¡Menudo dolor de cabeza! Me palpitan las sienes y me arde la garganta, si es que sigo teniendo garganta. No sin esfuerzo, consigo abrir los ojos y, para mi sorpresa, no estoy en mi habitación. No sé dónde estoy y el pánico empieza a apoderarse de mi cuerpo. No recuerdo qué pasó anoche después del bar ni cómo he llegado hasta aquí. Lo último que recuerdo es el olor de Ace y su... su cuerpo.
¡Mierda! No llevo mi ropa. No llevo pantalones, lo único que me cubre es una camisa varias tallas más grande que la mía.
¡No! ¡No!
Me levanto de la cama con cuidado para no caerme del mareo que tengo. Necesito ir al baño con urgencia. Intento averiguar algo de mi paradero, pero la puerta del baño es la contigua a la de la habitación en la que me encontraba y las fotos que hay en la pared no me dan más información de la que ya tenía.
Escucho algo y giro la cabeza: Ace está en el sofá, envuelto en un par de mantas, dormido profundamente y estirado cual largo es que, por cierto, es mucho.
Estoy a salvo... Creo.
Entro en el baño. Todo en orden, todo limpio. Una toalla negra detrás de la puerta, tres cepillos de dientes, una cuchilla de afeitar, enseres de higiene de marcas caras, un cesto de mimbre donde intuyo que irá la ropa sucia y el mobiliario de un baño normal y corriente. Parece que vive solo.
El reloj de la radio que hay sobre el aparador marca las ocho de la mañana.
¿A qué hora volvimos? Estoy agotada, como si hubiese corrido una maratón, así que vuelvo a la cama. Me da pena dejar en el sofá a Ace, pero tampoco me parece de recibo decirle que me acompañe a la cama.
Me refugio en el edredón nórdico; qué gusto de calor. Y todo huele a él.
Cuando me vuelvo a despertar son las doce del medio día y, aunque el mareo se me ha pasado, la cabeza me sigue doliendo una barbaridad. Al sacar la nariz de mi escondite, un olor a café recién hecho hace que casi salte de la cama y voy a la cocina mientras intento no arrastrar demasiado esta cara de vergüenza, con que me llegue a las rodillas me conformo.
-Buenos días.
-¡Ah!
Menudo susto me ha dado, no le he visto venir por detrás. Va sin camiseta, sólo con los pantalones del pijama dejados de cualquier manera sobre sus caderas. Me fijo en lo marcados que tiene los músculos de la espalda, la verdad es que parecía más flaco que esto, pero lo que me llama más la atención es el tatuaje que la invade por completo: empieza en la última vértebra de la espalda, un mástil de guitarra que trepa por su columna y hacia la mitad, las cuerdas se separan y crean formas serpenteantes salpicadas por notas musicales para volver a unirse en la primera vértebra, coronada por una clave de sol.
-Sí, he dormido muy bien, gracias por preguntar -me dice en tono sarcástico.
-No hables tan alto, por favor.
Es como si berrease en mi oreja.
-¿Sueles tener estos despertares tan malos o es cosa de la resaca?
Ignoro su pregunta por completo.
-El tatuaje de la espalda...
-Me lo hice con dieciséis años.
-¿Te dejaron tus padres?
Llevo ya un par de años queriendo hacerme uno, pero en mi casa hay un pequeño conflicto con la tinta bajo la piel.
-Diría que ninguno lo sabe.
Saca una aspirina de un botecito y un tomate de la nevera.
-Tómate esto.
-Será broma.
No quiero desayunar un tomate.
-No. El tomate va a hacer que te desaparezca esa resaca. Luego te daré un café.
Suspiro y cojo las dos cosas con resignación.
-¿Tienes un cuchillo?
-¿Para qué?
-Para clavártelo en el corazón... ¿A ti qué te parece? Para partir el tomate.
Saca un cuchillo afilado de uno de los cajones y lo deja junto a una tabla de madera. Parto la fruta en dos, y la devoro, como si llevase semanas sin comer. Después me trago la aspirina y él me tiende una humeante taza de café. Me la bebo sin pensar, quemándome un poco la lengua.
-¿Tienes un cepillo de dientes de sobra? Alguno de esos que se lleva la gente de los hoteles, ya sabes.
Sale de la cocina sin decir nada y vuelve con uno dentro de un plastiquito blanco.
-La pasta de dientes está...
-La he visto. He ido esta mañana al baño.
Cuando termino de cepillarme los dientes, lavarme la cara y recogerme el pelo de leona, vuelvo a la habitación para vestirme, pero no hay nada, ni mi ropa ni mi bolso, ni mi móvil. Salgo fuera y Ace está, ya con una camiseta de manga larga blanca, sentado en el sofá.
-¿Sabes dónde están mis cosas?
-Tu ropa en la secadora. -Saca mi bolso de debajo de una pila de cojines que hay en el suelo -Apagué tu móvil porque no paraba de llamarte un tal "Chorraboba".
-¡¿Has estado fisgoneando en mi bolso?! ¡Cotilla!
-Tranquila. La próxima vez no le mando un mensaje a tu madre diciendo que estás bien.
-Tú...
Vale, no ha hecho nada. Me siento a su lado, con un cojín entre las piernas para que no se me vea la ropa interior
-Gracias.
-No hay de qué.
-¿Por qué está mi ropa en la secadora?
-Porque la eché a lavar.
-Sí, lavar la ropa suele llevar a ese tipo de acciones peligrosas. Ponerla a secar después, quiero decir.
-Te tiraron una copa encima.
No lo recuerdo.
¡Espera!
-Oye... ¿Pasó algo ayer entre... bueno... pasó algo entre nosotros?
-¿No lo recuerdas, Alejandra? Nos acostamos.
-¡¿Qué?!
No, no puede ser. No voy a saber nunca cómo fue mi primera vez... Y ha tenido que ser con él. A ver, no me parece ninguna mala opción pero es algo que debería haber elegido yo y no... ¡No!
-La verdad es que no hicimos nada.
-¡No me des esos sustos!
-Pero deberías andarte con ojo. En el estado en el que ibas, cualquiera podría hacerte cualquier cosa.
Qué razón tiene. Nunca bebo demasiado y nunca me había puesto así, y para una vez que pasa, tiene que estar él delante para poder restregármelo el resto de mi vida. ¿Y Flo, por qué no me ayudó?
-Tu ropa estará seca en una media hora.
Se recuesta sobre el otro lado del sofá. Me siento fatal por haberle llamado cotilla, la verdad; el chico ha cuidado de mí, me ha cedido su cama y me ha dado de comer tomate para que se me pase la resaca. No creo que todos los chicos den de comer tomate a las chicas que meten en su casa y menos sin acostarse con ellas. Quizás... quizás le guste.
-Me contó Flo que tú no sales con chicas.
Una demostración de sutileza digna de libro la mía, ¿Pero cómo se sacan sino estos temas?
-¿Estás insinuando que soy homosexual?
-La verdad es que no daría un duro por ello, pero quién sabe.
-Salgo con chicas, Alejandra. Lo que no hago es meterme en relaciones serias.
-¿Por qué?
Venga, sígueme el juego y no dejes respuestas a medias.
-La primera chica con la que salí me engañó con mi mejor amigo.
-¡¿Nico?!
No me puedo creer ese comportamiento del hermano de Flo, no conozco mejor persona que él.
-Así es. Pero nadie sabía que ella y yo estábamos juntos, ni siquiera él; así que no le culpo. Decidí no volver a caer en las redes de una relación estable: durante un par de años fui de chica en chica, noche sí y noche también, pero me di cuenta de lo vacío que me sentía, así que dejé de darme cabezazos contra la pared del rencor y pasé del tema. Ella no se merecía que me importase tanto. Así que ahora si surge lo cojo, pero tener a alguien encadenado no es algo imprescindible en mi vida.
Bofetada de sinceridad. Paliza, mejor dicho. ¿Es tan sincero por las mañanas? Tendríamos que dejar de quedar para tomar copas y empezar a desayunar juntos.
-Menuda mierda esto del amor. Mi primer novio me puso los cuernos y el chico que estaba llamando al móvil también.
Creo que ha quedado bastante claro que no quiere nada conmigo.
-Es difícil encontrar a alguien con quien compartir una camisa de fuerza.
¿Y por qué me molesta tanto? Habíamos dicho que nada de enamorarse de este personaje de ciencia ficción.
-Te propongo un pacto.
-Sorpréndeme.
-Creo que ninguno de los dos quiere estar con nadie, al menos no de manera seria. Y para estar de manera seria hay que empezar por enamorarse. Así que la cuestión es que ninguno se enamore, el pacto es ayudar al otro, evitar que esa enfermedad le pase.
Se ríe y niega con la cabeza.
-Estás fatal.
-No, es una genialidad. Contamos con el apoyo del otro.
-Pero no eliges de quién te enamoras.
¿Me lo dices o me lo cuentas?
-Exacto. Por eso, si llegásemos a cometer ese error, el otro tiene que esforzarse en desencantar, encontrarle defectos al tercero en discordia.
Después de pensarlo mucho y entre risas, estrecha mi mano para sellar el pacto. Ace, nuestra relación es definitivamente imposible. Y no sé por qué de pronto me da este bajón. Él y yo ni somos novios, ni pareja, casi ni sé si somos amigos ¿Qué me pasa? Soy idiota, acabo de firmar un pacto de no enamoramiento con el chico del que estoy potencialmente enamorada. Creo que azotarme la espalda con un madero lleno de clavos sería más elegante.
Cuando mi ropa ya está seca, me cambio y me lleva a casa en el coche. Creo que después de esto se merece saber mi dirección.
Así que ya estamos en la puerta.
-Ya puedes volver a tu nido, pollito borracho.
Ja.
-Qué gracioso. -Abro la puerta al salir y le miro. -Gracias por todo.
Sonríe durante un segundo y arranca el motor mientras yo cierro. Nos despedimos una última vez con la mano antes de desaparecer por mi portal.
Y ahora que a a pasar????me engancha tu escritura; solo decirte que este chico es un poco hortera, ese tatuaje................ que barbaridad, me imagino que un día tocaras la guitarra....
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