Ni demasiado frío ni demasiado calor.
Así era siempre el tiempo.
Así era ella.
No, ella fingía ser así. Fingía ser como los demás. Intentaba encajar. Intentaba ser aquello a lo que llamaban normal.
¿Por qué tenía que sentir?
Sintió que chocaba contra alguien y de inmediato fijó la vista en el frente. Pronunció una disculpa breve y siguió su camino sin parpadear, deseando que nadie más hubiese reparado en aquel pequeño accidente. Quería mirar si se habían fijado en ella, si había conseguido pasar inadvertida, pero volver la cara supondría delatarse al mostrar un mínimo de curiosidad.
Siete calles más lejos pudo respirar algo más tranquila. Si se hubiesen dado cuenta ya se habrían hecho con ella.
Y de pronto un tirón en el brazo le arrastró tras unos andamios. Una mano le tapó la boca, algo que le pareció absurdo ya que el miedo ya lo habían extirpado de todos. Pero ella sí que sentía miedo, ella era capaz de sentir cosas que los demás no podían sentir y, por lo tanto, quiso gritar durante los cinco segundos que tardó en darse cuenta de que, sin duda, era la peor de las opciones.
La persona que había tirado de su brazo se puso frente a ella con una sonrisa que le resultó de lo más extraña. El chico agarraba un pequeño ejemplar de El Principito mientras su sonrisa no hacía más que crecer. Ella, inconscientemente, llevó su mano al bolsillo de la chaqueta para darse cuenta de que aquel libro era el suyo; la sangre huyó de su cara, de todo su cuerpo, sentía que iba a desmayarse en cualquier momento. Sólo podía hacer una cosa: negar la evidencia por todos los medios y fingir, de nuevo, impasividad ante los hechos.
-Sientes miedo -dijo entonces él.
Ella se quedó en silencio, como si desconociera de lo que estaba hablando. No quería que la arrestasen, no quería que la llevasen a uno de esos centros a los que llevaban a los que no eran como los demás.
-Claro que sientes miedo -insistió-, te has quedado pálida y tiemblas.
-Tengo que marcharme -contestó, controlando en la medida de lo posible que su voz no la delatase.
Entonces él agarró de nuevo su brazo para impedírselo.
-Te has chocado conmigo y se te ha caído esto del bolsillo. Deberías tener cuidado con lo que llevas en los bolsillos y, sobre todo, evitar que se te caiga si lo haces. Si llega a ser un guardia te habrías metido en un lío bien gordo.
Entonces suspiró y tomó aire, nunca le había sentado tan bien respirar como en aquel momento. Cuando tuvo de nuevo el libro lo apretó con tanta fuerza que estaba segura de haber arrugado desde la primera hasta la última página.
-Tú no eres como los demás... ¿De dónde lo has sacado?
Ella aún no era capaz de hablar. No era capaz ni de pensar con relativa normalidad.
-¿Cómo te llamas? -insistió, clavando en ella una mirada profunda.
-92091...
-No -le interrumpió-. Tu nombre. El de verdad. El que has elegido. Seguro que has pensado ya en uno. Fue lo primero que hice cuando cayó por primera vez un libro en mis manos.
Era cierto, después de haber leído su primer libro, había pensado en cómo le habrían llamado sus padres si los hubiese tenido y si hubiese nacido muchos años antes.
-Sofía.
Él volvió a sonreír, esta vez con cierta ironía ante la elección.
-Yo me llamo Adam -le tendió la mano.
Ella no supo muy bien cómo reaccionar.
-Venga, seguro que sabes lo que es un apretón de manos -cogió su mano y la estrechó, luego aflojó y besó su dorso-. Supongo que también sabrás que, hace mucho, se saludaba así a las mujeres.
Sofía apartó la mano y se acarició el sitio que el había besado, sintiendo el tacto extraño pero curiosamente agradable.
-¿No llevas mucho tiempo leyendo, eh? No importa, yo puedo ayudarte con eso si quieres. Vendré aquí cada semana y te dejaré un libro bajo los escombros. No te preocupes, no te costará mucho encontrarlos.
Ella pensó en que aquella estaba siendo la conversación más larga (y más interesante) de toda su vida. Desde luego había sobrepasado el minuto de rigor establecido en el que se podía intercambiar información con otro ser.
-Yo no he leído tu libro, pero me encantaría. Si quieres, cuando lo termines, puedes dejármelo tú también bajo los escombros. Y no te asustes, yo también soy diferente, no somos los únicos -miró su reloj-. Tengo que marcharme ahora, pero nos volveremos a ver.
Adam dio un abrazo a Sofía. Era el primer abrazo que le daban en su vida y sabía lo que era porque se lo había imaginado más o menos así cuando lo había leído; en el libro donde lo había visto decía que la otra persona también "envolvió con sus brazos a..." pero no se sentía capaz de mover, después de aquel torbellino, ni un sólo músculo de su cuerpo. Sin embargo, disfrutó de ese gesto como lo había hecho antes de respirar tan profundo o incluso más.
-Me alegra que no seas una obsolescente -susurró Adam antes de marcharse y desaparecer tras la estructura de metal.
...parece interesante, muy bien.
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