Estoy en la puerta del colegio y noto cómo me siguen varias miradas, las de mis compañeros. Lo que tiene llevar aquí solo dos años es que no me he molestado en conocer a nadie y nadie se ha molestado en conocerme a mí. No hay una mala relación, no hay una buena relación: no hay nada.
Pero creo que alguno no me reconoce por el cambio: donde había rizos caoba (casi pelirrojos) ahora hay un perfecto alisado japonés negro; en vez de mis acostumbrada ropas coloridas, ahora algo un poco más oscuro,no me he vuelto gótica, pero he cogido ideas... quizás algo más de rockero trasnochado (Rubén y Leiva estarían orgullosos de mí). A todo súmale un par de pendientes en el cartílago y otro en la lengua. A mis padres debería de haberles dado un infarto por todo esto, pero son artistas y creen que estoy buscando mi identidad o cosas así, por lo que me he librado de la bronca por las perforaciones.
Voy andando por el pasillo cuando veo al chorraboba sujetando mi bolso y mi abrigo. Me concentro tanto en no llorar que no me doy cuenta de que me estoy destrozando las palmas de las manos con las uñas. Pero me alegra ver que el cambio radical le ha impactado tanto como para poner esa cara de "no entiendo nada" que pone la gente, subiendo un poco el labio superior, achatando la nariz y frunciendo el entrecejo. Empiezo a pensar que las lentillas negras habrían sido una buena elección para ponerle la guinda a mi look, pero supongo que lo único con lo que estaba conforme eran mis ojos verdes.
Cojo mis cosas sin siquiera mirarle.
-Alejandra, por favor, escúchame. El sábado no te pude explicar...
-Me da igual -le corto, y mi voz suena exactamente como yo quería: fría en indiferente.
Paso junto a él y me meto en la clase, donde hay un corrillo de cinco chicas cuchicheando. Me miran por encima del hombro, siguiendo mis pasos hasta que dejo las cosas en la mesa. Una de ellas es la hermana mayor de la ligerita de cascos con la que el chorraboba tuvo el desliz, y han debido de escuchar una versión falsa de la historia por las miradas de odio tan sutiles que me dedican. Despido con un pañuelo mi relación de paz con la gente de esta clase, ahora empieza la marcha.
El día ya ha sido lo suficientemente duro entre zancadillas verbales y empujones físicos como para enfrentarme a lo que me tengo que enfrentar llegando a casa. ¿El chico del que hablaba el otro día? ¿El capullo por el que decidí no confiar en los chicos? Pues está en la esquina de mi calle, él y todo su ego. Se acerca a mí con una sonrisa sarcástica y me mira de arriba a abajo.
-Estás guapa.
Ni me molesto en contestarle.
-¿Qué tal con Alberto?
El chorraboba otra vez. Y el idiota este lo sabe seguro...
-Lo dejamos el sábado, como bien debes saber. Al parecer, todos los que salís conmigo tenéis la necesidad irremediable de ponerme los cuernos.
-¿Me sigues guardando rencor por eso? Venga, Alex, eso paso hace un millón de años.
No puedo hacer otra cosa que negar con la cabeza ante mi decepción: sigue sin arrepentirse. Me marcho sin decir nada más y entro en casa. No hay nadie, mi padre está exponiendo sus cuadros en otra ciudad y mi madre estará en el estudio; al no tener a nadie que me diga lo que tengo que hacer, me voy a mi cuarto sin comer (me encanta comer, no tengo problemas de esos, pero estoy inapetente por todo este remolino de día). Me tumbo en la cama y pongo algo de jazz en el ordenador, pienso en el karma, en por qué me van últimamente tan mal las cosas si en realidad no he hecho nada especialmente malo como para merecerlo; pero tampoco he hecho nada especialmente bueno como para ganarme un favor de ese caprichoso.
Cuando empiezo a pensar en lo sola que estoy, suena mi móvil. Lo cojo sin mirar y una voz grita al otro lado.
-¡Alejandra!
Flo. Mi mejor (y única) amiga; va a mi antiguo colegio, donde la conocí. Siempre tan feliz y llena de energía. Me da un poco de envidia porque parece que no tiene preocupaciones en su vida, ni un solo problema. Lleva con el mismo novio desde hace tres años y no conozco a nadie con tanto don de gentes. Cuando la conoces no puedes evitar que te caiga bien.
Le cuento todo lo ocurrido desde el viernes hasta hoy. Escucha en silencio y, cuando acabo, deja pasar unos segundos antes de contestar.
-Pues este viernes sales con Pablo y conmigo. Unos amigos suyos tocan en un local y luego tenemos copas gratis en el backstage.
-No, paso de ir. No tengo el cuerpo para fiestas.
-Venga, por favor, así celebramos tu cumpleaños.
Irresistible, como decía.
-Pero... No quiero estar de sujeta velas.
-Él se irá luego con los de su clase
Y así durante una hora hasta que, como siempre, me convence. Solo queda esperar a que pase toda la semana lo más inadvertida posible, no aguanto cinco lunes seguidos.
Cuando empiezo a pensar en lo sola que estoy, suena mi móvil. Lo cojo sin mirar y una voz grita al otro lado.
-¡Alejandra!
Flo. Mi mejor (y única) amiga; va a mi antiguo colegio, donde la conocí. Siempre tan feliz y llena de energía. Me da un poco de envidia porque parece que no tiene preocupaciones en su vida, ni un solo problema. Lleva con el mismo novio desde hace tres años y no conozco a nadie con tanto don de gentes. Cuando la conoces no puedes evitar que te caiga bien.
Le cuento todo lo ocurrido desde el viernes hasta hoy. Escucha en silencio y, cuando acabo, deja pasar unos segundos antes de contestar.
-Pues este viernes sales con Pablo y conmigo. Unos amigos suyos tocan en un local y luego tenemos copas gratis en el backstage.
-No, paso de ir. No tengo el cuerpo para fiestas.
-Venga, por favor, así celebramos tu cumpleaños.
Irresistible, como decía.
-Pero... No quiero estar de sujeta velas.
-Él se irá luego con los de su clase
Y así durante una hora hasta que, como siempre, me convence. Solo queda esperar a que pase toda la semana lo más inadvertida posible, no aguanto cinco lunes seguidos.
Venga Alejandra, animo, son todos unos hijos de su madre, pero tienes que levantarte, veras como te lo pasas bien con Flo..... estoy esperando expectante el Martes.
ResponderEliminarSigo estando aquí, leyéndote.
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