H: ¡Hola!
M: ¿Qué tal?
H: Terminando de curar la resaca. ¿Tú qué tal?
M: En iguales condiciones. ¿Te apetece quedar?
H: ¡Claro! ¿Un café cura-resacas?
M: Ok. ¿A las 6:00? ¿Te parece buena hora? ¿O antes?
H: Perfecta. ¿Dónde?
M: Me dejas a mí proponerte... En el Metro del Ramal.
H: Allí nos vemos.
M: ¡Hasta dentro de un rato!
(3 horas después)
Estaba frente a una de las dos bocas de metro esperando con los cascos puestos sin prestar mucha atención a lo que sonaba. Estaba más pendiente del hilo atropellado de sus pensamientos y de controlar cualquier signo físico del nerviosismo que le estaba invadiendo. Llegaba justo a la hora. En la plaza varios grupos de niños jugaban, unos cuantos jóvenes montaban en long board, los habituales ancianos paseando o sentados en los bancos contemplando, como ella, al resto de la gente, aunque ella buscaba a una persona en concreto. ¿Y si no le recordaba bien por el alcohol? Había dos salidas del metro, tendría que haber concretado más sobre el punto en el que quedar. Entonces, tras pasar un grupo de chicas, le vio justo en el extremo opuesto de la plaza mirando hacia ella: llevaba una camiseta de rayas azules, unos vaqueros y unas zapatillas también azules. Sonrió al pensar que ese par también lo tenía ella en su armario. Se saludaron con la mano y se acercaron el uno al otro hasta encontrarse en el centro. Se saludaron como se saludan los desconocidos, sin haber desaparecido el nerviosismo, con un beso en cada mejilla.
-Vaya, sí que eres guapa -aquel comentario consiguió, como había ocurrido unas noches atrás, poner un color rojo en las mejillas de ella y dejarla sin palabras. No estaba nada acostumbrada a que hicieran comentarios de ese tipo hacia su persona -. Pensé que como iba borracho la otra noche me habrías parecido guapa y a lo mejor no lo eras, pero me alegra ver que me equivocaba.
No consiguió decirle nada, ni siquiera que no hiciera esos comentarios porque no se hacía con ellos, simplemente intentó no parecer estúpida al sonreír.
A ella él le parecía muy guapo, no de esos guapos artificiosos que salen en las revistas, de esos guapos que se sientan enfrente en el vagón de metro y te pasas el trayecto pensando en lo que será de sus vidas, deseando que no se den cuenta de que les estás mirando y que se fijen en ti a partes iguales.
-¿Vamos?
-Sí.
Emprendieron camino hacia una de las calles que subían. Si le preguntasen a ella después sobre cómo llegar al lugar al que fueron no sería capaz de nada más que señalar una dirección aproximada, todo su cerebro estaba ocupado en que sus palabras no se atropellasen, en que sus pies no se pusieran mutuamente la zancadilla y otra serie de acciones que le ocurrían recurrentemente cuando estaba nerviosa.
-¿Qué tal lo pasaste ayer? Espero que tu resaca no venga desde el viernes.
-No, no. Pero la noche se me complicó. Después del recital de poesía me fui con mi amiga a una casa ocupa a beber algo. Hablé con el chico que conocía que presentaba el libro y algunos de los otros que presentaban también estaban y... bueno, soy fácil de liar según para qué cosas y acabé llegando a mi casa a las ocho de la mañana. Había dormido sólo una hora desde el viernes por la mañana, así que mi madre me ha preguntado que si tomo drogas cuando me he levantado porque dice que no es normal que duerma tan poco y no esté agotada; no tomo drogas, bueno, no más que el alcohol o el tabaco, pero es que cuando duermo tan poco durante varios días entro en una especie de ciclo de excitación que me impide estar quieta o quedarme dormida. Cuando duermo después de eso ni siquiera lo hago durante mucho tiempo... no soy demasiado dormilona, no duermo bien.
Él estaba sonriendo otra vez casi con una expresión de burla como la otra noche, pero algo que le sorprendió a ella era que parecía prestar atención de verdad a lo que decía.
-¿Tú saliste?
-Me tomé unas cervezas por la tarde, pero me quedé en casa por la noche.
Llegaron frente a una puerta cerrada.
-No pasa nada. Este sitio está genial, pero ya volveremos. Conozco otro por aquí cerca que también está muy bien.
Desandaron un poco el camino andado y entraron por una calle estrecha mientras se intercambiaban preguntas, las preguntas poco personales que se le hacen a alguien a quien no conoces. Hasta que llegaron al destino: era un café que casi parecía pretender pasar desapercibido con una de esas puertas de madera desgastada, que en aquel momento permanecía abierta; el interior era un lugar sombrío con la barra a la derecha, tras la que les dedicaron una mirada seria un hombre y una mujer que hablaban entre ellos. Martín continuó hacia delante tras saludar a los camareros hacia otra sala trasera. La estancia tenía una decoración bastante pintoresca: el papel de motivos geométricos desgastado por los años cubriendo las paredes, embellecedores de madera un poco astillada se elevaba medio metro del suelo, trepando por los muros, intentando llegar al techo. Las lámparas de bohemia ancladas a los salientes de la entrada iluminaban brevemente la zona central. La imaginación de Helena voló hacia Alemania en los años cuarenta, se imaginó a un grupo de intelectuales proscritos escondiéndose en algún viejo salón como aquel para poder hablar de literatura; a algunas mujeres besando a sus amantes en los rincones más oscuros y un camarero anciano vigilando para apagar las luces en los momentos adecuados.
Ellos se sentaron en un conjunto de sillas y mesa de madera viejos, en el punto medio entre la intimidad de la oscuridad y la calidez de la luz. La chica que estaba en la barra les preguntó lo que querían en seguida. Ella pidió un café con leche fría y él una caña.
-¿Y cómo es que estabas aquella noche en el 3R? -preguntó él.
Helena le explicó toda la historia hasta cómo llegaron al punto de tocar una guitarra imaginaria.
-¿Sueles utilizar mucho el truco del café? -no era una pregunta molesta, todo lo contrario, era una pregunta divertida.
-Si te digo la verdad no sé ni cómo fui capaz de hacerlo, Verás, mientras todas mis amigas aprendían a ligar en su adolescencia, yo tenía novio y me perdí las lecciones del apareamiento. No soy una chica que llame demasiado la atención en ese aspecto y nunca se me había ocurrido dar a mí el primer paso con un chico, pero no sé si fue el alcohol o que... no sé, pero me salió del alma.
-Pues, en ese caso, brindemos por el alcohol -levantó la copa.
El cristal y la cerámica chocaron y los dos dieron un trago a sus respectivas bebidas.
Continuaron ahondando un poco más en sus vidas, yendo un poco más allá de los formalismos de las primeras citas. Justo en el momento en el que desapareció la peor parte del nerviosismo sintió una extraña comodidad, como si no tuviese que esconder nada delante de aquel chico. Hablaron de estudios, de trabajo, de algunas pocas manías confesables, de algunos planes de futuro y los viajes.
-La verdad es que he viajado bastante, no tengo miedo a los cambios: todo lo contrario, los cambios son necesarios -dijo él-, nosotros somos un constante cambio. De hecho llevo un año intentando que me den el visado para irme a Sidney un año.
-¿A trabajar?
-Esa es la intención. Aquí no encuentro nada de mi campo así que voy a probar en nuevos destinos... De todos modos, las relaciones políticas con Australia son bastante malas al parecer, así que no creo que me lo den después de un año.
Sin saber muy bien por qué, aquellas palabras sonaron como música en sus oídos, pero desvaneció rápidamente la idea.
-¿A qué más lugares has ido? -preguntó mientras miraba con atención cómo bebía la cerveza.
-Estuve el año pasado con un amigo en Tailandia. Mira... -sacó el móvil y le enseñó unas cuantas fotos de rincones maravillosos en los que había estado mientras le contaba algunas cosas que había hecho allí o anécdotas que le había ocurrido.
-Me encantaría poder ir a esos lugares y fotografiarlos.
-¿Te gusta la fotografía? -guardó el móvil en el bolsillo derecho.
-Mucho. Tengo una página con las fotos que yo hago...
-¡Qué bueno! Tienes que darme la dirección. ¿Qué tipo de fotografía es?
Ella arrugó un poco la punta de la nariz, sin saber muy bien qué decir. Le resultaba extraño explicar aquello, pero la verdad es que se sentía tan cómoda que después de unas cuantas palabras casi no le costaba abrirse.
-Verás... Es mi manera de ver el mundo. Cuento historias a través de las imágenes, la luz, los colores, la escena, todo eso es un poco mi manera de expresar lo que siento.
Martín apuntó la dirección de la página en el teléfono.
-Me encantará verlo. No sé mucho de fotografía, la verdad, pero ya te contaré qué me parece.
Después de otro café (estaba demasiado cansada para una sola dosis de cafeína) y otra cerveza decidieron salir a dar un paseo por unos jardines cercanos y tras un rato caminando se sentaron en un banco cualquiera a continuar con la conversación.
-¿Y además de hacer fotos, qué otras aficiones tienes?
-Pues me gusta cocinar a veces, leo bastante, dibujo... -le hubiese encantado poder decir cosas más interesantes como que patinaba, tocaba el teclado o que hacía piragüismo los sábados, pero su vida no era tan intrépida.
-Yo también dibujo. Vivo sólo en una casa con varias habitaciones y una de ellas la tengo para eso exclusivamente. Tengo colgados en la pared muchos de los dibujos que hago.
-Me encantaría ver tus dibujos -y lo decía de verdad -. ¿Qué mas aficiones tienes tú?
-Me gusta mucho bailar. Free style. Cuando estoy en casa solo pongo la música y dejo que fluya. Siento la música y bailo.
Después de aquellas dos confesiones de la tarde (y alguna otra más), vino el silencio. Ella miró su boca un segundo. Él la suya también.
-¿Vamos a besarnos? -preguntó Martín.
-Puede ser.
Sin más, se acercaron y juntaron despacio los labios en un beso... flojito. Ella no esperaba un arrebato de pasión, pero no aquello tan... flojito.
Cuando se separaron, ella desvió un poco la mirada con timidez. Hacía mucho que no besaba a nadie y además no dejaba de ser un primer beso, que siempre tiene una carga taquicárdica extra.
Al poco rato se pusieron en pie para marcharse: llegaron juntos hasta un cruce de calles y se quedaron frente a frente en la esquina. Volvieron a besarse, flojito otra vez.
-Me lo he pasado muy bien -comentó ella.
-Yo también -Helena cruzó los dedos para que a esa frase le siguiera un "¿quedamos mañana?" o cualquier otro conjunto de sonidos similar que supusiera volver a verle -. Ya nos veremos.
La frase TOCADO Y HUNDIDO se iluminó en su mente con neones. Sonrió, derrotada, y se dio la vuelta para marcharse a casa dando un paseo que consiguiera quitarle una idea de la cabeza: "Creo que no le ha gustado cómo beso".
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