Nunca había sido una persona hipocondríaca; sin embargo, de un tiempo a esta parte, había asumido que algo le pasaba en la cabeza. Bueno, realmente pensaba que le pasaba en el corazón, pero al fin y al cabo, para él la conexión entre ambas partes no distaba tanto como solía decir la gente, para él era fácil pensar con el corazón y sentir con el cerebro. Algo, en definitiva, ocurría en su interior, algo que había supuesto los festines de techo en las larguísimas noches en vela, las lágrimas furtivas en situaciones insospechadas y los suspiros a deshora: toda esa tristeza que circulaba por sus venas y que no encontraba la manera de escapar tenía que venir de algún sitio.
Aquella película, Midnight in Paris, le puso sobre la pista: pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, y no sólo eso sino el hecho de querer vivir en otro tiempo. A diferencia del protagonista de la película, él no quería vivir en un tiempo anterior a su nacimiento, él quería volver tan sólo unos años atrás en el tiempo para poder hacer las cosas de manera diferente porque se había nutrido de una madurez necesaria para tomar 'la otra decisión' en momentos clave.
Entonces una tarde empezó a fijarse en su madre: ambos estaban con la televisión encendida y realmente ninguno le estaba prestando atención porque mientras él contemplaba a la mujer que le había traído al mundo, ella miraba a la nada; ya había percibido esto en más ocasiones, las ausencias de su madre a ese mundo interno que todos tenemos y al que nadie consigue llegar nunca, ese espacio donde se quedan los mejores y más silenciosos secretos. Se preguntó si estaría recordando también algún amor de su pasado o quizás su niñez. Sabía que su madre no era feliz, en realidad tenía el firme convencimiento de que ningún adulto, a partir de cierta edad (a la que él empezaba a acercarse peligrosamente), podía decir que era realmente feliz; algunos conseguían acoplarse a un plan fallido del futuro que habían soñado y que no se había cumplido y otros, como él y como su madre, conseguían escapar durante unos segundos a algún recuerdo cuidadosamente guardado.
En realidad esa palabra no aparecería en ningún tratado médico, seguramente un médico decente ni siquiera diría que es una enfermedad, pero qué saben los médicos decentes de la complicada relación corazón-cerebro. De hecho, ni siquiera aparece en el gran buscador de la red y, seguramente, nadie le creería si explicaba que el motivo de su tristeza crónica se debía a aquella extraña y peculiar enfermedad que, hasta donde sabía, sólo afectaba a algunos miembros de su familia; seguramente le dirían que sentía melancolía. Pero no era, ni de lejos la melancolía de un recuerdo puntual recordado en un momento puntual, era un estado constante de miedo por el resurgimiento de algún recuerdo que, pese a haber sido feliz durante su desarrollo, resultaba casi insoportablemente doloroso ya que no se podía repetir y, seguramente, la persona involucrada en el recuerdo ni siquiera continuara en su vida. Entonces la enfermedad llegaba a su punto álgido: al igual que aquel que sufre narcolepsia, se sumía en (una especie de) sueño del que no era consciente y del que no podía controlar el despertar de manera voluntaria. No cerraba los ojos, al menos no siempre, pero sí que dejaba de ser consciente de todo aquello que le rodeaba, dejaba atrás el mundo de los médicos decentes.
Entonces, con una de esas sonrisas mezcla de la resignación y la ironía en la que no se enseñan los dientes, se levantó del sofá, besó a su madre en la frente para traerla de vuelta y asumió que aquella afección, seguramente degenerativa, no podría jamás contar con un tratamiento para curarse, ni siquiera con uno que aliviase ligeramente el dolor.
Sabiendo que lo peor no era querer volver a un lugar o a un momento, que la putada más grande era querer volver a una persona.
Sabiendo que lo peor no era querer volver a un lugar o a un momento, que la putada más grande era querer volver a una persona.
Llámalo melancolepsia o una nombre que nos asusta aún más, el miedo a que esa persona que nos dio la vida o la que nos acompaña a lo largo del camino empiece a perder todo lo vivido, incluso que tú desaparezcas de su todo y su mente llegue a un gris claro casi blanco, es atroz :(
ResponderEliminarYo creo, Anónimo, que nadie nunca olvida del todo. Dentro de los que tienen recuerdos persistentes, los más sufridores son los que se quedan olvidados por los otros. No sé, igual dejamos de ser su todo pero siempre quedará algo, para bien o para mal dejamos huellas impresas en las personas que nos rodean (o eso espero).
EliminarHay personas que son melancolepsia siempre. Pero la vida no esta atrás sino delante, y el mundo esta lleno de amigos que te devuelven a la alegría y a la luz.
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