martes, 9 de junio de 2015

MADRID

[Amor de verano: relación breve que se da entre dos personas en un periodo corto de tiempo y que la intensidad de la misma viene determinada por la fugacidad del periodo en el que se desarrolla. (P.D: no tiene por qué darse necesariamente en los meses que comprenden el verano).]


Un cumpleaños, un lugar tan bueno como cualquier otro para empezar una historia. 
-No podéis pretender que después de todo lo que he bebido me vaya a casa.
El resto de los invitados la miraban con una mezcla de lástima y culpabilidad.
-¿Y qué quieres que hagamos? -dijo la cumpleañera- Ya son las tres y los dos garitos a los que hemos intentado entrar están hasta arriba, para cuando consigamos entrar ya es de día.
-Pues vayamos a otro sitio, no sé, intentémoslo por la zona del centro -no tenía ninguna intención de meterse en la cama sin haber bailado antes un poco. 
Todos se miraban entre sí, como buscando de manera conjunta la manera de emitir la negativa sin provocar un enfado. Los invitados que no tenían confianza se despidieron con la mano y entraron juntos en el coche, consiguiendo así escurrir el bulto y no comprometerse con nadie. En realidad no le debían nada a ninguno de los presentes. 
-Estamos cansados, llevamos dos horas intentando entrar a una discoteca y esto es imposible. Nos vamos a casa -sentenció el novio de la chica del cumpleaños.
-Vale, como siempre -sacó el móvil del bolso-. Al menos esperad un momento a ver si consigo otro plan. 
Se alejó del grupo y marcó el número de teléfono de un amigo suyo. Primer toque. Segundo toque. Tercer toque. Sin esperanzas, se alejó el auricular de la oreja para colgar y justo escuchó la voz al otro lado.
-¡¿Qué pasa?! -su amigo iba, si cabe, más ebrio que ella.
-¿Dónde estás? -cruzó los dedos para que no estuviese lejos.
-¡Estamos haciendo cola en el 3R para entrar!
Demasiado lejos como para llegar a tiempo sin tener que esperar otra cola eterna.
-¡Vente! -le gritó su amigo- ¡Nos quedan como quince minutos para entrar!
Sin contestar, colgó el teléfono y se acercó a sus amigos para decirles que se marchaba. Una de las chicas le dijo que se animaba a ir con ella y ambas bajaron calle abajo para llegar a la principal y poder coger un taxi. No pasaba ninguno, no había ningún coche a lo lejos. Intercambiaban miradas desesperadas: aunque su amiga parecía tener mayor facilidad para adaptarse a las derrotas, tenía también ganas de echarle un poco de pimienta a aquella noche.
Un claxon sonó a sus espaldas: era el novio de la cumpleañera. Ella sacó medio cuerpo por la ventana y les hizo señales para que se acercasen.
-Nosotros vamos a ir a casa, pero os acercamos al sitio. 
Las dos subieron al coche dando las gracias por el favor. 
La relatividad del tiempo hace despliegue de fuerzas en momentos críticos, se alía con Murphy y sólo los más virtuosos consiguen pasar por el trago con dignidad. Sólo los más afortunados consiguen alzarse con la victoria de los momentos más difíciles en las ciudades más caóticas.
Finalmente llegaron a la esquina de la cola, llena de gente. Ella miró a ver si estaba su amigo, pero ni rastro. Seguramente hubiese entrado ya con el resto y esperar a que toda esa gente pasara era esperar demasiado tiempo. 
-¡Eh! ¡Eh! ¡Corre, ven! -su amigo le gritaba desde el principio de la cola agitando los brazos y a la vez instando al puerta para que esperase un segundo. 
El gorila de dos metros que guardaba la puerta al principio puso mala cara y les frenó el paso, pero entre los tres consiguieron convencerle de que hiciera la vista gorda y les dejara saltarse la fila explicándole la noche tan complicada que habían tenido. El hombre, cansado de escuchar el vertiginoso cotorreo de las jovencitas, les dijo que podían entrar si dejaban de darle dolor de cabeza. 
Dentro sonaba a lo que ellas llamaban "música buena", es decir, nada que pudiera ser carnaza de radio, nada de música fórmula. A lo mejor era un antro cutre (no lo sabrán, nunca volvieron), pero el alcohol, la espera, la música y las ganas, habían hecho de aquel sitio el mejor lugar de toda la ciudad. Antes de ir a la barra a pedir una copa, ahogaron las ganas que tenían de bailar y de cantar a pleno pulmón las canciones que sonaban como si estuvieran en un concierto. El resto de la gente daba igual, las risas de los amigos de su amigo ante el ridículo inminente que estaban haciendo daba igual, el calor daba igual. Habían conseguido su propósito, estaban felices y eso era lo que importaba. 
Después de dos copas y algún chupito de tequila, se alejaron del grupo de amigos para poder hacer el payaso tranquilas.
Sonó entonces una canción que a ella le encantaba y no pudo evitar cerrar los ojos y hacer el solo de guitarra bajo la mirada divertida de su amiga. Ni siquiera sabía tocar, pero a ella eso le daba igual. Ni siquiera había una guitarra de verdad entre sus manos. Después de una risa, consciente ya de lo demasiado que estaba sintiendo aquel momento, abrió los ojos y vio frente a ella a un chico que estaba jugando a lo mismo. Se dedicaron una sonrisa y se acercaron, como si estuvieran tocando para un público en un escenario y estuviera siendo la actuación de sus vidas. Le gustaba encontrarse a gente que aplaudiera sus locuras hasta el final y, aún más, que las compartiera. 
Cuando acabó la canción, él se acercó a su oído.
-Me llamo Martín -no lo gritó pese al volumen de la música, pero consiguió escucharle.
-Yo soy Helena -señaló a su amiga- y ella es María. 
-¿No venís mucho por aquí, verdad? 
Aunque no le veía porque estaba demasiado cerca de su oído, podía notar su sonrisa y el tono casi de burla de aquellas palabras, aunque no entendería hasta tiempo después el por qué.
-Es la primera vez. 
Entonces empezó a sonar otra canción y ambos se pusieron a cantarla y a fingir de nuevo que tenían instrumentos en las manos que, por supuesto, tocaban con gran destreza. Se dio cuenta de que casi no estaba haciendo caso a su amiga, así que se giró hacia ella para hacerla partícipe de su entretenimiento; sin embargo, no podía evitar mirar de vez en cuando a Martín, encontrándose con su mirada, esta vez algo más seria. 
Se acercó a su oído de nuevo.
-Eres bastante guapa. 
Se quedó sin palabras. Quería decir algo, quizás algún comentario ocurrente y divertido como "seguro que eso se lo dices a todas" o algún tópico típico, pero lo único que consiguió fue una mirada de extrañeza de sus dos acompañantes debido a los gestos extraños y las muecas fallidas de su gesto. La verdad era que nunca antes le habían dicho aquello ni de aquella manera. 
Su amiga se acercó a ella.
-Tenemos que marcharnos ya, nos levantamos en dos horas.
No quería irse, no quería dejar de fingir que sabía tocar la guitarra. Quería saber algo más que el nombre de aquel chico. No lo pensó dos veces, dejó de actuar como la vergonzosa que había sido siempre y saltó a la piscina: esta vez fue ella quien se acercó a su oído.
-¿Quieres quedar un día a tomar café? -mientras decía las palabras quiso darse una bofetada a sí misma. ¿Café? ¿De verdad? ¿Café? ¿Tenía noventa años?
Él volvió a sonreír.
-Claro. Dame tu número y te escribo.
Cuando sacó el aparato estaba apagado.
-Vaya... -parecía que la historia se iba a quedar ahí. 
-Apunta el mío. 




(9 horas más tarde) 

H: Es increíble la poca cantidad de taxis que pasan por la Gran Vía a las seis de la mañana

M: ¡Hola! 

1 comentario:

  1. Ya era hora de que nos contaras algo. ¿Hay segunda parte?

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