jueves, 24 de septiembre de 2015

memotivismo

Dónde estaba, cómo se llamaba, qué había pasado, quién era. Su nombre. Sí, recordaba su nombre, al menos era algo. Pero lo demás... todo lo demás estaba en blanco. No, no todo. Recordaba una mirada, una canción, una persona que no reconocía en una cama de sábanas blancas y una carrera. Los ojos le miraban fijamente entre una cortina de densas pestañas, después caían los párpados y de nuevo en blanco. I could hear your vodka kisses shouting fight! fight! fight! fight! en bucle, una y otra vez hasta que consiguió centrar sus pensamientos en el siguiente recuerdo. En silencio alguien se movía junto a él en una cama grande bajo un edredón, podía recordar el tacto de la tela si cerraba los ojos, como si estuviera en aquel lugar y unos mechones de pelo asomaban y serpenteaban por la almohada. Corría rápido calle arriba sin saber dónde se dirigía, pero en su reloj las agujas marcaban las ocho y cuarto. 
Esos pocos recuerdos se repetían sucesivamente en su cabeza, provocándole una gran ansiedad. Durante al menos una semana no había nada más en su vida. Sus padres eran dos personas totalmente desconocidas para él, hasta donde él podía saber aquellos eran sus padres porque decían que lo eran, pero si cualquier otra pareja con rasgos similares a lo suyos hubiese aparecido y hubiese dicho que ellos eran sus progenitores les habría tenido que creer también. Algunos datos saltaban a veces sin avisar en su cabeza, emergiendo de algún rincón de su mente que había decidido volver a dar la cara.
La Segunda Guerra mundial había sido entre 1939 y 1945. Los sábados había que ir a desayunar a casa de la abuela aunque fuese después de salir de fiesta o directamente desde la fiesta. A su hermano mayor no le gustaban los guisantes. Tenía que llegar antes de las nueve para [...]
Había personas que llegaban a su casa a visitarle y le explicaban quienes eran y qué relación tenían con él. Al igual que con lo de sus padres, sabía que cualquiera podía llegar y contarle una historia inventada que tendría que creer dando por sentado que nadie tendría la intención de engañarle. Incluso una chica que decía ser amiga suya le llevó un libro y le contó que ellos ya habían tenido antes una conversación de lo que pasaría si alguno de los dos sufriese alguna vez amnesia y la promesa del otro de hacer que volviese a leer aquel libro, el favorito de ambos, porque contaría con la suerte de poder hacer aquello por primera vez una segunda vez. Pero, pese a todo, era como si estuviera viviendo un sueño, una vida que no era la suya aunque le dijesen que así era; todo era real y a la vez, para él, nada lo era. 
En su cabeza rondaba la idea de que para encontrarse tenía que perderse. Seguro que lo había leído en algún sitio, pero no lo recordaba y parecía algo bastante lógico. Se apuntó en el brazo la dirección de su casa y salió fuera, dejando que su instinto le guiase a través de las calles para llegar a [...].
Entonces sus pies se quedaron quietos en lo alto de un desnivel. Había más gente caminando cerca, había gente parada mirando el atardecer. Gente. Gente que, por suerte, aparentemente no le conocía. Sentía que algo dentro quería salir fuera. Un recuerdo. Pero nada. Esperó un tiempo hasta que las farolas se encendieron y todos empezaron a marcharse para seguir su ejemplo. 
Empezaba a asimilar que no volvería a recuperar la memoria, al menos nada importante, cuando se cruzó con ella. Entonces la imagen de los ojos de su mente encajó con la realidad, por fin encontraba algo del mundo exterior que coincidía con su mundo. De nuevo las pupilas fijas en él y todo empezó a revolverse en su interior hasta casi dejarle sin respiración. Empezó a recordarlo todo mientras infinitas imágenes pasaban por su cabeza a gran velocidad, como si estuviese rebobinando la película de su vida, pero con saltos estratégicos: ella no estaba por ningún lado. ¿Cómo podía ser que no la recordase? Estaba claro que los ojos de su primer recuerdo eran suyos y, seguramente, los mechones de pelo que asomaban en la cama de su memoria también le pertenecieran. Y, aunque no la recordaba, sentía una tristeza familiar, ira, conmoción, pena y, sobre todo, dolor, tanto dolor que sólo quería ponerse a llorar.
Antes de poder preguntarle nada, ella ya había salido corriendo y estaba lejos como para poder alcanzarla. Y quizás era lo mejor. De entre todos los recuerdos había emergido el de su enfermedad de estar siempre sumergiéndose en la neblina de los sueños de los recuerdos pasados, pero ahora no sentía eso, era como si todo se hubiese ordenado, como si ese memotivismo (que es el resurgimiento de recuerdos en la memoria a través de emociones de alta intensidad aunque los médicos decentes y la mayoría de la gente no lo supiera) hubiese curado todo. 
Supo que ella había sido el problema, la razón de la carrera de las ocho y quince que le había hecho llegar a un lugar en obras que había provocado el golpe en la cabeza causa de la amnesia. También la solución para recordarse a sí mismo quién era en el mundo. Pero entendió que si su mente había sido selectiva a la hora de filtrar los recuerdos, aquellos ojos no eran un lugar al que poder volver.
¿No?

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