Lunes por la mañana, demasiado por la mañana, cuando el cielo aún está sacudiéndose los últimos tintes de la noche. ¿Y quién está en mi esquina? El chorraboba, con su café de cadena de cafeterías que hace cafés que saben a todo menos a café, sus pitillo verdes y sus gafas de pasta, apoyado contra la fachada de mi edificio. Le miro un instante con cara de estar oliendo una basura y sigo mi camino sin prestarle atención.
Me agarra del brazo antes de que siga caminando.
-¡Eh! -le grito y me zafo.
-Te he estado llamando todo el fin de semana.
-Ya lo sé.
-Tengo que decirte lo que siento.
Me río de él.
-No gracias, no fumo.
-¿Qué?
Nunca ha entendido mi humor.
-Que no me interesa lo que tengas que decirme.
-Nunca dejas que nadie se explique. Te crees en posesión de la verdad absoluta y no es así, Alejandra. Cometes errores, te equivocas, eres...
-Shhh -le corto.
-Vale, cuando te apetezca saber lo que pasó en realidad me llamas y si me apetece te lo digo.
Se marcha airado, derramando un poco de café, en dirección al colegio.
La semana ha empezado bien... No quiero imaginar cómo será el resto.
Y, como prometía, una semana tediosa con comentarios despectivos de mis compañeras y las zancadillas emocionales que ya he tenido alguna vez. Y lo que ronda mi cabeza es la universidad. La universidad como vía de escape. ¿Pero qué voy a estudiar? No sé ni qué voy a hacer con mi vida este verano, imagínate si me pongo a planteármela a larguísimo plazo.
No me imagino dando clases, por ejemplo, ni con un maletín en un bufete de abogados, nada relacionado con la justicia o la política (me aburren demasiado esos temas), periodismo... quizás. Publicidad... no, definitivamente no. ¿Psicóloga? Es lo que yo necesito, no creo que pueda serlo.
Educación especial. Eso me gusta. Se me dan bien los niños y hay más de uno que necesita una ayuda que yo podría darle. Los niños son lo que me gusta. Sí, tener alguna responsabilidad de ese tipo me gustaría.
Los cinco días lectivos pasan lento, pero por fin pasan. Lo malo de esta semana, o quizás lo bueno, ha sido Ace, o quizás no-Ace. Ni una sola llamada, ni un solo mensaje, ni una señal de humo, ni piedras contra mi ventana. Es bueno porque he decidido que no me guste más de lo que ya me ha llegado a gustar, pero malo porque tengo cierta ansiedad por verle, por sus bromas de mal gusto, sus ironías... Pero entiendo que después del espectáculo del sábado no quiera saber nada más de mí.
Y, como si mis pensamientos se hubiesen materializado, ahí aparece, en la puerta de mi colegio con su coche negro. Hago como que no le he visto (¿Qué me pasa?) y sigo camino hacia mi casa.
Me agarra de los hombros.
-¿Se te ha pasado ya la resaca?
¡¿Pero cómo puede seguir con eso?!
-Hasta ahora, el dolor de cabeza había desaparecido.
-Ya me imagino, ya -se gira y abre la puerta del coche. -Vamos.
-Tengo cosas que hacer hoy.
-Venga, entra en el coche y no te hagas la dura.
-En serio, Ace, tengo que hacer una cosa.
-Tardarás menos en cruzar toda la ciudad con coche.
Enarco una ceja y me cruzo de brazos. ¿Me espía?
-Venga, entra y te cuento.
Me trago mi orgullo, mis ganas de olvidarle y mis nervios y subo al coche como la niña que hace casó a su madre después de una discusión. Mientras arranca, dejo la mochila entre mis pies y me pongo el cinturón.
-No te creas que te espío. En domingo, cuando estábamos ensayando en casa de Nico, subí a su habitación a por unas partituras y te escuché hablando con Flo: tenía puesto el manos libres.
No le llames cotilla. Muérdete la lengua, Alejandra. Lo escuchó sin querer.
-Escuché cómo Flo te daba calabazas y yo tampoco tenía ningún plan para esta tarde, así que me pasé por aquí para hacerte compañía.
-Adorable.
-Si lo prefieres, te dejo en el bus.
-No, no. Hombre, ya que te has tomado la molestia...
Y menos mal que me ha traído en coche. La caja pesa una tonelada y media; a saber qué habrá pedido esta mujer desde Japón que pesa tantísimo. Cuando dejo el paquete en el maletero me doy cuenta de que Ace está mirado muy serio mi cuaderno de dibujo.
-¡Eh! -le llamo la atención y le quito el cuaderno de las manos.
-Son buenos. Dibujas bien.
-¡No me lo creo! ¡Existe algo que haga bien!
-Hay más cosas que haces bien, Alejandra -dice con tono muy serio.
-¿Como qué?
Se queda en silencio, mirándome sin pestañear, hasta que consigue aburrirme y pongo la música. Pero no me dura mucho. Le llaman al móvil y para en un área de descanso cercano para cogerlo. Sin decirme nada sale del coche y devuelve la llamada; aunque no puedo escuchar el contenido de la conversación, se ve por sus gestos que es una discusión. Y no para de mirar hacia mí. Cuelga, respira hondo y vuelve al coche. Se sube en silencio sin mirarme, se pone el cinturón y agarra con fuerza el volante. Por fin gira la cabeza hacia mi asiento.
-¿Estás bien? -le pregunto.
Creo que ha perdido los nervios, es la primera vez que le veo así.
-¿Tienes algo que hacer?
Quedar con todos mis novios, con todos mis amigos, preparar la fiesta que voy a dar esta noche en mi casa... No, no es el momento para un comentario sarcástico.
-No, estoy libre.
-¿Te importa acompañarme a casa de mis padres? Es que la niñera ha tenido un problema familiar y alguien tiene que cuidar de mis hermanos. Sé que cuidar niños no es el mejor plan de un viernes, pero me viene mejor seguir esta carretera que volver, dejarte y luego ir.
-No hay ningún problema, Ace.
-En serio...
-Vamos -le sonrío.
-Gracias.
Si sabe esa palabra... Y lo bonita que suena en su boca.
Va lo más rápido que le permiten las normas de señalización. Creo que estaría bien tener ese tipo de señales en el alma, algo así como "PROHIBIDO EL PASO AL AMOR", "120 PULSACIONES POR SEGUNDO COMO MÁXIMO PARA ESTA PERSONA", "PELIGRO DE DERRUMBE EMOCIONAL" o "ZONA DE DESCANSO PARA CORAZONES ROTOS".
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