miércoles, 15 de mayo de 2013

(HEL)ARTE

Tras pasarme las horas restantes desde que dejé de meditar hasta ahora mismo decidiendo qué ponerme, por fin he terminado. Llamé a Flo, quien me podría ayudar con darle dos detalles: se sabe mi armario de memoria y sabe cómo estar en cada ocasión; una vez me habló de los centímetros de las faldas sobre las rodillas en ciertos eventos. Pero ha decidido apagar el móvil o meterlo en un agujero negro para que no tenga cobertura. Y he tenido que decidir yo y soy un desastre en esto. Así que decidí meterme en la mente de un chico. Cuando quedas con un chico debes pensar como un chico... O no.
Me planto en la puerta de mi colegio con una camisa blanca a la que he decidido no abrocharle el botón del escote para compensar la corbata mal abrochada de mi cuello, pitillos negros y tacones rojos. Lo mío es arriesgar.
Ace llega a la hora justa, ni un minuto más, ni un minuto menos.
Voy hasta su coche, me quito el abrigo, lo dejo en el asiento de atrás y me pongo de copiloto.
-Vaya. -dice al ver mi modelito.
-Vamos a un sitio de arte alternativo, ¿No? Pues voy alternativa.
-No sabías qué ponerte -sonríe. -Me gusta.
Arranca el coche y la música se pone automáticamente. No pienso soportar más canciones de amor y desamor mientras él esté presente... Así que miro en la guantera, bajo su atenta y silenciosa mirada, para ver si tiene un jack.
¡Bingo!
Saco mi reproductor y lo enchufo para que suene la carpeta de ópera. Sí, tengo una carpeta de música clásica.
-¿Música alternativa?
-Música que no me hace llorar.
Escucha en silencio un rato y luego me mira.
-¿No sabes alemán, verdad?
-¿Tú sí?
-El aria es una bonita declaración de amor en una situación imposible. Muy Romeo y Julieta.
¡Maldito sea! 
Paso la pista y pongo la siguiente.
-¡No me digas de qué trata! Me gusta escucharla sin entender absolutamente nada.
-El italiano es bastante fácil, en realidad.
¡Pero será asqueroso! Tiene toda la razón en lo que ha dicho; aunque no entienda todo, sí algunos trozos , los suficientes como para que cambie. 
Pero se va a enterar.
-¿Qué es este ruido? -arruga el entrecejo y me me fijo en su nariz recta y puntiaguda.
-Tecno asiático. Ni siquiera tú puedes descifrar esto.
-Por suerte para mí.
Apaga la música y desconecta el jack.
-¡Eh!
-Dejemos que el silencio nos embargue, ¿eh?
Recojo mi música y vuelvo a meterla en mi bolso con enfado. Me cruzo de brazos y miro hacia la ventanilla .
En un semáforo se para a mi lado un coche con una niña pequeña en el asiento de atrás. Ella me mira, me saca la lengua y sonríe. Yo hago lo mismo y no me doy cuenta hasta demasiado tarde de que me estoy riendo como una boba. Su coche arranca y nos despedimos con la mano.
Miro a Ace, que tiene una sonrisita dibujada.
-¿Qué?
-Nada, nada -me mira y luego vuelve a poner los ojos en la carretera. -No me diste esa impresión la primera vez que te vi.
-¿Una chica simpática, encantadora y con una personalidad arrolladora?
-Más bien pensé que eras una inmadura y una ñoña.
-Las portadas de los libros no suelen ser de fiar.
-Desde luego.
-¿Y qué impresión tienes ahora de mí?
-Eres tonta y cantas mal.
-Gracias. No pienso volver a preguntarte nada nunca jamás.
-Eso es mucho tiempo.
-En lo que queda de día por lo menos.
Ya llegamos. Es un ático a las afueras de la ciudad y me siento realmente mal porque veo entrar a algunas chicas demasiado arregladas para la ocasión: minivestidos, tacones de aguja, faldas de raso...
Siento como se me pone roja la nariz, como cuando algo me da mucha vergüenza.
Ace se da cuenta y, para variar, sonrisas misteriosas sin comentarios.
Cogemos el ascensor con dos chicas que miran a Ace como si fuese un manjar y a mí con cara de pena, me compadecen; aunque se asustan al ver mi mueca de asco. Tampoco voy a reprocharle nada a dos modelos de metro ochenta, esqueléticas y guapas. Suspiro y me resigno con mi altura media y mis medidas imperfectas.
Cuchichean algo y se relamen mirándole a él. Están estudiando la relación que guardamos: no hablamos, no nos miramos, no estamos ni siquiera rozándonos. Es todo suyo.
Cuando llegamos al piso, él me coge de la mano, me besa en la mejilla y tira de mí suavemente hacia fuera con un "Vamos, cariño".
Las dos se quedan de piedra y no consiguen hacer nada ante el inminente cierre de las puertas en su cara.
Cuando ya no nos ven, me aprieta la mano y luego la suelta sin comentarios.
Entramos en el ático y me quedo asombrada. El tema es sobre el cuerpo humano: literalmente ha pintado sobre el cuerpo de hombres y mujeres. La música que suena la tengo yo en mi reproductor, de lo que nos damos cuenta a la vez Ace y yo e intercambiamos una mirada significativa. 
Se acerca a nosotros un chico que debe tener la edad de mi acompañante. Va vestido con una mezcla de extraños colores y estampados que no llego a saber si me termina de gustar. Abraza a Ace, quien me lo presenta.
-Alejandra, él es Dámaso, el creador de la obra.
Él sonríe y me besa el dorso de la mano. Qué elegante. Luego me mira de arriba a abajo.
-Me gusta tu estilo.
No sé si tomármelo como un halago o como una encarecida recomendación de quemar el conjunto en cuanto llegue a casa.
-Gracias.
-Déjame que te enseñe esto, por favor.
-No te molestes, tendrás que atender al resto de tus invitados.
-No seas tonta. Es lo mínimo que puedo hacer por mi contacto con los modelos y su acompañante.
Seguimos al artista por la sala. Los hombres y las mujeres que posan están totalmente desnudos, pintados de los pies a la cabeza. Con cada cambio de canción adoptan una nueva postura, posturas bellas y artísticas.
La excursión termina en el centro de la sala, donde hay una chica y un chico sobre una tarima: él está pintado de color blanco y ella de color negro, ambos en constante movimiento, en giros tan lentos que casi cuesta darse cuenta de que no están quietos.
-Es genial, Dámaso. Te felicito.
-Muchas gracias. Me alegra que te guste.
Vuelve a besar mi mano, se despide de Ace y se marcha.
-¿Te apetece tomar algo?
-¿Tú vas a tomar algo?
-Agua. Te recuerdo que soy tu chófer.
-Yo quiero algo fresquito y sin alcohol, por favor. Y no me vas a dejar...
-No -me corta, -no lo vas a pagar tú.
Se marcha a la barra y yo, mientras, me quedo mirando la obra central. Me recuerdan a las alas de una mariposa o a cómo juegan dos gotas de agua que se precipitan por un cristal y luchan para salvarse juntas.
Ace vuelve con su vaso y un zumo de piña y papaya.
-¿No es precioso? Es como si estuviesen en su mundo, pero a la vez necesitan del mundo del otro para tener equilibrio.
-Vaya... Qué profundo. ¿Lo llevas pensando desde que he ido a por las bebidas?
Me molesta muchísimo ese comentario.
-Eres idiota.
-Reconoce que ha sido una cursilada.
-Era lo que pensaba.
-Pero una cursilada.
Después de que pasen unas bandejas con canapés de lo más fino, nos vamos del piso. Al despedirnos, Dámaso promete quedar con Ace un día para hablar más tranquilamente. Creo que a mi acompañante no le ha hecho gracia que me lleve bien con su amigo, lo que hace que me despida con un abrazo para sacarle de quicio.
Al entrar en el coche estamos muy callados.
-¿Quieres ir a cenar?
-No tengo hambre.
Le suena el móvil y tiene una conversación muy corta basada en monosílabos.
-Era Nico. Están todos en el bar del otro día. Está Flo.
-¿Vas a ir?
-Si te apetece, podemos pasar a tomar algo.
Sí que me apetece, tengo que contarle a Flo lo de la ¿cita?.
-Vale, vayamos.
Así que ya estamos de camino al sitio donde le conocí. Tengo que terminar esta relación tan rara ya. Hay que cortar el problema de raíz.

2 comentarios:

  1. No me imagino la exposición.

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  2. Yo si me la imagino y tu cara también. Alejandra, ese chico me gusta.

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