Arranca el motor y emprendemos viaje. Puedo ver por el espejo retrovisor la cara de todas ellas con la boca abierta, sus expresiones de odio y el verde color que les tiñe la piel por la envidia. Sí, tontas, todas querríais estar aquí y soy yo la ¿afortunada?
-¿Has comido? -me pregunta, sacándome de mis delirios de grandeza.
-No, iba a ello cuando has irrumpido en mi rutina.
-Te invito a comer.
Ha sido un error subirme a este coche.
-¿Qué pretendes? ¿Vas a matarme y a traficar con mis órganos o algo así? -sí, este tipo de comentarios totalmente fuera de lugar sólo se me ocurren a mí.
-¿Eres siempre tan simpática con todo el mundo?
-Sí.
Suspira y, tras unos segundos, estira el brazo hacia mis piernas.
No, no va a traficar con mis órganos, ¡Me va a violar! Tenso tanto las piernas que creo que en cualquier momento se partirá alguno de mis músculos, aprieto tanto un muslo contra el otro que me da miedo que se solapen.
Soy una malpensada; ha abierto la guantera y saca un CD para ponerlo.
-En realidad quería disculparme por haber sido tan brusco la otra noche. No debí haberte hablado así.
-No pasa nada.
Empieza a sonar música en su maravilloso equipo perfectamente instalado.
Genial, una de las canciones que me he prohibido escuchar hasta dentro de cincuenta años por lo menos. Broken, de Seether y Amy Lee. ¿Por qué? Por el chorraboba, por supuesto. Y para colmo él empieza a cantarla con su perfecta voz.
-¿Te la sabes?
-Demasiado bien.
-Pues canta las partes de Amy.
¿Amy? ¿Sois colegas o qué?
-No canto con gente delante, guardo mis arpegios para la ducha de mi baño.
-Eso quiere decir que cantas a escondidas.
-No quería decir eso.
¿Por qué es así conmigo? Podría, simplemente, dejarme en paz. Podría haberse disculpado con un mail... ¿Un mail? ¿Tenemos cincuenta años o qué? Un sms. Sí, un sms habría ahorrado quince minutos de incomodidad... Ni siquiera se lo tenía en cuenta, no le conozco lo suficiente como para juzgarle por cómo actúa (aunque sea algo que he hecho desde que supe de su existencia).
-De todos modos, yo ya te he escuchado cantar.
-¿Me espías en la ducha o qué?
Me mira un segudundo con una ceja arqueada. No, no le ha hecho ninguna gracia.
-Flo puso sin querer un vídeo de ti en una función del colegio de hace un par de años, cuando llevabas aparato y tenías la cara como una paella.
¡No! ¡No! ¡No puede ser! Flo juró quemar ese vídeo.
-¿Siempre eres tan simpático con todo el mundo?
Ese vídeo es el último testigo de los peores años de mi vida. Por eso Ace sabe que mi color natural es el castaño.
Definitivamente, Flo no va a ver un nuevo amanecer.
-Cantas bastante mal.
-No recuerdo haber pedido tu opinión en ningún momento.
-Tienes un humor un poco volátil.
Otra vez lanzando juicios.
-Y tú no tienes pelos en la lengua.
Aparca en un hueco que encuentra y me manda salir. No recuerdo haber aceptado su proposición de comer juntos en ningún momento. En mi vida he estado en este barrio y mira que llevo viviendo toda la vida en la misma ciudad, ni siquiera me suena de oídas, aunque parece del casco antiguo.
-Deja la mochila en el maletero, tenemos que andar un poco.
Me guardo un par de billetes y el móvil en los bolsillos de la sudadera, por si acaso, antes de dejar la mochila. Sería de esperar en un chico de su edad un maletero lleno de botellas de alcohol o cervezas o bolsas vacías de comida, quizás una pelota de fútbol, arena, suciedad. Impoluto, perfecto, podría comer sobre este sitio. Sólo tiene una mochila y una caja, además del triángulo y el chaleco de rigor.
Vamos andando por callejuelas que, definitivamente, pertenecen a la parte vieja de la ciudad. En silencio yo pienso en la obsesión por la perfección de mi acompañante, no le saco ningún defecto más allá del propio perfeccionismo.
A medida que caminamos aumenta mi curiosidad por saber dónde me va a llevar y empiezo a descartar los sitios de comida rápida: hay cientos en la ciudad y no tendría sentido ninguno ir a uno escondidísimo. Tampoco nada elegante porque NO es una cita y ninguno vamos vestidos como para lugares de cinco tenedores. ¿No es una cita, no?
Se para frente a una puerta: CAFETERÍA-BAR-RESTAURANTE EL GORDITO. Hay dibujado al lado del cartel un tipo bajito y rechoncho sosteniendo una bandeja. Me hace mucha gracia la cara que tiene y no puedo evitar una sonrisa.
-La ortodoncia hizo un buen trabajo.
Miro a Ace con cara de malas pulgas y entramos dentro. Saluda al camarero y éste nos da una mesa al fondo. En seguida vienen a tomarnos nota y él se toma la libertad de pedir dos hamburguesas de la casa.
¡A lo mejor soy vegetariana!
-Son las mejores hamburguesas de todo el mundo.
-Eso ya lo decidiré yo.
Ante mi respuesta cortante, permanece callado un buen rato.
-La verdad es que no creo que cantes mal. Tienes una voz bonita, lo que pasa es que te cuesta llegar a notas bajas.
-¿Sigues con eso?
-Es que soy muy sincero y creo que mi comentario de antes te ha molestado un poco.
Qué listo eres, Einstein, te mereces el próximo premio Nobel.
-No te creas. Tampoco voy a dedicarme a la música, así que cantar bien o mal no es algo que me importe demasiado.
-Lástima. Necesito una voz femenina en mi grupo.
Me ha dado un vuelco el corazón. Pero ha dicho que no sé cantar bien y quizás se esté intentando burlar de mí.
-¿Por qué no la chica del pelo morado?
-¿Clara? Tiene la peor voz que he oído en mi vida. Toca la batería como un coronel, pero esa voz podría romper cristales.
-Eres un poco cruel.
-Soy sincero, ya te lo he dicho. ¿A ti no te interesa la oferta?
-No.
-Si cambias de parecer, dímelo.
Nos traen las hamburguesas. Son casi tan grandes como mi cabeza y de seis dedos de grosor. Guarnición de patatas y una jarra de agua.
-Espero que tengas apetito.
Los nervios me han dejado el estómago como un agujero negro, podría comerme diez como estas.
Coge el cuchillo y el tenedor y empieza a comerla. Lo siento, esta hamburguesa se merece mis manos; lo haré tan elegante como pueda, pero no voy a gastar esas finuras.
¡Mierda! Tiene razón, es la mejor hamburguesa que he comido (y comeré) en mi vida. Realmente es increíble su sabor y el contraste con el queso y la salsa... Increíble.
-Reconócelo, es la mejor.
-No está mal.
No quiero darle la razón, no me da la gana.
Termino antes que él, lo que no apoya mucho mi aparente indiferencia. Tengo hasta ganas de lamer el plato. Siento que el estómago me va a explotar de un momento a otro, no recordaba haberme llenado tanto nunca.
Cuando me mira, tengo que reconocerlo un poquito.
-Vale, estaba buenísima.
¡Cambia el gesto! ¡Satisfacción! ¡Será capullo!
-¿Quieres postre?
-No, gracias, estoy llenísima.
Pide la cuenta y ve que meto la mano en el bolsillo de la sudadera.
-¿Qué haces?
-No dejo que me inviten, lo siento.
-Pero he dicho que te invitaba yo a comer.
-Ni siquiera he aceptado esa proposición.
-Estás aquí sentada.
-Ya... Pero, por favor, nunca he dejado a nadie que me invite a nada.
Llama al camarero de nuevo y le da la cuenta con una tarjeta de crédito.
-¡No!
Intento impedirlo.
-Seré el primero que te haya invitado.
Resignada, le doy las gracias. No veo la manera de decirle que no a este chico.
Un consejo para mi futuro libro: "Si eres de esas a las que le gusta que le paguen todo, ponte pesada con pagar a medias y el ego masculino hará el resto".
Vamos otra vez al coche, ahora por lo menos creo que ha pasado lo peor. Puedo estar tranquila.
Ella esta a la defensiva y él es un prepotente ¿No?
ResponderEliminarMe gusta la historia.