lunes, 4 de marzo de 2013

Amor a tercera vista

(He pensado mucho en cómo podría describir el final y he llegado a la conclusión de que me sentaré contigo y dejaré que nuestros protagonistas hablen por sí mismos. Creo que se lo han ganado).




-¡¿Cómo que te casas en una semana?! ¡¿Te has vuelto loco?!
La noticia de la boda había dejado atónito durante largos minutos a Él y, cuando por fin consiguió reaccionar, no pudo controlar su desacuerdo.
-No me hables así.
-¿Quién es ella? ¿La niñata esa con la que quedas últimamente? Es increíble, ¿No te das cuenta de que quiere tu dinero?
-Como primero, te exijo que me tengas un respeto y no me hables de esa manera. Como segundo, te prohíbo que llames niñata a mi amiga. Y, como tercero, no, no me caso con ella ¿Cómo iba a hacerle yo esa faena? Está en los mejores años de su vida, sería un terrible error ponerle unos grilletes a esa chica.
Él empezó a dar vueltas por la habitación, intentando apaciguar su sofoco pero con poco resultado.
-¿Cuántas veces te has casado?
-Pocas para mi gusto- bromeó.
-Abuelo, no puedes volver a hacerlo. El matrimonio no es algo para tomarse a risa.
-No me estoy tomando nada a risa. Pero cuando te enamoras es inevitable querer compartir tu vida con esa persona.
-¿Te has enamorado siete veces?
-Muchas más en realidad, pero solo siete lo suficiente como para casarme. Además ya soy mayor, no sé cuántas oportunidades más me quedarán.
Derrotado, se dejó caer en el sofá de al lado de su abuelo y negó con la cabeza. De un tiempo a esta parte no compartía nada con la persona que prácticamente le había criado y no sabía cómo volver a buenos términos con él.
Tras un trago a su vaso de bourbon, el hombre le puso la mano en la rodilla a su nieto y le miró fijamente.
-¿Vas a querer ser mi padrino o no?
-¿Es muy importante para ti?
-Sí. Me parece algo casi imprescindible.
No contestó enseguida, pero finalmente asintió con algo de desgana e intentó poner su mejor sonrisa para animar a quien, en realidad, más quería en el mundo. Su abuelo le decía que lo mejor que tenía la vida era enamorarse y si para él era algo tan importante, no podía hacer otra cosa que estar a su lado; además tenía razón: era ya mayor y los granos que le quedaban a su reloj de arena eran algo incierto.


Y llegó el gran día (como suelen decir en las películas). Él estaba con su abuelo y su futura ¿abuelastra? hablando con el juez cuando apareció una joven sonriente con un ramo de margaritas que alegraban aun más su cara. Primero pensó que no era la primera vez que se veían y luego una serie de sentimientos contradictorios se encontraron en su interior: por un lado quería gritarla, decirla que se marchase de allí porque sabía que era la joven por la que su abuelo le había reemplazado, quería decirle si le parecía normal pasarse las tardes de los sábados con un señor que la podía cuatriplicar la edad (al principio, cuando su abuelo le habló de ella, pensó que era una señorita de compañía), pero también quería que esa sonrisa no se esfumase, quería ver durante mucho tiempo la alegría que bailaba en sus ojos, preguntarle por el pequeño tatuaje de su tobillo y quería... incluso se atrevería a robarle un beso. Pero para cuando quiso volver a poner en orden lo de dentro, ella abrazaba a su abuelo con mucho cariño y era un abrazo recíproco; hacía tanto tiempo que no le abrazaban así que sintió una punzada de celos.
P se quedó muda al verle de cerca, al ver sus ojos. Esos ojos... era la mirada que se había cruzado con ella en Florencia, eran los ojos destinados a una persecución que el protagonista de aquella boda había impedido. Miró a Bohemio un momento y éste le dirigió un guiño de complicidad. ¿Podía ser cierto? ¿El nieto desencantado del que tantas veces le había hablado era el propietario del iris más fascinante e inexplicable que jamás había visto? No era imposible, había pensado tantas veces en cómo sería el reencontrarse con el chico del cielo florentino en su mirada que se negaba a aceptar que fuese alguien tan frío como el joven que tenía delante.
-Tú debes de ser la chica con la que pierde el tiempo mi abuelo- los celos y los malos sentimientos ganaron el pulso.
P tuvo ganas de darle un puñetazo, pero guardó la sonrisa (sabiendo que aquello le molestaría más) y le estrechó la mano.
-Y supongo que tú eres el príncipe desencantado.
Tocado y hundido. Para cuando estuvo dispuesto a replicar, ella ya le estaba dando el ramo de flores a la prometida y su abuelo le miraba con desaprobación.
-Has sido de lo más desagradable con ella.
-No sé que hace aquí.
-Es la madrina. Ella fue quien nos presentó.
Él quiso acercarse y disculparse al ver de reojo cómo la sonrisa de la chica ya no era tan natural, cómo la alegría de sus ojos había parado de bailar. Pero llegaron los últimos invitados y comenzó la ceremonia.
Durante toda la celebración y la cena, ella ni siquiera le dirigió una mirada (no por falta de ganas, llevaba demasiado tiempo queriendo volver a ver esos ojos) y él no paraba de buscarla un momento a solas para poder explicarse. ¿Qué le había hecho? Había roto sus esquemas, había irrumpido en su vida con una sonrisa y lo había puesto todo patas arriba, no era capaz de poner orden en su cabeza y estaba frustrado por ello.
No la encontró con la mirada y salió en su búsqueda. Estaba fuera, fumándose un cigarro y riendo con uno de los invitados. Más celos que le desequilibraron. No era él mismo, no era capaz de calcular sus movimientos ni de controlar lo que salía de su boca. Sin importarle que hubiese alguien más, le gritó:
-¡¿Se puede saber qué has hecho?!
Los dos fumadores se quedaron atónitos, sin saber muy bien a quién iba dirigida la pregunta del sulfurado nieto. Pero P no iba a permitir una escenita, de modo que se disculpó con el chico con el que hablaba y se llevó a Él hasta unos jardines de la parte trasera hasta que la paró cogiéndola del brazo. 
-¿Se puede saber qué te pasa?- le preguntó ella.
-¿A mi? ¿Qué te pasa a ti? Me robas el tiempo con mi abuelo y...
-Eh, espera- le cortó.- ¿Cuántas veces te ha dicho tu abuelo de hacer algún plan juntos y le has rechazado? Fin de semana sí, fin de semana también. Yo disfruto de su compañía, me parece un caballero y porque a ti te de un ataque de celos...
-¿Celos?- cortó Él esta vez.
-O lo que sea que te pase.
-¡Me pasas tú!
P no pudo evitar que se pintase una sonrisa en sus labios, lo había entendido todo de golpe.
-Llegas a mi vida y lo pones todo patas arriba con una sonrisa, has conseguido en menos de un día lo que mi abuelo lleva intentando años: sacarme de quicio. Y no entiendo nada, solo tengo ganas de gritar y de...
Esta vez no fueron palabras lo que le callaron, si no un beso. P le estaba besando y Él no pudo hacer otra cosa que abrazarla fuerte para que aquello no se acabase: todo se había puesto en su sitio de repente. Al separarse ella le miró con la expresión con la que la había conocido.
-Creo que lo que te pasa es que estás enamorado; lo de las ganas de gritar y eso me han dado pistas. Te ha pasado con mi sonrisa lo mismo que a mí con tus ojos.
-No tiene mucho sentido.
-Creo que de eso se trata.
Y volvieron a juntarse, a terminar las persecuciones y a sentir que no hay mundo más allá de ciertos momentos. Como cuando te enamoras, como cuando te besan los labios correctos y el frío se calienta, el calor se templa, el tiempo parece insuficiente y el universo muy pequeño. Como cuando una P cualquiera encuentra a su Él.



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