"No confíes en ellos"
Esa fue la frase que me repetí unas... Bueno, tendría que inventar un número superior a infinito para expresar la cantidad de veces que pude repetir esas palabras en mi cabeza; pero, por lo visto, no fueron suficientes porque ahora tendré que volver a recordármelo porque he terminado mi relación de tres meses por la misma razón por la que terminé la primera: infidelidad.
Y aquí estoy, en pleno mes de enero, mientras me congelo de frío a dos grados bajo cero y la nieve tiñe mi pelo de blanco. Podría ponerme mi abrigo, pero me lo he dejado en la casa de ese chorraboba; podría entrar en un bar y pedir algo calentito para templar el ánimo, pero mi bolso reposa tranquilamente en su silla con los objetos pertinentes (el dinero entre ellos) y dudo que me dejen entrar en cualquier bar si no voy a consumir nada. Sí, soy un desastre por haberme dejado todas mis cosas en su casa, pero he salido como un huracán, gritando y lanzando cosas por el suelo. Creo que he roto un jarrón de su madre; pobre mujer, no se merece un jarrón roto ni un hijo como ese, es bastante simpática.
Podría meter el rabo entre las piernas y volver a mi casa, pero he discutido con mis padres porque hoy es mi cumpleaños (¡felicidades a mí!) y he decidido pasarlo con ese capullo en vez de con el hombre y la mujer que hicieron posible mi existencia; en realidad fui el resultado de un descuido en una gélida noche de un viaje a Noruega, pero aun así me quieren como si lo hubiesen planeado y no me suelen echar mucho en cara que truncase sus sueños de viajeros (es broma; la confesión del penalti se la sonsaqué hace un año exactamente y no se ha vuelto a tocar el tema). Lo que en realidad me inoportuna es el hecho de que me resulta un poco áspero llegar a casa con los ojos rojos de llorar y una sonrisa y decir: "Papá, Mamá, mi novio me ha puesto los cuernos y no quiero estar sola el día de mi cumpleaños. Sois el segundo plato, pero como progenitores míos debéis tragar con éste y otra serie de disgustos que llegarán con el tiempo". Y todo esto contando con el hecho de que traspasase el umbral de nuestro coqueto piso del centro, porque mis padres me sacan veinte y veintidós años y a veces se comportan como niños.
Ojalá existiese un manual para saber qué hacer en este tipo de situaciones. Buscaría en el índice "Qué hacer si tu novio te ha puesto los cuernos, estás sin recursos y tampoco puedes volver a casa" y todo sería la mar de fácil. Pero no, por desgracia no existe y tengo que esperar a morirme de frío bajo la nieve.
Si salgo de ésta, quizás algún día sea yo quien escriba ese manual para una futura joven que se encuentre en la misma situación que yo.
Empiezo a dejar de sentir los brazos y las piernas y me cuesta respirar con tanto frío arañando mi garganta.
¿Qué se sentirá al morir? ¿Veré la luz? ¿Veré mi cuerpo sin vida mientras mi alma se aleja? Prefiero no pensar en lo que habrá después. Aunque hay algo que me preocupa bastante: ¿Esto se considera suicidio? No lo es porque no me estoy matando... aunque, pensándolo de manera un poco retorcida, me estoy dejando morir. ¡Pero no quiero morir! Quiero ir a ver la aurora boreal y tengo que escribir mi manual "salvaculos", tengo que estudiar una carrera (no sé cual de momento) y tener una ardilla de cola peluda como mascota. ¡No! Me voy a tragar mis aires elegantes y mi orgullo y voy a volver a casa.
La gente me mira raro cuando paso por su lado y, en cierto modo lo entiendo: ver a una chica en camiseta de tirantes en esta época del año no es lo más normal ni lo más cuerdo del mundo. Que piensen lo que quieran de mí, no les volveré a ver más.
Mi padre, al verme entrar por la puerta sin nada y con los ojos como dos nísperos, no pregunta y simplemente me abraza (soy su ojito derecho). Mi madre sigue mohína, pero la conozco bien y sé que ya se le pasará.
Entro en el baño para darme una ducha de agua hirviendo antes de que tengan que amputarme algún miembro. Empiezo a quitarme los collares y las pulseras antes de entrar: dejo a un lado cualquier cosa que sea un regalo del chorraboba para guardarlo en un cajón que espero no tener que abrir nunca más. Me quedo mirando fijamente una pulsera que me regaló hace tiempo, antes de empezar a salir: es de cuero trenzado con una chapita en la que están grabados nuestros nombres. La tristeza ha vuelto y no la veo con demasiada intención de soltarse de mis talones.
Antes de ducharme le echo un vistazo al espejo y decido que, definitivamente, tengo que hacer un cambio.
Bueno esperando que llegue el próximo martes, ya estoy metida en la historia y quiero seguir y seguir; que cambio hará?,martes a martes iremos leyendo y desmadejando esta historia que acaba de empezar y........, parece que tiene futuro, hasta el martes.
ResponderEliminarEl relato promete.
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