Para P. la noche no baila al son de los grados del Señor
Brugal. Ya ha tenido la mala experiencia de mezclar medicamentos con alcohol y
los recuerdos que conserva de ello son, como poco, una pesadilla. Pero esa
noche es especial, no para ella, pero sí para su hermana mayor: se ha casado.
Por amor, con amor, pero se ha casado; no se puede añadir nada más si se habla
de un matrimonio. ¿Lo mejor? El vestido de su hermana. Si ella llegase a
casarse, seguramente llevaría zapatillas debajo de esa tulipa blanca: una
preciosa lámpara con zapatillas de cordones chillones. Y esa idea le da vueltas
en la cabeza. Las zapatillas que tanto le apetece llevar, en vez de ese aparato
de tortura al que llaman tacones.
Y, tras los pellizcos en las mejillas, cortesía de sus
octogenarios familiares, de los bailes ebrios con los conocidos de la pareja y
alguna conversación superficial con desconocidos para ella, se marcha a fumar.
Podría hacerlo dentro, ha visto hacerlo a los bigotudos señores, Los Puros,
como los llama ella; los que se esconden durante la sobremesa en una zona algo
apartada y se envuelven en una fuerte nube de humo con ese olor tan peculiar de
los Habanos.
Camino de la salida ha notado algo en la mano, un
roce ligeramente húmedo y, al mirarlo, una línea color negro surca el
dorso de su mano. Un rotulador permanente. ¿Quién se lleva un permanente a una
boda? ¿Quién se dedica a pintar a los invitados de una boda con un permanente?
Y tras un segundo para decidir que son preguntas cuya respuesta le es
indiferente, sigue camino a su libertad. Pero antes, una parada en el baño.
El camarero ha tenido a bien hacerle un combinado de zumos
sin alcohol para que no tenga que pasarse toda la noche a base de refrescos
burbujeantes, y tiene la vejiga a punto de explotar.
El baño huele a rotulador, ese olor, tan peculiar como el de
los Habanos, pero a su manera de productos químicos. Un olor inconfundible, de
esos que es muy fácil evocar. El artista de su mano había pasado por allí no
hacía mucho; seguramente se habrían cruzado en la pista de baile durante la
huida del pintor clandestino y su propia huida hacia los cigarros.
Y ahí está la obra de arte, en la puerta del primer baño:
una enredadera negra que trepa por el lateral de la pintura blanca hasta llegar
a un texto, escrito con una caligrafía redondeada.
“Te echo de menos,
¿sabes?
Pero a falta de sexo
me queda la literatura
Y no,
no me refiero a hacer
el amor.
Tampoco aspiro a la
poesía.
Estás demasiado lejos
para esas cosas.”
No tenía firma.
Las palabras estaban ahí. Y el Big Bang estalló en su
estómago. Sin lugar a duda, se había enamorado de esas líneas. Enamorarse de la
palabra era todo a lo que P. podía aspirar; tampoco buscaba nada más,
simplemente que había cosas para las que su código genético no la había
preparado.
Salió a los jardines con ese cigarro y, ahora, con ganas de
contestar a las dos preguntas que anteriormente le habían inspirado tanta indiferencia,
pues quien quiera que fuese el que llevaba rotuladores permanentes a una boda
era la misma persona que había conseguido parar su mundo por un instante.
¿Sabía el artista (Artista, no podía ser de otro modo) que ella se dirigiría al
baño? ¿O simplemente lo había dejado como firma? ¿Era puro azar que hubiese
escogido aquella puerta?
Lo único que tuvo claro al llegar el amanecer era que
Artista era el nombre perfecto para el sujeto en cuestión. Que dedicar la noche
a su búsqueda había merecido la pena. Que el beso con él, bajo el manzano en
flor, había sido el mejor de toda su vida. Que ambos eran seres solitarios que
se morían por las sensaciones fuertes. Y que aquella templada noche de
primavera se quedaría para siempre entre sus recuerdos más queridos.
fenomenal
ResponderEliminarMe encanta
ResponderEliminarsiempre es bueno llevar rotuladores permanentes, por lo menos en el corazón, hay cosas que no se debían de borrar jamas.
ResponderEliminar¡Cuanta melancolía hay en este escrito! ¿Se siente así el autor?
ResponderEliminar