(4 horas y 30 minutos antes)
Estaba apoyada contra la fachada del edificio donde habían quedado. De nuevo, como en su cita anterior, tenía los cascos puestos pero sin prestar atención a lo que sonaba. Miró el reloj. Cinco minutos tarde. Ella era muy puntual, asquerosamente puntual. Diez minutos tarde. Peligrosamente cerca de los quince minutos de cortesía. ¿Y si no aparecía? ¿Y si, después de todo, era un capullo más? La otra tarde había sido genial. Los mensajes de la semana habían sido divertidos y agradables, habían hablado hasta altas horas de la madrugada perdiendo la noción del tiempo y se sentía extrañamente cómoda con su existencia, algo bastante inusual en ella. Miró una última vez el reloj con la mirada del que asume una derrota con la mayor dignidad. Dispuesta a marcharse, le vio atravesar el cruce hacia ella.
Si hay algo aún más incómodo que la manera de saludarse en una primera cita es la de la segunda, más aún si lo último que había pasado físicamente entre ellos había sido un beso que no había convencido a las partes. A lo mejor no sabían besarse bien, hay personas que no saben besar a unos pero sí a otros.
-He calculado mal el tiempo y no estaba muy seguro de que ésta fuera la calle, perdona -le dio un beso en la mejilla.
-No te preocupes.
Días atrás le había hablado del lugar al que le iba a llevar; en realidad le había contado poco al respecto, sólo que era un lugar con encanto. Sin embargo, después de pedir un par de cafés y tomar asiento en lugar estratégicamente seleccionado por ella, le contó la verdad.
-Solía venir bastante aquí antes. Me sentaba en la mesa que hay junto al ventanal a ver pasar a la gente... Eso que hacen ahora los modernos que van de intelectuales de irse solos a un café con encanto, pedirse un cappuccino y leer un libro o cualquier otra cosa que te haga parecer interesante ya lo hacía yo con quince años y sin intención de llamar la atención a gritos. Me ponía a retocar mis fotos, leía, estudiaba y cosas así.
-¿Venías aquí siempre?
-Siempre no, pero es mi cafetería preferida de la ciudad. No sé, los cuadros colgados de la pared, las luces que brillan por su ausencia, las estanterías con libros para que los coja quien quiera, la música jazz... Supongo que es un nido de inspiración. Y el ventanal, que me deja asomarme a la vida de la gente que desconozco durante el tiempo que tardan en cruzar el cristal.
-La verdad es que es un sitio genial. Lo había visto alguna vez de pasada, pero tampoco se me había ocurrido entrar nunca. Me gusta que me descubras sitios nuevos, Alicia, tendré que devolverte esto.
Ella sonrió cuando vio que la llamaba así.
-Me gusta la historia que cuentas en tu página con las fotos. ¿Tiene un final feliz? Aún no he terminado de verlas.
-No voy a hacerte un spoiler, pero te diré que me van más los finales tristes. A lo mejor es que me he acostumbrado demasiado a decirle adiós a todo el mundo y las despedidas son algo triste. Me consuelo pensando que todos tenemos un número determinado de despedidas en nuestra vida y que cuando sea mayor no tendré que decirle adiós a mucha gente.
-Eso es muy bonito.
-Y espero que cierto.
-Yo creo que todo cambia, que está en continuo movimiento. Tú. Yo. Las personas. La naturaleza. El universo. Todo es cambio. No hay que decir adiós, no me gusta esa palabra. Nos aferramos a pensar que algo dura para siempre y yo quiero creer que es así, pero no es algo que esté fuera, lo que es eterno está en nuestro interior. El amor, el misterio... pueden durar para siempre pero desde dentro; nunca se agota. ¿Tú crees que se agota el amor?
-Yo creo que sí -no sabía hasta qué punto estaba bien tener aquella visión tan cínica y, sobre todo, mostrarla, en una segunda cita -. Todo tiene una fecha de caducidad, aunque sea la propia muerte la que ponga el punto y final.
-Yo lo veo de otro modo: hoy bien y mañana ya se verá, hacerlo de otra manera sería quitarle gran parte del encanto a lo que te ofrece conocer personas nuevas.
-Yo, en cambio, pienso en cuándo se marcharán.
Habían llegado a un punto muerto, pero sin saberlo estaban almacenando cada una de las palabras del otro y adulterando sus creencias más esenciales. Él pensaba que lo más difícil de conocer a una persona no era el hecho en sí de conocerla sino que tuviera la capacidad de transmitir sensaciones y Helena, al parecer, lo estaba consiguiendo con o sin su cinismo.
-¿Por qué Alicia? -preguntó él- Tu nombre real suena bastante bien.
-Es una tontería. Me gusta firmar con pseudónimo, es como ser y no ser yo a la vez... Y Alicia por la de Carroll, perdida en el país de las maravillas y esas cosas.
-¿Estás perdida?
-Estuve perdida.
Era tan fácil estar cerca de él, que casi le daba miedo. Se fijaba, mientras él hablaba, en la expresión de niño que tenía pese a la edad, como si las pequeñas arrugas que marcaban su sonrisa en toda la cara no fuesen sino eso, arrugas de expresión y no una huella de los años.
Pese a todo, no quería hablar de eso, no quería entrar en lo peor de sí misma aunque ya hubiera pasado. Miró hacia otro lado después de darle un trago al café con algo de nerviosismo, intentando controlar el temblor de sus manos.
-Eres guapa.
Otra vez se lo decía, otra vez hacía que tuviera que desviar la mirada, otra vez se ponía como un tomate.
-Por favor, no digas eso que me pongo roja.
-Me gusta decir lo que pienso. Y me gusta cuando te pones roja, cuando haces ese gesto como...
Esperó a que terminara la frase, pero no parecía que fuese a ocurrir.
-¿Un gesto?
-Es difícil de describir, como que intentas evitar que se note tu expresión. Va como encadenado, es un proceso: primero sonríes, te sonrojas, el calor sube a tus mejillas y luego llega ese momento. Es un instante, pero me gusta mucho.
Aquella descripción consiguió dejarla realmente impresionada.
-Vaya... qué detalle para describir algo que ocurre en diez segundos.
-Son menos de diez segundos. No sé cuánto, tendré que calcularlo.
Después de terminar los cafés a través de un torrente de palabras que nunca se agotaban, decidieron salir a la calle, a sentarse en los bancos de un mirador cercano. Él se sentó mirando hacia ella.
-Tengo que contarte algo.
Helena giró la cabeza con una ceja enarcada. Se mordió sin querer el labio, esperando alguna noticia terrible.
-Me escribieron hace un par de días y... bueno, me han dado el visado para irme a Australia -tenía una gran sonrisa en la cara, rebosaba de ilusión-.
-Enhorabuena -le abrazó.
Se sentía tan extraña. Martín era un absoluto desconocido en realidad, pero sentía que le conocía más que a muchas de las personas con las que llevaba años conviviendo, a lo mejor porque de verdad siempre estaba diciendo lo que pensaba y no se guardase nada. Lo que ocultaba esa felicitación era una niña con una rabieta gritando que no era justo, que no podía ser que su camino hubiese puesto a una persona tan maravillosa delante para quitársela en un suspiro de tiempo.
Australia era su fecha de caducidad -no pudo evitar pensarlo.
-De verdad que ya no tenía ningún tipo de esperanzas en que me lo concediesen.
Ella intentó dibujar su sonrisa más sincera, aunque en realidad el regusto era de lo más amargo.
-Tenías que conocerme -lo dijo para que sonase como una broma, aunque ella lo sentía tal cual-, por lo de que estoy acostumbrada a las despedidas y eso.
Él rió la supuesta broma.
-De todos modos, me marcho sólo siete meses.
Quiso decirle que en un minuto podía cambiar el mundo, pero sonaba ya demasiado trágico en su cabeza como para emitir ese pensamiento en alto.
-Me voy el miércoles que viene. Ha sido muy repentino, la verdad.
Martín le estuvo hablando de los planes que ya tenía montados por si se iba, de todo lo que tendría que terminar de hacer en tan poco tiempo, de las despedidas con sus amigos... Y ella sólo quería escuchar en algún momento que era un tipo de broma. ¿Estaba permitido pedirle a un desconocido que se quedase? No, definitivamente no, ella no era de las que hacía ese tipo de peticiones, para ella la libertad era algo tan necesario como el aire.
-Tres coma siete segundos.
Se había dado cuenta de que llevaba un par de minutos sin prestarle atención: estaba demasiado concentrada en gestionar ese torrente de sentimientos tan raros que habían decidido corretear con libertad por sus adentros. Ni siquiera había sido consciente de que había empezado a llover.
-¿Cómo? -no sabía de lo que hablaba y una gota le cayó justo en la punta de la nariz.
-Es lo que dura ese momento del que te hablaba en el café, cuando te sonrojas e intentas disimularlo.
Después de eso, no pudieron evitar el beso que les atrajo mutuamente hacia el otro. Buscaron un sitio donde refugiarse de la lluvia, pero a ella le gustaban los paseos en esos días y le arrastró un poco hacia su locura.
-La lluvia se hizo para que la gente se besara bajo ella -sentenció Helena.
A lo que Marín sólo pudo responder con más besos. Besos flojitos, casi tiernos.
Y siguieron paseando sin que las gotas dejaran de chocarse contra el suelo, besándose sin importar el tráfico. Así de cerca daba igual todo, incluso Australia.
Sigo estando aquí leyendo.
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