¿El verano de P? De lo más interesante, pero dejemos de lado las postales o cuántas veces tuvo que hacer o deshacer la maleta; centrémonos en un viaje concreto, en un día concreto, en un café en el centro de una ciudad cuyo nombre no vamos a cambiar, se define ella sola: Florencia. Hay lugares destinados a que te enamores irremediablemente de ellos y esa ciudad era uno de ellos.
Un plan perfecto de huida consiguió liberar a nuestra chica de tener que ir en familia con un milimétrico horario de entrada y salida; las vacaciones están para la aventura, para dejar el reloj en casa, perderse y, con un poco de suerte, encontrarse. No, no se ha encontrado, aún queda mucho para llegar a ese punto (si algún día llega).
Pero pasó algo en Florencia, dos sucesos que marcarán un antes y un después en la vida de P; no es consciente de la relevancia de uno de ellos (¿Cómo puede ser que un pequeñísimo e insignificante detalle tenga el poder de cambiar una vida? Sin que nosotros nos demos cuenta, se cuelan en nuestro tiempo momentos a los que casi no prestamos atención y luego resultan ser una pieza clave de todo el puzzle que vamos construyendo. Alguien bate las alas y se desata un huracán en tu interior. Qué curioso se antoja a veces vivir) y el segundo lo atesorará durante el resto de su vida.
Después de un agotador día de turismo, tocaba deleitarse con un helado de amarena y sentarse junto al Ponte Vecchio antes de que se pusiese el sol. Y allí estaba, contemplando el agua que corría en silenciosa calma mientras se acababa su helado; luego levantaba la mirada al cielo, cualquiera pensaría que estaba pronunciando sus oraciones, pero en realidad estaba intentando entender el color del cielo florentino, era verde, verde aguamarina un poco jade o... era indescriptible. Pensó, primero, en cambiar alguna pared de su habitación de nuevo o quizás poner el techo de ese color, pero declinó la idea al entender que jamás conseguiría igualarlo, ni siquiera estaba segura de que ese color existiese de verdad: era tan increíble que empezaba a pensar si su imaginación estaba jugando con su percepción.
De pronto sintió algo, como cuando notas que alguien te mira por la espalda, o incluso el roce de algo por el hombro. Se giró con rapidez y, durante un segundo, cruzó la mirada con unos ojos que la dejaron sin aliento, no sabía si reflejaban el cielo o era el propio color del iris. Sea como fuere, tuvo la necesidad de seguir al propietario de esos ojos para poder quedarse horas intentando descubrir el secreto del cielo florentino. Dio el primer paso para correr tras él, pero una mano cogió la suya, llevándola al segundo gran suceso de aquel día.
Quien había impedido su persecución era un hombre maduro de entre sesenta o setenta años; parecía sacado del París de la Revolución Bohemia con aquel pelo azabache salpicado de canas a los lados todo peinado hacia atrás, dos líneas de bigote perfectamente cortadas sobre el labio superior que, junto al inferior, sujetaban un cigarro medio consumido. Vestía con una camisa blanca algo desgastada y un chaleco, unos pantalones finos y unos zapatos de piel. Sobre su antebrazo izquierdo colgaba un paraguas negro y en el chaleco guardaba un reloj de bolsillo.
-Querida -le dijo-, no corras tras él. Una mujer no debe ir tras un hombre, debe ser al revés.
Al principio, P se enfadó; no entendía por qué ese hombre se metía donde no le llamaban. Después vino la sorpresa de que hablase su mismo idioma y, finalmente, entendió que un hombre así sólo podría haber sentenciado un consejo de ese tipo y se relajó.
-Llevo un rato observándote y me resultas una persona de lo más curiosa. Por favor, deja que te invite a un café.
Por razones que P desconocía, aceptó la proposición. De repente empezó a llover con fuerza, como si el cielo se hubiese enfadado. Parecía que estaban dentro del mar y no olía como en su ciudad, no era tierra mojada, olía al color del cielo, lo sabía de algún modo.
Y aquel hombre, Bohemio (no podría ser de otro modo), la llevó a un coqueto café al estilo de los años treinta y mantuvieron una conversación de lo humano y lo divino. Le explicó dos conceptos que guardaría para su propósito de cambio: inevitabilidad e intervencionismo; ambos estrechamente relacionados. Bohemio le explicó que él empezó a ser más feliz el día que entendió que tenía que dejar de esforzarse en que las cosas pasasen, en que si algo tiene que suceder, sucederá; hay que ayudar un poco a ello, no puedes esperar que el amor de tu vida llame a tu puerta si tú no has salido antes a la calle. Pero hay que dejar que las cosas pasen, no forzarlas, no intervenir y manipular las situaciones para que ocurra todo tal como uno lo desea. "Si planeas cada cosa -dijo- le quitarás toda la sorpresa a la vida; si ese chico y tú estáis destinados a conoceros y no ser simplemente un cruce de miradas, os conoceréis y, con un poco de suerte, tendréis una noche de intenso amor. Lo inevitable es inevitable".
Bohemio era uno de esos hombres que se esconden en lugares recónditos del mundo, es el tipo de hombre al que se refiere una mujer cuando dice "Ya no quedan hombres como los de antes". Sí, sí que quedan, pero son mayores y no le han enseñado a sus nietos cosas como llevar un reloj de bolsillo en un chaleco con espalda de raso.
Florencia fue la última parada del caluroso verano de P. En el primer mes de otoño volvió a Gris, a esperar que continuase febrero, a llevarlo con nuevos recuerdos.
(Siento haber tardado tanto en publicar. Es difícil hablar de Florencia en tan pocas líneas sin quitarle la magia.)
SI HAS TARDADO BASTANTE EN PUBLICAR Y SE ECHA DE MENOS TU FRESCURA AL ESCRIBIR, TU FACILIDAD PARA DESCRIBIR LOS SITIOS Y LOS MOMENTOS. NO TARDES TANTO, SE TE ESPERA.
ResponderEliminar¡Precioso! ¿De donde sacas todo lo que escribes?
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