lunes, 6 de julio de 2015

NUEVA YORK

M: Quiero volver a verte. Vivir el momento. Aún no me he ido y si estoy aquí, ¿Por qué no volver a verte si es lo que quiero? Mientras podamos, claro... tu tiempo y el mío. 


H: Eres tú el que tiene que organizar un viaje. Es más tu tiempo que el mío. Tú eliges cuándo nos vemos.

M: Yo elijo tus besos. Y tus 3,7 segundos.


H: Todo tuyo. Ambas cosas. 
M: Y tu manera de soñar. Me ha inspirado mucho. Me has inspirado mucho.


H: ¡Eso es mucho! Pero tu manera de mirar, de ver el mundo. 

M: Te la cedo.


H: Me la quedo. He aprendido mucho de ti en estas dos semanas... Has llegado y mis pilares filosóficos se han puesto a temblar.

M: Ya encontrarás tu filosofía de vida, hasta entonces sigue soñando e imaginando porque con la imaginación lo haces todo, sea lo que sea y mientras imagines estaré allí.


H: Lo tengo bastante presente. No puedo prometer que mi imaginación no te lleve conmigo alguna vez de viaje.

M: Sería un reencuentro de ensueño. Cuenta conmigo para soñarte, Alicia.

H: Me apunto tu frase.

M: Espero ser un personaje potencial de tus historias.

H: Ya eres un personaje en progreso. Creo que la única manera de ser realmente inmortal es que alguien escriba sobre ti... Supongo que tú lo serás en algún momento.

M: ¿Nos vemos entonces el domingo? Siento que nos roban el tiempo para acariciarnos.

H: Nos vemos el domingo. 


(48 horas después)

Estaban en el piso de Martín. Él le había ido a buscar a la boca de metro y le había conducido hasta allí. Quiero enseñarte uno de mis lugares preferidos de esta ciudad -le había dicho. Y ella había confiado (otra vez) a ciegas en la posible aventura y le había seguido hasta donde él vivía. Vio la habitación en la que él dibujaba, con una de las paredes llena de dibujos: le pareció estar perdida en otro universo y pensó que menos mal no haber cogido un mapa. 
-¿Sabes? Hay algo de mí que no te he contado, pero no puedes reírte -comentó Helena mientras observaba un folio en el que había una chica y un chico besándose en el interior de una fresa -. Un sueño que tengo es ser pirata. Por eso de no tener límites ni normas, estar siempre viajando y viviendo aventuras.
Martín no se rió. 
-Bueno, yo por mi trabajo (y por placer) he viajado bastante y la imaginación te hace estar por encima de cosas como límites y normas... Podría decirse que yo soy un pirata. 
Ella se rió con su comentario.
-Bueno, podría decirse que tú ya eres un capitán. 
-Capitán Martín.
-Suena bien.
-Suena muy bien, grumetilla. Algún día viajarás mucho. Bueno, algún día cumplirás tus sueños si te esfuerzas y pones empeño, para alguien como tú, que sueña tan alto, será fácil. 
Helena no pudo replicar nada a aquello, sólo deseó en silencio que se hiciesen reales sus palabras. 
Finalmente le llevó al salón: frente al sofá grande había una estantería que ocupaba toda la pared llena de discos, películas, alguna figurita y muchos cubos de rubik resueltos.
-Jamás he conseguido resolver uno -comentó Helena.
Martín cogió uno de los cubos.
-Pues va siendo hora. Vamos, te voy a enseñar.
Se sentaron en el sofá muy juntos y él le fue enseñando los pasos a seguir, sonriendo cada vez que miraba la cara de concentración que ella ponía sin desviar la vista de sus manos.
-Me imagino que esa es la cara que pones en clase cuando te están explicando algo.
Helena salió de su estado de concentración y le miró un momento, luego volvió a prestar atención. Así permanecieron un rato largo: él explicando y ella aprendiendo y probando. Cuando lo acabaron Helena no podía dejar de sonreír, en realidad era una tontería lo que había hecho pero no sonreía por eso sino por la situación en general que se había desarrollado desde que había decidido cruzar la puerta de ese piso o a lo mejor la del 3R unas semanas atrás. 
-Cuando vuelvas sabré resolverlo sola y te lo enseñaré.
Martín dejó el juego sobre la mesa y se apoyó en el respaldo del sofá.
-Bueno, en siete meses pueden pasar muchas cosas.
-Tampoco es tanto tiempo.
-Sí que lo es. Tenemos que seguir nuestras vidas, ya sabes.
Eso sí que empezaba a parecerse a una despedida muy amarga. Era, seguramente, la última vez que le veía y no quería que fuese así, no quería hablar de eso y no quería sentirse triste. Al menos no tan pronto.
-¿Nos escribiremos?
-¡Claro! -como si él también se hubiese dado cuenta del tinte que estaba empezando a tomar el momento, se inclinó hacia delante y se acercó a ella. 
-Leí hace tiempo en un libro que escribir es besar pero sin labios, es besar con la mente.
-Entonces te besaré con bastante frecuencia. 
Se acercó más a ella y la besó de una manera que distaba bastante de la ternura del primer beso de la primera cita. Era un beso más caluroso, tanto que le borró de la cabeza esa idea tonta que había tenido sobre que a lo mejor no se sabían besar. Sabían y lo hacían muy bien. 
Le sobraba todo, especialmente la ropa que les estaba separando, así que deslizó las manos por su espalda hasta quitarle la camiseta. Como suele pasar, esos momentos no quedan tan bien ni son tan fáciles como en las películas, así que él tuvo que ayudarla. Cuando dejó la camiseta en el suelo se fijó en las cortinas y se puso en pie casi de un salto.
-Vamos, Alicia -le cogió la mano -, esto era lo que quería enseñarte. 
Abrió las cortinas y salieron a la terraza. Era un séptimo piso con vistas a toda la ciudad y a las montañas que se elevaban tras ésta. Helena pensó que ni el mejor cielo de Nueva York tendría esas vistas siendo el triple de alto. Estaba atardeciendo y el cielo parecía que fuese a empezar a arder de un momento a otro. 
-Quería que vieses el atardecer desde aquí, desde uno de mis rincones preferidos -susurró él. 
Y se abrazaron en silencio, encajando perfectamente en el otro. Helena apoyó la cabeza contra él, recogiendo cada sensación que flotaba en el ambiente, desde el desacompasado ritmo de sus latidos hasta el olor de él. Olía a cilantro; nunca había olido el cilantro (ni lo haría jamás), pero era la palabra que le venía a la mente cuando le llegaba una brisa con su olor. La mitad de su mente estaba pidiendo que cerrase los ojos para poder desaparecer y dejar ese momento en un eterno, la otra mitad le decía que no parpadease, que se iba a perder una milésima de segundo de todo aquello. Y suspiró sintiéndose, en ese segundo, la persona más feliz y afortunada del mundo por poder estar viviendo eso.
Cuando el sol se escondió, volvieron dentro sembrando todo el suelo de ropa. Helena dejó su diadema sobre la mesa (nunca más la volvería a ver) y le siguió de nuevo a ciegas hasta su habitación. Entendió en el rato que estuvo allí que, aunque se habían quitado la ropa, llevaba bastante tiempo desnuda ante él, porque no se había dejado nada, no había escondido nada y había encontrado a alguien con quien se sentía cómoda siendo ella misma sin retoques. 
Pero como ocurre con las mejores historias, tenía un final muy cercano. Cuando ya había caído la noche sobre la ciudad, él la acompañó a la parada del autobús.
-No olvides que puedes abrir el regalo cuando ya estés en el aeropuerto -le abrazó un segundo.
-¿Nos tomaremos un café a mi vuelta?
-Espero que más de uno.
El autobús llegó a la parada.
Se besaron por última vez. Y aquel beso sabía a todo: a las dos semanas, a café, a cerveza, a sol, a su ciudad, al cubo de rubik, a los paseos, a la copa del 3R, a los mensajes, a despedida. 
-Buen viaje, Capitán.
Y subió al autobús sin volver la vista atrás, sabiendo que algún día tendría que hacerle inmortal.






viernes, 3 de julio de 2015

PARÍS


H: ¿Te apuntas mañana a unas pellas?
M: Será un placer, Alicia. ¿A qué hora?
H: Por la mañana, aunque no hace falta darse un madrugón. ¿A qué hora te sueles levantar?
M: Depende, pero a las nueve suelo estar arriba.
H: Perfecto. Podemos quedar a las diez y media. 
M; ¿Te apetece hacer un tour cafetero?
H: ¡Sí!
M: Genial. Entonces mañana te veo.


(14 horas después)

Helena había salido por la boca de metro equivocaba, él le había dicho la que daba al parque, pero lo cierto era que cada vez que había ido a esa zona había sido en autobús, andando (no distaba mucho de su casa) o borracha, por lo que no se había dado cuenta hasta ese momento de que ahí había un parque. Preguntó a un señor que pasaba junto a ella y que le dijo cómo llegar: cruzando la calle. Es que era patosa hasta para orientarse en su propia ciudad. 
Por suerte ahí estaba él, esperando con la mirada distraída, como metido en sus pensamientos. Se preguntó si ella parecía la mitad de interesante que él cuando le había tocado esperar. Pensó en lo bien que le sentaban las camisetas de rayas.
Cuando la vio se acercó a ella para saludarla: un beso (flojito) en los labios. 
-Te has cortado el pelo -como sí él no se hubiese dado cuenta.
-Sí, ya me hacía falta. ¿Me sienta bien?
-Sí, estás guapo. 
Él sonrió complacido y guió a su acompañante hacia la ruta que le había preparado: todos los establecimientos estaban estratégicamente colocados en la misma calle y cada uno tenía una temática diferente, una decoración diferente y una oferta de productos diferentes. Era como estar saltando entre espacios y tiempos con cada cruce de calle hasta, finalmente, establecerse en una crepería de temática parisina a la que no le faltaba detalle; tomaron asiento cerca de la puerta para no molestar en una sesión de fotos que estaba teniendo lugar en ese momento. La ayudante de la fotógrafa estaba en otra de las mesas con cara de aburrimiento y seguramente esa fue la razón por la que no pudo evitar estar pendiente de la conversación de los dos. 
Cuando el camarero acabó de tomarles nota (un té de caramelo y nata y otro de chocolate y menta) él le dedicó una de esas miradas que, de tratarse de una película, tendría un primer plano asegurado. 
-Cuéntame algo sobre ti -le dijo Martín.
-¿Algo como qué? -tenía la sensación de que le había contado más cosas que a nadie en tan poco tiempo.
-No sé, algo tuyo. Alguna curiosidad. Algo que no suelas contar.
-Pues... 
-Por ejemplo: cuando estuve en Japón quise saber cómo era el sexo con una japonesa y me acosté con una que conocí en un bar. 
Aquello fue, como poco, chocante.
Pero quería saber más.
-¿Y son iguales que... bueno, que las occidentales? 
-Sí, tienen exactamente lo mismo que una mujer occidental -bromeó.
El camarero llegó con las bebidas y la misma sonrisa con la que se había marchado hacía unos minutos. 
-Tu turno.
-Mmm... Después de dejarlo con mi ex hice una lista de cosas que tenía que hacer antes de tener pareja como acostarme con un músico, besar a un completo desconocido, besar a una mujer, hacer un trío, enamorarme de un imposible...
-¿Lo hiciste?
-¿Ves que tenga pareja?
Martín probó su té y Helena el suyo. Se ofrecieron mutuamente y, aunque ambos habían sido una elección acertada, ganaba el de ella. 
-Hay algunas cosas que sí he hecho como besar a una chica. Sin duda me quedo con los hombres -dio un sorbo de la pajita -, Te toca.
Lo pensó un momento. 
-Me acosté con una mujer que era casi veinte años mayor que yo. La secretaria de mi jefe, típica mujer que iba al gimnasio, divorciada y con un hijo. 
-¿Y qué tal la experiencia con la Señora Robinson? 
-Genial, la verdad. Mucho morbo y experiencia. Turno para el equipo de las chicas. 
Desde que habían empezado a hablar se habían ido juntando hasta no dejar espacio entre las sillas, de modo que sus brazos se rozaban fugazmente a cada rato.
-¿Por qué casi todas las conversaciones acaban en el tema sexual?
-Esta ha empezado desde ahí, pero supongo que es el común a todos los mortales. El sexo. ¿A ti no te gusta? A mí me encanta.
-¿Y a quién no? -miró de reojo a la ayudante, que había sonreído ante ese comentario. No tenía muy claro hasta qué punto le molestaba tener una intrusa en su conversación. Después de beber otro poco aceptó su turno -. Una vez me enamoré de un chico que iba en mi mismo tren. 
-¿Y cómo era? ¿Era guapo? ¿Elegante? ¿Divertido?
Helena se puso a jugar con la pajita, dándole vueltas pegada al cristal del vaso.
-No lo sé, nunca le hablé porque habría roto el encanto del cruce de miradas. Pero era diferente.
-Diferentes somos todos.
-Usaba reloj de bolsillo. Era como de otra época.
-Como tú. Bueno, tú eres más de otro planeta.
Helena consiguió desviar la atención ante un piropo incipiente antes de empezar a ponerse colorada.
-¡Tu turno!
-¿Sexo, drogas o rock and roll?
-Rock, claro. 
-Con diecisiete años me compré una guitarra eléctrica y aprendí a tocar sin ir a clases ni nada. Tocaba punk (muy difícil no era), a la gente le gustó y acabé en una emisora de radio hablando de mis canciones. 
Cada vez que Martín abría la boca ella se quedaba alucinada. Nada que pudiera contar le llegaba a la altura del zapato a lo más "normal" que pudiera haber hecho él. Y se habría quedado en aquella cafetería durante horas, incluso días, hablando de cosas que habían hecho, de sueños que querrían cumplir y fantasías. Incluso la chica de las fotos había desaparecido del sistema. Quedarse allí supondría que no habría fecha de caducidad y sonaba realmente bien esa idea; pero Helena tenía que volver a casa y él un viaje que terminar de preparar. 
Caminaron de vuelta al metro, él muy pendiente de la conversación, ella intentando imitarle, intentando despejar la idea de la tristeza por la marcha; ya tendría que estar acostumbrada a las despedidas y sin embargo, cuando ya se encontraron frente a frente en el subterráneo, tuvo que respirar hondo y mandar un mensaje a todo su cuerpo para que se tranquilizase.
-Tengo algo para ti -sacó del bolso un paquete envuelto en papel del regalo, orgullosa de que no se le hubiese quebrado la voz en mitad de la frase -, pero tienes que prometer que, aunque te pueda la curiosidad, no vas a abrirlo hasta que estés en el aeropuerto. Es para tu viaje, a partir de que entres en la terminal ya puedes abrirlo, antes no. 
-Gracias -le dio un abrazo.
De ese abrazo salió un beso que ya no era flojito como los anteriores, era un beso que a ella le supo como sabrían las despedidas si tuvieran un sabor determinado. Helena siempre había pensado que la lluvia aumentaba el dramatismo de todas las situaciones, por suerte para ella bajo tierra no podía llover, así que se le escapó una sonrisa mientras bajaba las escaleras sin permitirse mirar atrás, pensando en lo bueno que había sido aquel último tiempo.