H: Eres tú el que tiene que organizar un viaje. Es más tu tiempo que el mío. Tú eliges cuándo nos vemos.
H: Todo tuyo. Ambas cosas.
M: Y tu manera de soñar. Me ha inspirado mucho. Me has inspirado mucho.
H: ¡Eso es mucho! Pero tu manera de mirar, de ver el mundo.
H: Me la quedo. He aprendido mucho de ti en estas dos semanas... Has llegado y mis pilares filosóficos se han puesto a temblar.
H: Lo tengo bastante presente. No puedo prometer que mi imaginación no te lleve conmigo alguna vez de viaje.
H: Me apunto tu frase.
H: Ya eres un personaje en progreso. Creo que la única manera de ser realmente inmortal es que alguien escriba sobre ti... Supongo que tú lo serás en algún momento.
H: Nos vemos el domingo.
(48 horas después)
Estaban en el piso de Martín. Él le había ido a buscar a la boca de metro y le había conducido hasta allí. Quiero enseñarte uno de mis lugares preferidos de esta ciudad -le había dicho. Y ella había confiado (otra vez) a ciegas en la posible aventura y le había seguido hasta donde él vivía. Vio la habitación en la que él dibujaba, con una de las paredes llena de dibujos: le pareció estar perdida en otro universo y pensó que menos mal no haber cogido un mapa.
-¿Sabes? Hay algo de mí que no te he contado, pero no puedes reírte -comentó Helena mientras observaba un folio en el que había una chica y un chico besándose en el interior de una fresa -. Un sueño que tengo es ser pirata. Por eso de no tener límites ni normas, estar siempre viajando y viviendo aventuras.
Martín no se rió.
-Bueno, yo por mi trabajo (y por placer) he viajado bastante y la imaginación te hace estar por encima de cosas como límites y normas... Podría decirse que yo soy un pirata.
Ella se rió con su comentario.
-Bueno, podría decirse que tú ya eres un capitán.
-Capitán Martín.
-Suena bien.
-Suena muy bien, grumetilla. Algún día viajarás mucho. Bueno, algún día cumplirás tus sueños si te esfuerzas y pones empeño, para alguien como tú, que sueña tan alto, será fácil.
Helena no pudo replicar nada a aquello, sólo deseó en silencio que se hiciesen reales sus palabras.
Finalmente le llevó al salón: frente al sofá grande había una estantería que ocupaba toda la pared llena de discos, películas, alguna figurita y muchos cubos de rubik resueltos.
-Jamás he conseguido resolver uno -comentó Helena.
Martín cogió uno de los cubos.
-Pues va siendo hora. Vamos, te voy a enseñar.
Se sentaron en el sofá muy juntos y él le fue enseñando los pasos a seguir, sonriendo cada vez que miraba la cara de concentración que ella ponía sin desviar la vista de sus manos.
-Me imagino que esa es la cara que pones en clase cuando te están explicando algo.
Helena salió de su estado de concentración y le miró un momento, luego volvió a prestar atención. Así permanecieron un rato largo: él explicando y ella aprendiendo y probando. Cuando lo acabaron Helena no podía dejar de sonreír, en realidad era una tontería lo que había hecho pero no sonreía por eso sino por la situación en general que se había desarrollado desde que había decidido cruzar la puerta de ese piso o a lo mejor la del 3R unas semanas atrás.
-Cuando vuelvas sabré resolverlo sola y te lo enseñaré.
Martín dejó el juego sobre la mesa y se apoyó en el respaldo del sofá.
-Bueno, en siete meses pueden pasar muchas cosas.
-Tampoco es tanto tiempo.
-Sí que lo es. Tenemos que seguir nuestras vidas, ya sabes.
Eso sí que empezaba a parecerse a una despedida muy amarga. Era, seguramente, la última vez que le veía y no quería que fuese así, no quería hablar de eso y no quería sentirse triste. Al menos no tan pronto.
-¿Nos escribiremos?
-¡Claro! -como si él también se hubiese dado cuenta del tinte que estaba empezando a tomar el momento, se inclinó hacia delante y se acercó a ella.
-Leí hace tiempo en un libro que escribir es besar pero sin labios, es besar con la mente.
-Entonces te besaré con bastante frecuencia.
Se acercó más a ella y la besó de una manera que distaba bastante de la ternura del primer beso de la primera cita. Era un beso más caluroso, tanto que le borró de la cabeza esa idea tonta que había tenido sobre que a lo mejor no se sabían besar. Sabían y lo hacían muy bien.
Le sobraba todo, especialmente la ropa que les estaba separando, así que deslizó las manos por su espalda hasta quitarle la camiseta. Como suele pasar, esos momentos no quedan tan bien ni son tan fáciles como en las películas, así que él tuvo que ayudarla. Cuando dejó la camiseta en el suelo se fijó en las cortinas y se puso en pie casi de un salto.
-Vamos, Alicia -le cogió la mano -, esto era lo que quería enseñarte.
Abrió las cortinas y salieron a la terraza. Era un séptimo piso con vistas a toda la ciudad y a las montañas que se elevaban tras ésta. Helena pensó que ni el mejor cielo de Nueva York tendría esas vistas siendo el triple de alto. Estaba atardeciendo y el cielo parecía que fuese a empezar a arder de un momento a otro.
-Quería que vieses el atardecer desde aquí, desde uno de mis rincones preferidos -susurró él.
Y se abrazaron en silencio, encajando perfectamente en el otro. Helena apoyó la cabeza contra él, recogiendo cada sensación que flotaba en el ambiente, desde el desacompasado ritmo de sus latidos hasta el olor de él. Olía a cilantro; nunca había olido el cilantro (ni lo haría jamás), pero era la palabra que le venía a la mente cuando le llegaba una brisa con su olor. La mitad de su mente estaba pidiendo que cerrase los ojos para poder desaparecer y dejar ese momento en un eterno, la otra mitad le decía que no parpadease, que se iba a perder una milésima de segundo de todo aquello. Y suspiró sintiéndose, en ese segundo, la persona más feliz y afortunada del mundo por poder estar viviendo eso.
Cuando el sol se escondió, volvieron dentro sembrando todo el suelo de ropa. Helena dejó su diadema sobre la mesa (nunca más la volvería a ver) y le siguió de nuevo a ciegas hasta su habitación. Entendió en el rato que estuvo allí que, aunque se habían quitado la ropa, llevaba bastante tiempo desnuda ante él, porque no se había dejado nada, no había escondido nada y había encontrado a alguien con quien se sentía cómoda siendo ella misma sin retoques.
Pero como ocurre con las mejores historias, tenía un final muy cercano. Cuando ya había caído la noche sobre la ciudad, él la acompañó a la parada del autobús.
-No olvides que puedes abrir el regalo cuando ya estés en el aeropuerto -le abrazó un segundo.
-¿Nos tomaremos un café a mi vuelta?
-Espero que más de uno.
El autobús llegó a la parada.
Se besaron por última vez. Y aquel beso sabía a todo: a las dos semanas, a café, a cerveza, a sol, a su ciudad, al cubo de rubik, a los paseos, a la copa del 3R, a los mensajes, a despedida.
-Buen viaje, Capitán.
Y subió al autobús sin volver la vista atrás, sabiendo que algún día tendría que hacerle inmortal.
Pero se reencontrarán, ¿no?
ResponderEliminarMe está encantando leerte!! :)
Ha pasado un tiempo ya, pero nunca he dejado de leerte. Me alivia ver que has vuelto a publicar y que no has perdido esa magia que te caracteriza, y que te hará llegar lejos, porque llegarás. No sé si seré carne digna de tus historias, pero nos dejamos cosas en el tintero. Sigue así chica cósmica.
ResponderEliminarNo esta mal, se volverán a encontrar o quedará como un amor especial ¿vas a seguir con la historia?
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