Después de desayunar con mi madre y dormir unas cuantas horas más me marcho a la biblioteca para estudiar los exámenes finales. Me aterran, lo reconozco; me aterra la idea de tener que repetir este curso o tener que estar todo el verano estudiando lo mismo. A las dos entro en un bar cercano y me compro un delicioso bocata de estos pijos que llevan lechugas raras y salsas de nombres impronunciables, un refresco alto en cafeína y una manzana. Qué orgullosa estoy de mí y de mis buenos hábitos... y de lo bien que me sé mentir.
Cuando estoy a punto de entrar de nuevo, suena la insulsa melodía de mi móvil. Nota mental: poner alguna canción como tono que me guste lo suficiente como para coger el teléfono con ganas y no demasiado como para correr el riesgo de acabar odiándola.
-¿Sí? -contesto.
Mi querida amiga Flo.
-¡Alejandra! Siento no haberte llamado antes, es que ayer ya era tarde y hoy he dormido como un bebé. Pablo me dejó tardísimo en casa y... -se calla de pronto. -¿Cómo te encuentras?
-¿Qué?
-Me dijo Ace que te marchaste porque te encontrabas mal, que te había sentado mal el alcohol.
-Ah, si.
Me entran ganas de decirle que me fui por culpa de ese idiota, pero no tengo ganas de contarle toda la historia ni entrar en los detalles de la conversación.
-¿Te apetece dar una vuelta esta tarde?
-No puedo -y es cierto-, Estoy en la biblioteca dándolo todo. Los finales están a la vuelta de la esquina.
-¿Y si salimos esta noche?
¿Y que acabe llamando a Pablo? No, gracias, ser la tercera en discordia no entra en mis planes de hoy.
-Me encuentro mal para salir.
Lo único que podré agradecerle en la vida a Ace: la excusa perfecta para evitar a Fo y su desenfreno nocturno.
-Pues nada -contesta seca-, ya nos veremos.
-Te llamaré.
-Vale.
Se ha molestado, pero ya se le pasará.
El resto de la tarde no puedo concentrarme, no puedo dejar de mirar a los universitarios que me rodean y pensar que quiero llegar ahí, que quiero cargar con manuales enormes, salir los jueves, trasnochar estudiando a base de café y bebidas energéticas y, sobre todo, llegar a un lugar donde nadie me conozca y poder crear una versión extrovertida y más alegre de mí misma. Aunque lo primero es decidir lo que quiero estudiar; en poco tiempo tendré que escoger una carrera y no sé ni por dónde empezar a mirar. De pequeña quería ser veterinaria, todos los niños quieren ser veterinarios, a todos los niños les gustan los animales y la idea de tener una clínica y cuidar perritos, pajaritos y gatitos suena a paraíso. Lo que no te cuentan es que a lo mejor tienes que sacrificar a un perro, esa es la parte más oscura y por la que decidí rechazar la idea.
Vuelvo a casa y me meto en la cama muy pronto, para devolverle al sueño las horas que le robé ayer y tener mi último descanso antes de la recta final.
Flo me llama, después de una semana, para desearme suerte en mis exámenes. Y no sé si habrá sido el aliento de su llamada o mi esfuerzo (seguramente lo segundo) pero he bordado los exámenes de hoy. Ahora toca volver a casa y... ¡¿Qué?! ¡¿Qué hace él aquí?!
Ace está en la puerta de mi colegio, apoyado sobre un Ford Fiesta negro, con un aire de indiferencia absoluta ante las indiscretas miradas de mis compañeras. Desde luego llama la atención por sí solo.
Me saluda con la mano y hace un gesto para que me acerque a él. Podría ponerme borde y enseñarle el precioso anillo de mi dedo corazón, podría ignorarle e irme a casa, podría volver a entrar, podría salir corriendo. Pero estoy cansada para ser borde, para correr y estoy cansada para él, así que me acerco para quitármelo rápido de encima, quizás ha venido a ver a otra persona que casualmente viva cerca de aquí.
-Hola.
-¿Te montas?
¿Sin un café ni nada?
-Me han enseñado que no debo subirme en el coche de un desconocido.
¿Cómo sabe a qué colegio voy? ¿Cómo sabe a qué hora salgo? Seguro que esto ha sido cosa de Flo. La voy a matar cuando la vea.
-Técnicamente no somos desconocidos.
-No te pega nada ser un tecnicista.
-No lo soy, en realidad.
Este chico es impasible. ¿No tiene más de una expresión en la cara?
-Venga, Alejandra, sólo será una vuelta.
Este tipo no es mi persona preferida en el mundo. Todavía no sé por qué no he salido corriendo ni sé por qué me estoy subiendo en su coche. Si, estoy en su coche. Menudo día he escogido para ponerme falda; claro, sale un rayito de sol y se derrite la nieve y me vuelvo loca. Va a ser un trayecto de lo más incómodo, lo sé.
ya llega el martes y nos contaras que ha pasado en el coche, creo que casi nada.
ResponderEliminarMe gusta tu relato, me gusta tu manera de contar las cosas.............no pares.
Que inetersante está esta historia. besitos
ResponderEliminar¿Por qué es tan borde?
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