Ha dejado su reproductor de música en sesión aleatoria, sin escoger esa lista destinada a los días tristes o aquella otra para salir corriendo; su estado de ánimo es normal y no tiene unos acordes preferidos. Los días últimamente son grises y el cielo llora, pero, por sorprendente que sea, no le está afectando demasiado. Cualquier canción le sirve. Además tiene que limpiar su ordenador; un malvado virus ha jaqueado su sistema y tiene que trasladar cinco años de su vida a un nuevo portátil que, esperemos, le dure más. Para una tarea de aburrido domingo mojado que no tiene ganas de brillar, cualquier voz o instrumento puede dejarse caer.
Y tras una tediosa hora decidiendo los trabajos de colegio y universidad que van a tener el honor de formar parte de su nuevo ordenador, le llega el turno a los archivos de imagen. La música, por supuesto, pasa toda sin filtro.
Y ahí están, las carpetas milimétricamente ordenadas por fecha, álbumes que llevan tiempo en el olvido, que quizás deberían seguir en ese sitio que a veces es mejor no mirar. Pero el malvado virus ataca y en cualquier momento su diario de vida basado en imágenes y palabras escritas a través del teclado podría apagarse y nunca más volver a la vida.
Los recuerdos de días pasados se pixelan en su pantalla. Años de besos en los soportales de una ciudad sin nombre (aunque Gris sería perfecto para su ciudad), la mirada de dos adolescentes descubriendo un nuevo camino, unos ojos demasiado enamorados y otros demasiado poco llegando a la fecha que supuso un punto y final en aquella historia; no puede evitar preguntarse en qué momento los romances más apasionados sufren un colapso ¿Quizás el sistema operativo de su ordenador se había desenamorado de su antivirus y por eso algo se había roto? Y fotos de amigos.
P. no puede evitar fumar, más aún con aquella situación de tener que enfrentarse a todo eso de golpe. Sabía que algún día tendría que limpiar el polvo de su vida, pero esperaba tener la oportunidad de hacerlo con calma. Y las gominolas de fresa ácida haciendo contraste con el amargo momento.
Amigos, decíamos. Sí, las amistades que están y las que han pasado. Amistades que se prometían eternidad y habían durado menos de lo que cualquiera hubiese deseado. ¿Y quién tenía la razón? En esas cosas no hay razones, hay matices en las situaciones, pérdidas innecesarias de orgullo y no tan innecesarias. ¿Y si su sistema y el antivirus simplemente eran amigos y habían discutido? ¿Tan fuerte había sido el asunto que ni un profesional había podido arreglarlos? A lo mejor el virus del orgullo era demasiado fuerte.
Pero ahora da igual, P. no practica el arrepentimiento. Tiene el firme convencimiento de que todo lo que sucede, lo hace con un buen motivo, que las cosas no pasan porque sí, y en vez de arrepentirse de lo que pasa aprende y corrige. Ella es así. ¿Podría llamarse, entonces Orgullosa, en vez de P.? No, era más cosas que orgullosa, la búsqueda de un nombre perfecto tendría que seguir en marcha.
Y era el momento de la decisión, de decidir si los viejos amores, las viejas amistades, las borracheras en noches que invitaban a grandes locuras y los besos ya marchitos deberían formar parte de su nuevo diario virtual.
Y más nicotina a su organismo. ¿Cual sería el vicio de los softwares? ¿Cookies? Daba igual. A sólo un botón de borrar una vida y empezar de cero o seguir escribiendo nuevos capítulos de la ya vivida lo único que era capaz de hacer era pensar en pésimos chistes informáticos.
No debía olvidarlo todo, la solución era conservar una foto de cada cosa, su preferida, aquella que hablase más de cada historia. Y de aquel amor guardaría ese beso en París. De aquel otro, el día de San Patricio bebiendo en la taberna irlandesa. De esa amistad que ya no añoraba guardaría el día que se vieron después de un largo verano. De la que aún añoraba dejaría en la carpeta (Días olvidados) esa fiesta en la que se conocieron, donde empezó todo.
Pero la vida sigue. P. lo sabe. Y con ella, la fresa ácida y los cigarros del día a día.
Los recuerdos de días pasados se pixelan en su pantalla. Años de besos en los soportales de una ciudad sin nombre (aunque Gris sería perfecto para su ciudad), la mirada de dos adolescentes descubriendo un nuevo camino, unos ojos demasiado enamorados y otros demasiado poco llegando a la fecha que supuso un punto y final en aquella historia; no puede evitar preguntarse en qué momento los romances más apasionados sufren un colapso ¿Quizás el sistema operativo de su ordenador se había desenamorado de su antivirus y por eso algo se había roto? Y fotos de amigos.
P. no puede evitar fumar, más aún con aquella situación de tener que enfrentarse a todo eso de golpe. Sabía que algún día tendría que limpiar el polvo de su vida, pero esperaba tener la oportunidad de hacerlo con calma. Y las gominolas de fresa ácida haciendo contraste con el amargo momento.
Amigos, decíamos. Sí, las amistades que están y las que han pasado. Amistades que se prometían eternidad y habían durado menos de lo que cualquiera hubiese deseado. ¿Y quién tenía la razón? En esas cosas no hay razones, hay matices en las situaciones, pérdidas innecesarias de orgullo y no tan innecesarias. ¿Y si su sistema y el antivirus simplemente eran amigos y habían discutido? ¿Tan fuerte había sido el asunto que ni un profesional había podido arreglarlos? A lo mejor el virus del orgullo era demasiado fuerte.
Pero ahora da igual, P. no practica el arrepentimiento. Tiene el firme convencimiento de que todo lo que sucede, lo hace con un buen motivo, que las cosas no pasan porque sí, y en vez de arrepentirse de lo que pasa aprende y corrige. Ella es así. ¿Podría llamarse, entonces Orgullosa, en vez de P.? No, era más cosas que orgullosa, la búsqueda de un nombre perfecto tendría que seguir en marcha.
Y era el momento de la decisión, de decidir si los viejos amores, las viejas amistades, las borracheras en noches que invitaban a grandes locuras y los besos ya marchitos deberían formar parte de su nuevo diario virtual.
Y más nicotina a su organismo. ¿Cual sería el vicio de los softwares? ¿Cookies? Daba igual. A sólo un botón de borrar una vida y empezar de cero o seguir escribiendo nuevos capítulos de la ya vivida lo único que era capaz de hacer era pensar en pésimos chistes informáticos.
No debía olvidarlo todo, la solución era conservar una foto de cada cosa, su preferida, aquella que hablase más de cada historia. Y de aquel amor guardaría ese beso en París. De aquel otro, el día de San Patricio bebiendo en la taberna irlandesa. De esa amistad que ya no añoraba guardaría el día que se vieron después de un largo verano. De la que aún añoraba dejaría en la carpeta (Días olvidados) esa fiesta en la que se conocieron, donde empezó todo.
Pero la vida sigue. P. lo sabe. Y con ella, la fresa ácida y los cigarros del día a día.
El segundo, hay una inmensa tristeza en el relato, pero a ella parece gustarle.
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