lunes, 31 de diciembre de 2012

Adiós, Febrero.

Dicen (¿quién lo dice?) que hoy es un perfecto día para repasar el año y marcarte metas, hacer propósitos, para el año que está por llegar.
No voy a proponerme nada para el 2013 ya que de todo lo que me propuse para el 2012 no se ha cumplido nada. Pero no dejaré que pase en balde, no voy a permitir que sea como este tiempo pasado, estos 366 días tan...
No voy a mentir, ha sido, con diferencia, el peor año de mi vida. No me ha hecho falta hacer repaso hoy, cada día me he levantado con mal sabor de boca, pensando a qué tendría que enfrentarme en ese nuevo día; he llegado a pensar que esta vida es el purgatorio de otra vida que ya pasé y en la que debí cometer algún tipo de atrocidad. Hace poco lloré (llevaba demasiado tiempo sin llorar y creo que con toda la noche saldé la deuda que tenía con mis lacrimales), pensando que no podría con otro revés, que no sería capaz de resistir ni un solo golpe más.
Febrero fue un mes especialmente duro y por eso no han pasado los meses para mí, ha sido un febrero especialmente prolongado. Pero "ya está, ya hay paz", porque esta noche termina este mal trago.
Y pensarás que soy una exagerada: ¿Cómo puede quejarse de su vida una chica de veinte años?. Pues puedo. A lo mejor no he tenido que pagar una hipoteca y me ha vencido el plazo o no me he quedado sin trabajo. Pero me han "roto" el corazón repetidas veces, la chica que era mi mejor amiga decidió que no merecía la pena estar a mi lado cuando más la necesité, el que fue mi mejor amigo decidió que merecía más la pena el sexo que la amistad, mi hermano viajó a la tierra de Merkel y me dejó con unos padres que empezaron a estar enfadados por cualquier cosa, estuvieron a punto de echarme de la carrera, he discutido con todo el mundo constantemente, me dijeron que mi perro se está muriendo, se murió la tortuga que hacía las veces de guardiana del baño de mi casa, se murió mi hamster y otra serie de catastróficas desdichas.
(Por favor, aunque estés al borde de una depresión, sigue leyendo, tengo algo más que decir)
Lo cierto es que no sé en qué creo y ya no sabía a quién o a qué rezar para que todo terminase, que se acabase fuese como fuese.
Y entonces, la lacrimógena noche que he mencionado antes, cuando sentí los primeros efectos de una incipiente deshidratación, recordé la frase que una gran persona que estuvo (y a veces está) en mi vida decía cuando el mundo nos vencía: This too shall pass (esto también pasará). Y me dije "¿En serio vas a rendirte? ¿De verdad? ¿Tú?" Y, por suerte, desde ese día hace más o menos un mes no ha habido más tropiezos. Sé que vendrán tiempos difíciles de nuevo, pero creo que la vida me está dando un pequeño respiro.
Y hoy me he puesto a pensar en el año y he vuelto a recordar todos esos deprimentes detalles... Pero me he obligado a mí misma a hacer un esfuerzo, a quedarme con lo bueno por poco que fuese. Es cierto que me han roto el corazón, pero he tenido más de una vez (y mas de diez) la piel de gallina por culpa de sus caricias y he tenido besos bajo la lluvia y unos segundos rozando la más absoluta felicidad entre sus brazos; sí, que mis amigos se marcharon de la peor manera, pero gracias a eso descubrí que a mi lado había gente que merecía la pena de verdad, ese tipo de personas que te alegran un lunes por la mañana con solo decir tu nombre; gracias a que mi hermano se marchó pude conocer Alemania, tener un reencuentro y creo que nos hemos echado tanto de menos que desde que ha vuelto estamos mejor que nunca (he descubierto que es, a parte de mi hermano, un gran amigo). Mis padres no han parado de discutir pero son la prueba viviente de que el amor, cuando es sincero, puede con todo: han sabido solucionar sus problemas y cada día tengo más claro que existen las almas gemelas (si vieseis la complicidad de sus sonrisas cuando se miran me entenderíais). Casi me quedo sin carrera, salir de aquel examen fue uno de los peores momentos en el top ten de mi año... pero aprobé y me demostré a mí misma que no hay nada imposible (si yo he aprobado historia, todo se puede).
Me he quedado afónica en conciertos, he oído "te quiero" de labios que jamás pensé que dirían esas palabras hacia mí, he pasado la nochebuena con una gran parte de mi incontable  familia (cosa que hace un par de años veía imposible), he tenido noches legendarias, borracheras con amigos, viajes a lugares donde habita la magia y recuerdo haber sonreído un día de frío por ver a una niña pequeña abrazar a su madre en el parque.
El caso es que, después de todo esto (quizás me siento optimista por la pequeña buena racha), no tengo fuerzas para rendirme. Y sé que habrá más golpes pero, por suerte para mí, siempre habrá una manera de levantarse y una cicatriz que me recuerde que sobreviví una vez más.
Adiós, Febrero.
Hola, Septiembre.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Gravedad

Hay quienes consideran que todo tiene una explicación, que nada está movido por el azar, que creen en la tercera ley de Newton y se ríen del destino. ¿Adivinas quién es uno de estos cínicos? Sí, Él.
Dicen que cuando un gato negro se cruza en tu camino da mala suerte. Hace un tiempo, cuando Él iba de camino a la universidad, uno de esos supuestos portadores de mala suerte pasó corriendo frente a él y, al mirarle, otro de los estudiantes que montaba en bicicleta le embistió y le provocó un esguince en la caída. Su abuelo, cuando fue a verle al hospital, y después de escuchar su historia, hizo un comentario sobre el tema de la mala suerte. Él pensó que aquello era absurdo, la "mala suerte" había sido sólo un desencadenamiento de factores adversos: Él se había distraído con el gato, que casualmente era de color negro, lo que le había impedido poder ver al chico de la bici para poder esquivarle; la noche anterior había llovido, de modo que el suelo se había mojado y las resbaladizas suelas de sus zapatillas no tenían la suficiente adherencia para soportar el impacto.
Cuando le explicó aquella relación a su romántico y tierno abuelo, él simplemente negó con la cabeza, con una mueca de esas que pone la gente mayor cuando da un caso por perdido. Para evitar una discusión, como las que tenían habitualmente por temas (tan absurdos para Él) como la falta de sensibilidad, la necesidad de un toque más sentimental o la existencia de la inexactitud en las vidas, le pidió que se marchase porque necesitaba descansar. Se sentía mal por haber alcanzado ese estado de Guerra Fría con su abuelo, pero parecía que cualquier excusa era buena para lanzar la artillería. Y todas las discusiones acababan en que el hombre le decía que tenía que dejar a su novia porque, por increíble que pareciese, era más fría e insensible que Él y en la censura que Él le ponía por verse con una chica mucho más joven que él.
Ya se sabe que la pasión y la razón nunca han sido buena pareja de baile y ellos dos son la viva representación de esas ideas tan conflictivas y contrapuestas. A lo mejor, la pasión con un poco de cordura podría no quemarse a sí misma; quizás la razón con un poco de sentimiento se templase... Pero son tercos como mulas, se parecen demasiado en el fondo.
Pero hay un punto, un pequeño y diminuto punto donde todo converge, donde ni siquiera la gravedad tiene poder, el lugar donde todo da igual, donde Él, la novia de Él, P, el abuelo de Él, Artista, Ocaso, yo, él, tú y todo lo que es en algún sentido imposible, se encuentra en un ordenado caos.