H: ¿Te apuntas mañana a unas pellas?
M: Será un placer, Alicia. ¿A qué hora?
H: Por la mañana, aunque no hace falta darse un madrugón. ¿A qué hora te sueles levantar?
M: Depende, pero a las nueve suelo estar arriba.
H: Perfecto. Podemos quedar a las diez y media.
M; ¿Te apetece hacer un tour cafetero?
H: ¡Sí!
M: Genial. Entonces mañana te veo.
(14 horas después)
Helena había salido por la boca de metro equivocaba, él le había dicho la que daba al parque, pero lo cierto era que cada vez que había ido a esa zona había sido en autobús, andando (no distaba mucho de su casa) o borracha, por lo que no se había dado cuenta hasta ese momento de que ahí había un parque. Preguntó a un señor que pasaba junto a ella y que le dijo cómo llegar: cruzando la calle. Es que era patosa hasta para orientarse en su propia ciudad.
Por suerte ahí estaba él, esperando con la mirada distraída, como metido en sus pensamientos. Se preguntó si ella parecía la mitad de interesante que él cuando le había tocado esperar. Pensó en lo bien que le sentaban las camisetas de rayas.
Cuando la vio se acercó a ella para saludarla: un beso (flojito) en los labios.
-Te has cortado el pelo -como sí él no se hubiese dado cuenta.
-Sí, ya me hacía falta. ¿Me sienta bien?
-Sí, estás guapo.
Él sonrió complacido y guió a su acompañante hacia la ruta que le había preparado: todos los establecimientos estaban estratégicamente colocados en la misma calle y cada uno tenía una temática diferente, una decoración diferente y una oferta de productos diferentes. Era como estar saltando entre espacios y tiempos con cada cruce de calle hasta, finalmente, establecerse en una crepería de temática parisina a la que no le faltaba detalle; tomaron asiento cerca de la puerta para no molestar en una sesión de fotos que estaba teniendo lugar en ese momento. La ayudante de la fotógrafa estaba en otra de las mesas con cara de aburrimiento y seguramente esa fue la razón por la que no pudo evitar estar pendiente de la conversación de los dos.
Cuando el camarero acabó de tomarles nota (un té de caramelo y nata y otro de chocolate y menta) él le dedicó una de esas miradas que, de tratarse de una película, tendría un primer plano asegurado.
-Cuéntame algo sobre ti -le dijo Martín.
-¿Algo como qué? -tenía la sensación de que le había contado más cosas que a nadie en tan poco tiempo.
-No sé, algo tuyo. Alguna curiosidad. Algo que no suelas contar.
-Pues...
-Por ejemplo: cuando estuve en Japón quise saber cómo era el sexo con una japonesa y me acosté con una que conocí en un bar.
Aquello fue, como poco, chocante.
Pero quería saber más.
-¿Y son iguales que... bueno, que las occidentales?
-Sí, tienen exactamente lo mismo que una mujer occidental -bromeó.
El camarero llegó con las bebidas y la misma sonrisa con la que se había marchado hacía unos minutos.
-Tu turno.
-Mmm... Después de dejarlo con mi ex hice una lista de cosas que tenía que hacer antes de tener pareja como acostarme con un músico, besar a un completo desconocido, besar a una mujer, hacer un trío, enamorarme de un imposible...
-¿Lo hiciste?
-¿Ves que tenga pareja?
Martín probó su té y Helena el suyo. Se ofrecieron mutuamente y, aunque ambos habían sido una elección acertada, ganaba el de ella.
-Hay algunas cosas que sí he hecho como besar a una chica. Sin duda me quedo con los hombres -dio un sorbo de la pajita -, Te toca.
Lo pensó un momento.
-Me acosté con una mujer que era casi veinte años mayor que yo. La secretaria de mi jefe, típica mujer que iba al gimnasio, divorciada y con un hijo.
-¿Y qué tal la experiencia con la Señora Robinson?
-Genial, la verdad. Mucho morbo y experiencia. Turno para el equipo de las chicas.
Desde que habían empezado a hablar se habían ido juntando hasta no dejar espacio entre las sillas, de modo que sus brazos se rozaban fugazmente a cada rato.
-¿Por qué casi todas las conversaciones acaban en el tema sexual?
-Esta ha empezado desde ahí, pero supongo que es el común a todos los mortales. El sexo. ¿A ti no te gusta? A mí me encanta.
-¿Y a quién no? -miró de reojo a la ayudante, que había sonreído ante ese comentario. No tenía muy claro hasta qué punto le molestaba tener una intrusa en su conversación. Después de beber otro poco aceptó su turno -. Una vez me enamoré de un chico que iba en mi mismo tren.
-¿Y cómo era? ¿Era guapo? ¿Elegante? ¿Divertido?
Helena se puso a jugar con la pajita, dándole vueltas pegada al cristal del vaso.
-No lo sé, nunca le hablé porque habría roto el encanto del cruce de miradas. Pero era diferente.
-Diferentes somos todos.
-Usaba reloj de bolsillo. Era como de otra época.
-Como tú. Bueno, tú eres más de otro planeta.
Helena consiguió desviar la atención ante un piropo incipiente antes de empezar a ponerse colorada.
-¡Tu turno!
-¿Sexo, drogas o rock and roll?
-Rock, claro.
-Con diecisiete años me compré una guitarra eléctrica y aprendí a tocar sin ir a clases ni nada. Tocaba punk (muy difícil no era), a la gente le gustó y acabé en una emisora de radio hablando de mis canciones.
Cada vez que Martín abría la boca ella se quedaba alucinada. Nada que pudiera contar le llegaba a la altura del zapato a lo más "normal" que pudiera haber hecho él. Y se habría quedado en aquella cafetería durante horas, incluso días, hablando de cosas que habían hecho, de sueños que querrían cumplir y fantasías. Incluso la chica de las fotos había desaparecido del sistema. Quedarse allí supondría que no habría fecha de caducidad y sonaba realmente bien esa idea; pero Helena tenía que volver a casa y él un viaje que terminar de preparar.
Caminaron de vuelta al metro, él muy pendiente de la conversación, ella intentando imitarle, intentando despejar la idea de la tristeza por la marcha; ya tendría que estar acostumbrada a las despedidas y sin embargo, cuando ya se encontraron frente a frente en el subterráneo, tuvo que respirar hondo y mandar un mensaje a todo su cuerpo para que se tranquilizase.
-Tengo algo para ti -sacó del bolso un paquete envuelto en papel del regalo, orgullosa de que no se le hubiese quebrado la voz en mitad de la frase -, pero tienes que prometer que, aunque te pueda la curiosidad, no vas a abrirlo hasta que estés en el aeropuerto. Es para tu viaje, a partir de que entres en la terminal ya puedes abrirlo, antes no.
-Gracias -le dio un abrazo.
De ese abrazo salió un beso que ya no era flojito como los anteriores, era un beso que a ella le supo como sabrían las despedidas si tuvieran un sabor determinado. Helena siempre había pensado que la lluvia aumentaba el dramatismo de todas las situaciones, por suerte para ella bajo tierra no podía llover, así que se le escapó una sonrisa mientras bajaba las escaleras sin permitirse mirar atrás, pensando en lo bueno que había sido aquel último tiempo.
Esto va bien. ¿Le esperara? ¿Probará con otro?
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