su amigo ante el ridículo inminente que estaban haciendo daba igual, el calor daba igual. Habían conseguido su propósito, estaban felices y eso era lo que importaba. 
Después de dos copas y algún chupito de tequila, se alejaron del grupo de amigos para poder hacer el payaso tranquilas.
Sonó entonces una canción que a ella le encantaba y no pudo evitar cerrar los ojos y hacer el solo de guitarra bajo la mirada divertida de su amiga. Ni siquiera sabía tocar, pero a ella eso le daba igual. Ni siquiera había una guitarra de verdad entre sus manos. Después de una risa, consciente ya de lo demasiado que estaba sintiendo aquel momento, abrió los ojos y vio frente a ella a un chico que estaba jugando a lo mismo. Se dedicaron una sonrisa y se acercaron, como si estuvieran tocando para un público en un escenario y estuviera siendo la actuación de sus vidas. Le gustaba encontrarse a gente que aplaudiera sus locuras hasta el final y, aún más, que las compartiera. 
Cuando acabó la canción, él se acercó a su oído.
-Me llamo Martín -no lo gritó pese al volumen de la música, pero consiguió escucharle.
-Yo soy Helena -señaló a su amiga- y ella es María. 
-¿No venís mucho por aquí, verdad? 
Aunque no le veía porque estaba demasiado cerca de su oído, podía notar su sonrisa y el tono casi de burla de aquellas palabras, aunque no entendería hasta tiempo después el por qué.
-Es la primera vez. 
Entonces empezó a sonar otra canción y ambos se pusieron a cantarla y a fingir de nuevo que tenían instrumentos en las manos que, por supuesto, tocaban con gran destreza. Se dio cuenta de que casi no estaba haciendo caso a su amiga, así que se giró hacia ella para hacerla partícipe de su entretenimiento; sin embargo, no podía evitar mirar de vez en cuando a Martín, encontrándose con su mirada, esta vez algo más seria. 
Se acercó a su oído de nuevo.
-Eres bastante guapa. 
Se quedó sin palabras. Quería decir algo, quizás algún comentario ocurrente y divertido como "seguro que eso se lo dices a todas" o algún tópico típico, pero lo único que consiguió fue una mirada de extrañeza de sus dos acompañantes debido a los gestos extraños y las muecas fallidas de su gesto. La verdad era que nunca antes le habían dicho aquello ni de aquella manera. 
Su amiga se acercó a ella.
-Tenemos que marcharnos ya, nos levantamos en dos horas.
No quería irse, no quería dejar de fingir que sabía tocar la guitarra. Quería saber algo más que el nombre de aquel chico. No lo pensó dos veces, dejó de actuar como la vergonzosa que había sido siempre y saltó a la piscina: esta vez fue ella quien se acercó a su oído.
-¿Quieres quedar un día a tomar café? -mientras decía las palabras quiso darse una bofetada a sí misma. ¿Café? ¿De verdad? ¿Café? ¿Tenía noventa años?
Él volvió a sonreír.
-Claro. Dame tu número y te escribo.
Cuando sacó el aparato estaba apagado.
-Vaya... -parecía que la historia se iba a quedar ahí. 
-Apunta el mío. 




(9 horas más tarde) 

H: Es increíble la poca cantidad de taxis que pasan por la Gran Vía a las seis de la mañana

M: ¡Hola!