domingo, 13 de mayo de 2012

Sueño de una noche de primavera


Para P. la noche no baila al son de los grados del Señor Brugal. Ya ha tenido la mala experiencia de mezclar medicamentos con alcohol y los recuerdos que conserva de ello son, como poco, una pesadilla. Pero esa noche es especial, no para ella, pero sí para su hermana mayor: se ha casado. Por amor, con amor, pero se ha casado; no se puede añadir nada más si se habla de un matrimonio. ¿Lo mejor? El vestido de su hermana. Si ella llegase a casarse, seguramente llevaría zapatillas debajo de esa tulipa blanca: una preciosa lámpara con zapatillas de cordones chillones. Y esa idea le da vueltas en la cabeza. Las zapatillas que tanto le apetece llevar, en vez de ese aparato de tortura al que llaman tacones.  
Y, tras los pellizcos en las mejillas, cortesía de sus octogenarios familiares, de los bailes ebrios con los conocidos de la pareja y alguna conversación superficial con desconocidos para ella, se marcha a fumar. Podría hacerlo dentro, ha visto hacerlo a los bigotudos señores, Los Puros, como los llama ella; los que se esconden durante la sobremesa en una zona algo apartada y se envuelven en una fuerte nube de humo con ese olor tan peculiar de los Habanos. 
Camino de la salida ha notado algo en la mano, un roce ligeramente húmedo y, al mirarlo, una línea color negro surca el dorso de su mano. Un rotulador permanente. ¿Quién se lleva un permanente a una boda? ¿Quién se dedica a pintar a los invitados de una boda con un permanente? Y tras un segundo para decidir que son preguntas cuya respuesta le es indiferente, sigue camino a su libertad. Pero antes, una parada en el baño.
El camarero ha tenido a bien hacerle un combinado de zumos sin alcohol para que no tenga que pasarse toda la noche a base de refrescos burbujeantes, y tiene la vejiga a punto de explotar.
El baño huele a rotulador, ese olor, tan peculiar como el de los Habanos, pero a su manera de productos químicos. Un olor inconfundible, de esos que es muy fácil evocar. El artista de su mano había pasado por allí no hacía mucho; seguramente se habrían cruzado en la pista de baile durante la huida del pintor clandestino y su propia huida hacia los cigarros.
Y ahí está la obra de arte, en la puerta del primer baño: una enredadera negra que trepa por el lateral de la pintura blanca hasta llegar a un texto, escrito con una caligrafía redondeada.

“Te echo de menos, ¿sabes?
Pero a falta de sexo me queda la literatura
Y no,
no me refiero a hacer el amor.
Tampoco aspiro a la poesía.
Estás demasiado lejos para esas cosas.”

No tenía firma. 
Las palabras estaban ahí. Y el Big Bang estalló en su estómago. Sin lugar a duda, se había enamorado de esas líneas. Enamorarse de la palabra era todo a lo que P. podía aspirar; tampoco buscaba nada más, simplemente que había cosas para las que su código genético no la había preparado.
Salió a los jardines con ese cigarro y, ahora, con ganas de contestar a las dos preguntas que anteriormente le habían inspirado tanta indiferencia, pues quien quiera que fuese el que llevaba rotuladores permanentes a una boda era la misma persona que había conseguido parar su mundo por un instante. ¿Sabía el artista (Artista, no podía ser de otro modo) que ella se dirigiría al baño? ¿O simplemente lo había dejado como firma? ¿Era puro azar que hubiese escogido aquella puerta?
Lo único que tuvo claro al llegar el amanecer era que Artista era el nombre perfecto para el sujeto en cuestión. Que dedicar la noche a su búsqueda había merecido la pena. Que el beso con él, bajo el manzano en flor, había sido el mejor de toda su vida. Que ambos eran seres solitarios que se morían por las sensaciones fuertes. Y que aquella templada noche de primavera se quedaría para siempre entre sus recuerdos más queridos.

4 comentarios:

  1. siempre es bueno llevar rotuladores permanentes, por lo menos en el corazón, hay cosas que no se debían de borrar jamas.

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  2. ¡Cuanta melancolía hay en este escrito! ¿Se siente así el autor?

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